Capítulo 37
A l llegar a casa, sus tías las mandaron a sus dormitorios a descansar; ellas harían lo mismo para estar frescas en la velada de aquella noche.
Aileen se coló en la habitación de su hermana por la puerta que las comunicaba, Diana estaba sentada en su sillón favorito con un libro en las manos, aunque no leía, la miró como preguntándole qué quería.
—No pongas esa cara, sabes muy bien a lo que he venido.
—No tengo ni idea —afirmó Diana haciéndose la tonta.
—Hermana, ¿me contarás lo que está ocurriendo? —rectificó, ya sabía que Diana estaba dolida y que se hacía la dura—. Ya sé, ya sé, no lo quieres ver ni en pintura, pero sospecho que te rompería el corazón si lo vieras con otra.
A Diana se le anudaron las tripas, frunció el ceño, no quería que aquello ocurriera, debía olvidarlo.
—¿De qué me hablas? —Fingió no saber a qué se refería.
—Deja ya de hacerte la boba. Estás dando alas a todos los hombres que se te acercan... perdona, a todos menos a uno.
Diana apretó las muelas.
—Solo a los que les puedo dar una oportunidad.
Su gemela la miró entrecerrando los ojos; al igual que Diana, había escuchado lo ocurrido en la mansión de los Midreck de varias bocas distintas, y todos los relatos coincidían en que aquella caprichosa malcriada trataba de librarse del compromiso arreglado por su padre.
Que a pesar de que varios hombres se habían encontrado en la tesitura del conde, ninguno fue desafiado por la familia de la chica, todo Londres estaba enterado de sus maquinaciones.
—Eso no es verdad. Tú no piensas en ninguno de ellos como posible esposo, no seas hipócrita. Además, al igual que yo, te has enterado de que aquella necia le tendió una trampa.
—Yo sé lo que vi.
—No lo dudo, pero ten en cuenta que estaba todo preparado para que se armara un escándalo y obligar al conde a desposarse con ella.
¿No te has preguntado el motivo por el cual no están camino del altar?
—Diana movió la cabeza, lo que decía Aileen era cierto, lo había escuchado—.
Ni tampoco se ha desafiado al conde, nadie hizo caso de lo que esa mujer decía.
Todos sabían lo que había hecho, y todo el mundo se pregunta por qué no la casan de una puñetera vez con ese tipo que está dispuesto a desposarse con ella, aunque sea por dinero.
Diana se sonó la nariz con un pañuelo, luego clavó los ojos en los de su hermana.
—Digamos que lo que hago es para que escarmiente, para que se entere de que no le pienso consentir nada. Que puedo enamorarme de cualquiera de los dandis que me pretenden.
Aileen entrecerró los ojos.
—Eso no ocurrirá y tú lo sabes. Estás enamorada de él hasta las trancas, lo que haces es de niña caprichosa, quieres demostrar que eres tú quien decide, consiente y permite.
Solo quiero advertirte que es posible que todo lo que haces te puede estallar en la cara.
No seas atolondrada, no quiero verte sufrir.
Nunca se habían mentido la una a la otra, siempre se habían cubierto las espaldas, y sabían todo de la otra sin necesidad de hablar; una mirada, un gesto, bastaba para que la otra supiera lo que pensaba, lo que planeaba, lo que sentía.
—No lo soy, solo estoy conociendo a otros hombres, no voy a casarme con ninguno de ellos. —Diana no quería dar explicaciones sobre su modo de actuar, quería castigar al conde, que él experimentara cómo ella se sintió. Sin embargo, parecía haber olvidado que hablaba con Aileen.
—Eso ya lo sé, te conozco, has entregado tu corazón y estás jugando con fuego.
—Le tiró en cara su gemela—. No me tragaré que tus sentimientos eran tan falsos que los has olvidado en estos días.
—La cara de Diana perdió el color—. Me dijiste que te habías enamorado del conde, ¿dónde queda ese amor?
¿Me confesarás que lo confundiste? No te voy a creer.
Te estás comportando como una necia, y cuando te des cuenta, él se habrá cansado de ir detrás de ti como un perrito faldero.
Aileen se daba cuenta de que al escucharla, Diana se iba encogiendo en el sillón, y vio una lágrima que corría por su mejilla. La abrazó inclinada a su lado, la estrechó contra su cuerpo, susurrándole memeces sobre sus cabellos, mientras le pasaba las manos por la espalda para que se calmara.
—Me conoces mejor que yo misma —dijo Diana hipando—. He tratado de quitármelo de la cabeza, pero no puedo. A cada hombre que me presentan lo comparo con él, y ninguno está a su altura.
—Lo que te decía, tu corazón ya ha elegido. ¿Te gustaría que él bailara toda la noche con otras mujeres, tal como haces tú?
A Diana se le dibujó una mueca en los labios.
—No. —Su voz apenas se escuchó.
—Entonces, espabila, porque en cualquier momento se le va a agotar la paciencia y lo hará. La culpa será toda tuya, lo estás lanzando a los brazos de otra mujer.
Diana se cubrió la cara con las manos, su hermana le había pintado un futuro sin el conde en él, y no le agradaba lo que eso representaba.