¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

A quella noche a Diana le costó conciliar el sueño, tenía en los labios el sabor de esos besos que le dio el conde.

Del aroma fresco que la había envuelto durante el tiempo que duró ese intercambio de placer que le había regalado.

Además, cuando pensaba en que había estado sobre él en el jardín de los Benson, se le encendían las mejillas, se le acaloraba el cuerpo entero.

Dio tantas vueltas en la cama que terminó con las sábanas enredadas en las piernas, como si se las hubiesen atado; con disgusto se desprendió de ellas.

Se sentó encima del colchón con la espalda apoyada contra varias almohadas, trataba de descubrir por qué le era esquivo el sueño, y se encontró tocándose los labios, sentía como si el conde aún le estuviera acariciando la espalda, aquellos dibujos imaginarios que hizo sobre su piel los tenía grabados a fuego.

Se dio cuenta, con un sobresalto, de que le había gustado tanto lo que le hiciera, que ya estaba deseando volver a quedarse a solas con él para disfrutar del gozo que sentía entre sus brazos.

«¿Acaso me estaré enamorando del conde?», se preguntó con los ojos muy abiertos.

Para estar convencida se imaginó una velada sin verlo, bailando, hablando y danzando con otros; no se veía sonriendo con los otros caballeros que le habían presentado desde que estaba en Londres.

Su cabeza repasó a los que la habían perseguido para que bailara con ellos, a los que había evitado mintiéndoles, diciéndoles que estaba muy cansada.

De las ocasiones que se había escondido detrás de algún arreglo floral, de alguna columna o en un rincón oscuro del jardín; al hacer calor las puertas siempre estaban abiertas y, cuando podía, se escaqueaba por alguna salida.

No obstante, nunca había huido del conde, en más de una ocasión se había encontrado estirando el cuello para hallarlo, para saber dónde estaba. Su corazón parecía dar saltos cuando lo veía tan gallardo dirigiéndose hacia ella. ¿Qué le estaba pasando?

Recordó conversaciones de su tía Lilia, también lo que diría la abuela del conde, ambas habían amado mucho a sus esposos, y se fijó en la similitud de lo que había escuchado y de lo que ese hombre le hacía sentir. Nadie más le revolvía las entrañas como él.

Por un momento le faltó el aliento, se concentró en coger y soltar el aire, en respirar, y supo que estaba irremediablemente enamorada de Fred.

Le vinieron a la cabeza todos los besos que habían compartido, y supo que no los hubiese aceptado de ningún otro.

Había tenido delante de sus narices ese sentimiento tan bonito que la embargaba y no se dio cuenta hasta ese momento.

«¡¿Estoy contenta?!», se preguntó, como si en ese momento se le fuese a aparecer un ente celestial y le fuese a contestar. Rebuscó en su cabeza y un «sí» muy grande, como un grito, le resonó en todo su ser.

Una euforia que nunca había conocido la envolvió, le calentó la sangre, y deseó que fuera al día siguiente para volver a verlo, para contárselo a su hermana y al mundo entero.

En ese instante, una duda acudió a su cabeza: ¿qué sentiría él?

¿Y si no era lo mismo que ella? Notó que se le estrujaban las tripas, un nudo se instaló en la barriga haciendo que se doblara por la mitad.

Cayó en la cuenta de que no podía ir y preguntarle a las bravas si sentía algo por ella.

No era lo que se esperaba que hiciera una señorita; al pensarlo, le entraron unas enormes ganas de llorar, debía hallar el modo de saber qué representaba para él.

No podía esperar al día siguiente para decírselo a Aileen, seguro que a ella se le ocurriría la forma de enterarse de lo que la torturaba en esos momentos. Sin pararse a pensar en la hora que era, en que se habían acostado muy tarde, cruzó la puerta que la separaba del dormitorio de su hermana.

—Aileen, despierta. —Se sentó en la cama a su lado y con suavidad la sacudió un poco. Esta se dio la vuelta y siguió sin abrir los ojos—. Aileen, te necesito, despierta. —Le puso una mano en el hombro y la movió—. Venga, espabila, tengo algo muy importante que contarte.

Aileen murmuró unas palabras incomprensibles, y Diana le dio unas palmadas en las mejillas, hasta que abrió un poco los ojos.

—Diana, estoy muy cansada —habló frunciendo el ceño, pero se espabiló al momento—. ¿Te das cuenta de que aún es de noche? ¿Qué te pasa? ¿Es tan importante que no puedes esperar a mañana? —Aileen se frotaba los ojos, soñolienta.

