Capítulo 33
F red había visto a Diana, su rostro mostraba un desengaño que le arañó el corazón.
Le había hecho daño, mucho daño, no se lo perdonaría jamás a él mismo.
Debía haberse negado cuando aquella descerebrada y casquivana de Capell le dijo que la acompañara a buscar a su madre, debía haberse dado cuenta de lo que pretendía.
Había sido un tonto, y gracias a ella podía encontrarse en serios problemas.
Aunque no pensaba seguir los dictados de la aristocracia londinense, ni de broma iba a casarse con esa atolondrada.
Además, él quería a otra mujer, y no pensaba dejar que lo apartaran de ella.
¡¡¡Diana!!! Sus ojos fueron hacia la ventana donde la había visto y no la halló, se maldijo a sí mismo. Lo último que deseaba era hacerla sufrir. ¿Cómo iba a lograr que lo perdonara?
En un momento se vio rodeado por todas las damas y caballeros, los escuchaba murmurar, pero en su cabeza solo tenía la mirada que ella le había dedicado, la pena que no podía ocultar.
—Creo, Octavia, que de este fin de semana va a salir una boda —decía una de las damas de mayor edad.
Otra ocultaba una risita tras el abanico, pero su mirada decía lo mismo.
—Que alguien haga venir al párroco —voceaba un lord que había empinado el codo más de la cuenta.
—Cállate, idiota, ¿no es la muchacha que estabas cortejando? Es la señorita Capell.
El tipo bizqueó, la miró con ceño y soltó:
—Ah, no, ya no la quiero para mí, que se la quede Wrigh.
—¡No me metas en tus intrigas! Es toda suya —exclamó Fred, saliendo del redondel que formaban en torno suyo y alejándose de aquel corro.
Fred fue al estudio de Midreck, se sirvió un buen vaso de whisky escocés, y se lo tomó a sorbos mientras pensaba en lo idiota que fue y miraba, sin ver, la estantería donde el dueño de la casa tenía sus libros.
Estaba con los pensamientos embrollados cuando entraron en la estancia Arthur y Nick, iban con el ceño fruncido, y él pensó que aquella alocada estaría diciendo a todo el que quisiera escuchar que lo había visto alejarse con Diana.
—¿Qué ha pasado? —Quiso saber el duque.
—Por lo que he visto, esa estúpida no está satisfecha con el esposo que le ha buscado su padre. Ha intentado ponerme en un aprieto.
—Lo ha logrado —asintió Arthur con cara de pocos amigos—. Te has pasado un huevo, Diana estaba cambiada, ahora...
—Lo último que deseo es causarle algún trastorno a tu hermana. —La voz de Fred se transformaba cuando hablaba de ella—. Te dije en su momento que la quería para mí, nada ha cambiado, solo quiero hacerla feliz.
—Pues estás en un buen lío —señaló Arthur sirviéndose whisky, tenía el ceño fruncido y miraba a su amigo con desagrado—. Es posible que mañana cuando te levantes, ya hayan hecho venir al párroco. Me has defraudado.
Fred negaba con la cabeza.
—Si lo que esperan es que me case con ella lo llevan claro, no me interesa. —Las miradas serias de sus amigos le decían lo que estaban pensando—. Si es necesario me batiré en duelo con quien corresponda, pero no dejaré que una bruja como esa se salga con la suya.
—Parece que todas las damas la están creyendo, se ha estado deshaciendo en un mar de lágrimas.
—Nick sabía del pie que cojeaba la chica, en algún baile en Londres había tratado de jugar con él—.
Creía que eras más listo y no te dejarías enredar por la señorita Capell, es de lo más intrigante.
Su padre no sabe cómo sacársela de encima, la ha prometido con Spooner, ese tipo va detrás de su jugosa dote, pero ella quiere librarse de ese matrimonio y se pone en líos para que sea él quien rompa el compromiso.
—¡¿Qué hacen aquí esos personajes?! —exclamó Fred—. Yo creía que Midreck era más selectivo con sus invitados.
