¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

F red estaba que se lo llevaban los demonios, Diana parecía mirar a través de él, como si de repente se hubiese convertido en un fantasma.

Regalaba sonrisas a todos los hombres menos a él; cuando sus miradas se encontraban, ella apartaba la suya como si le desagradara el simple hecho de enganchar los ojos con los del conde.

Él, en su estado de mal humor, se preguntaba qué le había visto a aquella mujer que le había robado el corazón, que no se podía sacar de la cabeza ni de debajo de su piel, donde se había instalado y lo hacía rodar en círculos.

No podía evitarlo, le había quitado el sueño, se pasaba las noches pensando en ella; si cerraba los ojos, a quien veía como si pudiera alargar la mano y tocarla era a ella.

Sin embargo, estando despierto, ella huía de él, y eso le rompía el alma.

Había notado que muchos lores y ladies lo miraban con una sonrisita disimulada, se daban cuenta de que Diana no le hacía ningún caso; no obstante, él no se rendía, acudía a todos los bailes donde sabía que la encontraría, se le acercaba y ella lo esquivaba, se alejaba de él, pero no iba a dejarla en paz hasta poder acariciarle su duro corazón.

Imaginaba que no le era indiferente, aquella tarde en casa de su abuela había marcado un antes y un después; si no sintiera nada por él, no se habría prestado al placer que habían compartido. Ella no era una casquivana, y él la quería.

Se maldecía una y otra vez, lo ocurrido con aquella estúpida de Capell había hecho que ella se sintiera traicionada, precisamente el mismo día que le demostró que estaban hechos el uno para el otro.

Había visto dolor en sus ojos cuando levantó la mirada hacia la ventana por donde les había tirado el agua de un jarrón, y eso no se lo perdonaría nunca, pero necesitaba que ella accediera a hablar con él para explicarse, para hacerle saber que la amaba.

Fue al White’s a tomar una copa antes de acudir al baile de los Donnely, y allí se encontró con Arthur y Nick, que habían llegado antes.

—Caray, Fred, qué mala cara. —Arthur parecía burlarse de él, había estado observando que entre Diana y el conde había malas vibraciones.

Era muy consciente de lo ocurrido, y no culpaba a su hermana por hacerle desplantes a Fred, más bien la admiraba por ponerlo en su lugar.

Pocas mujeres mostraban su verdadero carácter antes de pasar por el altar; esperaban y luego se convertían en arpías.

—No me la puedo cambiar, es la que tengo —contestó disimulando el mal humor que no lo abandonaba.

¡Diablos! Nunca una mujer lo había llevado como esta por la calle de la amargura, y reconocía que la amaba, ella había despertado ese sentimiento nuevo para él.

Trataba de mirar hacia otro lado, pero todas le parecían consentidas, malcriadas y caprichosas.

Diana era única, y lograría casarse con ella sí o sí.

Aunque tuviera que esperar una eternidad a que ella se diera cuenta de que ambos eran la mitad de un mismo corazón.

Se preguntaba desde cuando era tan consciente de que tenía ese músculo que latía con fuerza dentro de su pecho, la respuesta le venía sola: desde que la conoció a ella.

Diana había representado el despertar de unos sentimientos que nunca regaló a ninguna dama, ella era la única que le había acariciado el alma. ¡¡¡LA AMABA CON TODO SU SER!!!

—Nuestro amigo está graciosillo —bromeó el duque mirando a Arthur.

Diana era terca como una mula, en la mansión de los Midreck había presenciado lo ocurrido y no se lo iba a perdonar con facilidad.

Se haría de rogar, y él no pensaba meterse entre ambos—.

Nunca te había visto tan taciturno —siguió Nick pinchando al conde.

El duque no era tonto, había cazado algunas miradas entre su amigo y una de las gemelas, la que era Diana, lo sabía por los colores y modelos de vestidos que siempre lucía.

Así aprendió él también a diferenciarlas.

—Estáis muy chismosos hoy, ¿no? —dijo el conde dando un sorbo a su copa de whisky.

—Nos gusta chincharte cuando se te ve molesto. —Lo embromó Nick mirando a Arthur, este sonrió con picardía—. No se tratará de alguna mujer, ¿verdad? Hay que ser tonto para dejar que alguna de ellas te las haga pasar canutas.

Fred cogió aire con fuerza, no era idiota, sabía que sus amigos eran conscientes de que sus huesos vibraban por una mirada o una sonrisa de Diana.

—Pues mira, soy el hombre más tonto del reino; sí, he entregado mi corazón a una mujer.

Aquella declaración dejó a sus amigos con la boca abierta, que lo reconociera era inaudito, eso representaba que se había dejado cazar, y lo hacía con gusto.

Arthur se alegraba de que su hermana hubiese robado el corazón de un hombre íntegro como era su amigo; sin embargo, sabía que se había puesto caprichosa y no deseaba que perdiera la oportunidad de ser feliz con un hombre que la amaba.

—¿Estás seguro de que no se trata de un capricho? —Quiso saber el duque.

—Nunca he estado tan convencido de lo que tengo que hacer.

—Y eso es... ¿no pretenderás ponerla en apuros? —Nick no lo creía, esperaba que no se le hubiese ocurrido.

—Jamás le haría eso, la amo, y por eso le daré todo el tiempo del mundo para que se dé cuenta de que es mía al igual que yo soy suyo.

Nick y Arthur cruzaron una mirada sorprendida, nunca habían escuchado a Fred hablar de ese modo, y se daban cuenta de que sí, estaba enamorado.

—Me alegra escucharte decir eso —dijo el vizconde sabiendo que su hermana podía ser muy terca cuando se lo proponía, quizá Fred se arrepintiera de haberla escogido—. Espero que todo se arregle entre vosotros.

El conde asintió con la cabeza, se tomó el resto del whisky que le quedaba en el vaso y miró su reloj, quería estar en la mansión de los Donnely cuando ella llegara.