¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

D iana había salido de la casa con un humor que se la llevaban los demonios, no soportaba que se consideraran a las mujeres como simples objetos que cambiaban de dueño, se sentía como si la vieran como a una criatura que le decían lo que debía hacer y lo que no...

No, no, no, no era eso, era peor, se trataba de su vida, debía someterse a los caprichos de un hombre que a saber cómo la manipularía.

No iba a tolerarlo, antes prefería quedarse solterona, por lo menos haría lo que le viniera en gana.

Miró alrededor y sus ojos se posaron en las cuadras, donde Arthur dejaba su caballo con el que iba a montar cada mañana por el parque. Un pensamiento le pasó por la mente y no lo dejó escapar. Fue hacia allí y le dijo al encargado de los establos:

—Señor Turner, ensille el semental de mi hermano.

Este asintió, creyendo que el lord volvería a salir ese día.

Cuál fue su sorpresa cuando lo tuvo listo y ella se montó en el animal y salió hacia la calle.

Al principio le costó dominar a tan brioso caballo, pero enseguida se hizo con el control; entonces, lo espoleó y trotó por las calles, con cuidado de no llevarse a nadie por delante.

A esas horas, los vendedores estaban ofreciendo sus mercancías y el servicio de los nobles compraba vituallas.

También había niños que iban de acá para allá cargados con encargos.

Le pareció que tardaba una eternidad en llegar a las afueras de Londres, volvía a casa; en Arundel estaba su hogar y allí se sentía protegida de todos estos que la miraban con lupa y que le inspeccionarían la dentadura como si fuera un caballo. Solo de pensarlo estaba indignada.

Al llegar a las últimas casas de la ciudad, donde empezaban a despejarse las calles, espoleó al animal y este salió al galope, seguro que Arthur ya se habría enterado de su fuga, Turner ya le habría avisado que había cogido su caballo, y ella no quería ser encontrada.

***

El conde Wrigh había estado en Hyde Park con Nick y después se fue a cabalgar por los alrededores de Londres, no se podía sacar a Diana de la cabeza, y mucho se temía que la vida con ella sería muy placentera, eso si lograba que ella lo aceptara.

No quería que lo suyo fuera impuesto por su familia.

No deseaba que la obligaran a casarse con él, le gustaría que ella lo aceptara sin la intervención de nadie, que anhelara compartir su vida con él.

Solo de percibir el pensamiento que le pasaba por la cabeza, se paró de repente tirando de las riendas de su caballo, frunció el ceño, expectante.

«No la conoces», se repetía una y otra vez, «primero tienes que pasar tiempo con ella antes de hacer cábalas, igual es una arpía».

Trataba de convencerse de que debía ir despacio, era la hermana de su mejor amigo, no podía ir con prisas, no debía hacerle daño ni permitir que ella se lo hiciera a él de ninguna forma, se prometió a sí mismo.

En ese instante, un caballo pasó frente a él a galope, sus ojos se posaron en la bestia, y reconoció al animal de Arthur, pero no era él quien lo montaba, era una de las chicas.

¿Qué estaría ocurriendo? Con las cejas levantadas, arreó a su semental para lanzarse a ayudarla, seguro que el caballo de Arthur se habría desbocado y la muchacha corría peligro.

A medida que se acercaba a ella se daba cuenta de que dominaba la montura a su antojo, era ella quien lo instigaba a correr como el viento, se mantuvo detrás admirando su pericia con las riendas.

¿A qué venía aquella prisa? ¿Por qué corría como si la vida le fuera en ello? ¿Dónde iba?

Al ver cómo se alejaba de Londres supo que tenía que pararla, no podía dejar que se metiera en un lío, lo que ocurriría si alguien la veía cabalgando sola por aquellos solitarios páramos. Se puso a su altura.

—Deténgase —gritó para hacerse oír. Le pasó por la cabeza que su hermano le habría hablado de él y que ella se negaba a ser cortejada, a dejarse conocer.

Ella lo miró con fuego en los ojos, asustada.

No se había dado cuenta de que alguien la seguía, el corazón le latía en los oídos.

Lo reconoció, y pensó que su hermano se había enterado muy pronto de su huida y que había adivinado hacia dónde se dirigía.

Miró al conde, negó con la cabeza y se inclinó sobre la bestia para correr más.