—Ya vemos que no —asintió Arthur dando un buen sorbo a su copa, enfadado por el comportamiento de Fred.
Aunque no la había visto, se imaginaba que sus hermanas se habrían enterado de lo sucedido—.
Te digo una cosa, nunca me habría esperado eso de ti, te creía más espabilado.
Si lo llego a saber no hubiese aprobado que te relacionaras con ella.
Me has decepcionado. —Dicho aquello se terminó su copa de un trago y se marchó de la estancia.
Al ser consciente de lo que había ocasionado, Fred no podía hacer otra cosa que renegar de las mujeres.
Los caballeros no soportaban las rabietas de las damas, y de esa en particular, menos; se estaba poniendo como loca, acusando a todos los hombres de ser unos aprovechados.
La madre de la muchacha fingía consolarla, conocía muy bien las tretas que empleaba su hija; sin embargo, al ver el teatro que le ponía al asunto y notar que las demás empezaban a dudar de lo ocurrido, se llevó a Hattie a su dormitorio del piso superior.
—Puedo dormir en mi cama en la habitación de las chicas —se quejó la muchacha, quería tirarle por la cara a la Bellesmoke que le quitaría a ese hombre solo con chascar los dedos.
—Ya has hecho bastante el ridículo por una noche, no voy a perderte de vista.
Los caballeros volvieron al estudio de Midreck a tomarse una copa, y a nadie le extrañó que Capell no le dijera nada a Fred, eso fue suficiente para todos, para comprender que no era la primera vez que su hija armaba un escándalo.
***
A la mañana siguiente, Aileen convenció a sus tías para que regresaran a Londres, lo hizo ella para que no se dieran cuenta de lo afligida que estaba su gemela.
Ellas avisaron a Arthur de que volvían a casa, y aunque no se lo dijeron, este supo que Diana estaba trastornada por lo ocurrido, no le extrañó que quisiera alejarse de allí lo antes posible.
Tampoco estaba seguro de que el tema de Capell se llevara con discreción y hubiese terminado la noche anterior, con alocadas como aquella nunca se sabía.
Salió a cabalgar, necesitaba pensar en qué podía hacer por su hermana, en parte se sentía culpable de lo que suponía una decepción, si no hubiese accedido a que Fred cortejara a Diana, eso no habría sucedido. Por esa razón las mujeres de su familia habían decidido irse de allí.
Trotando por los inmensos campos verdes de la propiedad se encontró con Fred y Nick.
—Siento mucho haber sido el tonto de turno —afirmó Fred mirándolo a los ojos—. ¿Me permitirás que hable con tu hermana? Quiero aclarar lo ocurrido con ella.
En ese instante, pudieron ver que varios carruajes se alejaban de la propiedad, a nadie le gustaba estar en medio de malas caras, chismorreos ni veladas acusaciones.
—Eso lo va a decidir ella; si lo que quieres saber es si voy a hablarle por ti, la respuesta es no. Ella será quien escoja. No quiero volver a arrepentirme de tomar una decisión que la afectará a ella, y eso vale también por Aileen. —Arthur sacaba pecho por sus hermanas.
—¿No crees que sería mejor volver a la ciudad? —preguntó Nick tratando de aligerar el ambiente que notaba tenso.
—Si cuando volvamos a la mansión esa tarada ha abandonado la propiedad, regresaré a casa, no voy a dejar que pisotee mi honor. —Fred hablaba con la vista fija en uno de los carruajes—. ¿No es ese tu coche? —preguntó sin mirar a Arthur.
Este lanzó una ojeada hacia el camino.
—Sí, mis tías y hermanas vuelven a Londres. Les resultó muy desagradable lo de anoche.
Fred encajó las muelas, cavilando que en la ciudad se podían encontrar con aquella tarada, la cual le había dicho que lo vio ese día con Diana, no quería que ella tuviera que enfrentarse a las habladurías de esa mala víbora. Debía volver a la ciudad.
—Yo también me voy a marchar, no quiero ver caras divertidas, o de censura, con estos nunca se sabe.
Sus amigos lo comprendieron y se propusieron hacerlo todos juntos.