¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

A la noche del día siguiente, Jane estaba ayudando a las jóvenes a ponerse de punta en blanco para asistir al baile de lady Crawford, era al primero que concurrían en esta visita a Londres, y estaban entusiasmadas.

Lucirían sus nuevos vestidos que se los llevaron esa misma tarde, y la doncella les estaba peinando sus largas cabelleras.

No les gustaba el mismo estilo, pero sería divertido hacerse pasar la una por la otra, así que le dijeron a Jane que las peinara igual, con un recogido en lo alto de la cabeza y un tirabuzón que les bajara por el hombro derecho.

Al terminar de ponerles los vestidos y mirarlas con ojo crítico, Jane les sonrió, sabía lo que se proponían, y lo que daría por poder acompañarlas y ver el lío que se harían los caballeros cuando no supieran quién era quién.

Al llegar a la mansión de los Crawford, un lacayo vestido con una elegante librea las anunció cuando iban a entrar en el salón de baile.

Poco a poco, las risitas, los comentarios y la algarabía fueron acallándose; los asistentes —damas y caballeros— clavaron los ojos en las dos preciosidades que acababan de llegar, y que, seguidas de sus tías, se movían como si se deslizaran por la pista de baile.

De repente se escuchó a un hombre que decía:

—He bebido demasiado, ya veo doble. —Tenía la voz profunda, como si hablara de ultratumba.

—No, idiota, que son gemelas.

—¡Vaya por Dios! —exclamó el primero con satisfacción—, voy a bailar con las dos.

En ese instante, Lilia vio a una conocida y se paró junto a ella.

—Niñas, esta es lady Benson. —Ellas le hicieron una reverencia, al no decir su tía el título que tenía no querían hacer el ridículo, ¿y si era una duquesa? Tendrían que decirle que especificara más.

—Muchachas, me honráis, pero solo soy una vizcondesa —las informó la mujer con una afectuosa sonrisa.

Ellas miraron a Lilia y le dieron a entender que debía avisarles de ese detalle.

—Niñas, estoy orgullosa de vosotras, no os lo toméis a mal.

Constance las miraba con satisfacción al notar cómo las observaban las muchachas casaderas al ver en ellas a unas rivales muy potentes.

—Lo sabemos, tía. —Fue lo único que dijeron con una bonita sonrisa que hizo que quien las mirara contuviera el aliento. No hacía falta que fueran ellas quien se lo hicieran notar, esa mujer lo hizo por ambas.

—Chiquillas, sois muy bonitas, creo que vais a causar sensación.

—Gracias, milady. —La voz de Diana era suave como la seda, haciendo que varios caballeros se giraran a mirarla.

—Vamos a saludar a los anfitriones. —Las instó Constance. Habían llegado elegantemente tarde por su capricho, para ver la reacción de los nobles ante la belleza de sus sobrinas. Estaba satisfecha por haber causado sensación, veía las miradas alarmadas de muchas madres casamenteras.

Fueron junto a los anfitriones, y la hija de los Crawford repasó a las chicas de arriba abajo, mostrando la envidia que sentía por ellas, los vestidos que llevaban eran sobrios y elegantes, el suyo, con la infinidad de lazos y el tono rosa pastel casi blanco, la hacía parecer un torta de merengue.

Diana y Aileen no hicieron caso a las miradas de los Crawford, padres e hija no ocultaron que las consideraban inferiores a ellos, sus barbillas levantadas lo decían todo; ellas no lo tuvieron en cuenta, tampoco se entretuvieron en darles conversación; si ellos eran unos desconsiderados, no merecían que se les bailara el agua.

En cuanto vieron a lady Wrigh, Rebecca, la amiga de sus tías que les había caído muy bien el día que estuvieron cenando en su casa, fueron hacia ella. Esta las recibió con una ancha sonrisa y las presentó a sus amistades, con la que estaba en un lateral del salón de baile.

Fred y Nick estaban junto a las puertas que daban al jardín engalanado para la fiesta, con farolillos de colores encendidos que daban una suave luz por los caminos que recorrían el jardín.

Ambos esperaron a que las muchachas saludaran a las amigas de la madre de Fred y fueron hacia ellas ignorando a los que los miraban preguntándose por quién se decantaría el duque.

—Señoritas, sería un honor que nos concedieran este baile —habló Nick.

Ellas sonrieron, intuían que no sabían quién era quién, y eso les daba una ventaja que iban a aprovechar.

Ambas hicieron una reverencia perfecta al duque, él las cogió por los brazos a ambas y las levantó, en momentos como ese no le gustaba esa formalidad.

Lo que deseaba era diferenciarlas, pero con los vestidos distintos de los de la otra noche, y los peinados iguales, no sabría con cuál de ellas bailaba.

—¿Con ella o conmigo? —dijo Aileen con un brillo pícaro en sus ojos grises, idénticos a los de su hermana.

Nick sospechó que eligiera a quien eligiera, pretendían tomarle el pelo.

—Con Aileen, me disculparán si no las reconozco.

—Entonces es a ella a la que busca. —Lo enredó la joven.

Diana apretó los labios para contener una carcajada, sería de mal gusto soltarla con tantos ojos pendientes de ellas. Él la tomó de la mano y la llevó al centro de la pista, debía recordar que se suponía que era Aileen.

Nick le colocó una mano en la espalda, y con la otra le cogió los dedos empezando a rodar por el encerado donde bailaban muchas parejas.

La miraba a ella, y le pareció que esquivaba sus ojos, eso le hizo sospechar que esa no era quien decía ser.

Aileen habría mantenido sus ojos en él, la otra noche había notado que no le impresionaba su título, que nunca evitaría sus iris azules.

