Capítulo 30
A ún no se habían reunido con las demás jovencitas, cuando se encontraron al conde y al duque, que estaban en la entrada de un laberinto en el costado derecho de la casa.
—¿No estaban fumando cigarros con los demás caballeros? —A Aileen le molestó que las interrumpieran cuando hablaban de los sentimientos de Diana.
—Preferimos estar en su compañía que en la de hombres que solo quieren presumir de sus propiedades y que prefieren jugar unas manos a los naipes. —Al duque le encantaba llevarle la contraria a aquella chica.
Fred se había quedado con los ojos prendidos de los de Diana, que lo miraban con fijeza, como si quisiera saber todos sus secretos, y lo sorprendente era que él no tenía ningún problema en compartirlos con ella. Se le acercó y murmuró:
—¿Le apetece que demos un paseo?
Ella asintió con la cabeza, y dio un paso hacia él. Caminaron uno al lado del otro hacia dentro del laberinto, en silencio, hasta que se alejaron lo suficiente para que nadie los escuchara.
—¿Se da cuenta de que nos podemos perder? —Le hizo ver ella.
—¿Tiene miedo de extraviarse conmigo? —La voz de él fue un suave ronroneo, y antes de que ella le contestara, le cogió la mano para que se sintiera segura.
Diana miró los dedos de él, que se tragaban los suyos; aquello le transmitía un calorcito que le recorría el cuerpo entero, la atravesó un estremecimiento de lo más placentero y sus ojos subieron hasta encontrarse con los de él.
—A su lado no tengo miedo.
—La protegeré con mi vida si es necesario.
Ella supo que estaba bromeando, su mirada oscura así lo indicaba.
—Esperemos que no llegue a serlo.
Fred le dio un suave apretón con la mano y la guio entre los altos setos, la luz que salía de la casa les llegaba cada vez con menos intensidad.
Diana observaba aquella ancha espalda que caminaba delante de ella, le llegaba a la nariz el aroma de un perfume fresco y masculino que le anegaba los sentidos, y se encontró aspirándolo con fruición, le gustaba ese olor.
De repente, él paró y ella chocó contra él, Fred se giró y la miró.
—¿Se ha hecho daño?
—No, no esperaba que se detuviera.
—Es que hemos pasado por aquí por lo menos dos veces.
A ella le entraron ganas de reír.
—Vaya por Dios, nos hemos perdido —habló y soltó una risita—.
Ya nos veo pasando la noche aquí, todo el mundo pensará que nos hemos fugado.
—Puso una mueca divertida—. «Y al cabo de los días se los encontraron tiesos como nabos en medio del laberinto maldito».
—Al hacer falsete con su voz, soltó una carcajada que lo contagió a él.
—Me gusta su sentido del humor.
—Mis tías dirían que no es adecuado para una señorita.
—Yo pienso que no es muy amante de todas esas normas de la aristocracia, ¿tengo razón?
—Pues sí, hay algunas con las que me siento atada, la sensación no es agradable, por ese motivo estoy más a gusto en Arundel.
No me malinterprete, allí también hay cotillas y chismosas; sin embargo, al ser un pueblo pequeño, todo el mundo llega a enterarse de lo del vecino, y eso hace que se callen algunas bocas, porque saben que si hablan, según de quién lo hagan, se encontraran en medio de un lío.
Se les hará probar de su propia medicina.
Aquella expresión hizo que él aguantara una risotada.
—Miedo me da ir a Arundel.
—¿Es que va a venir? —Diana abrió mucho los ojos, aquello no se lo esperaba.
—¿No le gustaría que fuera a visitarla? —La mirada azabache de él junto a la oscuridad hacía que ella se sintiera observada, como si la acariciara con sus ojos, eso le hizo sentir un agradable cosquilleo que la recorría de arriba abajo.
Diana contuvo el aliento, se sintió temblar, un escalofrío la atravesaba entera.
—Si viene a Arundel tendrá a muchas mujeres pendientes de usted. —Después de haberlo dicho deseó haberse mordido la lengua; si él era un poco vanidoso, iría solo para ver cómo las mujeres hacían el ridículo.
Él notó que se arrepentía de lo dicho, y tuvo ganas de reír.
—No me importa lo que piensen de mí, solo me interesa su opinión. —Su voz fue un susurró acariciante que le erizó los pezones. Fred sintió que ella se removía con un escalofrío, bajó la cabeza y le rozó los labios con un susurro—: ¿Me da su permiso para ir a verla?
