Capítulo 15
A las cinco en punto de la tarde, un carruaje se detenía frente a las escaleras de la entrada de la mansión de los Bellesmoke. Constance y Lilia habían invitado a Blanche, su amiga íntima, a tomar el té.
El señor Carpenter, el mayordomo, abrió la puerta y dejó que entraran la duquesa madre, su hijo y su amigo Fred, que al enterarse de dónde iban se invitó él mismo.
Los condujo al salón donde los esperaban las hermanas, y estas estuvieron muy satisfechas de ver que los jóvenes acompañaban a la amiga de sus tías.
—¿Habéis venido a ver a Arthur?
—Si se encuentra en casa... —habló Nick, deseando que no fuera así.
—Pues sí, está en su estudio.
—Estupendo, nos reuniremos con él. —A Fred se le notó la ironía en su voz—. Estoy seguro de que estará contento de vernos —dijo al abandonar el salón.
«Maldita mi suerte» pensó, Arthur los entretendría y no podrían estar con las muchachas.
Unos golpecitos en la puerta alertaron a Arthur de que alguien quería verlo, ya sabía de quiénes se trataban; al escuchar el ruido del carruaje se había asomado y había visto a sus amigos que bajaban de él. Sonrió pensando en lo que haría para que no se juntaran con sus hermanas.
—Adelante. —Su voz firme invitó a sus amigos a que entraran—. Vaya, no os esperaba —mintió, ya se imaginó que sus tías se los iban a mandar al estudio.
—Nosotros tampoco esperábamos encontrarte en casa. —Fred, que deseaba pasar un rato con Diana, no pudo retener su lengua.
—Entonces ¿a qué habéis venido? —Arthur iba a ponerse caprichoso, aunque sabía que sus amigos no jugarían con sus hermanas, lo que no quería era que los demás caballeros dieran un paso atrás si siempre estaban acompañadas por estos.
—¿A ti qué te parece? A hartarnos de té con galletitas y empaparnos con los chismorreos de las damas. —Nick puso una sonrisa forzada en su boca.
Al entrar en el vestíbulo habían visto que estaba lleno de jarrones con flores, a cuál más espectacular.
—¿Os habéis dado cuenta del éxito que tuvieron las chicas en el baile de anoche? —Arthur pretendía chincharlos, si se ponían celosos sería señal de que les interesaban de verdad; si no, mejor que se apartaran del camino de otros.
Sin preguntarles, sirvió unas copas de whisky, y al darles los vasos, a través de la ventana vio una falda rosa que se balanceaba en un gran roble del jardín donde había un columpio, seguro que era Aileen, Diana no estaría muy lejos.
Esperaba que sus tías las llamaran para que saludaran a la duquesa madre.
Lo que no hizo falta, Aileen desde su posición había visto los caballos que tiraban de aquel carruaje, eran unos especímenes excepcionales y le entró curiosidad por saber a quién pertenecían, fue hacia la parte delantera de la mansión y vio el escudo de la portezuela.
«Vaya por Dios, el duque». Recordó la pieza que había bailado con él la noche anterior, la había hecho sentir muy incómoda, sus ojos azules se habían posado en su rostro y no lo abandonaron mientras duró la música.
Ella había sentido como si le pudiese ver el alma, y no le gustó.
Encima no le daba conversación, lo que para ella fue muy violento.
A pesar de ello, aquella mañana le mandó un ramo de rosas rojas de tallo largo preciosas; sin embargo, por algún motivo que no entendía, le molestó que le mandara otro idéntico a su hermana.
Fue corriendo en busca de Diana.
—Levántate —le ordenó con nerviosismo. Estaba leyendo sentada en un banco ornamentado de hierro forjado que había bajo un porche en el jardín lateral.
—¿Qué pasa?
—Vamos a la parte de atrás, están a punto de llamarnos las tías.
—Claro, debe ser la hora del té. —Diana no se había enterado de la llegada de nadie, cuando leía parecía que se le cerraran las orejas, solo prestaba atención a las páginas de los libros.
—Es que las tías no están solas. —Aileen tiraba de ella hacia la parte trasera de la mansión.
—Mejor, es lógico que se reciban visitas.
—Que no, estas no.
El nerviosismo de Aileen no le pasó desapercibido a Diana.
—¿Me contarás de una vez lo que te inquieta?
—Están aquí el duque Ravenstone con su madre y el conde Wrigh.
—Genial, vamos a tomar el té con ellos; me has asustado, pensaba que sería algún viejo pervertido que pretendiera una novia joven.
Aileen soltó un ruido lleno de frustración.
—¿Es que no lo entiendes?
Ya habían llegado donde no las podían ver desde las ventanas del salón.
—La verdad es que no, explícamelo.
—Seguro que deben reírse de mí, por lo de anoche.
—No lo creo, son demasiado educados para hacerlo. Aquello fue solo una anécdota que les debe hacer gracia. —Trató de tranquilizarla Diana.
—Que me pasé media pieza de baile pisando al conde.
Diana soltó una risita.
—Míralo por el lado bueno.
—Explícame cuál es, yo no lo encuentro —se quejaba Aileen.