A él le hizo gracia que lo desafiara de ese modo, dejó que se alejara un poco, que se confiara; cuando bajara la guardia, la arrancaría de la silla de montar.

Su pericia era digna de admirar, muchos hombres envidiarían su destreza para manejar a ese indómito semental.

Él estaba gozando al mirarla, parecía una valkiria.

Pasado un rato vio que aminoraba la loca cabalgata, Fred sabía que en cualquier momento giraría la cabeza y se daría cuenta de que se mantenía ahí; era en ese momento, la tenía que sorprender.

En unos segundos se puso a su lado, la cogió por la cintura y la trasladó a su caballo.

—Déjeme —aulló ella revolviéndose en su brazo que la rodeaba.

—No. —Fue lo único que él dijo al posarla ante él, sobre sus piernas. Con un agudo silbido logró que el animal que ella había estado montando aflojara la marcha hasta que se paró.

Diana estaba furiosa consigo misma por haberse dejado pillar sin ofrecer más resistencia; si lo hubiese hecho podrían haberse roto el cuello los dos, una caída del caballo podía ser muy peligrosa.

Apretó los puños para no pegarle a ese hombre, haría un ridículo espantoso si lo intentaba, él era mucho más fuerte que ella y la inmovilizaría en un periquete.

A su boca acudían todas las maldiciones que había escuchado a los encargados de los establos, al jardinero, a los lacayos...

Fred detuvo el caballo, y ella lo encaró con fuego en los ojos.

—¿Es que no tiene nada más que hacer que arruinar mis planes? —gritó con furia.

Él no le prestó la más mínima atención, pensaba en lo que podía hacer para que ella no viera su reputación arruinada.

Si volvía a Londres en ese momento, esa misma tarde todo el mundo sabría que Diana y él habían salido solos de la ciudad.

La idea de que aquel chisme corriera como el viento no le desagradó, era el camino rápido hacia el altar.

Sin embargo, no podía hacerle eso a ella, quería que se desposara con él por voluntad propia, no para callar las bocas de la aristocracia londinense.

«¿He pensado en casarme de inmediato?», un calorcito muy agradable le recorrió el cuerpo entero. Sí que pretendía cortejarla, pero eso era para llegar ante el párroco en un futuro menos inminente.

Mirando alrededor, supo que no conocía a nadie que viviera por allí, lo que se le ocurrió fue acudir a casa de su abuela, que residía en la orilla del Támesis, más al norte.

Desde allí podría mandar un mensaje a Arthur que fuera a buscarla, o la devolvería él a su casa en cuanto hubiese anochecido.

La podía vestir con sus ropas o las de alguna criada, para que nadie la reconociera.

Cogió las riendas del semental de Arthur y un atajo que lo llevaría hacia la residencia de su abuela, no pasaría por caminos concurridos.

La había cogido y puesto de cara hacia delante, sin decirle palabra; en cuanto estuvieran a salvo de miradas indiscretas, le respondería todas las preguntas que ella quisiera hacerle. Diana lo miraba por encima del hombro.

—¿Qué está haciendo? ¿Dónde me lleva? —Él se limitó a apretarle más la cintura para que se estuviera quieta—.

No puedo respirar —se quejó ella poniendo sus manos en aquel brazo que era como una banda de acero, comprendiendo que, por mucho que se removiera, no lograría librarse, ni tampoco se iban a caer y romperse la crisma.

Por alguna extraña razón se sentía segura entre los brazos de ese hombre.

Los pensamientos de Diana volaban dispersos, imaginaba que la devolvía a su casa por otro camino, seguro que se conocía aquel entorno mucho mejor que ella. ¿Que no le respondía a su pregunta? Muy bien, pues ella tampoco le dirigiría la palabra, había arruinado sus planes.

A la muchacha le pareció que no había recorrido tanto camino, claro que ella lo hizo cabalgando y el conde iba con tranquilidad, al trote; era como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Después de lo que le pareció una eternidad, vio a lo lejos una construcción muy lujosa, iba a preguntarle a quién pertenecía, pero se mordió la lengua, no iba a interesarse, se mantendría en su mutismo.

La mansión, que cada vez estaba más cercana, era una preciosidad de piedra clara, con tejados de pizarra, altos ventanales, con cuatro torres que formaban una u, donde el jardín central daba a una majestuosa entrada que al llegar a ella se abrió, apareciendo un hombre con una librea verde esmeralda, tieso como si se hubiese tragado un palo, ¿por qué los mayordomos tenían siempre esa pose?

