¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

M ás tarde, aquella misma noche, los cuatro salieron al jardín, los hombres sabían que desde el salón había una espléndida visual de todo el entorno, que tanto las tías de aquellas muchachas como su propia madre estarían observándolos.

—Señor conde, ha sido usted muy atrevido al mentirle a la condesa, podríamos haberlo dejado en evidencia. —Diana lo soltó con una expresión divertida en cuanto estuvieron alejados de los oídos de las tías.

—Pero no lo han hecho. —Fred lucía una sonrisa muy ancha.

—Quizá porque queríamos alejarnos de la vigilancia a la que somos sometidas las mujeres. —Eso lo explicó Aileen, estaba claro como el agua que les molestaban las normas de esa encorsetada sociedad.

Fred y Nick cruzaron una mirada que solo ellos entendieron.

—Comprendo que se sienten ahogadas con las reglas que rigen en Londres. —Nick miró a Diana al hablar. Sabía cuál de ellas era por el vestido gris perla que le quedaba fenomenal.

—Pues sí —respondió Aileen—. Allí en Arundel, podemos salir de casa sin que nos acompañe ninguna criada, la vida es mucho más sencilla.

—Y quiero entender que no se las critica por eso —intervino Fred.

Ella sonrió.

—Si le soy sincera, las chismosas siempre encuentran un motivo u otro para soltar sus lenguas. Me imagino que a mí me deben poner a caer de un guindo en más de una ocasión.

—¿Está queriéndome decir que es usted traviesa? —Nick la miraba con intensidad, no sabía a lo que se refería y sentía mucha curiosidad.

—Digamos que a veces hago cosas que no debería hacer una señorita.

A Diana le extrañaba que su hermana soltara aquello a dos hombres que apenas conocía, no sabía si ellos lo contarían a otros.

—Aileen, estás más guapa callada —advirtió.

—Pues ha despertado mi curiosidad —afirmó el duque—. ¿Usted también hace lo inapropiado?

—¿Espera que le conteste esta pregunta? —Diana no pensaba hacerlo.

—Me gustaría.

—Pues siento mucho desilusionarlo.

Los cuatro charlaban relajados, y sonreían ante aquella disparatada conversación. Paseaban con lentitud entre los rosales de todos los colores y los tulipanes que la condesa había mandado traer de Holanda.

—Tiene usted un jardín precioso. —Diana miró al conde mientras las yemas de sus dedos acariciaban los pétalos de una rosa roja bellísima. Se había quitado el guante para apreciar la textura de aquella hermosura—. Imagino que con la luz del sol debe ser espectacular.

—Mi madre está muy orgullosa de sus rosas, son la envidia de medio Londres.

—Me alegro por ella, a mí me encanta cuidar las flores.

—Diana era la que en Arundel se pasaba horas en el jardín, la que llenaba de color los jarrones de la casa.

Le daba mucha paz estar en el exterior, al tiempo que escuchaba el trino de los pajarillos y el sonido del agua que corría en un riachuelo cerca de la casa.

—Si le apetece puede venir cuando quiera, no creo que mi madre se oponga a que usted disfrute entre las flores. —Fred la animaba para que volviera a acudir a su casa.

—No quiero tentar a la suerte, podría levantar muchas habladurías que acudiera a la casa de un caballero soltero.

El conde se calló pensativo, se daba cuenta de que esa muchacha se negaba lo que le gustaría hacer para no ser causa de chismorreos, y frunció el ceño, enojado, al percatarse de que debía sentirse atada con mil nudos, que no podía disfrutar de su libertad.

Eso siendo soltera, cuando se casara pasaría al mando de su esposo, y tampoco podría gozar de lo que la hacía feliz.

—No dudo que si viene a tomar el té con su hermana y sus tías podrá gozar de este jardín en todo su esplendor —intervino el duque—. Estoy seguro de que la condesa estará satisfecha y feliz de recibirlas.

Diana no quería ser un estorbo para nadie, y no dudaba que la madre del conde estaría satisfecha de invitarlas de vez en cuando, pero la mujer debía tener más amistades que sus tías, seguro que estaría muy ocupada.

Entonces recordó la conversación que se desarrolló durante la cena en el lado de la mesa ocupado por Rebecca, y se la pudo imaginar paseando por el parque con otras tan cotillas como ella, o tomándose un chocolate con amigas poniéndose al día de las últimas habladurías.

—No dudo que lady Wrigh estaría contenta de recibirnos, pero no quiero representar una molestia.

Esas muchachas mostraban una consideración hacia los demás que sorprendía a los dos hombres. Con las que ellos habían estado, se mostraron malcriadas y seguras de que eran el centro del mundo, de que se les tenía que comportar todo y poner una alfombra bajo sus pies por donde pasaran.