No obstante, si ellas querían jugar, quién era él para descubrirlas.

—Señorita Aileen, imagino que puedo llamarla por su nombre; si no, podría confundirla con su hermana.

—Desde luego —afirmó ella girando la cabeza hacia los lados, admirando el arco iris de colores de los vestidos de las señoras que rodaban a su alrededor. Diana estaba segura de que si lo miraba a los ojos descubriría que no era Aileen.

—Está usted muy bella esta noche. —Aquella frase fue suficiente para que el ceño de ella se frunciera y girara su rostro hacia él.

—Creo que no es adecuado que me diga eso cuando apenas nos conocemos.

—¿Qué es lo que desea? ¿Que me comporte como un hipócrita?

—No, solo es que me parece muy atrevido por su parte.

Ella vio un brillo extraño en los iris azules y se imaginó lo que sucedía, pero como no estaba segura, le seguiría la corriente.

—¿Quiere escuchar que no encontrará ningún hombre que esté dispuesto a hacerla su esposa? —El duque notó que ella se sobresaltaba.

—¿No le parece muy inadecuado hablar de matrimonio la segunda vez que coincidimos? Ya sé que era una situación hipotética, aun así no lo encuentro pertinente.

Nick hizo una mueca con los labios al aguantarse una sonrisa.

—Tiene toda la razón, no debí decirlo.

En ese instante vio a Arthur que llegaba e iba a saludar a sus tías, frunció el ceño pensando en qué haría, él y Fred habían hecho caso omiso a su exigencia.

***

Fred estuvo bailando con la que creía que era Diana, la muchacha se movía con torpeza, lo pisaba cada dos por tres, luego se disculpaba simulando que estaba apurada.

—Lo siento, he vuelto a pisarlo.

Aileen se lo estaba pasando en grande, cada vez que podía hacía como que se le enredaban los pies y que se caería, y aprovechaba para darle pisotones; incluso en una ocasión, en una de esas maniobras le dio una patada en la espinilla.

Veía las muecas que hacía él evidenciando que le hacía daño; sin embargo, no decía esta boca es mía, le sonreía con cara de cordero degollado.

—No se preocupe, practicaremos y en pocos días será una bailarina encantadora.

¿Le estaba diciendo que le enseñaría a rodar por la pista? ¡¿Qué se creía ese?! Ella podría demostrarle que era la mejor de todas esas tontas que lanzaban miradas coquetas y caídas de pestañas a sus parejas.

Él no podía aceptar que sus tías no se hubiesen ocupado de ponerles a las chicas un profesor de baile, ¿sabría Arthur que sus hermanas eran así de torpes?

Ella volvió a pisarlo.

—Lo lamento, creo que sería mejor que dejáramos de rodar, estoy cansada de contar los pasos y estoy empezando a marearme.

Fred no se lo podía creer, ninguna jovencita confesaba eso a su pareja, más bien seguía hasta caer redonda en brazos del hombre para que la sostuviera. Un pensamiento le cruzó por la cabeza y allí lo retuvo sin apartar los ojos de ella.

—¿Quiere que salgamos al jardín a que le dé un poco el aire? —Lo preguntó con el propósito de ponerla a prueba, era muy consciente de que ella debería negarse.

—Buena idea, esa es la solución para mi mal.

—Ella esperaba a ver qué hacía él si se quedaban solos, podría ser divertido que quisiera tomarse libertades, le daría una paliza si lo intentaba, sobre todo porque estas estarían dedicadas a su hermana Diana en lugar de a ella.

Que tampoco las quería para sí misma, no iba a dar que hablar por muy hijo de la amiga de sus tías que fuera.

Fred supo que eso no era normal, ninguna jovencita se prestaba a escándalo en su primera aparición en público, a no ser aquellas que querían poner en un compromiso a un hombre y llevarlo al altar en contra de su voluntad.

Él no esperaba eso de la hermana de su amigo, sabía que ella y su gemela habían crecido al lado de esas tías, y fuera de Londres.

¿Desearía esta muchacha vivir las aventuras que le habían estado negadas hasta el momento?

Tenía la sensación de que pretendía provocarlo, no iba a caer en esa trampa.

Caballerosamente, paró de danzar, y la guio entre las parejas que rodaban hasta donde había visto a su madre y a las tías de la chica.

—Señora —habló dirigiéndose a la tía Constance—. Supongo que en el ridículo llevará sales, su sobrina está mareada. No me lo explico, no ha aguantado ni media pieza. —Al decirlo, la miró a ella y pudo apreciar el color escarlata que cubría su rostro aterciopelado, ese color le sentaba de maravilla.

—Aileen, ¿no te encuentras bien? —Lilia había escuchado lo que dijo el conde y le prestó toda la atención a su sobrina.

Fred la vio apretar los dientes, había estado jugando con él, y este, sin pretenderlo, se la había devuelto. Le entraron unas tremendas ganas de reír, apretó los labios y notó que ella lo pisaba con todas sus fuerzas, ocultando lo que hacía bajo sus amplias faldas.

—Caramba, pensaba que estaba bailando con la señorita Diana.

Si las miradas matasen, él no llegaría al día siguiente. Le sonrió con picardía, y ella giró la cara, dándole la espalda.

—Tía, estoy fresca como una rosa, lo que pasa es que el señor conde baila con poco encanto —replicó en voz baja para que solo la oyera su tía; no obstante, la escucharon la condesa, su hijo y Constance.

Esta se dio cuenta de que Aileen quería dejar en ridículo a ese joven, la cogió del codo con disimulo y la condujo hacia el jardín engalanado para la ocasión.