¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Y yo no quiero que nadie la moleste. —Como ella esquivaba su mirada, le presionó la cintura con su gran mano.

Diana apretó los dientes, no iba a hablar mientras estuvieran en medio del salón de baile donde cualquiera pudiera oírla. Notó que el brazo de él le envolvía la cintura y que acercaba sus labios a su oreja, trató de apartarlo, pero no pudo, él tenía más fuerza que ella.

—¡Suélteme! —siseó con las muelas chirriantes, sintiendo el aliento caliente de él en el oído.

—No, nunca voy a alejarla de mí.

Diana levantó la cabeza y clavó los ojos plateados en los de él.

—Permítame que lo dude, si hubiese estado aquí más pronto no habría bailado con ese hombre —le reprochó.

Fred no pudo evitarlo, verla sacar el genio en medio de aquel gentío lo sorprendió y no pudo evitar soltar una carcajada.

Ella no se lo podía creer, ¿se estaba riendo de ella?

¡Sería idiota! Frunció el ceño, le pisó un pie con toda la fuerza que pudo, y se desprendió de sus brazos, alejándose y dejándolo plantado en medio de la pista de baile.

Diana caminó ligera hacia las puertas que daban al jardín engalanado para la ocasión, allí afuera estaba lleno de hombres y mujeres que charlaban tomando el fresco, ella bajó las tres escaleras que la separaban de la semioscuridad rota por farolillos de colores; y cuando llegó ante unos setos que debían ser el límite de la propiedad, se sentó en un banco de piedra medio oculto por la espesa vegetación.

Se sentía enfadada con el conde, la quería a su lado, pero no siempre, cuando él quisiera.

Ella no era ningún florero que se cambiaba de sitio a su antojo, nunca lo fue y no empezaría a tolerar que la trataran como tal en aquellos momentos.

Cruzó los brazos debajo del pecho y apretó las mandíbulas, estaba enfadada.

La brisa que se había levantado le enfrió los ánimos, poco a poco su irritación fue desapareciendo, sobre todo mientras miraba el cielo de Londres, que aquella noche lucía despejado, no como en otras que parecía que una gran capa de niebla envolviera las calles.

Esa, podía ver algunas estrellas que tintineaban con timidez en el manto de terciopelo que cubría la ciudad.

De repente dio un respingo al escuchar:

—¿Dónde va, Donnely? —Era la voz del conde y no sonaba muy amistosa.

—¿Qué está haciendo usted aquí? —El tono de ese hombre mayor sonaba como si hubiese estado bebiendo.

—Cuidando que no moleste a la señorita Bellesmoke.

—¿Quién ha dicho que yo... la molesto? —Su lengua se trababa.

—Lo digo yo, aléjese de ella. —Su voz autoritaria hizo que aquel hombre lo mirara bizqueando.

Hizo una mueca, y sonrió desagradablemente.

—No siempre estará cerca para impedir que me acerque a ella. —Le dirigió a Diana una sonrisa irritante y falsa.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Fred estaba molesto consigo mismo, ella le había reprochado que no acudiera pronto al baile por verse obligada a bailar con esos hombres que lo único que querían era divertirse con las jovencitas, no volvería a ocurrir.

—Procure que no lo pesque rondándola, podría usted tropezarse con mi puño, y le garantizo que no le gustaría.

El hombre dio un paso atrás, como si temiera estar cerca de sus manos.

—¿Me está amenazando?

—No, de ninguna forma, solo le estaba haciendo una promesa. —La voz del conde sonaba tranquila, pero en el fondo se le notaba que no estaba tan impasible.

Donnely se alejó murmurando por lo bajo, y con dificultades para caminar derecho.

Diana miró hacia la izquierda, donde había habido aquel intercambio de palabras, y vio al conde que la miraba.

—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó ella.

—No volverá a acusarme de no estar pendiente de usted.

—Yo no...

—Lo ha hecho. —Asentía él con la cabeza.

—¿Desde cuándo está aquí?

—He salido detrás de usted.

Por alguna extraña razón, Diana notó un calorcito que se le extendía por todo el cuerpo.

—Estaba mirando las estrellas, aquí se ven tan de vez en cuando... En Arundel las podemos contemplar cada noche. —Ella volvió la mirada hacia el cielo.

—¿Puedo sentarme junto a usted?

—No voy a morderlo.

—¿Se le ha pasado el enfado?

Diana clavó sus ojos plateados en él, se mostraba atento y comprensivo, y eso le agradó.

—La brisa se lo ha llevado, no suelen durarme mucho, no soy rencorosa.

Fred la miró con los ojos brillantes.

—Es bueno saberlo, algunas mujeres se los hacen durar hasta que sacan a sus esposos alguna fruslería de lo más cara.

—Yo no soy de esas.

Él sabía que le estaba siendo sincera, no era ninguna arpía a la que se la tuviera que comprar para ablandar sus ánimos.

Se apoyó en el respaldo del banco y pasó un brazo por detrás de la espalda de Diana, apoyando el codo a la vez que sus dedos vagabundeaban con mucha suavidad, como si fueran las alas de una mariposa, por la espalda femenina.

Un estremecimiento la recorrió de arriba abajo, él lo sintió en las yemas de los dedos, y sonrió.

—Me encanta tocarla —susurró con los ojos clavados en el camino que hacían sus dedos.

Diana giró la cabeza, lo que él estaba esperando; Fred le puso una mano en la nuca, bajó la cabeza y le capturó los labios.

La besó con mucha suavidad al principio, luego cuando ella imitó los movimientos de su lengua, la pasión los envolvió a ambos y la caricia se volvió ardiente, les robó el aliento, y dejó a Diana temblorosa.

La tomó por la cintura y la sentó en su regazo, ella había elegido un banco oculto de las miradas que llegaban del salón, y no pareció importarle que la hubiese subido.

El conde la sentía tan entregada que supo que tenía que parar, notaba que su miembro empujaba los pantalones, y no la pondría en un aprieto. Con ella quería actuar como un caballero. Debía olvidar, desterrar al crápula que llevaba dentro.

Toda aquella escena fue observada por Arthur, quien esa noche se había propuesto ver lo que pasaba entre Fred y su hermana.

En un momento dado, estuvo a punto de salir de detrás del seto donde se había ocultado, no le hacía ninguna gracia ver a su amigo, que también se mantenía distanciado de Diana, supuso que esperando la oportunidad de estar a solas con ella; pero entonces llegó aquel imbécil de Donnely y vio cómo Fred se ocupaba de él, empezaba a creer que en verdad Diana lo había cautivado.

Entonces presenció aquel momento íntimo entre ambos; y a pesar que no le gustó, de que estuvo a punto de dejarse ver y parar lo que estaba ocurriendo, percibió que entre ambos se había despertado un sentimiento puro.

Aunque debería estar alerta para que no se dejaran llevar por la pasión antes de tiempo.