Capítulo 22
A rthur recibió el mensaje de su amigo mientras estaba leyendo el folletín informativo.
No había salido de casa porque suponía que Diana estaba arriba, y esperaba que bajara y le pidiera disculpas por sus palabras fuera de tono, que se interesara por saber quién era el hombre que pretendía frecuentarla.
Había visto juntos a Fred y Diana, y le daba la sensación de que no se caían mal.
Tal vez saliera algo bueno cuando se conocieran.
Él nunca había pensado en Fred de camino al altar; sin embargo, la noche anterior se mostró ante él con una seriedad que le sorprendió muchísimo. Por lo visto, su hermana lo había impresionado tanto que estaba dispuesto a dar ese paso.
Al leer lo que Fred le había hecho llegar con el lacayo de su abuela, se puso de pie con tanto ímpetu que el sillón donde estaba sentado crujió.
—¡Maldita sea! —renegó releyendo la nota.
Arthur, he encontrado a tu hermana montada en tu semental, huyendo de Londres.
Para no despertar habladurías la he llevado a casa de mi abuela. Ven a buscarla antes de que las cotorras se enteren de que ha intentado fugarse. Sería su ruina social.
Fred
Aileen estaba leyendo en la biblioteca, oyó los fuertes pasos de su hermano en el vestíbulo y se preguntó qué estaría ocurriendo, salió y preguntó:
—¿Qué pasa, Arthur?
—¿Dónde está Diana? —Como que siempre estaban juntas, él quería saber si esta estaba al tanto de que se había ido.
—Debe estar arriba, o en el jardín, sé muy bien cuando necesita estar sola un rato para pensar y que se le pase el enfado, hoy ha sido uno de esos momentos. —A pesar de lo unidas que estaban, se respetaban esos tiempos que necesitaban reflexionar en soledad.
—No está, se ha marchado, vamos a buscarla.
Aileen frunció el ceño, se levantó del sillón, dejó el libro que tenía en la mano.
—¿Dónde se ha ido?
—No lo sé, el conde Wrigh la ha encontrado y la ha llevado a casa de su abuela, debemos ir antes de que alguien se entere de su fuga.
—¿Crees que esa señora o tu amigo el conde soltarán la lengua? —Aileen no podía creer que ese hombre traicionara a Arthur chismorreando sobre Diana.
El vizconde resopló, la tomó del codo y la guio hacia el carruaje que ya estaba listo para llevarlos. Una vez en camino, cogió aire con fuerza antes de decirle a su hermana:
—El conde no dirá nada, es quien quiere conocerla, está prendado de ella.
Aileen abrió la boca por la sorpresa, trató de recordar lo que había desencadenado aquella discusión entre sus hermanos, lo que se dijo palabra por palabra.
No tardó en hallar el motivo por el cual Diana se había subido por las paredes y le dijo a Arthur que no deseaba conocer al posible pretendiente.
—¿Por qué no le has dicho que era él? —le reprochó ella.
—No me ha preguntado.
—Y tú no soltaste prenda —lo reprendió ella.
—Tú estabas delante, se ha puesto hecha una furia, ¿es que no quiere encontrar esposo?
—Te callaste sabiendo la identidad, le dejaste creer que era un viejo.
—Yo no le di a entender eso. —Él parecía indignado.
—Sí, con tu silencio. —Aileen lo miraba con enfado.
—Pero... —Arthur se llevó una mano a la frente, agobiado.
—El que calla otorga, Arthur, eres tonto del nabo.
—¿No desea un hombre que la ame, del cual poder enamorarse?
—Claro que lo quiere, pero tú has dicho que era uno de los que se nos presentaron anoche, y Arthur...
, a la mayoría no había por dónde cogerlos; el que no era calvo le olía el aliento, y el que no era algún viejo verde que nos miraba como si nos fuera a merendar de un momento a otro.
—Aileen gesticulaba con las manos al hablarle—.
Lo que queremos es un muchacho de nuestra edad o algo mayor, ¿no oíste a Diana?
Nunca nos escuchas y se te escapa lo que deseamos, creyendo que lo sabes todo de nosotras.
Él lo pensó durante unos momentos, elevando una ceja, mirando a su hermana que le decía que se había equivocado al trasmitir el mensaje de Fred. Por suerte, fue este quien la encontró y el asunto no llegaría a saberlo nadie. Supo que debería disculparse con uno y con otra.