Capítulo 19
A la mañana siguiente, cuando Arthur volvió de cabalgar por Hyde Park, fue a la salita del desayuno y se encontró con sus hermanas. Sus tías aún no habían bajado.
—Buenos días, chicas.
—Buen día, hermano. —Ambas hablaron al mismo tiempo.
—¿Os lo pasasteis bien anoche?
Las dos se miraron, si le decían a Arthur que los hombres que se les presentaron no les habían agradado, era capaz de exhibirlas por otro lado, no se fiaban un pelo de lo que podían hacer con el afán de casarlas.
—Sí, estuvo entretenido. —Diana iba con mucho cuidado al hablar.
Arthur estaba empezando a conocerlas y supo que eran muy listas, que si trataba de engañarlas lo sabrían, se enfadarían y las cosas se pondrían muy feas si eso sucedía.
—Me alegro de que no os aburrieseis.
—No, no, fue esclarecedor saber que la gente va al teatro a que la vean los demás. Había mujeres que parecían lámparas de araña —afirmó Aileen haciendo un gracioso movimiento con las manos—. No sé cómo son capaces de moverse sin tintinear.
Los tres rieron.
—En los días que lleváis aquí no he visto al capitán Wentworth, ¿es que está fuera de la ciudad? —preguntó mirando a Aileen, quería saber quién era ese hombre por el que suspiraba su hermana.
Ambas no pudieron retener una risita.
—Como puedes imaginarte no se encuentra en Londres, sino ya lo habrías visto —aseguró Aileen con picardía en los ojos. Le gustaría ser mosca para ver el rostro de su hermano cuando se enterara de que ese hombre no existía en la realidad, sino que era un personaje de novela.
Sarah, la joven sirvienta, le llevó a Arthur un plato con huevos, espárragos, tostadas, y puso frente a él varias mermeladas, era lo que solía desayunar cada día. Antes de hincarle el diente miró a su hermana.
—Diana, tengo que hablar contigo en nombre de un pretendiente.
La mandíbula de la susodicha se le cayó al suelo, si la quería emparejar con cualquiera de los que se le presentaron en el teatro, le arrancaría la cabeza.
—Espero que no sea ninguno de los que vinieron a vernos ayer.
—Pues lo cierto es que fue en el teatro que me pidió permiso para conocerte. —Al haberlo soltado, atacó la comida que se estaba enfriando en el plato.
Diana se sulfuró, se levantó echando la silla hacia atrás con tanta fuerza que cayó.
—¿Y tú se lo concediste? Claro que sí, cómo no. —Su voz sonó distorsionada por el enfado que le recorría las tripas.
—Sí. —Arthur la miraba interesado en su reacción.
—Pero... pero... los hombres, ¿quién os habéis creído que sois?
¿Qué os da el derecho de decidir con quién debo verme o no?
Ya te dije que si tratáis de venderme al mejor postor iba a fugarme, ¿tengo que hacer los baúles?
—Cuanto más hablaba, más se enojaba—. Desde luego, me vuelvo a Arundel, ni tú ni las tías me obligaréis a casarme por conveniencia.
Estáis tratando de arreglarme un futuro que yo no deseo.
No pienso someterme a vuestras pretensiones; si son tan buenos candidatos, os casáis vosotros con ellos, yo no quiero saber nada.
—A medida que hablaba iba subiendo la voz—.
Me siento muy poco respetada, nadie ha mostrado un interés desmesurado en mí y habla contigo, eso no debería estar permitido.
Seguro que es uno de esos que les brilla la calva, que no logran atraer la atención de ninguna mujer, que les huele el aliento y que se bañan en perfume apestoso.
Si no fuera así, si fuese un hombre con mayúsculas, me habría preguntado antes a mí.
Dile que puede irse al infierno. —Al fin lo miró con odio, y salió del saloncito a toda prisa.
Aileen observaba a Arthur con el ceño fruncido.
