Capítulo 28
E se fin de semana, los Bellesmoke habían sido invitados al baile que organizaban los vizcondes Midreck, su propiedad estaba un poco alejada de Londres, y la vizcondesa aprovechaba para que sus amistades se quedaran en su gran mansión; había dispuesto dormitorios para las jóvenes, para los caballeros y para las parejas, separando las camas por biombos para ofrecer más intimidad.
Diana y Aileen estaban entusiasmadas, prometían ser unos días entretenidos.
Los vizcondes tenían dos hijos casados, y sus esposas afrontarían la tarea del entretenimiento de los invitados: tenían planeado ir de paseo a recorrer las playas cercanas a la propiedad y hacer un pícnic en la explanada detrás de la mansión, donde se extenderían mantas al sol y a la sombra, y hombres y mujeres podrían gozar de la brisa limpia que llegaba del Támesis; al estar más en el interior, disfrutaban de menos contaminación.
A la mañana del sábado, el carruaje de los Bellesmoke arribaba a la propiedad de los Midreck; tuvieron que esperar, ante ellos había tres coches que los lacayos estaban descargando. Al llegar su turno, la anfitriona junto con sus nueras les dieron la bienvenida.
—Estoy segura de que os lo pasaréis muy bien. —Les guiñó un ojo picarón a las chicas—. Mis fiestas son comentadas en los círculos más exclusivos de Londres.
De eso ya les habían hablado sus tías mientras iban hacia allí; a lady Midreck le gustaba que cada año su fiesta fuera salpicada por algún escándalo.
En una ocasión hasta había tenido que recurrir a un párroco para que oficiara una boda, una joven pareja fue cazada in fraganti por una de las mayores chismosas del reino, y ante el alboroto que armó la mujer, la pareja no tuvieron más remedio que acatar las consecuencias de sus actos y casarse allí mismo.
Constance se lo había explicado y les había advertido que no se quedaran a solas con ningún hombre, pues las charlatanas de Londres estaban pendientes de cada una de las muchachas que se reunían allí.
—Y de los hombres, ¿no? —Había indagado Aileen.
—Mi niña, no hace falta que te explique que la sociedad no piensa igual para hombres que para mujeres. —Tía Lilia repitió lo que a ellas les molestaba.
Las dos hermanas cruzaron una mirada llena de sobreentendidos, habían planeado averiguar lo que el conde sintiera por Diana, si estaba jugando con ella o no.
—Lo sabemos tía, lo sabemos —contestó Diana haciéndole un imperceptible gesto con la cabeza a su hermana.
Un rato más tarde, ambas se habían refrescado, cambiado y bajaban las escaleras de aquella enorme construcción; en el porche de atrás se había servido un refrigerio para quien fuera, y al salir al jardín, las chicas se encontraron con el conde Wrigh y con el duque Ravenstone.
Diana le hizo una perfecta reverencia; en cambio, Aileen, a la que se le revolvían las tripas tener que inclinarse ante él, se le dibujó una mueca desagradable en los labios y, al echarse hacia delante, pareció que se había tropezado y se caería, lo que hizo que él la cogiera por los brazos para que no terminara en el suelo.
Diana giró la cara para que los hombres no la vieran sonreír, sabía que Aileen lo hacía a propósito porque no le gustaba tener que hacerle reverencias a ese duque cuando era amigo de su hermano; era como si fuera de la familia, decía muy a menudo.
—Señoritas Bellesmoke, ¿no están descansando? —La profunda voz de Nick, junto con aquellas manos que la sostenían, hicieron que Aileen fuera recorrida por un escalofrío.
—Ya puede soltarme, no voy a caerme —protestó ella mirando aquellas manos que la agarraban con suavidad.
—Solo quería estar seguro de que no terminaría con el culo en el suelo. Sería bochornoso para usted.
—Es muy considerado —habló ella con los dientes apretados.
—Lo intento —murmuró el duque, con una risita.
Diana fue a la mesa y tomó un emparedado, el conde la siguió.
—¿Le apetecería uno? —señaló Diana, que lo tenía en la palma.
Él le dedicó una sonrisa pícara, le tomó la mano y dio un mordisco al de ella.
—Mmm, es muy bueno, estoy seguro de que no hay ninguno más delicioso como este.
A Diana se le colorearon las mejillas. Aun así, no calló.
—Entonces no seré descortés y se lo cedo, ya buscaré otro.
