¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

A quella noche, como otras que habían pasado allí, los jóvenes dejaron a los mayores con sus copas y cigarros mientras ellos paseaban entre las sombras del jardín.

Aileen quería saber qué había hecho ese día su hermana; ella, para encubrirla, se había cambiado de vestido y peinado varias veces, y se hizo pasar por Diana ante las damas y sus propias tías.

Al terminar de cenar, salió por las puertas cristaleras, y cuando lo hizo Diana, la cogió de la mano y tiró de ella, la arrastró hasta un bosque de hayas que les daba la intimidad que buscaba. Se aseguró de que nadie las hubiera seguido.

—Ya me estás contando, ¿qué ha pasado entre tú y el conde? ¿Qué habéis hecho?

—Ay, hermana, estoy tan confundida. —Diana entendía que Aileen sería la única que la comprendería, pero no sabía por dónde empezar a contarle—. Me ha hecho unas cosas...

Su hermana frunció el ceño.

—¡¿Qué te ha hecho?! —exclamó alarmada.

—No te inquietes, ha sido maravilloso. —Entonces recordó las palabras que él le había dicho después—. Y me ha asegurado que puede llegar a ser mejor.

—Te explicas como un libro sin hojas, haz el favor de no hablar con acertijos.

Diana soltó un suspiro al recordar cómo la había hecho sentir el conde.

—Nos hemos estado acariciando por todo el cuerpo.

—¡¡¡¿Qué?!!!

—No me lo hagas repetir, ya lo has escuchado. —Diana la hizo callar poniéndole una mano sobre la boca—. Ahora estoy segura de que me ama, no me habría hecho sentir esas sensaciones si no lo hiciera.

Aileen estaba alucinada, su gemela siempre fue la más comedida, y ahora resultaba que se había dejado manosear por un hombre que no le había declarado su amor; aunque se imaginaba que él estaba tan enamorado como Diana, no había pronunciado las palabras y eso no era aceptable.

—¿Cómo puedes estar segura de eso? Nuestras tías siempre nos han advertido sobre los hombres, no les cuesta nada prometer, y por lo que dices, el conde ni siquiera lo ha hecho.

—Ha sido tan tierno. —Su rostro mostraba lo encandilada que estaba. Recordaba cómo, sobre su semental, Fred la había tomado entre sus brazos para volver, le había susurrado palabras cariñosas, le había besado en lo alto de la cabeza al mismo tiempo que la abrazaba contra su pecho.

—¿No sabes que a la boca se le hace decir lo que quieres? —No entendía lo que le pasaba a Diana.

—Él no es así. —Se la veía tan convencida que esperaba que tuviera razón.

—¿Crees que ahora estará pidiéndole tu mano a Arthur o a las tías? —Aileen no lo creía, pero no quería decirlo a su gemela.

Entonces, Diana cayó en la cuenta de que no habían hablado de matrimonio ni de un futuro en común.

Aunque en un mundo donde la última en enterarse de sus esponsales era la novia, era posible que sí, que ya estuviesen haciendo planes sobre su boda.

Por alguna razón que no alcanzó a comprender, ese pensamiento le molestó; ella no era ninguna florecilla indefensa, quería participar de los preparativos, quería dar su opinión, deseaba disfrutar de un día tan señalado en su vida.

Sin embargo, si era sincera consigo misma, debía reconocer que en ningún momento el conde había dicho nada que la hiciera pensar en que hablaría con su familia.

Sus hombros se hundieron y Aileen se dio cuenta. Se le acercó y le pasó un brazo sobre los hombros.

—Estoy bien —afirmó Diana, pero no se lo creía ni ella.

—No lo estás.

—¿Sabes que me estás confundiendo? —Diana fue recorrida por un escalofrío al caer en la cuenta de que él podía haber estado jugando con ella, no le gustaba esa sensación, debía volver con todos los demás, encontrarlo y aclarar la situación—. Volvamos, necesito hablar con él.

Aileen enhebró su brazo con el de ella y juntas recorrieron el camino de vuelta al jardín de aquella mansión.

***

Ambas se juntaron con las chicas que paseaban entre los preciosos rosales, con ellas había varios caballeros que les reían las gracias; sin embargo, no se veía al conde por ninguna parte.

El duque estaba con otros hombres, entre los que se encontraba Arthur, hablaban y se reían en las puertas cristaleras que comunicaban con el estudio de lord Midreck, quien se carcajeaba por la ocurrencia de alguno de ellos.

—Por aquí no está —alertó Aileen. Diana negó con la cabeza, a la vez que se levantaba sobre las puntas de sus pies y miraba a todos los lados.

—Tampoco está con los caballeros. —Ante esa perspectiva, a Diana se le cayó el alma a los pies, ¿qué estaba ocurriendo allí?

¡Qué raro! ¿Se habría marchado? ¿No le habría gustado lo que habían compartido?

