¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

U nos días más tarde, llegó a la mansión de los Bellesmoke un muchacho cargando varias cajas, eran los vestidos que les mandaba madame Estelle, la costurera, que les había terminado a las damas de la casa. Aquella noche, iban a una velada que organizaba lady Benson, y estaban entusiasmadas.

Las tardes anteriores, habían estado paseando y luciéndose por Hyde Park. El conde Wrigh y el duque Ravenstone las habían acompañado, y este último distraía a las tías, mientras su amigo Fred y Diana se adelantaban y se robaban alguna caricia, una sonrisa, un guiño...

Ella se sentía como en una nube, ese hombre la miraba con un ardor que la hacía estremecer, imaginando lo que le haría si se hallaran a solas.

La hacía acalorarse con uno solo de los disimulados roces de sus dedos.

Y cuando estaban lo suficientemente lejos de otras personas para que pudieran escucharlos, le hablaba con un tono que le acariciaba el alma.

—Hoy está muy hermosa, este color le sienta de maravilla —le dijo un día que lucía un vestido de color melocotón, atado con una cinta del mismo tono, y la cabellera rubia cayéndole por la espalda.

—Le gusta que se me acaloren las mejillas, ¿eh?

Él disimuló una sonrisa, lo había cazado, era cierto, lo hacía a propósito.

—Está tan bonita con esos colores que las cubren.

—Es usted incorregible.

—Lo intento, gracias por darse cuenta —bromeó Fred.

Diana apretó los labios para no soltar la risa que le burbujeaba en la garganta.

—No haga eso, no quisiera llamar la atención lanzando carcajadas, no estaría bien, y no sé hacerlo de otro modo, no sé reírme de esa forma sin llamar la atención, me parece falso, hipócrita.

Fred entendió el dilema en el que ella se encontraba, las malditas normas de la aristocracia londinense.

—Ahora mismo me gustaría estar al otro lado del mundo para hacerla reír como estoy deseando escucharla.

—No lo intente, por favor.

—No lo haré, no me gustaría ponerla en un aprieto.

—Es muy amable.

—No, no lo soy, solo lo hago por consideración a usted —reconoció él.

El simple tono con el que se dirigía a ella la hacía ruborizar, acalorar las mejillas, y eso la estaba conquistando. Le encantaba su sentido del humor, su consideración, su atención hacia ella y sus familiares.

Diana se daba cuenta de lo fácil que sería para el conde que ella cayera a sus pies, sentía que le acariciaba el corazón muy a menudo y era un placer sentirlo.

***

Arthur había estado pendiente de su amigo y Diana, había notado que Fred cambió desde que le pidiera permiso para conocerla y después de frustrar la fuga de ella hacia Arundel.

Ya no pasaba horas en el club jugando a los naipes, solía marcharse a media tarde, con él arrastraba a Nick, y eso le tenía la mosca detrás de la oreja.

Aquella tarde los había seguido con disimulo, y los vio en el parque con sus tías y sus hermanas; pudo comprobar que el duque entretenía a las damas mientras Fred paseaba con Diana, le lanzaba unas miradas encendidas, y logró apreciar los pequeños roces que ninguno de los dos trataba de evitar.

Cuando las mujeres volvieron a casa, Arthur regresó al club, y le extrañó que sus amigos entraran un rato más tarde. Los miró con el ceño fruncido mientras tomaban asiento en la mesa donde él se estaba tomando una copa.

—Caray, ¿dónde os habéis ido con tanta prisa? —preguntó esperando la excusa que le darían.

Fred supo enseguida que los quería pillar en algún embuste, no sabía cómo, pero sospechaba que alguien lo habría visto con su hermana y habría corrido a contárselo.

—¿Cómo te has enterado de que hemos estado paseando con tus hermanas por Hyde Park? ¿Quién ha sido el bocazas que te lo ha contado? —El conde lo miró con una ceja alzada.

—No importa quién me lo ha dicho, solo se trata de curiosidad.

El duque y Fred se miraron, ninguno de los dos creyó ni por un segundo que fuera cierto.

—No sé lo que sabes ni lo que no; sin embargo, y para que te enteres y salgas de dudas... —Sus ojos negros se clavaron en los grises del vizconde—. Estoy cortejando a tu hermana, nos encontramos cada tarde en el parque, ella va con sus tías y su gemela, no estoy haciendo nada inapropiado con ella.

La mirada que le dedicó Fred a su amigo lo desafiaba a que replicara. Nick los observaba a ambos girando la cabeza del uno al otro con una expresión divertida en el rostro.

—¿Te parece gracioso? —Arthur estaba pendiente del duque, frunció el ceño al ver que los dos estaban conchabados para ocultarle lo que hacían.

—Nooo. —Alargó la palabra—. Me parece entretenido que te hayas vuelto tan remirado en lo que a tus hermanas se refiere, cuando antes te pasabas meses sin nombrarlas.

—Porque sabía que estaban a salvo en Arundel, aquí en Londres corren peligro de ser engañadas por cualquiera.

Fred frunció el ceño.

—¿Me estás insultando? ¿Me crees capaz de jugar con Diana?

Por las barbas de mi tío Pancracio, que en gloria esté.

