Capítulo 23
F red deseaba llevar a Diana a pasear por el jardín, quería hablar con ella y explicarle sus planes; no obstante, veía a su abuela tan contenta de tener a visitantes con los que hablar que se conformó con mirarla y ver cómo reaccionaba a las excentricidades de la anciana.
—Si tienes más hambre, querido, Mery te puede traer unos dulces.
Diana había estado mirándolo mientras daba buena cuenta de los alimentos que le habían servido.
—Si viviera aquí estaría redondo como un pavo —susurró ella para sus adentros.
—Me gusta comer, luego hago ejercicio para no engordar —habló mirándola con chispitas en sus ojos negros risueños.
—Lo mejor que puedes hacer para mantenerte en forma es lo que te gusta entre las sábanas —soltó la abuela.
Roslyn tosió para disimular lo que había dicho, pero no lo logró. A Fred se le dibujó una sonrisa en los labios, al tiempo que Diana mostraba la incomprensión en su mirada plateada.
—Señora, que está delante de una jovencita, no diga esas cosas.
—Con mejor motivo para hacerlo, cuando yo me casé era muy ignorante, y mi esposo tuvo verdaderos problemas en nuestra noche de bodas, llegué a pegarle porque quería tocarme, pero cuando lo hizo me gustó.
—A la mujer se le dibujó una expresión de lo más tierna, se notaba que había amado mucho a su esposo.
Diana no podía creer lo que estaba escuchando, aquella anciana que hablaba por los codos decía unas cosas de lo más raras. Notó que las mejillas se le encendían al imaginar que un hombre la tocara en la intimidad.
Fred lo vio, entendió lo que ella debía pensar, que era lo mismo que se le pasaba por la cabeza a él, y no aguantó más.
—Señoras, si nos disculpan, me gustaría dar un paseo por su fantástico jardín para mostrarlo a la señorita Bellesmoke.
Su abuela le sonrió con picardía y le hizo un gesto con la mano para que fueran.
—Id, id, pasadlo bien. —Su voz estaba impregnada de travesura.
Diana nunca se habría imaginado a una mujer tan mayor hablando de su relación con su esposo, estaba muy sorprendida, a la vez que acalorada, por las imágenes que acudían a su mente.
Era muy consciente de su ignorancia en lo referente a lo que sucedía entre un hombre y una mujer en su noche de bodas, había notado ciertos silencios repentinos cuando entraba en el saloncito de Arundel y sus tías estaban con alguna de sus amigas, a saber de qué estarían hablando, les gustaba mucho cotillear; no obstante, en esos momentos se preguntaba si no estarían comentando sus intimidades.
Lilia era muy romántica, había estado muy enamorada de su esposo, y le encantaba nombrarlo cuando podía.
Tendría que tener una seria conversación con ella, no se podía imaginar a su tía Constance explicándole nada de esos momentos entre hombre y mujer.
Con esas quimeras, apenas se dio cuenta de que el conde la guiaba hacia el jardín, fue consciente de ello cuando el aroma de las flores invadió su nariz. Levantó la cabeza hacia él.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —Los ojos de Diana se clavaron en los de él.
—¿Aquí, en casa de mi abuela, o aquí, en el jardín? —Él pareció divertirse al hacerle aquella pregunta, apretaba los labios para no reír. Entonces, sin aviso, le tomó una mano y tiró con suavidad para que bajara las escaleras que llevaban a aquella extensión florida y coloreada de todos los tonos.
Ella miraba cómo la mano de él se tragaba la suya; la suavidad con que la cogía y el calor que le transmitía eran de lo más agradable. Sintió que los latidos de su corazón se disparaban y contuvo el aliento.
—Quería decir, aquí, en el jardín —habló ella sofocada—. Ya le he escuchado el motivo por el que me ha traído aquí. —Quería dejarle bien claro que no era ninguna boba, que estaba pendiente de lo que ocurría a su alrededor.
Fred sonrió.
—Me ha parecido que se sentía incómoda con lo que decía mi abuela. —Él vio con satisfacción cómo se le coloreaban las mejillas.
«¿Pretende reírse de mí? No pienso permitirlo».
—Suele pasarme cuando no sé de qué me hablan. ¿Quiere ilustrarme?
Él no se esperaba que le hiciera aquella pregunta; sin embargo, supo que lo estaba poniendo a prueba, lo estaba desafiando a que le hablara de intimidad. No sabía lo que ella sabía, se imaginaba que nada por los colores que había adquirido su rostro al escuchar a su abuela.
—No tengo ningún problema en hacerlo, quizá he hecho mal en sacarla del salón. —Diana lo miró como si esperara su explicación—. Estoy notando que no le desagrada que la toque, mi contacto le gusta. —Ambos miraron sus manos unidas—. ¿Se imagina que la acaricie por todo el cuerpo?
Al hacerlo, los ojos de Diana se abrieron como platos, sintió un escalofrío en la piel que la recorrió de arriba abajo, no supo identificar si fue placentero o no, le había quitado la respiración.
Negó con la cabeza con vehemencia. Ahora entendía por qué la dama dijo que había estado a punto de pegar a su esposo en su noche de bodas, no le extrañaba.
