Capítulo 17
A quella noche en el teatro, Diana y Aileen estaban muy sorprendidas; los palcos estaban ocupados por los aristócratas, ataviados como si hubiesen sido invitados a una gala real.
Cada una con sus binoculares recorría los distintos palcos, viendo a las señoras lucir unas joyas espectaculares y unos escotes vertiginosos.
—Todas vienen a lucirse —susurró Diana.
Sus tías estaban sentadas detrás de ellas, y las gemelas pudieron escuchar.
—A lady Midreck se le va a salir un pezón del escote en cualquier momento. —Lilia murmuró el comentario para su hermana, pero lo percibieron las chicas.
—Pues mira ahí enfrente, a lady Donnely parece que el vestido se le ha quedado pequeño.
—Constance sabía que la mujer le exigía a la costurera que el corpiño le quedara bien apretado, los hombres posaban los ojos en sus pechos a punto de escapar del cautiverio, y veían las joyas que su hija heredaría.
—Parece la lámpara que cuelga del comedor de nuestra casa. —Aileen no podía creer que las mujeres se exhibieran de esa forma.
—Si le quitas las joyas parece una mesa camilla —soltó Diana por lo bajo, para que solo su hermana la oyera, lo que las hizo reír a ambas.
Ninguna de las dos era consciente de los ojos que estaban dirigidos a su palco, muchos detrás de los binoculares. La visión de aquellas dos muchachas tan iguales hacía que la mayoría de los hombres se preguntaran cómo diferenciarlas.
—¿Qué estáis cuchicheando vosotras dos? —La voz de su hermano las sacó de su inspección a aquel recinto lleno de caballeros con traje oscuro y damas que parecían árboles de Navidad.
—Nada que te interese —lo cortó Diana.
Él sonrió, apoyándose en la pared en la parte de atrás, tenía una estupenda vista de todo el teatro, y vio a Nick y Fred en el palco del primero, en compañía de la duquesa madre.
—Lo que no comprendo es el motivo por el que se visten como si fuesen a encontrarse con algún amante. —Era Lilia quien hablaba—. Ayer en el baile no iban tan lujosas, y eso que allí podían escaquearse y hacerlo.
—Sh. —Constance la hizo callar; sin embargo, las chicas lo habían escuchado y se miraron frunciendo el ceño.
—Creo que nos han traído aquí para enseñarnos lo que no debemos hacer nunca. —Aileen lo dijo convencida.
Diana paseaba su vista por todos los palcos y en uno vio a una mujer sola, vestía una creación color burdeos de lo más discreta, y de la misma tela un antifaz, aquello le llamó la atención, por lo visto no quería ser reconocida.
Un espectacular sombrero le cubría la cabeza, con una rejilla que impedía que se le viera ni un cabello. Se preguntó quién sería.
Las luces se apagaron y la función empezó, las gemelas se giraron hacia el escenario prestando toda su atención a los actores que interpretaban la obra. Era entretenido.
En el entreacto, cuando las luces volvieron a brillar, algunos palcos se vaciaron y otros se llenaron de personas; los hombres iban de acá para allá, saludando a las señoras.
—Me siento como si estuviera en un escaparate —rumió Diana en el momento en que entraban en el palco Nick y Fred.
—Lo estamos, hermana, lo estamos. —Le dio la razón Aileen, que había cazado varias miradas posadas en ellas—. Me gustaría saber qué esperan que hagamos mal, si no nos movemos de aquí...
—Nadie espera que os pongáis en ridículo —dijo Lilia poniendo una mano en el hombro de su sobrina—. Os hemos traído porque hemos pensado que os gustaría disfrutar de la función.
—Tía, por favor, si miras alrededor verás que hay muchos ojos posados en nosotras.
—Porque aquí es donde están las jovencitas más bonitas del teatro —soltó Nick con una sonrisa y los ojos clavados en la que creyó que era Aileen, esperaba no equivocarse.
Al escuchar su voz, las dos se giraron y al verlos, ella habló aguantándose una risa.
—Espero que no le tenga que hacer una reverencia, no hay espacio.
