Capítulo 29
«¡¡¡Q ué poco encanto tiene este conde!!!», pensaba Aileen subiendo las escaleras hacia el dormitorio de las jóvenes para cambiarse para la cena. Diana se había quedado charlando con Cora, y ella se había adelantado.
Cuando su hermana se reunió con ella, varias de las chicas se estaban acicalando antes de bajar a reunirse con los demás invitados.
Todas armaban un buen alboroto, ordenando a sus doncellas que las peinaran de una forma u otra para estar más atractivas que las demás.
Poco a poco iban abandonando la estancia; Diana y Aileen, como compartían doncella, se esperaban una a otra, y al encontrarse solas comentaron lo de la tarde.
—Te lo has pasado bien provocándolo ¿eh?
—Para lo que ha servido —replicó Aileen a su hermana—. Lo que me tiene intrigada es cómo nos distingue, muchas veces ni nuestra propia familia lo hace.
—Tengo la sensación de que nos observa mucho, debemos hacer algo que nos delata.
—Poco me importa cómo lo sepa, el hombre es como una seta, no se ha inmutado con mis provocaciones.
Al escuchar a Aileen, Diana sintió que se le acaloraban las mejillas, con ella no se comportaba con frialdad, sus besos eran de lo más ardientes, hacían que se derritiera entre sus brazos.
—Por tus colores yo diría que contigo actúa de otra forma.
—Vio que Diana trataba de ocultar lo que sentía mirando a todas partes menos a ella.
Ya le había confesado que estaba enamorada del conde; así y todo, Aileen se temía que se estuviese dejando manipular por un hombre que tenía mucha experiencia; al ser amigo de Arthur, se lo imaginaba como él, un mujeriego—.
No quiero que el conde te haga ningún daño.
—No creo que lo intente. —El convencimiento de Diana sorprendió a Aileen.
—¿Por qué dices eso?
—Porque nuestro hermano no lo consentirá, y él debe saberlo.
Aquellas palabras eran muy convincentes, Arthur podía desafiarlo, y no esperaba que ninguno de ellos estuviese dispuesto a jugar con aquella amistad que duraba desde que se conocieron en Eton en su época de estudiantes.
—Tienes razón, supongo, pero sigo pensando que el conde tiene muy poco encanto.
Esas palabras se las había repetido en distintas ocasiones y ya empezaban a hacerle gracia a Diana.
Imaginaba que le había cogido ojeriza por mantenerla alejada de ella, claro que tampoco era para tanto, no era que pudieran estar solos un largo rato, no, solo podían escabullirse cortos espacios de tiempo para que nadie pudiera criticarlos a conciencia.
Al bajar las escaleras hacia el comedor donde se servían copitas para los mayores, vieron al conde y al duque al pie de estas. ¿Las estarían esperando? Aileen no lo pensó dos veces, enlazó el brazo con el de su hermana y trató de pasar por su lado hacia la sala desde donde salía un buen alboroto.
—Señoritas Bellesmoke, las estábamos esperando para acompañarlas —habló el duque recorriéndolas con una mirada de lo más ardiente.
Diana se había vestido con una prenda sobria de satén color rosa pálido, con los hombros al aire y unas mangas caídas que resaltaban la cremosidad de su piel. Como único adorno, lucía un collar de perlas y unos pendientes colgantes que se balanceaban cuando ella se movía.
Aileen llevaba un traje gris perla con bordados en hilo de plata que relucían al andar bajo las lámparas de araña.
Ambas se habían peinado su cabellera rubia en un recogido en lo alto de la cabeza, y les bajaban varios bucles enmarcando sus ovalados rostros armoniosos.
—¡Qué amables! —exclamó Aileen colgándose del brazo del conde, este le sonrió con picardía.
—Se ha equivocado de brazo, señorita.
—¿Cómo demonios lo sabe? —susurró ella solo para sus oídos.
—Lo sé —afirmó él sin darle las explicaciones que ella esperaba.
Con una caballerosidad abrumadora, le tomó la mano y la puso en el codo de su amigo al tiempo que cogía la de Diana y la apoyaba en el suyo—.
Ahora ya está todo en su sitio. —Al decirlo le guiñó un ojo a ella, que le sonrió con encanto.
Los hombres las guiaron hacia el comedor y muchas miradas se clavaron en ellos, Arthur debía reconocer que hacían muy buena pareja con sus hermanas; no obstante, solo sabía que Fred estaba interesado en Diana, Nick no había dicho esta boca es mía, debía advertirle que no consentiría que jugara con ella.
***
La larga mesa estaba dispuesta para todos los asistentes, los anfitriones los invitaron a sentarse, y como si se hubiesen puesto de acuerdo, las tías de los Bellesmoke ocuparon unas sillas vacías que había al lado de los Midreck, mientras los jóvenes lo hacían en la otra punta de la mesa.
La cena fue de lo más entretenida; entre un plato y otro, los caballeros hacían planes para salir a la mañana siguiente a cabalgar por los caminos que bordeaban la propiedad.
Enoc y Orson Midreck eran los que animaban a los invitados a recorrer aquel entorno.
Las mujeres, al verse relegadas, hicieron lo propio; Cora y Beatrice propusieron ir a una aldea cercana donde los sábados había mercadillo, a todas les encantaba ir a comprar alguna fruslería.
