¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

C onstance apretaba las muelas al mirar a la flor y nata de la alta sociedad de Londres, imaginaba que más de una de aquellas ladies se habría dado cuenta de las tretas de su sobrina. Le sonreía a todo el mundo haciendo un gran esfuerzo.

—Ven, querida, yo te acompañaré a que te dé el aire fresco.

—Una vez en el jardín, y lejos de oídos indiscretos, Constance habló—: ¿Qué pretendes, Aileen?

Ni se te ocurra poner en un aprieto al hijo de Rebecca, es un buen hombre, os he estado observando y no te ha faltado al respeto mientras tú le pisoteabas los pies.

¿Es que no te das cuenta de que, igual que yo, otras se habrán percatado?

¿Qué tienes dentro de la cabeza? Es un hombre encantador, educado y atento.

Que su tía fuera tan perspicaz hizo que abriera mucho los ojos y se diera cuenta de su error al intentar jugar con ese hombre.

—No hace falta que le dediques tantos elogios, no voy a casarme con él.

—¡Eres imposible! —exclamó su tía—. Yo no he dicho que lo hagas, solo quiero que te des cuenta de que si sigues así, no atraerás a ninguno, todos pensarán que eres una boba malcriada, una lunática, y nadie quiere a una mujer así en su vida.

Tú verás lo que haces. —Tras esas palabras, la cogió del codo y se encaminó al interior.

Aileen caminaba a su lado con los labios apretados, al llegar cerca de las puertas cristaleras del salón, se obligó a sonreír a los que la miraban con apreciación.

Hallaron a Diana junto a la condesa y Lilia, quienes hablaban con entusiasmo al lado de la mesa del bufet que estaba lleno de bandejas de plata con pastelitos dulces, copas de limonada y de champán.

Fue a coger un dulce cuando escuchó la voz de su hermano Arthur que les hablaba a Nick y a Fred, que también se encontraban ahí.

—Veo que no se puede confiar en vuestras promesas —decía él.

El duque lo miró de esa forma que solía hacerlo con los que le caían mal, aquellos que lo envidiaban por ser poseedor de su título. Ojeó alrededor y vio que había demasiados oídos que escucharían lo que dijera.

—Vamos al salón de caballeros, me apetece algo más fuerte que el champán.

—A mí también. —Lo secundó Fred, que imaginaba lo que Nick querría hablar con Arthur.

Entraron en una sala llena de lores jugando a los naipes, fumando y bebiendo, al tiempo que las voces llenaban el ambiente, eran como una jauría de cotorras desbocadas.

Los tres pidieron sus copas a un lacayo que iba de un lado a otro con una bandeja de plata.

Entonces, Nick miró a Arthur con el ceño arrugado.

—Y yo quisiera saber por qué nos las arrancaste, ¿es que no somos bastante buenos para tus hermanas?

¿Acaso pretendes que se casen con el regente?

Dudo que las tratara tan bien como podemos hacerlo nosotros, nunca serían felices en la corte, son unas muchachas encantadoras que lo único que desean es volar.

Arthur entrecerró los ojos.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque hace un par de noches que cenamos en casa de la condesa Wrigh, y después paseamos por el jardín a la vista de las señoras, no hace falta ser un genio para adivinar lo que desean.

Arthur se pasó la mano por el cabello negro como el ala de un cuervo, y se le quedó de punta.

—Nos conocemos, sé que sois muy capaces de camelároslas; ellas se han criado en el campo, son muy inocentes, y no quiero que caigan en los brazos del primer desaprensivo que les diga cuatro cosas bonitas.

Fred y Nick cruzaron una mirada, y el primero soltó lo que le vino a la lengua.

—No creo que sean tan incautas como las pintas, no hace mucho rato que he bailado con Aileen y me ha pisado mil veces, y debo decirte que no creo que lo hiciera por ser patosa, ha sido a propósito.

—Se le estiraron los labios en una sonrisa—.

Y otra cosa, me ha hecho creer que estaba danzando con Diana, se han intercambiado los papeles.

Nick soltó una carcajada.

—Ya me ha parecido a mí que la que bailaba conmigo no era quien yo pensaba. ¿Cómo las distingues tú? —Quiso saber el duque.

—No lo hago, no hay forma, se divierten haciéndose pasar por la otra.

—¿Y tus tías? Supongo que al verlas crecer las reconocerán.

—Lo único que las diferencia es el carácter, y son tan listas que incluso eso copian la una de la otra.

A Fred y Nick les entraron unas ganas enormes de adivinar todos sus secretos, y Arthur supo interpretar la mirada que intercambiaron los dos.

Reconocía que era culpa suya, con aquella promesa que les arrancó despertó su curiosidad por Diana y Aileen.

También debía admitir que ambos eran un buen partido, no volvería a interponerse a no ser que viera que pretendían jugar con ellas.

***

Más tarde, en el carruaje que las llevaba de vuelta a la mansión de Piccadilly, Lilia las miraba con satisfacción, mientras que Constance parecía dormitar a su lado.

—Niñas, habéis estado muy solicitadas, estoy muy contenta con vosotras. —No habló de lo sucedido con el conde al principio.

—Tengo los pies molidos, pero ha valido la pena.

—Diana se lo pasó muy bien, le gustaba bailar, y no había parado en toda la noche.