—Acabo de darme cuenta de que estoy enamorada.

—¡¿Qué?! ¡¿Y por eso me despiertas?!

A Diana no le sentó nada bien que su hermana no le diera importancia a lo que le estaba diciendo, para ella era trascendental. Se levantó y se fue hacia su dormitorio mientras decía:

—Anda, vuelve a dormirte. —Cerró la puerta sin hacer ruido y se sentó otra vez apoyada en la cabecera, dudaba que esa noche la visitara el sueño.

Unos minutos más tarde, Aileen sacó la cabeza por la puerta, se había dado cuenta de que aquello era importante para Diana, y también que se había despejado. Se acercó a la cama, se sentó al lado de su hermana y puso los pies debajo de la bata con la que se había cubierto.

—Ya estoy pendiente de ti, ¿qué me decías? —Aileen sostuvo la mirada de su gemela, que se sorprendió al verla entrar y acomodarse a su lado. Se preguntó qué había llevado a Diana a ese estado de euforia. ¿Acaso el cortejo del conde no había fraguado y se fijó en otro?

Ella se frotaba las manos con nerviosismo.

—Creo que me he enamorado.

Al escucharla entrecerró los ojos.

—¿De alguien a quien conozca? —Aileen imaginaba de quién le hablaba, se daba cuenta de la inseguridad que sentía su hermana, solo con la mirada sabían lo que pensaba la otra, eran como las dos mitades de una misma manzana.

No estaba segura de que los ojos de Diana mostraran alegría, y ella suponía que era eso lo que la debía invadir entera—.

¿Qué ocurre? ¿Acaso es inapropiado o no deseas que despierte ese sentimiento? ¿Crees que la familia no lo aprobará?

Diana no se había parado a pensar en ello, en lo que su hermana decía, frunció el ceño.

—No he tenido eso en cuenta, puedes estar segura de que no me lo había propuesto.

—Entonces pensó que el conde había pedido permiso a su hermano para conocerla, seguro que lo aprobaría la familia; no obstante, estaba tan fuera de sí que no atinaba a pensar con coherencia—.

Simplemente ha ocurrido, y no sé si lo que siento es amor.

Estoy tan confundida... ¿Y si no lo es? ¿Y si él no siente lo mismo que yo? ¿Cómo puedo saberlo?

Aileen, al ver la congoja de su hermana, la tomó de las manos —las notó heladas— y se las frotó con brío, al mismo tiempo que pensaba en la forma de ayudarla a descubrirlo.

—¿Qué harías si en verdad él también está enamorado de ti y la familia no lo aprueba? —Aileen sabía que le había pedido permiso a su hermano para cortejarla, lo que decía era poco probable.

—Si me demuestra amor verdadero, ya puedes imaginártelo. —Al ver el brillo en los ojos plateados de Aileen, añadió—: No consentiré que me casen con algún viejo carcamal, o lo hago por amor o no lo hago.

—¿Y si tratan de impedírtelo?

—Que no lo intenten, no es la primera vez que cojo el semental de Arthur y salgo de Londres.

—¿Serías capaz?

—No lo dudes.

Aileen, que deseaba la felicidad de su hermana como si fuera la suya propia, le guiñó un ojo.

—Bien, te ayudaré a descubrir si el hombre te quiere o no. ¿De quién estamos hablando? —lo preguntó con guasa en sus palabras, sabía a la perfección de quién le hablaba.

—Del conde Wrigh.

Aileen había visto miradas encendidas entre ellos dos, estaba segura de que él le correspondía, aun así...

—¿Del amigo de Arthur? ¿Del hijo de la condesa Rebecca Wrigh? —Soltó un silbido por lo bajo—. Caramba, Diana, ¿me estás diciendo que es posible que te conviertas en lady? —En sus adentros se alegraba, estaba convencida de que estaban hechos el uno para el otro.

—No lo sé, eso es lo que me tiene en un sinvivir.

«El amor nos vuelve tontas», pensó Aileen. Mucho se temía que aquello no era un capricho pasajero de su gemela, algo había ocurrido para que tuviera esas dudas o esperanzas de que él le correspondiera.

—Cuéntame lo que ha sucedido entre vosotros para que estés tan angustiada, me imagino que habrá sido solo un sueño y ya estás haciendo cábalas.

Aquella noche, entre explicaciones y planes, ambas se pusieron a dormir cuando el cielo empezó a cambiar de color.