, se preguntó. Todos menos Carpenter, el de Londres, que parecía divertirse cuando ella y su hermana hacían alguna travesura, y nunca las había delatado.

Las había pillado en más de una ocasión con las orejas pegadas a la madera de alguna puerta, y solo apretaba los labios para no reírse.

Recordarlo hizo que sus labios se elevaran.

—Por la expresión de su rostro, veo que no es consciente del lío en que se ha metido. —La voz de él la devolvió a la realidad inmediata.

—No estaría en ningún embrollo si no me hubiese detenido. —Rompió su mutismo.

—¿Cuáles eran sus planes?

—No le importan. —Su voz sonó impertinente.

Fred tuvo que apretar los labios para no sonreír, le hacía gracia que ella sacara ese carácter del que había oído hablar.

Dejando los caballos al cuidado del mozo, la cogió de una mano y tiró de ella hacia la entrada.

—Buenas tardes, milord —dijo el mayordomo.

—Hola, Fletcher, ¿dónde está mi abuela?

—Está en el saloncito.

—Gracias, ordene que nos preparen un refrigerio. —Al decirlo la miró a ella—. Cierta damita me ha impedido ir a tomar mi desayuno.

—¡Qué pena! —murmuró ella—. Si no se metiera donde no lo llaman, seguro que se habría llenado la tripa.

Fred sonrió.

—Compórtese ante mi abuela, de ella depende que tengamos que casarnos enseguida o podamos esperar.

—Él sabía que la mujer tenía muy pocas visitas, se había retirado a esa propiedad campestre para su tranquilidad.

Los años pesaban, y ya no le apetecía relacionarse con los nobles, su hipocresía no le sentaba nada bien.

Aparte, con el tiempo se había vuelto maniática, y su cabeza ya no estaba donde debía.

Allí vivía con Roslyn, su dama de compañía, y nadie se ponía con sus excentricidades.

Diana frunció el ceño y lo miró con la boca abierta, ¿qué decía ese hombre?

Por su expresión, él imaginó que ella no sabía que estaba interesado en conocerla, que pretendía llegar a cortejarla, lo que había visto hasta el momento le gustaba y le había hecho considerar el matrimonio, lo que nunca le había ocurrido con ninguna mujer.

—¿Qué demonios está diciendo? —Diana no medía sus palabras, no pensaba en lo que salía de su boca—. ¡Qué se ha creído usted eso! No pienso casarme, me quedaré solterona, no necesito a ningún hombre a mi lado.

Fred se paró; y ella, que caminaba un paso detrás de él, chocó contra su ancha espalda.

Se giró y, al quedar de frente, ella levantó la cabeza para mirarlo a los ojos, y se encontró con que él había clavado la vista en sus labios, con ardor en sus iris negros como la noche.

Eso hizo que se pasara la lengua por ellos, y él aprovechó que se había callado, le puso una mano en la nuca y la acercó, con el pulgar bajo la fina barbilla para que no bajara la cabeza, inclinó la suya y la besó con ansias.

Ella se quedó tan sorprendida que abrió la boca, lo que él disfrutó para colar la lengua dentro de aquella dulce caverna con sabor a miel, la recorrió con morosidad, saboreando la inocencia de Diana, a la que se le escapaban unos sonidos de sorpresa que le acariciaban el alma, le encantaba sentirla junto a su pecho.

«Debes parar», le gritaba su lado más racional; sin embargo, le costó hacerlo.

Cuando lo consiguió, vio los ojos grises de ella velados por el placer, y eso lo satisfizo.

La cogió de la mano y tiró sin decir palabra.

Diana sentía un remolino de sensaciones bajo la piel, se quedó falta de aire al ser besada de esa forma, su cuerpo no respondía a lo que debería hacer, notaba que caminaba detrás del conde, que él tiraba de ella; no obstante, su voluntad se había esfumado, no lograba respirar con normalidad y notaba un calor abrasador en las mejillas.

Dio un respingo cuando el conde se paró ante una puerta, dio unos golpecitos y se escuchó la voz de una mujer al otro lado.

—Adelante.

Entonces Diana recordó que él había dicho que se comportara ante su abuela, ¡la iba a presentar a aquella mujer! Un escalofrío la recorrió de arriba abajo, ¿qué representaba que la hubiese llevado a casa de su pariente?