¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

A quella noche, Diana y Aileen se vistieron como si hubiesen sido invitadas por la mismísima reina, sus tías tampoco se quedaron atrás: Constance, con un vestido gris oscuro con adornos más claros, que le favorecía mucho; y Lilia, con uno verde esmeralda combinado con una seda de un tono más claro.

Eran muy distintas en lo referente a sus atuendos.

Las sobrinas las estaban esperando en el salón: Aileen, leyendo; Diana, mirando por la ventana el ir y venir de los carruajes que pasaban por la calle.

—Ya estamos listas, vámonos o llegaremos tarde. —La voz de Constance fue suave como la seda.

Aquella misma tarde, al quedarse solas, Lilia la criticó.

—Deja de comportarte como un sargento de caballería si no quieres que las niñas hagan lo que nos ha dicho Diana, ya sabemos que la una sin la otra no irán a ningún lado.

Si se marchan lo harán las dos, y si sigues pinchándolas lo único que conseguirás será que se empecinen más en no querer casarse con alguien que les convenga.

Son muy capaces de involucrarse en un escándalo para salirse con la suya.

—Miraba a Constance con severidad—. Ya deberías saber que no les importan los títulos, que no aspiran a ser las «ladies» de nadie, que lo que quieren es casarse por amor.

—Eso es culpa tuya —la acusó Constance—. Por animarlas a leer esas novelas de Jane Austen, creen que pueden vivir sus propias historias románticas.

—Es que es así. Solo hace falta que elijan bien. —Se empecinó Lilia.

—Tú también vives en tu nube particular, viéndolo todo color de rosa.

—Pues sí, y soy muy feliz sin amargarme la existencia.

—¿Estás insinuando que soy una vieja agria? —Constance estaba anonadada de que su hermana le dijera aquello.

—Yo no lo expresaría de esa manera, pero que podrías ser más feliz, sí, estoy segura; tienes salud, tienes tres sobrinos que son tres soles, que piensan por sí mismos, que has educado muy bien, y además te quieren cuando no te comportas como una vieja urraca resentida.

—¡Hermana, te estás pasando! Yo nunca te he hablado así. —Cuando Constance no la llamaba por su nombre, sino que se dirigía a ella en ese término, era que se estaba enfadando de verdad.

—Ahora mismo deseas que me calle la boca y que deje de recriminarte, pero no lo haré, porque quiero que nuestros planes de casar a las niñas lleguen a buen término, al igual que tú.

Lo que debemos hacer es dejar que se calmen los ánimos y luego, con sutileza, presentarlas a los hombres que les convienen.

Constance sabía que su hermana tenía razón, por ese motivo, calló.

Eso había ocurrido unas horas antes, en esos momentos estaban las cuatro en el carruaje de la familia camino de la mansión de Rebecca.

Al llegar, el cochero las ayudó a bajar y subieron las escaleras hacia la puerta que un mayordomo muy delgado mantenía abierta. Le dieron sus livianas capas, y la señora de la casa las salió a recibir al vestíbulo.

—Que alegría volver a veros. —Besó a sus amigas en las mejillas, luego prestó atención a las dos bellezas que las acompañaban—. Muchachas, es un placer teneros en mi casa, sentiros libres como si fuera la vuestra.

—Muchas gracias —contestaron a esa mujer que siempre fue muy agradable con ellas cuando se habían encontrado en alguna velada o paseando por Hyde Park.

—Venid al salón, nos tomaremos un jerez, para vosotras os han preparado limonada, aunque si queréis...

—Gracias, pero no sería apropiado. —Aileen le sonrió con picardía.

—Lo que toméis en mi casa no lo sabrá nadie.

Diana y Aileen dudaban de aquellas palabras, sabían que sus tías se escribían con ella para que les contara todos los cotilleos y escándalos de la ciudad, así se mantenían informadas de lo que ocurría en Londres.

Y en contadas ocasiones, cuando ella había ido a visitarlas a Arundel, las habían podido escuchar chismorreando sobre gente del pueblo y de la ciudad.

Era una mujer que podría ser redactora de los diarios que se leían cada mañana durante el desayuno.

—Es usted muy amable —agradeció Diana con una bonita sonrisa—, pero...

—Madre, nos vamos —interrumpió Fred a la muchacha entrando de repente en el salón, al darse cuenta calló y sus ojos se recrearon mirándola de arriba abajo, se le quedó el aliento atascado en la garganta al ver aquella hermosura vestida de gris perla, que hacía juego con sus iris rodeados de espesas pestañas rizadas.

