Capítulo 34
Y a en la ciudad, lo primero que hizo Fred fue mandar flores a las gemelas; lo que llamó la atención al personal de la casa fue que solo había un sobrecito en uno de los ramos, en el otro había una tarjeta en la que ponía su nombre y detrás de él, el de Aileen, para que se supiera a quién iban dirigidas.
Cuando Carpenter, el mayordomo, les dijo a las muchachas que habían llegado flores, Aileen salió al vestíbulo para curiosear, se suponía que ese día aún estarían en la propiedad de los Midreck, no era ningún secreto.
Diana, que estaba en la biblioteca con un libro entre las manos, no prestó ninguna atención a lo que ocurría a su alrededor, no era que estuviera inmersa en la lectura, en realidad había dejado de intentar sumergirse en la historia, en las palabras, en las letras que tenía ante los ojos.
Su mente estaba muy lejos de allí. No podía sacarse de la cabeza el día anterior junto al conde, las horas le habían pasado volando, él la hizo disfrutar de aquellas caricias que la llevaron al paraíso, habían gozado de una intimidad que le hizo creer que le importaba, que al igual que ella tenía sentimientos tiernos y excitantes, que el amor había llamado también a su puerta.
—Diana, mira lo que te ha mandado. —Aileen entró con un jarrón lleno de rosas rojas preciosas.
—Si son de quien creo, ya las puedes tirar.
Su hermana no le hizo caso, las dejó sobre una mesa y le tendió un sobre.
—Ábrelo, tengo curiosidad por saber la excusa que te pone. —Aileen estaba enfadada con el conde por hacer sufrir a Diana, y quería conocerlo todo para poder echárselo en cara a ese tipejo.
—Hazlo tú, no quiero saber nada más de él.
Aileen pasó la mirada de su gemela al sobre que tenía en la mano y al que Diana no hacía ni caso; es más, no lo quería ni ver. Lo abrió y una letra muy elegante y masculina le llamó la atención. Leyó en voz alta:
Mi querida señorita Bellesmoke,
No sé lo que vio ni lo que escuchó, todo era un cuento de aquella mujer que pretendía enredarme en sus líos, ponerme en un aprieto para que tuviera que terminar casándome con ella. Eso no va a ocurrir, mis ojos están posados en usted, y no quiero que se muevan de ahí...
Aileen levantó la vista y miró a Diana, quien no reaccionaba con lo que estaba escuchando; no le extrañaba, ella también había advertido a la pareja allí abajo, claro que se sacudían como perros mojados.
No sabía exactamente lo que había visto su hermana, solo que estaba triste y deprimida, y por eso le daría al conde una buena patada en donde más le doliera, para que fuera más considerado.
Me gustaría pensar que lo que compartimos la caló tan hondo como a mí. Aún tengo grabado en las yemas de mis dedos el tacto aterciopelado de su piel.
Iré a visitarla.
Suyo.
L.W.
A Diana se le formó un nudo en la garganta, ¿ese hombre creía que era tonta?
No pensaba volver a verlo, bueno..., resultaría inevitable, reconoció.
Era amigo de Arthur; además, podía acudir a los mismos bailes que ella.
Lo vería sí o sí. Cogió aire con fuerza, le demostraría que no quería saber nada más de él, se sentía avergonzada por lo ocurrido el día anterior, por lo que había sentido entre sus brazos.
Debía olvidarlo, le costaría, pero lo conseguiría.