Capítulo 23 #2
—Veo que cuando nos casemos no tratará de pegarme en la noche de bodas —dijo cuando se separó de aquella boca que lo enloquecía.
Ella no contestó, se hallaba falta de aliento, y él volvió a besarla, estaba seguro de que la había asustado con sus palabras.
Sentía las manos de ella que se agarraban con fuerza a los costados de la chaqueta que llevaba, como si no quisiera que se separara; sin embargo, era muy consciente de que cualquiera de la legión de sirvientes que se ocupaban de aquella mansión los podía ver por algunas ventanas y se convertirían en la comidilla.
Como no quería que ella fuera de boca en boca, se separó y apretó el cuerpo esbelto contra su pecho.
—¿Qué ha querido decir con eso de la noche de bodas? —susurró ella pasados unos minutos que tardó en recobrarse de aquellas sensaciones que él le había despertado muy dentro.
—Que le va a gustar que la acaricie.
—Está muy seguro de que llegaremos ante el párroco.
Fred le sonrió y le guiñó un ojo oyendo que un carruaje se acercaba por el camino. Su amigo tenía el don de la oportunidad; en ese momento que las cosas se ponían interesantes, no podía haber llegado un poco más tarde, no.
***
La abuela del conde insistió en que se quedaran, como que no tenía visitas muy a menudo, aquel día era especial, ordenó al servicio que prepararan un refrigerio para los recién llegados; los atendía con un encanto que les gustó mucho a las gemelas.
Fred llevó a su amigo a la biblioteca, deseaba tener unas palabras a solas con él. Cerró la puerta detrás de ellos y sirvió unas copas de whisky.
—¿Dónde la has encontrado? —Quiso saber el vizconde.
—En las afueras de Londres, por su modo de cabalgar no creo que haya dado tiempo a nadie para reconocerla.
Arthur estaba enojado con su hermana, después de encararse con él se había expuesto a las habladurías de la aristocracia, no lo podía consentir, tendría que pararle los pies.
—Pero tú lo has hecho.
—Más bien me llamó la atención tu semental. No sabía que ella montara tan bien. —No le dijo que había admirado aquel cuerpo que parecía fundirse con el animal. Que le encantó que fuera como una valkiria—. ¿Puedo preguntar qué ha ocurrido para que ella tratara de volver a Arundel?
—Le comuniqué que había alguien que pretendía conocerla, cortejarla, y no se lo ha tomado nada bien.
Las palabras de Arthur no extrañaron al conde, ella se lo había dicho, y la creyó satisfecha.
—Vaya.
—Por lo que me ha dicho Aileen, he sido un tonto al no decirle que se trataba de ti. Ambas han pensado que fue uno de aquellos vejestorios que las saludaron ayer.
—¿Y por qué no le habías dicho que era yo?
Arthur soltó un resoplido y se encogió de hombros.
—No estoy muy versado en tratar con pretendientes y con mis hermanas en medio.
—Entiendo.
Que Arthur lo reconociera hizo reír al conde, debía ser consciente de que él se encontraría en la misma tesitura que su amigo si tuviera hermanas a las que casar.
La cara de burla que puso Fred no agrado a Arthur, que sospechó que no estaba descontento habiendo tenido que rescatar a Diana de sí misma.
—Imagino que no te habrá causado ningún trastorno.
—Claro que no, tu hermana es muy sensata, se ha dado cuenta enseguida de que no actuaba como se esperaba de ella —mintió el conde.
Arthur no se creyó ni una palabra, si su amigo pretendía ahorrarle a Diana una regañina iba fresco.
—Fred, nos conocemos, y también sé cómo es Diana, ¿me has visto cara de tonto?
—Lo que quiero es que no le hagas pagar a ella por tu falta de sensatez y soltura a la hora de comunicarle que tiene un pretendiente.
