¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

A l día siguiente, fueron a probarse los vestidos que habían encargado, sus tías las acompañaron, se temían que no fueran apropiados para unas jovencitas como ellas.

Lo primero, no les gustó que hubiesen ido a una modista francesa a la que no conocían; no obstante, cuando vieron los modelos, se sintieron satisfechas, eran muy elegantes y les quedaban de maravilla.

Ambas estuvieron conformes con la elección de las muchachas.

Al salir pasearon por Hyde Park; y se paraban aquí y allá, saludando a amistades a las que no veían muy a menudo al no residir siempre en Londres.

Presentaban a sus sobrinas y, con satisfacción, veían algunas miradas envidiosas.

Al llegar a su casa estaban contentas por la reacción de aquellas mujeres de la ciudad que veían en las muchachas a la competencia para sus malcriadas hijas.

También se llevaron una sorpresa: al ver la correspondencia en una bandeja de plata sobre una mesa del vestíbulo, había varios sobres de color crema y la letra era elegante, lo que les llevó a creer que era femenina; se la llevaron al salón y empezaron a abrirlos.

Todos ellos contenían invitaciones para los próximos días.

Pidieron un servicio de té y se lo tomaron mientras decidían a cuál ir y a cuál no, cuando coincidían dos en el mismo día.

Aileen y Diana estaban pendientes de sus tías, las que conocían a casi todo el mundo, y las miradas que intercambiaban les parecieron pícaras y divertidas.

—Tengo la sensación de que están planteándose pasarlo muy bien en esos bailes. —Las gemelas intercambiaron ese comentario sin esperar que les respondieran, pero no fue así.

—Desde luego que serán entretenidos. —Lilia tenía hasta las mejillas coloradas por la emoción, era una romántica empedernida, y se temía que en cuanto la población masculina de Londres posara los ojos en ellas, sería digno de disfrutarlo.

Constance era más avispada, imaginó que su amiga, la condesa Wrigh, habría hablado con sus conocidos sobre sus sobrinas y habría despertado la curiosidad de muchos de ellos, a eso venían todas esas invitaciones.

Si a esto sumaba que esa misma tarde había visto miradas envidiosas en Hyde Park, no dudaba que las invitaciones se multiplicarían de ese día en adelante.

Aquella noche en la cena, comentaron con Arthur que habían empezado a ser convidadas a bailes y reuniones.

—Eso es lo que queríais, ¿no? —habló haciendo una mueca con los labios mientras se ponía en la boca una cucharada de la crema de guisantes que estaban comiendo—.

Tendréis que avisarme de las veladas a las que deseéis asistir, deberé acompañaros.

—Se notaba que la idea no le gustaba; sin embargo, no se quejó.

—Por supuesto, querido —aceptó ilusionada Lilia.

Arthur asintió, las gemelas se daban cuenta de que la idea no era de su agrado e intercambiaron una mirada llena de sobreentendidos.

Nunca habían pensado en el matrimonio, sabían que era la meta de la mayoría de las jovencitas; sin embargo, para ellas era una especie de pesadilla, no concebían la vida la una sin la otra, y sabían que cuando se casaran era posible que pasaran semanas sin verse, todo dependía de los esposos que escogieran para ellas.

Ese era uno de los primordiales motivos que tenían para retrasar el momento de buscar marido, aparte de que seguro que sus tías y su hermano decidirían por ellas, eso era lo que las sacaba de quicio, por muy normal que fuera en la aristocracia de Londres.

***

En otro lugar de Londres, en el White’s, Fred y Nick estaban jugando unas manos a los naipes, y el barón Mooney, que compartía mesa con ellos, soltó de repente:

—Caballeros, hoy me he encontrado con la que será mi esposa. —Miró a sus acompañantes por encima de sus cartas, con una expresión muy canalla.

—No sabía que te hubieses decidido a sentar cabeza —dijo Nick con una ceja alzada.

Todos los que lo acompañaban sabían que estaba arruinado, que el juego se llevaba los ingresos que tenía, que sus malas rachas eran más frecuentes que las buenas, y se imaginaron que estaría buscando a una rica heredera.

De lo que no habían sabido nada era que alguna entrara en el mercado matrimonial.

—¿Ha llegado alguien interesante a la ciudad? —habló otro que estaba con los naipes en la mano y los dejó encima de la mesa, parecía interesado en lo que se decía.

