¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

A quella misma noche, al retirarse a dormir, Aileen se coló en el dormitorio de su hermana.

—Diana, ¿qué te pasa? —La joven había visto a su gemela mareando la comida de esa noche, y quería saber lo ocurrido durante las horas que habían estado separadas.

—El hombre que quiere conocerme no es ningún calvo..., es el conde Wrigh —confesó Diana.

—Lo sé, me lo ha dicho cuando ha recibido el aviso del conde que estabas con él. Lo que no entiendo es ¿por qué se ha mostrado tan misterioso? —Su confusión era grande.

—No lo sé, es como si no quisiera que me relacione con él, como si esperara que yo reaccionara como lo he hecho y saliera corriendo. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo? —Diana estaba muy desorientada.

—No tengo ni idea —afirmó Aileen frunciendo el ceño—.

Hoy me ha estado preguntando si teníamos pretendientes en Arundel, por lo visto nuestras tías fueron las que decidieron que era el momento de que nos desposáramos.

Que o lo hacíamos en Londres bajo la supervisión de Arthur o se encargarían ellas de buscarnos esposo.

—¡¿Acaso les estamos estorbando?! —El desasosiego de Diana se estaba desbordando.

No entendía nada, sus tías nunca les hablaban de formar una familia, más bien les consentían todo en su casa de Arundel, las hacían sentir muy cómodas.

No les daba la impresión de que quisieran que encontraran a un hombre con el que compartir su vida y se fueran de la casa.

—Estoy tan desconcertada como tú.

A Diana, la casa de Arundel ya no le pareció el refugio que siempre había sentido que era, un escalofrío le recorrió la espalda.

Se sentía como si las estuvieran echando.

Entonces por su mente pasó la mansión de la abuela del conde Wrigh, estar aquellas horas allí había sido muy esclarecedor e ilustrativo.

Una pequeña sonrisa se le dibujó en los labios.

—Hoy he conocido a una dama que me ha dicho su nieto que se le iba la cabeza, pero no hablaba como tal. —Se quedó pensativa unos momentos—. Bueno..., tal vez, un poco sí.

—¿De quién me hablas?

—De la abuela del conde. Es una anciana a la que no le importa decir lo que piensa, al principio te sorprende porque somos tontas.

Aquel cambio de conversación desconcertó a Aileen, que pensó en aquella dama que también había conocido y no le parecía majareta en absoluto.

—¡¿Qué dices?! Yo no me considero corta de entendederas.

—No me refiero a eso —rectificó Diana—. Lo que quiero decir es que nos mantienen en la ignorancia, nos hacen caminar por un sendero recto sin permitirnos pensar por nosotras mismas, sin respondernos a preguntas porque no está bien que las hagamos, ahora mismo me siento como una muñeca de trapo.

Aileen arrugó el ceño.

—¿Qué ha pasado mientras has estado fuera?

Diana le contó que se había propuesto volver a Arundel y que el conde había truncado sus intenciones, que la había detenido y que la llevó a la mansión de su abuela.

Entonces continuó explicándole lo que decía la mujer, y terminó con aquellos besos en el cenador antes de que ellos llegaran a buscarla.

—Me ha acariciado la espalda. —Había despertado la curiosidad de Aileen, que la miraba con los ojos muy abiertos—.

Ha sido muy excitante, los besos junto a sus dedos recorriéndome de arriba abajo...

—Se le escapó un suspiro, y sus ojos se clavaron en los visillos que se movían al compás de la brisa que se había levantado aquella noche.

—¿Te ha gustado? —Lo dijo en tono de pregunta, pero ambas sabían que había sido una afirmación.

—Sí, la abuela había dicho que estuvo a punto de pegarle a su esposo en su noche de bodas y había despertado mi interés.

La sorpresa de Aileen no conocía límites.

—¿Cómo se llega de un comentario de pegar al esposo a besarse con un hombre? Hermana, explícate, no entiendo.

—El conde ha estado curioseando si yo tendría ganas de pegarle si me ponía una mano encima.

—¿Te lo ha dicho y lo ha hecho así, de buenas a primeras? —Aileen no comprendía nada.

—No, me ha distraído con los besos, y entonces me ha acariciado. —Su mirada era soñadora, y su hermana se daba cuenta.

—Diana, no me digas que te has enamorado por unas cuantas caricias y unos besos. —Parecía que le estuviera reprochando; no obstante, se alegraba de que la aventura de ese día de Diana hubiese servido para descubrir lo que les esperaba en un futuro.

—No lo sé, la verdad es que me ha hecho sentir muy bien, besa de tal forma que sientes como si tuvieras las rodillas de gelatina, como si fueras a desmayarte de un momento a otro.

Al escucharla, la mente de Aileen se disparó.

—Ya estoy esperando que alguien me bese, yo también quiero experimentar esas sensaciones.

—Es como si tuvieras mariposas en la tripa, que te acarician con los toques de sus alas, te falta el aliento y no quieres que pare nunca.

Aileen suspiró al mismo tiempo que Diana.

—Y ahora ¿qué?

—Lo voy a conocer.

—¿Solo? Por lo que has dicho te ha hablado de la noche de bodas —se quejó Aileen.

—Ya veremos dónde nos lleva todo esto, no pienso casarme por conveniencias con nadie... —Su tía Lilia le vino a la mente—. Digamos que soy romántica como tía Lilia, quiero amor en mi vida; si no lo tengo, prefiero quedarme solterona.

—¿Estás segura? —Aileen se daba cuenta de las contradicciones de Diana, tan pronto soltaba un suspiro como decía que prefería estar sola en la vida.

Imaginó que se debía a la confusión que el conde le causó con aquellos besos y caricias.

Esperaba, muy pronto, poder vivir momentos como el que tuvo su hermana, para poder opinar.

Aquella noche Diana soñó con el conde Wrigh, con sus besos, con sus caricias, con sus miradas...