Capítulo 31
A la mañana siguiente, la mayoría de los caballeros dejaron las camas pronto y se fueron a cabalgar.
Fred no, había pasado la noche soñando con cierta damita que le robaba el aliento; y después de desayunar en el comedor principal de la mansión de los Midreck, salió al frescor de la mañana y paseó en el jardín que estaba frente a la casa, esperando que Diana no fuera de las mujeres que se levantaban al mediodía.
Había planeado una excursión y esperaba que ella aceptase acompañarlo.
Se sentó en un banco de piedra que quedaba ante la puerta de cristal que llevaba a la rosaleda.
Al verla salir al exterior, se le quedó el aliento atascado en la garganta; ella lucía un vestido azul con un estampado de flores amarillo pálido, acompañaba su atuendo con un chal color marfil y una sombrilla a juego, con puntillas de encaje de Bruselas.
Las miradas de ambos se encontraron al mismo momento; y él, con una sonrisa, se levantó y caminó hacia ella; antes de llegar a su altura, se inclinó en un rosal y cortó un capullo de pétalos aterciopelados de color rojo pasión.
—Una bella flor para la más hermosa de las mujeres —susurró solo para los delicados oídos femeninos.
—No diga eso, sé que hay jóvenes más bonitas que yo —habló oliendo la fragancia de aquel bonito ejemplar.
—No para mí.
El corazón de Diana se saltó un latido, pareció que le faltara el aire, se lo quedó mirando y notó que se derretía por dentro al ver la ternura en sus ojos negros. Se le había resecado la boca, y se mordió el labio inferior.
—No haga eso —dijo él con los ojos posados en su boca—. A no ser que quiera que la bese aquí mismo. —Ella apretó los dientes para mantenerlos a raya y no provocarlo—. La estaba esperando, estamos cerca de donde vive mi abuela, ¿le apetece que vayamos a saludarla?
—Oh, sí, me encantaría. —La dama le había caído muy bien la otra vez que estuvo en su casa, y aparte de hacerle esa visita, tendría la oportunidad de pasar tiempo con el conde, de conocerlo un poco mejor, que era lo que deseaba.
Mientras pensaba en ello, supo que ni sus tías ni Arthur le permitirían hacer esa escapada a solas con el conde, debía encontrar la forma de que no se enteraran de que se marchaba con él, y qué mejor forma que diciéndoselo a Aileen, ella los distraería—.
Si me da unos minutos, lograré que nadie se entere de nuestra fuga.
—¿Qué va a hacer?
—Luego le cuento, usted ocúpese de los caballos y espéreme en la parte de atrás de los establos.
Diana volvió a entrar, buscó a Aileen, que aún estaba en el dormitorio de las jóvenes, la hizo salir al pasillo para que ninguna de ellas se enterara de sus intenciones, y le dijo que se ausentaría con el conde.
—¿Acaso te has vuelto loca? —La idea no le gustó a su hermana.
—No, y no te me pongas en el plan que están nuestras tías y Arthur. Cúbreme, a ellas les dices que me he quedado descansando de anoche; y a él, que he ido al mercadillo con las mujeres.
A Aileen no le gustaba mentir, pero lo haría para que su hermana se convenciera de si en realidad ese era su hombre o no.
—Está bien, pero no lleguéis tarde, no vaya a ser que me quede sin excusas.
—Gracias, hermanita. —Diana se le acercó, le dio un beso en la mejilla y le dedicó una radiante sonrisa.
Reprimió las ansias de bajar corriendo al encuentro del conde, la escalinata se le hizo eterna, y al fin salió por la puerta de atrás hacia los establos; un rato más tarde habían cruzado la cancela y trotaban hacia el norte.
—Si vamos más rápido, podremos estar allí un poco más de tiempo —dijo ella a su acompañante.
—No quiero que se agote.
—No lo conseguirá, será usted quien termine así —lo provocó.
Fred espoleó a su caballo y ella lo siguió; cuando llegaron a la mansión de la anciana, ambos lucían unas radiantes sonrisas, les gustaba montar y no lo ocultaban.
La puerta se abrió y Fletcher asomó la cabeza.
—Qué grato volver a verlo tan pronto, milord.
—Me di cuenta de que echaba de menos a mi abuela.
—Está en el salón.
Aquella información contrarió a Fred, había esperado que la anciana aún durmiera y tener una excusa perfecta para llevar a Diana a pasear por los alrededores.
—Que nos traigan té, por favor.
—Sí, señor.
El encuentro con la dama fue sorprendente, esta les sonrió con alegría, estaba en compañía de Roslyn tomando un ligero desayuno, ataviada con elegancia, con un traje gris de varios tonos y joyas de perlas que contrastaban con aquellos colores y le daban mucho refinamiento.
Fred le besó la mejilla, sabiendo que le gustaba que lo hiciera.
—Caray, temía encontrarte durmiendo.
—Ya dormiré cuando me muera —dijo la dama con una sonrisa dirigida a Diana.
—No diga eso, tiene más energía que muchas mujeres más jóvenes —la halagó ella—. Hay muchas a las que les gusta remolonear en la cama hasta el mediodía.