Nick y Fred se miraron el uno al otro al comprender, con las vestimentas que lucían, que aquellos dos debían estar endeudados hasta las cejas, pues sus comentarios daban a entender que iban en busca de herederas con la bolsa bien llena.

—No, casarme no representará sentar cabeza —afirmó el barón Mooney—. Solo quiero encontrar una cama caliente cuando vuelva a casa.

El duque y el conde pensaron lo mismo: «Y desentenderte de las facturas del sastre y de tus acreedores». Las miradas de ambos se encontraron y arrugaron el ceño.

—No vuelvas, la puedes hallar en cualquier burdel —soltó Nick con un tono de voz que dejaba ver lo poco que le agradaba que se tratara a las mujeres como si fueran jarrones, listas para lucir y adornar las mansiones, aparte de sanear economías desastrosas.

Solo de pensar que ese tipo pretendía casarse con una jovencita para seguir llevando aquella vida disoluta de la que disfrutaba lo ponía enfermo.

—Si las hubieses visto no dirías eso.

—¿Estás hablando en plural? —Fred se daba cuenta de que no había bebido suficiente para cometer un error sobre lo que decía.

—Es que son dos gemelas idénticas. —A Fred se le heló la sangre al saber de quiénes estaba hablando ese idiota—. Os lo digo por si alguno quiere camelarse a la otra. —Entonces soltó una risotada al estar convencido de que les estaba haciendo un favor.

—Caballeros, ¿jugamos o no? —La voz del duque era dura como el acero, y Fred supo que estaba enojado, seguro que cuando terminaran aquella partida se excusaría y dejaría solos a aquellos dos pájaros que no tenían reparos en dar mala vida a sus esposas.

Como Fred había pensado, Nick se levantó en cuanto hubo terminado con las monedas que había sobre la mesa, sabía que esos dos no tenían crédito en el club y que tendrían que marcharse en cuanto los desplumara.

Con un vaso de whisky en la mano, pasearon entre las mesas, y fueron a terminar ante el atril donde estaba el libro de apuestas, le dieron una ojeada, y ambos fueron muy conscientes de lo que leyeron: «L. M. va a casarse muy pronto con una de las gemelas».

¡Se trataba de una apuesta! ¡Sería desgraciado! Encima pretendía ganar dinero a los sinvergüenzas que les gustaba arriesgar.

—Le voy a arrancar la piel a tiras, si se acerca a cualquiera de ellas —murmuró Fred.

Nick se lo quedó mirando unos segundos.

—Vaya, amigo, no me habías dicho que te gustase tanto. —Nick apretó los labios ocultando una sonrisa.

—No se trata de eso. —Fred quería salir del paso—. Son las hermanas de nuestro mejor amigo, le debemos lealtad.

—En eso tienes razón —asintió el duque—. Sin embargo, has dado la impresión de que tienes un interés desmesurado por alguna de ellas.

—¿Te molestaría si fuese así?

—Puede ser.

—No sé si creerte, solo has pasado con ellas una velada. —Fred imaginaba que Nick, al ser duque, tendría que buscar con lupa a la posible duquesa, aunque conociendo a su amigo, sabía que le importaría un huevo lo que pensaran los lores y las ladies del reino.

—Al igual que tú, y por tu reacción yo diría que le has echado el ojo a una de ellas.

Los ojos de ambos, unos azules y otros negros se engancharon, como retándose, como desafiándose a decir una mentira; al conocerse de tantos años enseguida se daban cuenta de los engaños.

—De momento no quiero levantar la liebre, me atrae Diana; no obstante, quiero conocerla.

A Nick también lo había atraído la misma hermana; sin embargo, aquella noche se dio cuenta de que Aileen le daría más emoción a su vida, no filtraba lo que salía de su boca, lo soltaba, y a quien no le gustara que se aguantase.

Estaba seguro de que esta le daría la sal y pimienta que buscaba en una mujer.

—No me interpondré. Lo que me tiene perplejo es Arthur, no entiendo que quiera que nos mantengamos alejados de ellas. —El duque sabía que era un muy buen partido.

—Porque nos conoce demasiado bien y no nos cree capaces de hacer felices a sus hermanas, debe pensar que revolotearemos a su alrededor y espantaremos a los que estén interesados en ellas.

—Pues puede que se lleve una sorpresa.

Aquel convencimiento en las palabras de Nick hizo que Fred supiera que estaba muy interesado en Aileen.