—¿Eso es a lo que se refería su abuela? No creo que me guste estar casada. —Su convencimiento era absoluto. Sin embargo, entonces recordó que también dijo que le había agradado; además, por su forma de hablar, imaginó que había sido mucho más que eso.
—No puede decir eso por las palabras de una anciana a la que se le va la cabeza.
Entonces comprendió que la mujer soltara aquellos comentarios que ella había oído y que no sabía por dónde cogerlo. Además, no era normal que una dama de la aristocracia hablara sobre intimidades ante su nieto y una desconocida.
—Para ser como usted dice, la he visto muy bien.
Fred se daba cuenta de que aquella conversación la incomodaba, sintió que era recorrido por una ternura que jamás notó, le sonrió y tiró de ella hacia el centro del jardín.
Allí había un cenador donde podrían sentarse, hablar, y no serían vistos desde las ventanas del salón.
Ya sabía que su abuela se había hecho una impresión equivocada del motivo de su visita, la mujer pensaba que era su prometida, que la llevó allí para que la conociera; si no, no habría hablado como lo hizo.
Diana se paraba aquí y allá a oler aquellas preciosas rosas, su fragancia la envolvía y la hacía sentir como si hubiese regresado a Arundel, trataba de liberarse del amarre de él en su mano, pero el conde disfrutaba teniéndola entre la suya.
Al llegar al cenador, él la soltó bajo el manto de colores que formaban las flores que se enredaban en las columnas de la pequeña construcción.
Ella se inclinó sobre un exquisito capullo amarillo aterciopelado, y Fred clavó los ojos en el culito que cubría la tela liviana de aquel vestido celeste con bordados plateados.
Sus manos le cosquillearon por las ganas de amasar aquella carne firme que podía apreciar con la mirada.
En su lugar, lo que hizo fue cortar una rosa rojo pasión, le quitó las espinas y se la dio después de depositar un beso en los pétalos.
Como ambos se miraban, aquel gesto hizo que ella se ruborizara.
—No es tan bella como usted, pero espero que la acepte por el sentimiento que me inspira.
Ella la cogió de entre sus dedos y la olió sin apartar los ojos de él, ¿qué había querido decir?
—No lo he entendido.
El conde se dio cuenta de que Arthur no le había hablado de él, ¿es que se lo tomaba a broma? No lo iba a tolerar. Dio un paso hacia ella, quien no se movió de donde estaba, a esa distancia la mirada de ella se volvía dorada por los rayos del sol.
—Me doy cuenta de que su hermano no le ha hablado de mis intenciones, de mi interés por conocerla.
—Su voz suave le pareció una caricia, Diana estaba anonadada.
Sus ojos estaban cautivos de los del conde, no los podía separar, al tiempo que recordaba la discusión que tuvo aquella mañana con su hermano, quien no le dijo que era el conde quien estaba interesado en ella; el muy zoquete le habló como si se tratara de uno de los viejos carcamales que las habían saludado.
—¡Será idiota! —exclamó ella ante la sorpresa de él, que la miraba con los ojos muy abiertos.
Entonces se dio cuenta de que lo había soltado en voz alta y que ese hombre se lo tomaría como un insulto, que así era, pero no iba dirigido a él, sino al tonto de Arthur—.
Perdone, lo siento —habló acongojada, sabiendo que no estaba bien visto esas explosiones de mal humor en las jóvenes—.
No se lo decía a usted, Arthur no me ha dicho que se tratara de usted, se ha mostrado más bien misterioso, y yo me he enfadado mucho con él, por eso volvía a casa cuando me ha encontrado.
A Fred le gustó enterarse de que ella, ante la perspectiva de ser cortejada por cualquiera, se hubiese fugado; en esos momentos, sabiendo que se trataba de él, parecía aceptarlo.
—Y ahora que sabe que soy yo... ¿qué piensa? —al decirlo, se le acercó más, sus cuerpos no se tocaban; sin embargo, entre ellos había un magnetismo que los hacía vibrar.
Diana se daba cuenta de que durante las horas que habían pasado juntos, se había sentido tranquila y muy a gusto.
Además, sería divertido tener por pariente a aquella encantadora anciana que decía lo que le venía en gana, que vestía como si fuese a recibir a la realeza, y a la porra quien la escuchara o la viera.
Le había parecido que era feliz en su mundo de ilusión, con sus recuerdos del pasado.
Una pequeña sonrisa le estiró los labios.
—Perdone, no me estaba riendo de usted.
—¿En qué pensaba?
—En que me ha caído bien su abuela.
Esas palabras hicieron que Fred soltara una carcajada, nunca nadie dijo eso de Bridget Wrigh, y le encantó escucharlo de sus labios.
Sus iris se posaron en la boca de Diana, y esta notó como si se los acariciara, sacó la lengua y se la pasó por la comisura, eso fue como la señal que él esperaba para bajar la cabeza y apoderarse de aquella dulce caverna.
Sus manos se movieron morosas por la estrecha espalda femenina, arriba y abajo, hasta que una se apoderó de aquellas nalgas prietas que tanto lo hicieron imaginar un rato antes.