—Sí —contestó Diana con la voz desmayada, aquel roce en la boca le había hecho desear que siguiera, quería sentir aquellas sensaciones que él despertaba en ella al besarla.
—Sé que tendré que pedir permiso a su hermano y a sus tías.
El comentario hizo que se pusiera tensa.
—No soy dueña de mi vida —soltó con los dientes apretados, sintió que los brazos de él la envolvían y la abrazaban contra su cuerpo duro.
Imaginó que le estaba dando a entender que a su lado podría gozar de una libertad desconocida hasta el momento—.
Ahora mismo haría una locura para disfrutar de mi voluntad.
—¿Qué haría? —Quiso saber él, le encantaba el carácter de esa mujer, su decisión.
Diana se daba cuenta de que si decía lo que le había pasado por la cabeza, él pensaría que era una fresca. Bajó los ojos al suelo y negó con la cabeza apretando los labios.
Fred puso el índice bajo la fina barbilla de Diana, clavó sus ojos en los de ella y le dio un suave apretón en la cintura, animándola a que dijera lo que le pasaba por la cabeza.
—Pensará que soy una desvergonzada.
—No, nunca; en lo que a usted se refiere, no podría. Dígame cuál es su voluntad y le juro que la haré realidad.
Diana contuvo el aliento, al mismo tiempo que se preguntaba si en verdad lo haría.
—No le creo.
—Me hiere con sus palabras.
Ella cogió aire con fuerza.
—Sabe por qué estamos en Londres, ¿no?
—Sí —asintió el conde.
—No sé por qué ahora les ha entrado prisa porque nos casemos.
Es como si estorbáramos, y no lo entiendo —hablaba con abatimiento, se notaba que era incomprensible para ella—.
No nos lo dijeron hasta el último momento, y los amenacé con fugarme a Gretna Green si pretendían casarme con alguien que no fuera de mi agrado; quiero hacerlo por amor, no por conveniencias.
Fred no podía estar más sorprendido, esa mujer tenía sus prioridades muy claras, tanto que se expondría a un escándalo si la obligaban a hacer lo que no aceptaría bajo ningún concepto.
Eso le abrió los ojos, le demostraba que la vida a su lado nunca sería aburrida, que sus voluntades juntas podían ser explosivas.
Eso lo hizo imaginar una vida en común, y lo que se le presentaba en la cabeza era de su agrado: una mujer hermosa, con suficiente carácter para que no la tomara nadie por una boba sin criterio, que se sabría defender de posibles habladurías si no le gustaban, que no se dejaría manipular por nadie, ni siquiera por él.
Le encantó ese futuro que tenía al alcance de la mano.
Sintió que su pecho se llenaba de calor, inclinó la cabeza y esta vez no fue una rozadura de labios, no, fue un beso ardiente, que le salía del alma, deseaba marcarla a fuego como suya, que ella se diera cuenta de que juntos formaban la unión perfecta.
Diana se sintió derretir, aquel beso la estaba haciendo temblar de la cabeza a los pies, la lengua del conde le recorría la boca como si quisiera engullirla, y ella se sentía en la gloria.
¿Estaba tratando de decirle que le importaba, que él quería ser ese hombre que se uniera a ella por amor?
En su interior, las mariposas estaban bailando una polca, el cosquilleo que sentía la hacía respirar entrecortadamente, y se le escapaban unos ruiditos del fondo del pecho que no podía reprimir.
Fred supo que estaba a punto de tumbarla sobre la hierba fresca y hacerle el amor como un poseso, la deseaba como nunca lo hizo con ninguna mujer, quería que ella supiera que lo tendría rendido a sus pies esa vida y cien más que vivieran.
Paró para no ponerla en un compromiso; a Diana debía cortejarla, enamorarla y amarla como un hombre ama a una mujer.
—¿Quiere que nos fuguemos a Gretna Green? —preguntó Fred con una sonrisa satisfecha; en la oscuridad, ella pudo ver el reflejo de sus blancos dientes, se estiró y le robó un beso, y soltó una risa cristalina, mirándolo con alegría y felicidad.
Fred la tomó de la mano, le besó los dedos y le susurró:
—Mejor que salgamos antes de que vengan a buscarnos. —Diana estaba pendiente de no despertar las lenguas viperinas.
En pocos minutos estuvieron fuera y ella se dio cuenta de que la había embromado al decirle que estaban perdidos, lo hizo para estar con ella un rato a solas y eso la satisfizo.