Sabes que te dije que quería conocer a tu hermana, si hubiese pretendido alguna fechoría no te lo habría dicho.

—El tono empleado por el conde le daba a entender que se estaba molestando por aquel interrogatorio.

Arthur se daba cuenta de que Fred había ido con la verdad por delante, que se veía con Diana ante los ojos de todo el mundo y que no estaba actuando mal. En aquel momento, se arrepintió de haber dudado de sus amigos.

***

Los Bellesmoke llegaron a la mansión de los vizcondes Benson, y al entrar un sirviente se ocupó de sus capas, el bastón y el sombrero del vizconde.

Un lacayo con librea los anunció antes de que bajaran las escaleras hasta el salón de baile, y todas las miradas se posaron en las gemelas, quienes vestían una, de violeta pálido; y la otra, de verde clarito.

El vizconde y su esposa acudieron a esperarlas a que llegaran abajo, él les besó los nudillos a las damas, mientras ellas besaban al aire al lado de las mejillas, las chicas lo encontraban de lo más falso, pero no perdían la sonrisa de su rostro.

—Señoritas Bellesmoke, espero que se lo pasen bien, hay muchos caballeros que están deseando bailar con ustedes. —La vizcondesa no parecía muy contenta con eso, sus labios mostraban un rictus molesto.

Ellas sabían que tenían dos hijas que buscaban esposo y les habían parecido unas malcriadas que iban en busca de un hombre con la bolsa bien llena.

Que a ellas no habían dudado en girarles la cara por el hecho de que vivían en un pueblo en lugar de Londres.

Las consideraban menos que ellas; sin embargo, por lo que habían escuchado, no tenían demasiado éxito entre los caballeros de la alta sociedad, muchos eran los que se daban cuenta de lo consentidas y maleducadas que eran.

La prueba la tenían en ese momento, que no iban a saludarlas, las miraban desde el otro extremo de la sala con la nariz arrugada.

La orquesta empezó a tocar una pieza y los vizcondes empezaron a rodar por la pista, a ellos se unieron otras parejas y el salón cobró vida.

Diana y Aileen acompañaron a sus tías, y cuando estas se sentaron, fueron rodeadas de caballeros para llenar su carnet de baile.

Ambas con una sonrisa en los labios, bailaban y escuchaban las lisonjas de quienes danzaban con ambas.

Todos ellos tratando de divertirlas, de hacerlas reír.

Lo que la mayoría no conseguía; a pesar de que a ellos les hacía mucha gracia lo que decían, a ellas no les hacía ninguna.

Tenían lo divertido en la planta de los pies, pensaban, y lo comentaban en los pequeños momentos en que podían descansar junto a sus tías.

Diana se preguntaba dónde estaría el conde Wrigh, le había dicho aquella misma tarde que se verían allí.

El viejo lord Donnely acudió a su lado cuando la vio sentada con sus tías, le pidió un baile y ella no supo qué excusa darle, se cogió de su brazo con un suspiro de frustración, el hombre la miraba de una forma que la hacía sentir incómoda, le sonreía como si fuera a morderla de un momento a otro, le enseñaba unos dientes amarillentos y puntiagudos que le ponían el vello de punta, además de tener las manos muy largas, la incomodaba que la que la sostenía por la espalda fuera resbalando hacia su trasero, a cada momento tenía que empujarla hacia arriba y él hacía una mueca divertida con los labios.

Estaba pensando en pisarlo o darle una patada en la espinilla; sin embargo, no lo hacía porque se temía que él era muy capaz de hacer un escándalo, y por mucho que ella dijera lo que estaba pasando, imaginaba que todo el mundo lo creería a él, la pondría en ridículo y perjudicaría a su familia, y con ello a su hermana, que la tacharían de pariente de la loca que pisaba a los hombres o que los atacaba sin motivo.

De repente, por el rabillo del ojo vio al conde, este la miraba como si quisiera leerle el alma, se había acostumbrado a esas intensas ojeadas, y su corazón dio un salto.

Deseosa de rodar por la pista con él, se le hizo la pieza más larga de las que había bailado en toda la noche.

Cuando terminó, lord Donnely la acompañó hasta sus tías, y al despedirse retuvo su mano más tiempo del correcto.

—¿Me complacería danzando otra pieza conmigo? —Al hablar la salpicó con pequeñas gotitas de saliva y ella puso mala cara.

—El próximo baile es mío —afirmó el conde Wrigh—. Donnely, tendrás que buscar en otra parte. —El hombre puso una sonrisa falsa.

Fred le puso una mano en la parte baja de la espalda y la empujó hacia la pista encerada, la tomó entre sus brazos y bailaron el vals que los músicos tocaban en ese momento.

—Menos mal que ha llegado —murmuró ella solo para que él la escuchara.

—¿La estaba molestando lord Donnely? —Los ojos grises se clavaron en los negros, si le decía que sí podía encontrarse en un aprieto, el conde podía pedir explicaciones a Donnely, y no quería encontrarse en medio de ningún jaleo, ¿por qué no dominaba su lengua?

Negó con la cabeza, apartando la mirada de él—. ¿Por qué será que no la creo?

—No quiero dar que hablar a nadie —susurró incómoda.