¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Diana se sentía cómoda en brazos de ese hombre.

Lo vio inclinarse hacia ella y se quedó esperando a que sus labios tocaran los suyos, tanto era su anhelo que se le resecó la boca y se pasó la lengua por la boca, fue un segundo antes de que él la besara a conciencia.

Ella se abandonó al sabor de aquellos besos, a las caricias de él recorriéndole con morosidad el interior de su boca, al mismo tiempo que sus manos paseaban por la estrecha espalda haciendo que fuera atravesada por escalofríos placenteros.

Las rodillas femeninas se volvieron de gelatina, y él la sostuvo contra su pecho, la tomó en brazos y entró en la cabaña sin abandonar su boca.

Con mucho cuidado se tendió en el jergón donde tantas siestas hizo en el pasado, y la colocó sobre sí.

Diana estaba trastornada, sentir que estaba sobre el pecho del conde la hacía temblar, se separó de aquella boca que la llevaba a la locura.

Empezó a negar con la cabeza, y él le cogió las mejillas entre sus manos, aquietándola.

—No deberíamos...

—No haremos nada que tú no quieras —susurró Fred pasando la lengua por la jugosa piel de Diana.

La besó en la comisura de los labios, aspirando el inferior entre los suyos—.

¿No te gusta lo que estamos haciendo? —Recorrió el rostro de ella con los labios ardientes—. Te deseo, cariño, es superior a mí.

Diana no sabía lo que estaba sintiendo, un placentero hormigueo la recorría entera, desde la cabeza a los pies.

Ella no reconocía lo que ese hombre le hacía experimentar; sin embargo, no podía ser malo lo que la hacía sentir tan bien.

Notó que él le desabrochaba los botones traseros de su vestido, que lo dejaba suelto, y sus grandes manos se colaban hasta estar tocando su piel con las yemas de sus dedos; la recorrió un escalofrío al sentir que le pellizcaba un pezón con mucha suavidad, y sintió unas tremendas ganas de tocarlo como él hacía con ella.

Sus dedos fueron torpes al toparse con los botones del chaleco de Fred, toda ella temblaba, pero no paró, siguió con lo que se había propuesto, la camisa fue otro reto que salvó; y al encontrar la piel cálida y desnuda, la acarició con la mano abierta sintiendo que ante ella estaba la libertad que siempre había ansiado, en esos momentos nadie podría retenerla, era dueña de sus actos y pensaba disfrutar de cada segundo.

Fred se removió debajo del cuerpo esbelto de Diana, lo estaba volviendo loco al devolverle las caricias, la notaba que estaba descubriendo un nuevo mundo; sus jadeos, sus suaves exclamaciones, eran una prueba irrefutable de que era la primera vez que sus manos tocaban íntimamente a un hombre, y eso lo llenaba de dicha y satisfacción.

No quería apresurarse, le daría tiempo para que se acostumbrara a él; sin embargo, a cada momento ella estaba más inquieta, como si pretendiera fundirse con su cuerpo, lo estaba matando de gozo.

Una de sus manos se coló bajo la falda de Diana, subió por la pierna hasta traspasar la barrera de sus medias y le hizo cosquillas en la unión de sus muslos, notándola húmeda y ardiente.

Levantó la cabeza y le capturó un pezón con la boca, chupándolo y aspirándolo con ganas; ella soltó un grito al sentir un placer abrumador que le recorría el cuerpo.

Escuchar la respiración errática de Diana lo trastornó, supo que sus caricias estaban a punto de lanzarla al universo, uno de sus dedos se coló en el interior del cuerpo femenino y notó como ella lo apretaba como si pretendiera engullirlo, no lo soportó más.

Se desabrochó los pantalones y guio la mano de ella a su miembro endurecido y palpitante, le enseñó cómo debía acariciarlo, aquellos movimientos arriba y abajo lo enardecieron, le capturó la boca y él movió su mano entre los cremosos muslos de ella hasta que sintió como se cerraba a su alrededor y soltaba un grito de placer. Él la siguió en el clímax.

Diana estaba aturdida, ¿qué había pasado? ¿Cómo había dejado que le hiciera el amor?

—Te has aprovechado de mí —susurró con las pocas fuerzas que iba recuperando—. Nunca imaginé que...

—¿Que te gustara tanto? —la interrumpió él—. Pues eso solo ha sido una muestra de lo que puede llegar a ser.

Ella lo miró confundida.

—¿Me está enredando, señor conde?

Fred se percataba de que estaba tan inmersa en la pasión que habían vivido que, sin darse cuenta, lo volvió a tratar con formalismo, le hizo gracia ese detalle

—Nunca lo haría —habló él besando el ceño fruncido de ella—. Si nos empleamos a fondo, si llegamos hasta el final, saldrás volando hacia las estrellas.

—Estás tratando de engatusarme.

—¿Eso es lo que piensas? ¿Me estás diciendo que no lo has disfrutado? —Él separó su cara de su pecho, la caliente respiración de Diana lo estaba excitando de nuevo—. Aún estoy sintiendo tu mano acariciándome.

Ella apenas se había dado cuenta de que seguía tocando aquella piel suave y caliente, la separó como si se hubiese quemado, y él se arrepintió de habérselo hecho notar.

—¿Lo que quieres escuchar es que me ha gustado? —Al decirlo advirtió que sus mejillas ardían; no obstante, nunca fue hipócrita con lo que sentía y no empezaría en ese momento—. Sí, me ha agradado.

Fred sonrió como un demonio, si ella lo aceptaba por esposo tendría una vida llena de dicha, alegría, y felicidad.

La ayudó a ponerse en pie, a arreglarse el vestido, hizo lo que pudo con su peinado, y cogidos de la mano volvieron a la mansión, donde se despidieron de la abuela Bridget y volvieron a la casa de los Midreck.