¿Le habría parecido una casquivana al dejar que la tocara de aquella forma?

Él no lo había demostrado, pero no sabía qué pensar.

—Voy a subir a acostarme, no estoy con ánimo de reír las gracias a nadie. —Su hermana comprendía que dijera aquello.

—Te acompaño. —Aileen no pensaba dejarla sola, las dos unidas eran un todo. Subieron al dormitorio compartido y ambas se pusieron sus camisones.

Diana estaba inquieta, no tenía sueño, se paseaba de un lado a otro, llegó al lado de la ventana abierta y escuchó unos murmullos. Se asomó y vio a una de las chicas de cara a uno de los setos, estaba de espaldas y por su postura se veía que estaba arrinconando a alguien.

—Milord, ¿es que es usted un invertido? —decía ella con tono acusador y muy desagradable.

—Le voy a demostrar lo que soy —hablaba él con enojo.

—No hace falta que se moleste, ya veo lo que es. —Lo provocó con menosprecio—. Llevo toda la noche tratando de incitarlo y no reacciona, eso es suficiente para saber el pie que calza.

—No me importa lo que usted piense, me trae sin cuidado.

—No va a ser así cuando esparza el rumor de lo que es, los dos sabemos que los aristócratas le darán la espalda. —La voz desagradable de esa mujer no acababa de llegar a los oídos de Diana.

—Es un bochorno para su familia, deben estar deseosos de quitársela de encima. Seguro que la casarán con el primer hombre que tenga los huevos suficientes para cargar con una desvergonzada como usted. —Diana reconoció la voz del conde.

Ella soltó una carcajada llena de maldad.

—Es usted tonto, ¿no se da cuenta de que ahora mismo está donde yo quiero que esté? Solo debo esperar a que alguien nos pille aquí. ¿Qué ocurriría si me pongo a gritar? Todos sacarán sus propias conclusiones.

—Aunque eso ocurra, no pienso dejar que me cace.

—Claro, yo no soy ella. —Masticó las palabras con enfado—. ¿Cree que no lo he visto alejarse con aquella lagarta? Espero que haya aprovechado el tiempo, porque no voy a perderlo de vista de ahora en adelante.

—Para hablar de ella lávese la boca. —Fred, que había supuesto que aquello era una broma pensada por alguno de los hombres, se daba cuenta de que había caído en la trampa de aquella intrigante dama que lo único que quería era escapar de un matrimonio que le habían concertado sus padres con un lord de capa caída.

—Bonitas palabras —se burló ella.

Diana se quedó con la boca abierta, ¿qué estaba haciendo el conde allí en la oscuridad con aquella chica?

Para su sorpresa, la vio ponerse de puntillas junto a él y, agarrándolo por la nuca, besarlo.

Cuando la impresión pasó, miró alrededor, vio un jarrón con flores frescas, lo cogió y lo vació encima de la cabeza de ambos.

Un grito alertó a todos los invitados de los Midreck; en un momento, hombres y mujeres, mayores y jóvenes corrían por el jardín en busca de la procedencia de aquel sonido desagradable.

Aileen corrió al lado de su hermana, no sabía qué había pasado, solo la veía con el jarrón vacío en la mano.

Al asomarse frunció el ceño al ver a aquella muchacha sacudiéndose el agua que chorreaba, y sus ojos se cruzaron con los negros del conde, que levantó la cabeza en busca del lugar de donde salió aquello que lo dejó mojado y con flores que se le habían pegado a su atuendo.

—El conde ha florecido. —Aileen no pudo retener aquellas palabras, lo que veía le parecía ridículo y le entraban ganas de reír, si no fuera porque sabía que le había roto el corazón a su hermana.

—No me lo puedo creer —susurró Diana, sentía que le faltaba el aliento.

«Será malnacido» pensó Aileen con los dientes apretados.

Tiró de su gemela hacia dentro del dormitorio, podía imaginarse que se estaba afligiendo por dentro al verlo en compañía de otra mujer.

Al llegar al otro lado de la sala donde estaban sus camas, escuchó que su hermana sorbía por la nariz, estaba llorando por aquel idiota que la hizo ilusionarse.

—Tenías que haberles tirado el jarrón, además de las flores y el agua, te habrías sentido mejor. A ver si aprende a tomarse a las mujeres en serio en lugar de jugar con ellas —dijo a Diana.

Mientras se sentaban podían escuchar los murmullos de las señoras al hallar a la pareja, también de los jóvenes y las risitas de los caballeros.

—Quiero irme a casa —susurró Diana muy acongojada.

—Por la mañana, ahora trata de dormir.

Diana se sentía desilusionada, frustrada, decepcionada, había pasado de pensar que él correspondía a sus sentimientos a darse cuenta de que era un idiota que jugaba con los de las mujeres.

Había sido una tonta por ver en él al hombre perfecto con quien le encantaría compartir su vida.

Le había demostrado que, para él, su amor no valía nada.