Capítulo 35
A la tarde siguiente, Fred acudió de visita a la mansión de los Bellesmoke, las gemelas estaban paseando por el jardín en compañía de unos mequetrefes que les reían las gracias, se los veía falsos, y deseó tener el derecho de acercarse y mandarlos a freír espárragos, darles una patada y tirarlos a mitad del río.
Sin embargo, sabía muy bien que si las tías de las muchachas, que estaban sentadas en el porche con sus tazas de té, habían permitido aquellos paseos, él no era nadie para poner ningún inconveniente.
Las mujeres, al verlo, dieron por sentado que iba a visitar a su sobrino y le dijeron que estaba en su estudio; él no las sacó de su error.
Arthur lo recibió con una media sonrisa.
—¿Es que no vas a perdonarme que me tomaran el pelo? —Fred se sentía frustrado por haber visto a Diana sonriendo a otro y la pagó con Arthur—. Igual podía haberte pasado a ti o a Nick.
Arthur se lo quedó mirando, comprendía que tenía razón, lo que le dolía era la tristeza de su hermana.
—Cierto, es verdad, lo que tengo atravesado en el pecho es no escuchar las risas de las chicas, parece que en esta casa estamos de luto. —Por el tono de voz empleado, el conde supo que lo culpaba de ello.
En ese instante se oyó una suave carcajada de Diana, y Fred supo que fue a propósito para hacerle saber que podía pasarlo bien con cualquiera que no fuera él.
—¿Dónde has dejado a nuestro amigo? —preguntó Arthur, refiriéndose a Nick, para cambiar de conversación.
—No lo he visto en todo el día, creo recordar que tenía alguna tarea relacionada con el ducado.
—Sí, tienes razón, ayer lo mencionó —asintió Arthur. Los amigos se tomaron unas copas mientras comentaban los acontecimientos nefastos con aquella lianta—. ¿Has sabido algo más de ella?
—Nada, por lo que sé, no soy el primero al que pretende hacer caer en sus redes.
Por lo visto ha estado jugando con la mitad de la población masculina de Londres.
—Antes de acostarse había ido a tomarse unas copas al White’s, y varios amigos le comentaron que cada vez se volvía más atrevida por escapar del matrimonio que le había concertado su padre y que era posible que hasta el actual prometido diera un paso atrás, por mucho que necesitara el dinero de su dote, y aunque Capell había vuelto a subir el capital de esta, ya no estaba tan interesado en la moza.
Arthur soltó un silbido.
—Yo he escuchado rumores semejantes.
El vizconde vio que Fred estaba ante la ventana muy pendiente de lo que sucedía fuera y se preguntó qué sería eso tan interesante.
Miró hacia afuera y vio a sus hermanas con aquellos que serían despachados antes de lo que esperaban, ellas eran muy maduras; y ellos, unos niños de mamá.
Con sus caracteres no las veía con esos tipos.
—¿Acudiréis al baile de los marqueses Fitzwilliam, esta noche?
—Sí, las chicas están entusiasmadas con esta velada, y no comprendo por qué.
Esos lores eran ancianos que pretendían casar a su único hijo y organizaban fiestas muy a menudo, Arthur pensaba que el susodicho había esperado demasiado para buscarse una esposa, ya peinaba canas y su barriga abultada era señal de que los años no perdonaban.
Fred tampoco lo entendía. Por el que sería marqués seguro que no, tal vez Aileen le había echado el ojo a alguien, porque estaba convencido de que Diana estaba dolida con él.
Temía que le costaría volver a ganarse su confianza.
Esperó a ver si esos tipos se marchaban y podía pasear un rato con Diana; sin embargo, eso no pudo ser; cuando las tías de las muchachas dieron por terminado el tiempo de estar con ellas, las mandaron a su dormitorio a descansar para estar frescas aquella noche.
Como él no había anunciado que fuera a visitar a Diana tuvo que aguantarse las ganas de estar con ella.
A regañadientes, pensó que podría verla esa noche.
***
Más tarde, acudió al baile de los Fitzwilliam, y desde lo alto de la escalera pudo ver a Diana bailando con el barón Potter; sabía que buscaba esposa, y eso, junto con la sonrisa que le dedicaba, le hizo fruncir el ceño.
Luego ella danzó con el vizconde Knapp, otro que se decía que se quería casar esa temporada.
Fred se quedó en la galería viendo a Diana de los brazos de uno a los de otro, sonreírles a todos con aquel encanto natural que le había dedicado a él no hacía tanto.