—No hay derecho a que nos hagáis esto. De los hombres que nos presentasteis ayer, no hubo ninguno que despertara nuestro interés. Piénsalo muy bien antes de lanzarnos a los brazos de cualquiera, os podemos sorprender y no os gustará en absoluto.
Arthur la miraba con burla en los ojos, tan grises como los de ellas. Se estaban subiendo por las paredes cuando no les había dicho de quién se trataba. ¿Qué pensarían si se enteraban de quién era el hombre?
—Aileen, me estoy preguntando por qué no os interesáis por saber de quién se trata.
¿Es que tenéis algún pretendiente en Arundel y las tías no lo aprueban?
—Entonces recordó la carta que ellas le hicieron llegar amenazando de ocuparse del asunto—.
¿O son ellas las que quieren que os desposéis con algún hombre de allí?
Ella hizo un gesto con las manos como diciéndole que se equivocaba.
—Nada de eso, que nosotras sepamos —habló ella tomando un sorbo de la taza de té que sostenía entre los dedos, también recordó la conversación que había escuchado ese día bajo la ventana del saloncito rosa—. ¿Acaso te han dicho lo contrario?
—No, no me lo hablaron con claridad, solo que se ocuparían ellas de buscaros a los candidatos para ser vuestros esposos. Después he pensado en la posibilidad de que ya tuvieran a alguien en mente.
Aileen lo miró frunciendo el ceño. ¿Sería posible?
¿Serían tan intrigantes como para empujarlas a los brazos de uno o de otro?
En Arundel y alrededores había casas solariegas de familias pudientes y algún que otro noble; las tías solían visitarlos, eran muy sociables.
Eran muchas las tardes que les preguntaban si deseaban acompañarlas a tomar el té con unos o con otros, ¿estarían planeando emparejarlas con los hijos de alguna de sus amigas? Ya no sabía qué pensar.
—Si lo tienen no han dicho esta boca es mía —señaló ella—. Sí que tienen una vida muy activa en Arundel, se relacionan con todo el mundo.
Arthur llegó a la misma conclusión que ella, entrecerró los ojos. Por su cabeza pasaron ciertos comentarios que las chicas nunca se cansaban de repetir.
—¿Me equivoco si recuerdo que siempre habéis dicho que cuando os casarais no viviríais lejos la una de la otra? ¿Que nadie, ni siquiera un hombre, os separaría?
Ella asintió con la cabeza.
—Puedes apostar por ello, no lo consentiremos.
—Me consta que no sois tontas, que sabéis perfectamente que cuando os caséis iréis donde decida vuestro esposo.
—No nos uniremos a ningún tirano.
—No se trata de eso. Un hombre puede ser muy complaciente; sin embargo, tener propiedades en otro condado.
—Si nos quieren, entenderán.
—Yo no digo que sean idiotas, solo que es posible que deseen cierta intimidad, que no acepten tener a su cuñada demasiado cerca. —Ambos se miraban a los ojos—. Por lo menos al principio.
—¿Hasta que tengan a su heredero? —Aileen había escuchado ciertas conversaciones que debían estar prohibidas a sus oídos, porque en cuanto las damas se daban cuenta de su presencia se callaban.
Arthur arrugó la frente—. No te extrañes de lo que digo, solo hay que tener las orejas bien abiertas para enterarte de lo que pretenden ocultarte.
Él se daba cuenta de que su hermana no era como todas aquellas tontainas que iban de fiesta en fiesta, tratando de cazar un esposo, aspirando a tener una vida llena de lujos, pero vacía de emoción y sentimientos.
Quienes se casaran con sus hermanas serían unos hombres afortunados, o no; ellas eran listas y les ofrecerían mucho entretenimiento, no serían como figuras de porcelana que eran adornos en las mansiones, darían tanto como recibieran.
Se preguntaba si Fred estaría satisfecho con un matrimonio así; como no conocía esa parte sensata de su amigo, no sabía si hallaría lo que deseaba.