—Lo sé, y se pierden las mejores horas; Roslyn y yo, cuando terminamos de desayunar, vamos a pasear un rato por los alrededores, o nos quedamos en el jardín cuidando de las flores, luego llenamos la casa de floreros de colores y aromas que sacan sonrisas a todo el mundo.
A Diana le encantaba esa mujer que, a pesar de su edad, se mantenía ocupada, y no la había escuchado quejarse de los achaques propios.
Mostraba una energía que sería la envidia de muchas, o quizá no; era posible que muchas mujeres, cuando quisieran darse cuenta, se percatarían de que habían desperdiciado su vida.
—Me encanta que aproveches el tiempo, abuela, que hagas lo que te venga en gana.
—No dejaré que la guadaña entre en esta casa sin luchar, la mantendré alejada tanto tiempo como pueda.
—Así me gusta, que plantes cara a las adversidades —la alabó su nieto.
Roslyn sirvió té para todos cuando Mery llegó con la otra tetera.
—Nunca has traído a una mujer aquí y en pocos días vienes con la misma, ¿tienes algo que contarme, Fred?
—Eres muy aguda, tú misma puedes responderte a esa pregunta.
La dama soltó una carcajada que los hizo sonreír a todos.
Diana cogió una galletita antes de que le preguntara a ella, no deseaba meterse en camisas de once varas ni contestar lo que para ella aún no tenía respuesta.
A la joven le parecía que aquella mujer no tenía un pelo de tonta, que podía hacerse la excéntrica, pero solo era eso; si la creían rarita no la molestaban y vivía en paz en aquella increíble mansión, con tranquilidad, con sus sirvientes y su dama de compañía.
Al terminar con aquel refrigerio, la dama miró a su nieto.
—¿No te apetece llevar a Diana a ver el lugar donde solías ir a pescar cuando eras pequeño? He hecho que el embarcadero y la cabaña fueran cuidados, que el tiempo no las derribara.
Fred se sorprendió de que su abuela hubiese cuidado de aquel rincón que él había disfrutado tanto cuando era un chaval.
—Me alegra escuchar eso. Es posible que te traiga una carpa para la cena.
La dama rio de ese modo encantador.
—Id, id, no tenéis que estar contemplándome.
Él cogió a Diana de la mano y salió de la casa con una sonrisa pintada en los labios.
—Hoy parece estar muy lúcida —apuntó ella recordando que le había comentado que se comportaba de forma extravagante.
—Sí, a veces pienso que nos toma el pelo cuando se hace la estrafalaria. Sí que viste como si cada día fuera de fiesta, pero qué mal hay en ello.
—Yo no le veo ninguno, lo primordial es que sea feliz, no hace daño a nadie por su forma de ataviarse.
—Me encanta que pienses así, me demuestras una humanidad que no he encontrado en ninguna mujer.
Fred le rozó los labios con los suyos y le sonrió de una manera que le llegó al corazón. Caminaron por un sendero que los llevó a un bosque de robles, lo traspasaron y empezaron a escuchar el sonido del agua al transcurrir muy cerca.
—Me gusta mucho escuchar el río; en Arundel lo tenemos casi al lado, y es de lo más agradable el olor a tierra mojada, es igual que esté sereno o bravo, cuando en las montañas hay el deshielo crece, y a mí me relaja mucho oír cómo el agua choca con las rocas y las salta, eso es vida.
Fred le dio un suave apretón en la mano, Diana era tan distinta a las mujeres con las que había estado que se sentía confuso, ¿cómo podía ser que no la hubiese conocido antes?
¿Por qué Arthur no les había presentado antes a sus hermanas?
Eran tan distintas a las que los perseguían en las veladas de Londres, las que en sus cabezas solo tenían las citas con las costureras y las ansias de despellejar a las demás para quedarse con el mejor partido.
A medida que seguían por aquel camino, el ruido del agua era más potente, hasta que ante ellos se alzó una pequeña construcción de madera, y un poco más allá se podía ver una corta pasarela, un muelle con la madera oscura por el paso del tiempo.
—Aquí me pasaba muchas horas cuando de jovencito venía a visitar a mi abuela.
Ella lo miró con una sonrisa pícara.
—Uf, habló el anciano. —Se rio de sus palabras, lo que hizo que él sonriera, la envolviera entre sus brazos y, sin pretenderlo, le hiciera cosquillas.
— Wow , ¿qué tenemos por aquí? —bromeó moviendo los dedos por la estrecha cintura femenina.
Diana gritó con una sonrisa en los labios.
—No, no lo hagas. —Se removía contra él riendo como una niña—. No, no, no...
—Me encanta cuando ríes de esta forma, eres tan natural, sin artificios, genuina.
—Sus manos se calmaron y se quedaron quietas en torno a la cintura.
Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada.
Sin que ninguno de ellos fuera consciente de ello se estaban tuteando, y al darse cuenta sintieron que era lo más natural del mundo, se habían hecho muchas confesiones para seguir con aquel formalismo al hablarse