En cuanto la orquesta hizo una parada y los invitados fueron a tomar unos refrescos junto con dulces, él se le acercó, y cuando ella lo vio, le lanzó una mirada envenenada, dio la vuelta y fue junto a un grupo de jovencitas que reían tontamente.
Aquel gesto le daba a entender que se mantuviera lejos de ella, arrugó el ceño, no iba a permitir que lo alejara así. La siguió y varias muchachas le lanzaron caídas de pestañas en cuanto él se paró al lado de ellas.
—Si me disculpan, quisiera hablar con la señorita Bellesmoke. —La había cogido del codo para separarla de aquellas jóvenes.
Diana se tragó varios improperios que le acudieron a la boca, pero no haría una escena, no allí delante de tanta gente que abarrotaba el salón. En cuanto se hubieron alejado de las chicas, ella se paró plantando los pies en el suelo, asegurándose de que nadie la escuchara.
—Yo no tengo nada que decirle y tampoco nada que me importe de usted. —Con un movimiento fluido se desprendió de los dedos de él y lo dejó plantado allí.
Fred maldecía para sus adentros, muchos eran los ojos que estaban fijos en él, el asunto de ese fin de semana había corrido de boca en boca, y los chismosos estaban buscando un buen cotilleo.
Además, Diana le había dejado bien claro que no quería saber nada de él.
Quizá necesitara un tiempo y ver que la estaba esperando, que no miraba a nadie que no fuera ella.
—Caray, conde Wrigh, ¿está muy solo? —le hablaba una de las mayores casamenteras de Londres—. ¿Dónde se ha dejado a la señorita Capell?
Al escucharla apretó los dientes, no quería que nadie lo relacionara con aquella tarada.
—Eso no debería preguntármelo a mí, yo no tengo nada que ver con esa mujer.
—No es eso lo que ha llegado a mis oídos.
—Es posible que con la edad pierda agudeza. —Fred nunca había ofendido a una dama de esa forma, no era su manera de actuar. No obstante, aquel desplante por parte de Diana hizo que no tuviera en cuenta lo que decía.
Esa mujer que había hablado junto a él lo miró lanzándole rayos por sus apagados ojos marrones.
—Es usted un descarado.
—Y usted una entrometida.
Después de aquello, subió la escalera y se marchó de la mansión de los Fitzwilliam.
***
Diana temblaba de los pies a la cabeza,; que el conde se hubiese tomado la libertad de separarla del grupito de damas no la había molestado en absoluto, no tenía nada en común con ellas, solo hablaban de vestidos, cintas y de los hombres a los que pretendían impresionar.
Pobres ilusas, ellas deseando agradarles mientras ellos no valoraban el esfuerzo que hacían; que se fueran todos al infierno.
Lo que sí la fastidió fue que se creyera con el derecho de hacerlo, como si ella le perteneciera.
Le dio rabia que pensara que tenía razón para ello, ya le demostraría que no era así.
Caminaba decidida hacia donde estaban sus tías cuando la interceptó el duque.
—¿Me concede este baile?
Ella lo miró con una media sonrisa en los labios.
—Milord, yo no escucho música.
—Ahora mismo la escuchará.
—Caramba, ¿es usted adivino? —habló con una ancha sonrisa.
Él asintió con la cabeza, devolviéndole la expresión, ahuecando el brazo para que lo cogiera y llevándola al centro de la pista; entonces, como si obedecieran una orden, los músicos empezaron a tocar un vals.
Nick la tomó entre sus brazos y empezaron a rodar por la pista mientras ella se aguantaba sus ganas de reír, y él la miraba con satisfacción.
Había visto como alejaba a Fred de ella, imaginó lo ocurrido, sabía que él bebía los vientos por ella y lo que lo molestó lo sucedido la noche anterior.
Por esa razón, quería ayudar a su amigo, después de unas vueltas se decidió a hablar.
—El conde Wrigh cayó en la trampa de una manipuladora. No debe ser tan dura con él.
Diana lo miró aspirando con fuerza, ella sabía muy bien lo que había visto, nadie se lo había contado. No se sacaba de la cabeza ese beso en la oscuridad del jardín de los Midreck.
—Vaya, nunca pensé que mandaría a su excelencia a abogar por él. Si piensa seguir haciéndolo, me temo que estoy muy cansada, voy a ir a sentarme un rato.
Diana se soltó de él, iba a alejarse y él la retuvo.
—Entendido, me mantendré al margen.
Durante el resto de la pieza ninguno de los dos dijo nada más. Él pensaba que Fred lo tendría difícil para saltar las barreras que ella había construido a su alrededor. Cuando terminó la música, Diana lo dejó en medio de la pista y ligera se alejó. ¡Vaya carácter!