Capítulo 36
F red estaba decidido a acercarse a Diana, aunque ella no quería saber nada de él, lo evitaba como si tuviera la peste.
Él se había aprendido las rutinas de las gemelas, hacia mediodía salían a trotar por el parque con sus caballos, acompañadas por el mozo de cuadra.
Por las tardes, iban con sus tías a dar un paseo, a la costurera, a la sombrerera o a tomarse un helado.
Solían terminar en Hyde Park exhibiéndose como todas las mujeres, hablaban con unas y otras, eran mucho más sociables que la mayoría de las muchachas que aspiraban a casarse con uno u otro y se volvían repelentes al verlas como rivales.
Cada tarde, el conde se dejaba ver por donde ellas paseaban, la amistad con Arthur hacía que saludara a las tías y a las gemelas, llegando a acompañarlas en sus caminatas.
Él sabía muy bien que se engañaba a sí mismo, su compañerismo con Arthur no tenía nada que ver, debía reconocer que había perdido el corazón en manos de aquella mujercita que lo miraba como si quisiera estrangularlo.
Era posible que así fuera, la había herido y no se lo perdonaría nunca; después de unas horas fantásticas, había caído como un tonto en la trampa de una maestra del engaño.
A su favor, consideraba que estaba tan feliz y alucinado por ella que no pensaba con claridad cuando siguió a la otra.
«¿Qué estás haciendo, Fred?», se recriminaba. «Ni se te ocurra culparla por tu idiotez».
Llevaba noches sin apenas pegar ojo, solo se preguntaba qué debía hacer para arreglar ese desaguisado...
para conquistarla. Al caer en la cuenta de que lo que deseaba era una vida al lado de aquella beldad de ojos grises, fue recorrido por un hormigueo en todo su cuerpo que lo dejó sin aliento, a la vez que una lenta sonrisa se le dibujaba al comprender lo que ella había despertado en él.
Si eso era el amor, se aferraría a él con las dos manos.
Aunque iría despacio, la conquistaría con sutileza, se le metería bajo la piel hasta que ni ella supiera lo que había pasado.
Los primeros días, Diana le lanzaba miradas envenenadas, y él le dedicaba sonrisas embaucadoras. No obstante, eso cambió, ella dejó de hacerle ningún caso, su atención la dirigía a otros hombres que la saludaban e incluso la acompañaban, haciéndola reír, hablándole y dedicándole miradas ardientes.
Fred se dio cuenta de que era celoso, cada vez que uno de esos caballeros le dedicaba su atención a Diana se le anudaban las tripas, un terrible deseo de apartarlo de ella lo recorría de la cabeza a los pies.
Sin embargo, se decía que debía tener paciencia, que ella tenía derecho a estar irritada con él; no obstante, le costaba mucho aguantar las risitas que dedicaba a otros, nunca a él.
Cada tarde se hacía el encontradizo con las Bellesmoke, las tías estaban tan acostumbradas a verlo por casa con Arthur que hablaban con él con confianza; como ignoraban todo lo ocurrido con Diana, no le ponían ninguna mala cara.
—Wrigh, ¿qué haces paseando con estas dos bellezas? —Quiso saber una tarde lord Mooney, quien había hecho una apuesta en el White’s en la que decía que se casaría con una de las gemelas.
—¿Acaso tengo que darte explicaciones de con quién pasee? —contestó con otra pregunta.
—No, claro que no, pero es extraño si tenemos en cuenta que nada te une a ellas.
—Mi amistad con su hermano hace que les preste mi protección ante tipos como tú.
Lord Mooney apretó las muelas, lo que pretendía era poner a una de ellas en un compromiso de tal magnitud que tuvieran que terminar ante el párroco o se vieran relegadas al ostracismo.
Dudaba que las Bellesmoke volvieran allí de donde habían salido cuando era evidente que estaban buscando esposo.
Además, a él le iría bien emparentar con un vizconde con la economía saneada, la suya no estaba muy boyante y a él le gustaban los lujos, hacer apuestas y darle a la bebida.
—Caballeros, están llamando la atención —los reprendió en voz baja la tía Constance.
—Como siempre, tiene usted razón, milady —respondió Fred con una inclinación de cabeza hacia la dama.