Al llegar al centro del jardín pudieron disfrutar del sonido de la fuente de piedra con un querubín que sostenía un pez del cual le salía un chorrito de agua por la boca, fue como si se pusieran de acuerdo en callar y escuchar el murmullo de aquellas gotas que los salpicaban si se acercaban demasiado.

Aileen no se aguantó las ganas de meter la mano en el agua, se quitó el guante, no le importó que se mojara un poco su vestido, le encantaba la sensación de la caricia entre los dedos, y al acercarse vio que había pececitos de colores; sonrió como una niña, expresión que impresionó al duque, estaba tan bonita.

Nick apoyó la cadera a su lado para llamar su atención.

—Estoy segura de que mis tías no verían con buenos ojos que esté espantando los peces con la mano dentro del agua.

—Entonces no se lo diremos. —Nick no pudo ocultar la diversión y, al cruzar la mirada con la de ella, sus ojos azules brillaron.

Los cuatro escucharon a Constance, que llamaba a las chicas.

—Ya me extrañaba que nos dejara tanto tiempo —soltó Aileen.

—Ha sido porque la señora condesa las ha entretenido. —Diana empezaba a sospechar que todo aquel paripé había estado orquestado por los Wrigh—. Agradézcale a su madre que nos haya permitido un ratito de libertad.

Fred sonrió al saberse descubierto.

—Se lo diré de su parte, estará contenta si se lo han pasado bien.

—Asegúrele que ha sido una velada encantadora.

Los cuatro se dirigieron hacia la casa, ellas se pusieron los guantes que se habían quitado por diferentes motivos y agradecieron a la condesa aquella agradable velada, los hombres las despidieron besándoles los dedos, y las acompañaron al carruaje.

***

La madre del conde los entretuvo preguntándoles qué les habían parecido las chicas, excusándose por no haber podido retener más a las tías cuando ellos estaban en el jardín, se hallaba tan entusiasmada que no los dejaba que contestaran sus preguntas.

—Madre, si no te callas no podemos responderte. Gracias por haberlas invitado, son preciosas, agradables y educadas.

—Nos hubiese gustado estar un rato más con ellas —reconoció Nick—. Pero no se preocupe, pasado mañana hay un baile al que tocaré unos cuantos hilos para que las inviten, me consta que usted irá.

La condesa sabía de qué velada le hablaba.

—¿El baile de los Crawford?

—Ese mismo; ahora iremos al club, y estoy seguro de que el heredero está allí. No se negará a conocer a unas bellezas como ellas.

Fred puso mala cara al imaginarse a ese tipo detrás de esas preciosidades.

—Genial, serán la sensación de la temporada —asintió la condesa.

Salieron de la mansión y con el carruaje del conde se dirigieron al White’s, mientras recorrían las calles de Londres.

—¿Sabes lo que pienso? —preguntó el duque.

—Si no me lo dices, no tengo el poder de leer la mente.

—No le digamos a Arthur que hemos conocido a sus hermanas. —Fred lo miró como preguntándole la razón—. No sabemos por qué nos hizo prometer que no nos acercaríamos a ellas. No lo entiendo, no somos mal partido para las muchachas.

El comentario sorprendió al conde.

—¿Estás pensando en sentar cabeza? Yo creo que si lo hizo fue porque sabe que nos entra urticaria solo de pensar en el matrimonio.

—Ahora mismo no sé lo que me pasa por la cabeza —reconoció el duque.

Fred soltó una carcajada.

—¿Por cuál de ellas te inclinas?

—No tengo ni idea, son tan iguales que...

***

En el camino de vuelta a casa, Constance les habló a las muchachas:

—Estoy muy satisfecha de vosotras, os habéis comportado como si estuvieseis acostumbradas a tratar con la nobleza.

—Tía, haber crecido en Arundel no quiere decir que estemos asalvajadas.

Sabemos lo que se espera de nosotras cuando estamos aquí o allí.

—Aileen, que era a la que siempre criticaban porque le gustaba ir y venir por los alrededores de su casa de campo, trató de pararle los pies antes de que su hermana le cantara las cuarenta a su tía.

—Lo que quiere decir mi hermana es que habéis encandilado a un conde y a un duque. Que le ha gustado vuestro saber estar. —Lilia deseaba que aquella noche terminara satisfactoriamente.

—Todo lo que sabemos nos lo habéis enseñado vosotras. —Ese comentario podía ser tomado de varias formas, por la parte buena y por las críticas que les hacían de vez en cuando. Aileen lo dijo a propósito, y con una sonrisa dulce como la miel para que pensaran que las alababa por ello.

Diana iba a replicar que tanto le daban sus títulos nobiliarios; no obstante, calló, había sido una noche muy agradable, aquellos hombres se dedicaron a hacerlas sentir cómodas, estaba satisfecha y no quería estropear el buen humor que la envolvía.