Nick le sonrió.
—De ninguna manera, no quisiera que se dislocara algún hueso. —Con ese comentario le recordaba, con una sonrisa, la espantosa salutación que le ofreció aquella tarde.
Las mejillas de Aileen se tiñeron de un bonito tono rosado. Ella notó que su tía Lilia le ponía una mano en el hombro y le daba un ligero apretón.
—Excelencia, es muy atento —lo alabó Constance.
Él se inclinó para que solo ellas lo escucharan.
—Solo con las damas tan encantadoras como ustedes. —Las miró y les guiñó un ojo.
—Es muy amable —dijo Lilia con una sonrisa, le encantaba la atención que el hijo de su amiga le prestaba a su sobrina.
Diana miraba con disimulo al conde Wrigh, que se había quedado de pie charlando con Arthur.
Era un hombre muy atractivo, que le hacía sentir mariposas en la barriga cuando sus ojos negros se posaban en ella, y por la gesticulación de sus manos y la forma de observarla, sospechó que hablaba con Arthur de ella. ¿Qué le estaría diciendo?
***
Arthur clavó sus ojos en su amigo, no podía creer lo que le estaba diciendo.
Muy dentro de él se decía que eso ya sabía que ocurriría, por ese motivo les había arrancado la promesa de que no se acercaran a sus hermanas, aparte de que estaba viendo a Nick luciéndose con las mujeres.
Tenía la sensación de que esa estancia en Londres de sus tías y las chicas sería un tiempo perdido, aunque también recordaba que si no la hubiese organizado, sus familiares habrían tomado las decisiones por él.
—¿Qué me estás diciendo, Fred? —Lo mató con la mirada, no terminaba de creerse lo que le estaba expresando—. ¿Me estás pidiendo permiso para cortejar a Diana?
—Yo diría que lo primero es conocerla, luego vendrá lo del cortejo. —Fred se volvió hacia ella—. En pocas palabras, eso es lo que pretendo.
—No sé si te entiendo, siempre has dicho que era muy pronto para sentar cabeza, y ahora me sales con esas. —Su mirada se había vuelto dura—. No consentiré que juegues con mi hermana.
—No lo pretendo.
—No me cabe en la cabeza, hace muy poco que la conoces. —Arthur no daba su brazo a torcer—. Ese fue el motivo por el que os hice prometer que no os acercaríais a ellas.
—Pues te ha salido el tiro por la culata, lo que yo estoy viendo es a nuestro Nick coqueteando con tus tías, sabes lo que eso representa, ¿no?
—Ante la incomprensión de Arthur, Fred sonrió con atrevimiento—.
Si las conquista a ellas, tendrá muchas posibilidades de camelarse a alguna de las gemelas, y quiero a Diana para mí.
Arthur soltó un resoplido, no podía asumir lo que ocurría ante sus propias narices. Se pasó una mano por el pelo, con nerviosismo.
—¿Cómo sabes que es Diana? —El hermano tenía que lograr cazarlo en algún renuncio para pararle los pies. En los últimos días había aprendido a diferenciarlas por los vestidos: a Aileen le gustaban distintos colores; a Diana, más simples, aunque igual de elegantes, era más amante de los encajes.
—Lo sé, digamos que he descubierto lo que las diferencia. —Giró la cabeza hacia ellas—. Ahora mismo es la que está a la izquierda.
¿Habría acertado por casualidad?, se preguntó Arthur, no lo creía.
—¿Sabes que si le haces daño de cualquier forma a mi hermana nos encontraremos en el campo del honor?
—Diana no sufrirá por mi causa. —La seguridad en el tono de Fred convenció a Arthur.
—No hagas que tenga que arrepentirme de darte mi consentimiento.
—Te lo prometo por mis ancestros. Pero no quiero que se lo impongas, quiero que ella también esté de acuerdo en conocerme a mí. Pregúntaselo.
Arthur asintió con la cabeza, estaba viendo que su amigo se mostraba muy atento y comprensivo.