—Se lo agradezco —dijo él cogiendo dos vasos de limonada que le sirvió una muchacha que estaba pendiente de la mesa y su contenido.
Le pasó uno a ella, y Diana se encontró con las dos manos ocupadas, pues él no había cogido el emparedado, lo que Fred aprovechó para acompañar la mano de ella a la delicada boca femenina, y la vio dar un pequeño mordisco—. ¿A que está bueno?
Ella masticó con delicadeza antes de asentir con la cabeza.
Mientras tanto, Aileen estaba lidiando con el duque, que parecía dispuesto a burlarse de ella.
—Espero que tenga hambre, yo sí. Para llegar a tiempo de estar con ustedes, no he desayunado.
Ella no creyó ni una palabra.
—¿Por qué será que pienso que nos está mintiendo?
—Es usted muy lista, me ha pillado. —Nick le sonrió de tal forma que ella sintió como si se le derritieran los huesos.
—Tal vez no se trate de que yo sea espabilada, igual es que usted es... —Iba a decirle que tonto, pero unas voces hicieron que callara, no se le decía a un duque lo que pensaba.
Se acercaban los hijos de lord Midreck con sus esposas, el mayor, Enoc, con Beatrice, y el más joven, Orson, con Cora. Miraron a los que se les habían adelantado y les sonrieron.
—Madre ha dicho que estaba todo el mundo descansando, echándose una siesta para trasnochar —dijo Orson.
—Pues ya ves, no todo el mundo es un viejo carcamal —esclareció Nick en voz baja a los cuatro que acababan de llegar, que era buen amigo de aquellos.
Los hermanos soltaron una carcajada.
—Era lo que yo pensaba, pero no pienso llevarle la contraria a Octavia. —Le dio la razón Beatrice, cogió un vaso de limonada y le dio unos sorbos antes de decir—: ¿Os apetece que juguemos al cróquet? Tenemos los aros puestos detrás de los establos.
—A mí, sí. —Aileen era muy competitiva y deseaba poner en ridículo al duque, al mismo tiempo que coquetearía con Fred y así sabrían si era un hombre digno de confianza.
Beatrice encabezó la marcha hacia donde estaban los aros clavados en la tierra mientras decía:
—Podemos jugar hombres contra mujeres.
—Me encanta —asintió Diana.
—¿Sabe jugar? —Se interesó Fred.
—No, pero lo importante es participar, no me importa ganar o perder.
Las cuñadas le lanzaron una mirada de reproche.
—Esa no es la actitud. —Cora la cogió del brazo—. Te voy a enseñar algunos trucos antes de que empecemos, no podemos dejar que nos ganen, se les puede subir a la cabeza y se ponen insoportables. —El tono de voz con que habló hizo que Diana estallara en carcajadas.
—Me gustaría ganarles, desde luego.
—Eso me agrada más —afirmó Beatrice. Esta les explicó cómo funcionaba el juego y les susurró algunos trucos pícaros para despistar a los hombres—.
Lo que los distraerá será que mováis el culo cuando os dispongáis a pegarle a la bola.
También que finjáis calor, que os abaniquéis con la mano, se morirán por daros aire ellos.
—Para facilitarles estas instrucciones, las había reunido a su lado junto con Cora, y esta afirmaba con la cabeza y soltaba una risita.
Aileen pensó que era el momento adecuado para jugar un poco con el conde; como no se imaginaba ganando a aquellos que habían crecido en esa casa y que seguro lo podrían hacer con los ojos cerrados, se dedicaría a distraerlos.
Cada uno cogió un mazo y una bola de un baúl que estaba junto al muro del establo.
Fred se dio cuenta de que Aileen lo había mirado con travesura en los ojos idénticos a los de su hermana, y supo que se proponía alguna treta, estaría alerta.
El juego empezó y las hermanas vieron el espíritu de competitividad que había entre las dos parejas, ellas hacían lo que podían, y Aileen empezó a emplear los métodos que había sugerido Beatrice, estaba pendiente de Fred; sin embargo, este la ignoraba, era como si fuese un espectro, no le lanzaba ni una sola mirada, solo tenía ojos para Diana.
Esta, que se había puesto un vestido muy recatado con una puntilla en el cuello que le cubría toda la piel de esa zona, lo tenía embobado.
Se las apañó para acercarse a él y, con la excusa de que no había jugado nunca a ese juego, le lanzó la bola a los pies, lo que hizo que él levantara la pierna y se frotara el lugar lastimado.