—Pues es muy sencillo, ya sabe que si te hace enfadar, o se burla, le puedes clavar el tacón de tus zapatos.
Aileen miró a su hermana, pensativa; debía reconocer que tenía razón, y entonces se le ocurrió que muchos más podrían temerle por eso, seguro que ya había ido de boca en boca.
—Me has convencido, vamos a ver si están planeando algo a nuestras espaldas, que no nos hayan hecho llamar por alguna criada no me gusta nada —barruntó ella.
Entraron por la parte de atrás de la casa, e iban a pasar por delante del estudio cuando la puerta se abrió. Arthur había escuchado retazos de su conversación, y se propuso ponerlas en un aprieto a ellas junto a sus amigos.
—Hermanas, tenéis visita.
«Maldición», renegó Aileen.
Ambas entraron en la estancia y al momento se les acercaron los hombres, ellas hicieron una reverencia al duque, la de Aileen fue desganada, como si fuera a desmoronarse de un momento a otro, no les pasó desapercibida a ninguno de ellos.
Entonces los hombres les tomaron la mano y les besaron los nudillos.
—Caballeros, es un placer volver a verlos. —Con gracia, Diana fue hacia el cordón de la campanilla que avisaba al servicio, y cuando apareció Sarah, la muchacha que ayudaba en las labores de la casa, le pidió un servicio de té.
Los ojos negros de Fred no se perdían aquellos seductores movimientos. La otra había ido junto a la ventana después del besamanos y les daba la espalda. Para Arthur fue evidente que no le gustaba la visita de sus amigos, sabía que era Aileen por su vestido, solía diferenciarlas con eso.
—El honor es todo nuestro, se lo aseguro.
—Fred captó un movimiento sensual que hacía la que los recibía con buen humor.
Se apartaba con una delicadeza encantadora el cabello que le caía en la frente.
En cambio, la otra lo hacía con un movimiento brusco del cuello.
Esperaría a que Arthur las nombrara y sabría a quién debía prestar su atención, aquella mujer era arrebatadora y lo encandilaba con cada mirada y palabra que salía de su boca.
Nick tenía sus ojos azules fijos en la espalda de aquella belleza que apenas se había dignado mirarlo, por extraño que fuera le gustaba aquel carácter que ella no trataba de ocultar.
—Les debemos dar las gracias por esas bonitas flores que nos han llegado esta mañana —afirmó Diana.
—Señoritas Bellesmoke, ustedes son mucho más bellas. —La voz del duque resultó envolvente, y Aileen notó que la recorría un escalofrío.
—Nos halaga, excelencia. —El tono de Diana era dulce como la miel—. ¿No es verdad, Aileen? —Sin darse cuenta había esclarecido la pregunta que se hacían los dos.
Nadie de los presentes habló de la noche anterior, los hombres quisieron saber si tenían previsto ir a la velada musical de aquella jornada en el Royal Albert Hall, el teatro con más auge en aquellos momentos, donde acudía la flor y nata de la sociedad para lucirse ante sus semejantes.
Había ocasiones en que los binoculares estaban más dirigidos hacia el público que hacia el escenario, donde los actores trataban de entretener a los espectadores.
—Estoy emocionada —dijo Diana—. Es la primera vez que acudimos al teatro, dicen mis tías que nos va a sorprender.
Arthur pensó que lo que decían era verdad, se asombrarían cuando vieran todas las miradas que caerían sobre ellas.
Lo que a él no le hacía demasiada gracia, tendría que estar muy atento a los que las visitaran en su palco.
No tuvo que esperar demasiado para encontrar un poco de alivio a su preocupación.
—Nosotros también estaremos allí, las veremos en el entreacto. —Fred fue quien lo dijo y vio que Diana no comprendía—. Hay que vivirlo para entenderlo.
—Se pone tan misterioso que hasta parece inadmisible —lo dijo con picardía, sonriéndole, y eso encantó a Fred.
Arthur contemplaba a sus amigos con sus hermanas en el momento en que la sirvienta llegó con el servicio del té, Diana se lo agradeció con una sonrisa y empezó a servirlo sin preguntar si les apetecía a los hombres.
Ellos tomaron la taza con el platito que ella les entregaba, después de dejar sus vasos sobre una mesa auxiliar.
—Yo lo quiero con leche —señaló Arthur para que Diana se diera cuenta de que no lo había preguntado.
—Oh, perdonen, caballeros —habló cogiendo la jarrita de la leche—. ¿Ustedes lo toman...? —Ellos negaron con la cabeza, y ella llamó la atención de su hermana—. Aileen, ven, tómate una taza de té.
Todos escucharon el bufido de ella antes de que se diera la vuelta para acudir junto a la mesita y se sentara en uno de los sillones frente a Diana, sus ojos se clavaron en los de su gemela, haciéndole saber sin palabras que no estaba contenta de hallarse allí.
Ellas dos se entendían sin necesidad de decir nada, sus expresiones hablaban por sí solas.
El duque adivinó el disgusto de Aileen por encontrarse donde no deseaba; no obstante, no dijo nada para que no fueran junto a las mujeres, le encantaba chincharla. Había dejado muy claro que no le caía bien, la reverencia que le hizo casi le sacó una carcajada.