En ese instante, Constance, que escuchaba las voces de caballeros que deseaban saludar a sus sobrinas, les dijo que ya habían estado en su palco el tiempo suficiente, que dejaran entrar a otros, lo que hizo que Fred arrugara la nariz, hablando con Arthur no había podido saludar a Diana, esperaba poder hacerlo, pero no deseaba enfadar a la tía de los Bellesmoke, quería tenerla de su lado.
A regañadientes salió del palco, y Nick, satisfecho por haber incordiado a la muchacha, lucía una sonrisa de oreja a oreja.
—Vámonos al White’s, hoy ya no podremos volver a estar con ellas.
—Claro, ya te has ocupado de coquetear con las tías y con las chicas.
Nick soltó una carcajada mientras bajaban las escaleras hacia el exterior.
—Desde luego, mientras tú perdías el tiempo con Arthur yo lo he aprovechado —se guaseó el duque.
—Ten en cuenta que nuestro amigo está dispuesto a batirse con quien haga sufrir a las muchachas.
—Yo lo que quiero es divertirme al tiempo que ella se lo pasa bien. Tengo la sensación de que es lo que pretende, le gustan los halagos, y si a una mujer la haces reír tienes mucho ganado —Nick hablaba con propiedad.
—Tienes razón; sin embargo, yo quiero darle algo más que risas.
La mirada de Nick lo atravesó.
—Vaya, vaya, no sabía que el asunto era tan serio.
—Pues ya ves que sí, estoy dispuesto a abandonar mi soltería por tenerla a mi lado.
—Si hablas de Aileen, ya te lo puedes sacar de la cabeza.
A Fred se le abrió la boca por la sorpresa.
—Por lo que veo no soy yo solo quien hace planes.
Nick subió a su carruaje con el cual habían ido al teatro y se sacudió una mota imaginaria de polvo del pantalón.
—Digamos que dejaré que sea ella la que se dé cuenta de que yo le convengo, que soy un buen partido.
Fred se carcajeó de lo lindo al notar la seguridad con la que hablaba su amigo.
Cuando llegaron al White’s se sentaron en una mesa a saborear un whisky, ambos estaban de un extraño humor, podría decirse que llevaban la satisfacción pintada en el rostro.
—Caramba, caballeros, ha llegado a mis oídos que están pensando en el matrimonio y tener herederos para sus títulos. —Lord Crawford se paró a su lado al hablarles—. No olviden que mi hija viene de una familia de rancio abolengo, que es más apropiada para ser la madre de sus hijos.
Nick y Fred se miraron el uno al otro.
—¿De dónde ha sacado eso, Crawford? —Quiso saber Fred.
—¿Me está diciendo que no es cierto? —Al hombre se le notaba que ya había bebido más de la cuenta, su hablar era algo gangoso, arrastraba las palabras.
—¿Con quién se supone que vamos a tener esos herederos? —Nick fruncía el ceño con enfado, nunca le había gustado ser el centro de atención de esos viejos chismosos.
—Con una de las gemelas, por supuesto, son las últimas que han llegado a Londres en busca de maridos.
El duque miró a Fred.
—¿Tú sabías algo de eso? ¿Las señoritas Bellesmoke están buscando esposo?
El conde negó con la cabeza.
—¿Lo niegan? —A Crawford le estaban subiendo los colores a las mejillas, los tomates se quedaban cortos con lo rojas que las tenía.
—Yo no digo nada, ni consiento ni desmiento. Todos saben que somos amigos del hermano de esas muchachas.
—Lo está comentando todo el mundo, incluso se están haciendo apuestas, es la gran noticia de la noche.
Ambos amigos se miraron, se levantaron y fueron al atril donde estaba el libro de los desafíos, y se encontraron con una página entera donde se hablaba de ellos, se hacían apuestas de quién se casaría antes, con cuál de ellas, si sería uno o el otro, quién sería el primero en pasar por el altar.
Nick solo leyó la mitad, se tragó muchas maldiciones, ¿es que esos caballeros no tenían nada más que hacer? ¿Es que habían estado espiándolo en el teatro? Debían haber vuelto al White’s, apresurados para hacer sus desafíos.
—¡Maldición! —renegó.