—Señorita Bellesmoke, el aro está hacia el otro lado —dijo mientras veía que ella se aguantaba la risa, lo había hecho a propósito. «¿Qué estaba ocurriendo allí?», se preguntó Fred, él deseaba la atención de la otra hermana, no de esta.
—Uy, perdone, me he equivocado de bola, he tirado la azul y la mía es la verde.
Beatrice y Cora se daban cuenta de que allí no solo se estaba jugando al cróquet, se imaginaron que Aileen pretendía seducir al conde; no obstante, si lo hacía a golpes de bola, no creían que lo lograra.
Se aguantaban la risa por la diversión que les daba la gemela por querer llamar la atención de aquel hombre que no parecía interesado en ella.
Era tan evidente que hasta sus esposos se dieron cuenta, lo que hacía esa mujer era demasiado descarado, la diversión estaba más en ellos que en el juego.
El duque fruncía el ceño al ver a Aileen tonteando con Fred, no lo entendía, era la primera vez que la veía fijarse en su amigo, sus ojos azules no se perdían ni uno solo de los posados de ella para captar la atención del conde.
Fred miraba a Diana y esta fingía no darse cuenta de nada; no la creía tan tonta, allí había gato encerrado.
Se lo iba a preguntar, pero para que ella no se sintiera incómoda, sería sutil.
Trató de que sus tiradas lo acercaran a ella, y cuando estuvo a su lado, mientras esperaban que fuera su turno, susurró sin mirarla, para disimular.
—¿Qué está ocurriendo aquí? Creo haber dejado bien claro que no me interesa su hermana.
—Entonces dígaselo a ella, ¿qué pinto yo en todo esto?
Los ojos de él se entrecerraron, clavándolos en ella; estaba convencido de que cualquier otra mujer se habría percatado de que sus ojos no se podían apartar de ella.
¿Se estaba haciendo la boba? Tendría que tener una seria charla con Diana, dejarle claro que quien despertaba sus sentidos era ella, no su hermana, por muy gemelas que fueran.
Diana vio la mirada incendiaria que él le lanzó y su corazón dio un vuelco dentro de su pecho, ¿sería posible que sus sentimientos fueran correspondidos por él?
Lo vio que se retrasaba en la partida, esperando a Aileen, esta apretaba los labios para no soltar una carcajada.
En un primer momento pensó que las confundía, luego se percató de que no, y se preguntó cómo habría conseguido diferenciarlas, pero estaba claro que lo hacía.
—Señorita Bellesmoke, me siento halagado por sus coqueteos, pero no es usted quien me interesa. —Fue tan crudo, tan directo a propósito. Ella había intentado jugar, y él le devolvía la pelota.
Aileen se lo quedó mirando con la boca abierta, no esperaba que él dijera aquello.
Era evidente que era Diana a quien dedicaba sus miradas ardientes, eso ya lo había notado, eso no quería decir que no se sintiera rechazada, al fin y al cabo, eran idénticas.
Se giró hacia él, que había hablado a sus espaldas, y en su ímpetu, las faldas rodaron con ella y se le enredaron en las piernas, lo que estuvo a punto de hacerla caer de culo al suelo, suerte que él la sostuvo antes de que eso ocurriera.
Aun así, los ojos grises le lanzaron todos los rayos que sentía en su interior por la poca delicadeza que mostró.
—De eso ya me he dado cuenta —replicó ella—. Tenga en cuenta que sus atenciones igual no son bien recibidas por quien usted desea. —Aileen sabía que sí lo serían, pero no quería que el ego de él se subiera por las nubes.
Fred contuvo el aliento al escucharla, había tenido la impresión de que Diana estaba contenta con su cortesía hacia ella.
Sus encuentros le decían a las claras que estaba muy halagada con la atención que le dedicaba, que no le era indiferente...
entonces supo lo que pasaba. Ella, en su inseguridad, dudaba de sus buenas intenciones, también de que fuera la hermana elegida, ese descubrimiento le llenó el corazón de ternura hacia aquella mujer que hacía que sintiera que se le espesaba la sangre cuando ella estaba cerca.
En ese instante, Arthur hizo acto de presencia, había llegado más tarde por unos asuntos del vizcondado, y le extrañó que todo el mundo estuviera descansando, ¿es que todos los invitados eran una panda de vejestorios?