Capítulo 27
F red se levantó temprano, no podía seguir en la cama cuando lo que deseaba con toda su alma era que Diana estuviese con él.
Cerraba los ojos y la podía ver a su lado, aspirar el aroma femenino que la envolvía, saborear aquellos dulces besos que ella no le había negado.
Se sentía feliz porque había pensado que al vivir en Arundel con sus tías, las chicas habían disfrutado de una libertad que no se les hubiese permitido en Londres; sin embargo, había notado que Diana no había sido besada por varón alguno, él fue el primero en acariciar aquellos labios, la boca era un territorio que nadie había explorado hasta que él lo hizo.
Ningún hombre había saboreado aquel dulzor que lo obnubiló.
¡¡¡ESTABA CONFUSO!!!
La noche anterior fue esclarecedora, con lo que ella le dijo le demostró lo que esperaba de él.
¿Acaso le había dado alguna señal de que deseaba más de ella?
, pensaba mientras cabalgaba por los alrededores del lago Serpentine, en Hyde Park.
Ese día no se había encontrado con Nick, no le extrañaba, se habían retirado muy tarde.
Una vocecita en su oreja derecha le decía: «La besaste como si fuera a acabarse el mundo, seguro que tuvo la impresión de que no terminarías ahí, que estás dispuesto a beber los vientos por ella».
Otra, en el lado contrario, le gritaba: «Debes aprovechar la ocasión, en el momento que quieras la tendrás rendida a tus pies, no dejes pasar la oportunidad».
Era como si un diablillo lo empujara a aprovechar la disposición de Diana, mientras un ángel detuviera sus ansias de hacerla suya en un rincón oscuro de cualquier jardín en el que pudieran encontrarse.
Muy dentro de él sabía que su corazón latía a una velocidad vertiginosa cuando ella estaba cerca, por no decir cuando la tenía entre sus brazos; sentía que se le podría salir por la boca.
Nunca una mujer había despertado esas ansias en él, no las reconocía; sin embargo, eran muy agradables y no pensaba dejar pasar la oportunidad de disfrutar de lo que le recorría el cuerpo cada vez que la tenía cerca.
***
Aquella mañana, Arthur también se levantó temprano. Quería hablar con Fred, y sabía dónde encontrarlo a esas horas. Lo halló en Hyde Park, y le hizo un gesto para que lo siguiera, no quería que aquella conversación fuera escuchada por nadie.
—¿Te has caído de la cama? —preguntó su amigo con una sonrisa divertida.
—Tú me has sacado de ella. —No se lo veía demasiado contento.
—¡¿Yo?! —Fred no entendía lo que le quería decir con aquellas palabras.
—Ya me dirás cómo lo he hecho; al salir de la mía, me he venido aquí, no me he acercado a Piccadilly. —El conde se burlaba de él. Por lo menos, unas risas lo sacarían de aquella confusión que sentía en su interior.
Ambos se quedaron mirando.
—Ayer estaba en el jardín cuando Donnely fue a incordiar a Diana.
En aquel instante, Fred supo lo que Arthur quería saber.
—Doy por sentado que no te marchaste detrás de ese tipejo impresentable.
—No, no lo hice. ¿Puedes aclararme qué intenciones tienes con Diana?
—Antes de hablar contigo, quiero tener una conversación con ella, creo que con el carácter que tiene es lo más prudente. No me perdonaría, ni a ti tampoco, que charlásemos de ella sin que esté presente.
Arthur tuvo la sensación de que su amigo conocía a Diana mejor que él mismo.
Le había dado a entender que sus intenciones eran honorables y que la respetaba lo suficiente para incluirla en sus planes de futuro.
Asintió con la cabeza, satisfecho, y ambos cabalgaron un rato perdidos en sus propios pensamientos.