Había notado que Aileen daba calabazas a algún hombre mayor, lo que ella no hizo, y estaba contenta, algunos de ellos se mostraron muy picarones, pero en ningún momento le faltaron al respeto.

—No volveremos a cambiarnos la una por la otra —afirmó Aileen—. Al fingir que era tú no me he podido escaquear para que no nos descubrieran.

Diana la miró con los ojos muy abiertos y una ancha sonrisa.

—Espero que no me hayas hecho quedar mal ante los caballeros.

—Nooo. —Alargó la palabra.

Lilia se quedó con la boca abierta, lo que había ocurrido con el conde, habrían supuesto que había sido Diana. Sus ojos grises miraban a Aileen con censura.

Entonces, se escuchó la voz de Constance, que por lo visto no dormía, solo lo estuvo fingiendo.

—¿Te das cuenta de que si no hubiese sido por Lilia, que te ha llamado por tu nombre, tu hermana no tendría nada que hacer con el conde Wrigh?

—¿Qué ha pasado? —Quiso saber Diana.

—Que nuestra querida Aileen... —se notaba el sarcasmo en la voz de la tía Constance— ha estado pisando al conde, y luego ha fingido estar indispuesta. Suerte que cuando él la ha acompañado hasta nosotras, se ha desvelado que era ella y no tú quien bailaba con él.

Aileen hizo una mueca, le habían quitado toda la diversión. Diana se la quedó mirando. Sus travesuras solían ser inofensivas; sin embargo, no le gustó que la pudieran tachar de torpe.

—No debes preocuparte —afirmó Aileen—. Es un conde con muy poco encanto, no te vas a perder nada del otro mundo.

Diana frunció el ceño, había estado danzando con él, y le había parecido muy entretenido, era un hombre avispado, que la hizo sonreír en más de una ocasión.

Aparte de aquellos ojos negros que le habían hecho sentir cosquillas en la barriga, una sonrisa que la derretía con esos labios gruesos.

Su altura debía hacer que a su lado pareciera una muñeca, aquellos anchos hombros la tentaban a que se agarrara a ellos. Además, era muy guapo.

—Hermana, te agradecería que no pretendas escoger un hombre para mí. Soy bastante mayorcita para hacerlo yo sola.

Aquellas palabras hicieron que Aileen la mirara con sus bonitos ojos abiertos como platos.

—Pensaba que estábamos de acuerdo en no dejar que ningún hombre nos separara.

—Y lo mantengo —se apresuró a decir Diana—. Es solo que si me niego a que nuestro hermano se interponga en nuestras vidas...

Aileen, al escucharla, cruzó los brazos bajo el pecho, y puso morritos, parecía una niña con una rabieta.

—Me estás apartando de ti —murmuró con enfado.

Constance y Lilia las miraban a ambas con interés.

Por lo que escuchaban, las chiquillas habían hecho planes respecto a sus matrimonios; no obstante, eso había sido cuando estaban en Arundel, después de probar los placeres de ser admiradas por los caballeros, ya no tenían tan claro lo que deseaban, por lo menos en lo que concernía a Diana.

—No lo estoy haciendo, solo quiero pasarlo bien mientras estemos en la ciudad y que nadie pueda ir por ahí criticándome, que para el caso seríamos las dos las que caeríamos en desgracia, las que iríamos de boca en boca, ¿es que no te das cuenta?

—A Diana no le gustaba que su hermana se pusiera caprichosa mientras se hacía pasar por ella—.

Además, sabes muy bien que no permitiré que nadie me separe de ti, somos las dos mitades de una misma manzana.

—No quiero ser entrometida —habló Lilia con mucha suavidad—. Sabéis que os quiero mucho a las dos, y quisiera preveniros que es posible que cuando os caséis, viváis lejos la una de la otra.

—¡No lo toleraré! —exclamó Diana.

—¿Estarías dispuesta a renunciar al hombre del que te enamores para seguir al lado de Aileen?

¿No te importaría ser una solterona a cambio de estar cerca de tu hermana?

—Constance trataba de que se hicieran a la idea de que no siempre podrían estar juntas como hasta el momento—.

Hay muchos hombres que cuando pasan por el altar se van una temporada a sus residencias campestres.

—Yo lo encuentro muy romántico —terció Lilia con cara de ensueño—.

Paul, vuestro difunto tío, me llevó a su propiedad en Essex, y allí fue cuando nos conocimos bien, era un hombre muy atento, tierno, apasionado...

—Constance tosió al ver que su hermana se emocionaba y hablaba de intimidades no apropiadas para las chicas.

Lilia se dio cuenta y acabó—: A veces lo echo mucho de menos.

—Pues nosotras no lo permitiremos, si es necesario renunciaremos a casarnos. —Aileen fruncía el ceño de una forma muy graciosa, y sus tías apretaron los labios para no reírse.

—Cariño, no hagas promesas que no puedas cumplir. —Tía Lilia sabía que si perdían el corazón en manos de un hombre se olvidarían de sus pactos.

—Eso ya lo veremos. —Aileen no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.

Llegaron a la residencia y cada una se fue a su dormitorio, las chicas dormían en habitaciones contiguas, y antes de meterse en las suyas, Diana susurró:

—Encontraremos la forma de estar juntas.