A Fred no le agradó que Diana fuera a un lugar donde abundaban las gentes que harían cualquier cosa para sacarle unas monedas; estaban los zíngaros, que recorrían el país con aquellos carromatos y que tenían mucha labia a la hora de vender o de cambiar lo que se les antojara.
No dudarían en robarle un beso como pago de alguna mercancía, de una cinta o un pañuelo, y eso lo ponía frenético.
—Mañana acompañaré a las mujeres —dijo con los ojos clavados en Diana—. Creo que será más divertido que salir a cabalgar, eso lo hago cada día en Londres.
—Pero... —Aileen había visto la mirada posesiva que le dedicó a su hermana, y sus ojos fueron hacia ella, vio satisfacción en su rostro y calló; pensaba decirle que no necesitaban a ningún hombre que las protegiera, que se fuera con ellos.
—No es lo mismo aquí que en Londres —replicó el duque, que también vio hacia dónde se dirigían sus ojos.
—Me da igual, me apetece conocer esta parte del condado.
Les sirvieron un guiso de carne con puré de guisantes, y los planes quedaron relegados hasta más tarde.
Diana no podía creer que el conde decidiera ir con las mujeres en lugar de a cabalgar con los hombres, no creía que ella tuviera nada que ver.
¿Habría alguna otra a la que quisiera impresionar o camelarse?
Solo de pensarlo se le anudaron las tripas y se le pasó el hambre.
Empezó a marear la comida que tenía en el plato mientras por su cabeza pasaban imágenes del conde besando a una mujer sin rostro, bajó la cabeza hacia el cubierto, lo que llamó la atención de Aileen, que inclinando la cabeza, susurró:
—Hermana, ¿te encuentras bien?
Ella no pensaba dejar que nadie viera cómo la afectaba lo que él hiciera, ni siquiera Aileen; era muy capaz de soltar alguna impertinencia por la boca que aún llamaría más la atención de los que las rodeaban.
—Desde luego, ¿tengo cara de enferma? —Quiso fingir que nada le afectaba; no obstante, no terminó de salirle como ella quería.
Varias miradas se trasladaron a ella, entre las cuales estaba la del conde, que levantó una ceja.
—¿No le gusta lo que le han servido? —susurró Fred.
Al momento, ella dejó de remover y se puso una cucharada de puré de guisantes en la boca para no tener que responder. A él le hizo gracia, al tiempo que se preguntaba el motivo por el cual ella lo había hecho.
Para que nadie más se interesara por su salud, se concentró en lo que tenía en el plato, comía despacio, masticaba mucho y no levantaba los ojos de su cena, lo que le extrañó al conde, pues la había visto muy comunicativa un rato antes. Se propuso enterarse de lo que había sucedido.
En cuanto terminaron con los postres, los caballeros acompañaron a lord Midreck al estudio, donde beberían y fumarían sus cigarros.
Las damas se quedaron en el comedor; las más jóvenes abrieron las puertas que daban al jardín y salieron a tomar el fresco, mientras las más mayores se quedaban en el interior tomando té.
—¿Me dirás ahora lo que ha ocurrido antes? —Quiso saber Aileen apartando a su hermana de las otras que caminaban entre las flores bien cuidadas de los parterres.
—Nada —dijo ella no queriendo compartir su inquietud.
—Diana, por Dios, no seas niña. Sé muy bien que algo te ha trastornado.
Un silencio incómodo cayó sobre ellas, al fin murmuró:
—He tenido la sensación de que mañana el conde se quiere quedar con las jóvenes para camelarse a alguien.
Aileen frunció el ceño, para ella era claro que su hermana tenía razón, ¿acaso no lo deseaba?
—No te entiendo, Diana, me dijiste que estabas enamorada de él, ¿quizá quieres que se mantenga alejado de ti?
Diana se paró y la miró con llamaradas en los ojos.
—Es que no sé si él siente lo mismo que yo, y no quiero ser testigo de sus escarceos con otra mujer.
—¡¿Qué dices?! —exclamó Aileen. ¿Es que su hermana no se había dado cuenta de que él estuvo pendiente de ella todo el tiempo que llevaban en la mansión Midreck?
—Ya me has oído, y baja la voz, no quiero que se entere todo el mundo que me ha robado el corazón.
Aileen nunca había escuchado a Diana hablar como los poetas que llenaban las páginas de los libros que solían leer.
—Sabes que yo no te mentiría, ¿verdad? —susurró cogiéndose de su brazo y arrimando la boca a su oreja para que solo ella la oyera.
—Lo sé. —Asintió con la cabeza.
—¿Es que no te has dado cuenta de que por mucho que he movido el culo delante de él esta tarde no me ha hecho ni caso? Sus ojos estaban prendidos en ti. Tengo la impresión de que él está experimentando lo mismo que tú.
Diana dudaba de su propio sentido común.
—No lo sé, me parece raro que mañana no vaya con los hombres a cabalgar, es como si planeara encontrarse con alguna de las chicas en secreto.
Que estuviera celosa le decía a Aileen que en verdad había perdido el corazón en manos de ese hombre, y aquellas últimas palabras le indicaban que también la razón.
—¿No te has parado a pensar que con quien quiere pasar un rato a solas puedes ser tú?
La boca de Diana no podía estar más abierta, desde luego se estaba volviendo boba, se había enfurruñado sin saber si tenía motivos, había actuado como una cría. Se enfadó consigo misma al preguntarse qué pensaría él de ella después de aquella incómoda cena.