Ella le dedicó una sonrisa que a Mooney se le atravesó en la garganta, el conde estaba jugando sucio, se dijo.
Estaba conquistando a las señoras y eso haría que ellas lo aceptaran para alguna de sus sobrinas, incluso que les hablaran bien de él.
Maldijo para sus adentros, a la vez que pensaba que tenía suerte de que fueran dos las chicas, él se quedaría con la otra, no le importaba cuál de ellas.
Diana, que vio la mirada que el conde le lanzó al barón, se propuso hacerlo rabiar un poco, devolverle el malestar que él le regaló a ella.
Aminoró el paso y se colocó a su lado, este le sonrió enseñándole todos los dientes, lo que hizo que fuera recorrida por un escalofrío, era como si pretendiera merendársela de un momento a otro.
—Señorita Bellesmoke, es un verdadero placer poder acompañarla. —Su voz, que al dirigirse al conde fue desagradable, se había vuelto como miel templada—. No puedo explicar lo feliz que me haría que esta noche me guardara varios bailes, sería un placer para mí tenerla entre mis brazos.
Diana sintió que un escalofrío la recorría de arriba abajo, ese hombre era muy descarado.
—Es usted muy atrevido —lo riñó ella con cara pícara.
—Con usted podría ser lo que quiera, me adaptaría a lo que desee. —Él la estaba provocando adrede, trataba de engatusarla, como si pretendiera cumplir todos sus deseos—. Y quiero empezar esta misma noche. —Terminó guiñándole un ojo.
Diana miró de reojo al conde y se dio cuenta de que tenía la mandíbula apretada. Movió la cabeza y se propuso causarle un malestar como el que ella sufría cada día al acostarse y no poder sacárselo de la cabeza.
—Será un placer bailar con usted en la velada de los Donnely. —Diana sabía que eran muchos los que iban a ese baile para disfrutar de unas libertades que en otros no podían.
Aileen veía a su gemela, que trataba de poner celoso al conde. Había escuchado aquí y allá que aquella boba de aquel fin de semana en la mansión de los Midreck lo había puesto en un aprieto a propósito. Que lo que buscaba era librarse de un matrimonio amañado.
Entrelazó el brazo con el de su hermana, y le susurró:
—¿Cuánto tiempo piensas castigarlo? —Quiso saber al ver la mirada que Diana le lanzó al conde y la sonrisa que le dedicó al barón Mooney.
—Hasta que se arrastre —habló muy bajito Diana.
—No te lamentes si se cansa de hacer el tonto detrás de ti —advirtió Aileen.
—Si lo hace, mejor —afirmó Diana, aunque no se lo creía ni ella. Quiso cambiar de conversación y preguntó por la velada que les esperaba—. ¿Sabes quiénes son los que nos han invitado esta noche?
—La vi a ella la noche que fuimos al teatro, si siempre viste igual puede ser todo un espectáculo.
—¿Qué dices? —Diana recordaba muy bien aquella noche en la que cada mujer relucía más que la otra, las joyas podían ser verdaderas o falsas, pero llamaban la atención por sus destellos.
—Lady Donnely es una mujer grande que suele vestir unos trajes que dejan a la vista mucha carne, se dice por ahí que ella y su esposo hacen vidas separadas; que al darle el heredero, él no ha vuelto a tocarla, y ella no es muy exquisita a la hora de buscarse amantes.
—¡Oh!
Aileen había escuchado que en todas las veladas que organizaba se desataba algún escándalo, y estaba deseando disfrutar de cualquier pandemonio como lo que habían oído.
Lilia llamó la atención de sus sobrinas.
—Queridas, mejor volvemos a casa. —Se había dado cuenta de que Diana le daba ánimos al barón Mooney, y se percataba de que este la miraba como si fuera un pudin de chocolate.
A Aileen no le gustaba lo que veía, enhebró su brazo con el de Diana y saludó con un movimiento de cabeza a ese hombre que la observaba de arriba abajo con lujuria en los ojos. Ella le giró la cara con desagrado, tiró de su hermana, que se despidió de ese personaje con una sonrisa.
—No hace falta que le rías las gracias, es uno de esos espabilados que va detrás de lo que le puede aportar un matrimonio, tú no quieres eso. —Aileen le frunció el ceño y le apretó el brazo advirtiéndole que dejara de hacer el tonto con ese hombre.