Arthur se terminó el whisky de un trago y salió de la biblioteca sin informarle si lo tendría en cuenta. «¡¡¡Hermanas!!!», exclamó para sus adentros. Tenía la sensación de que el asunto se le escapaba de las manos.
En cuanto emprendieron el camino de vuelta, Diana se mantenía en silencio, pensando en lo ocurrido ese día, en su enfado, en el tonto de su hermano, que por no decirle que le hablaba del conde, ella se había dejado llevar por un enfado monumental al creer que pretendían casarla con un vejestorio, lo que la llevó a huir de la ciudad.
Se preguntaba si debía estarle agradecida al conde o no, cuando escuchó la voz de Arthur.
—Diana. —Al oírlo cogió aire con fuerza, quería mantener la serenidad y no decirle que no tenía ni idea en el manejo de los asuntos matrimoniales.
Giró la cara, ya que estaba mirando por la ventanilla, y clavó sus ojos en él—.
Sé que debo disculparme por no haberte dicho de quién se trataba, pero no voy a hacerlo, no después de la que has armado. —Su tono de voz mostraba enojo.
Diana sacaba rayos por los ojos.
—¡¿Sabes cómo me has hecho sentir?! —exclamó, notando que su hermana, que iba sentada a su lado, le daba un apretón en la pierna, que quedaba oculto por las anchas faldas.
Aileen trataba de decirle que no volviera a encararse con él; no obstante, no le dio resultado—.
Como si fuese una coliflor que pretendes vender, por eso he actuado tal como lo he hecho.
—¿Es que no te das cuenta de que si no hubiese sido por Fred ahora mismo podrías estar en serios problemas?
Las mujeres no van solas por ahí, el campo está lleno de rufianes a los que les importa muy poco quién seas.
—Arthur resopló—. Además, te llevaste a mi caballo; solo por eso podrían haberte hecho mucho daño y dejarte en cualquier parte... para sacarte al semental.
—¿Eso es lo que te preocupa? ¿Que me roben a tu caballo? —Diana iba levantando la voz a medida que hablaba—. Te da igual lo que me ocurra a mí, tu montura es más importante. —La rabia impregnaba cada una de sus palabras.
—Yo no he dicho eso, eres mi hermana y te quiero, no deseo que te pase nada. —Su tono no era nada tranquilo.
—Pues lo disimulas muy bien.
—¡¡¡BASTA!!! —Aileen se incorporó y sus manos fueron a parar a los dos—.
Escuchadme bien, los dos estáis alterados, dejad que se os enfríen los ánimos y lo habláis con tranquilidad en casa.
Sé que lo que os impulsa es el amor que os tenéis, pues mejor será que penséis las palabras antes de que os salgan de la boca.
Arthur y Diana se la quedaron mirando, los había sermoneado como si se tratara de su madre, y debían reconocer que tenía razón.
—Lo siento, perdóname —dijo Diana con un hilo de voz que apenas se escuchó con el ruido de los cascos de los caballos—. Sé que me he dejado llevar por mi endiablado carácter, intentaré que no vuelva a ocurrir.
Él se adelantó y la cogió de las manos, los dos eran muy iguales, explotaban y luego se arrepentían de lo dicho.
—No, ambos hemos sido unos insensatos, mejor será que nos aprendamos a controlar o cualquier día nos saldrá humo de las orejas o incendiaremos la casa —habló medio en broma medio en serio, le dio un suave apretón en los dedos y le guiñó un ojo—.
Quiero que tengas la libertad de decirme cuando no esté actuando con vosotras como debiera.
—Te quiero, Arthur, sé que hemos sido una constante preocupación para ti desde aquel trágico día.
—A su manera, Diana le estaba diciendo que le agradecía todos los quebraderos de cabeza que le habrían dado desde que sus padres murieron, dejándolo con dos niñas pequeñas, él no era aún un hombre para esa responsabilidad.
Aileen se unió a aquel lío de manos, y las apretó con cariño, ahí estaba su familia, sus hermanos.