Tras él apareció su amigo Nick, y la impresión fue la misma, se quedaron sin habla.

—Venid que os presento. —Rebecca tenía planeado que ocurriera ese encontronazo, y pensaba lograr que su hijo y el duque se quedaran a cenar; cuando se lo proponía era tremenda.

Diana y Aileen miraron a sus tías y vieron que aquello no lo habían planeado, estaban tan sorprendidas como ellas mismas.

Rebecca hizo las presentaciones, recalcando los títulos de los hombres, y ellas apenas se fijaron en cuál era el duque y cuál el conde.

Sus ojos se pasearon por aquellos cuerpos altos, grandes y bien esculpidos, vestidos con sus trajes oscuros y sus camisas blancas e inmaculadas, al igual que los pañuelos anudados al cuello; eran muy atractivos.

—Es un placer conocerla, señorita Bellesmoke. —Fred se inclinó ante Diana, le cogió la mano y le besó los nudillos. Luego hizo lo mismo con Aileen, tratando de encontrar alguna diferencia entre ellas para reconocerlas, lo único que las diferenciaba era los vestidos.

Nick imitó a su amigo, sus iris azules y luminosos se clavaron en Diana, que notó como sus mejillas se le acaloraban, no supo por qué, cuando la mirada que la hizo suspirar no fue aquella, sino que se trató de la del conde, el hijo de la amiga de sus tías.

Sus ojos le hicieron sentir un extraño cosquilleo que le recorrió el cuerpo.

El ama de llaves entró en el salón y le dijo a su señora que la cena estaba lista para ser servida.

—Fred, os podéis quedar a cenar con nosotras, no creo que les moleste a mis amigas. —Las miró y las tías de las chicas negaron con la cabeza—. Entonces, no os podéis negar, ofenderíais a mis invitadas.

Los hombres se miraron y asintieron.

—Será un placer acompañarlas —afirmó Nick.

Aileen y Diana no cayeron en la cuenta de que aquel encuentro estuviese preparado, al no saber las rutinas de esos hombres, había parecido una casualidad.

Durante la cena, ellos pudieron apreciar la finura de esas bellas mujeres, la delicadeza de sus manos, la piel de melocotón que dejaban ver sus vestidos, la atención que prestaban a la conversación que se desarrollaba en la mesa, aunque no intervenían.

A Fred le llamó la atención que cada vez que alguna de las señoras mayores nombraba a alguna joven cotilleando si animaba a los hombres a cortejarla, o bailaba más de una vez con ellos en las veladas que coincidían, lo que estaba mal visto, Diana resoplaba disimuladamente.

Su madre se había ocupado de que ellos se sentaran en un lado de la mesa y ellas en el otro, así se podían mirar de cara con disimulo, y las mujeres mayores que se sentaban en la punta tenían una espléndida visión de los jóvenes.

—Señorita Bellesmoke, ¿me equivoco si pienso que le molesta que hablen así de otras muchachas?

—Fred habló bajo para no llamar la atención de las que cotilleaban con descaro.

Las dos chicas levantaron la vista a la vez al no saber a cuál de ellas iba dirigida la pregunta, y vieron que miraba a Diana—.

Lo siento, pero me ha parecido que no le agrada el tema que han escogido estas damas para la cena.

Ella pensaba que igual que estas chismorreaban sobre otras chicas, habría damas que las pondrían a ellas a la altura de los tacones de sus zapatos. Eso le molestaba; sin embargo, no se podía quejar al hijo de lady Wrigh, se consideraría de mala educación.

—Tiene razón, no me gusta, pero quién soy yo para opinar sobre las conversaciones que les gustan a las damas de alto copete.

Fred se daba cuenta de que lo que la había llevado a decir aquello era para no ofenderlo, su madre se estaba divirtiendo criticando a una y otra; que ella no lo dijera con claridad le daba una pista del carácter y educación de la chica.

Constance y Lilia no se perdían aquellas miradas encendidas que esos hombres lanzaban a sus sobrinas.

—Es tan buena tu opinión como la de ellas —susurró Aileen, lo que hizo sonreír a los hombres.

—Cierto —afirmó el duque Ravenstone.

Al escucharlo, Aileen lo miró y sus ojos grises bordeados de aquellas largas pestañas rizadas se quedaron pegados a los azules. Ella entrecerró los suyos, al ver que los de él mostraban diversión.

—¿Está usted burlándose de nosotras?

—No —respondió con tanta rapidez que ella le creyó.

—¿Qué estáis murmurando por ahí? —Quiso saber lady Wrigh.

—Que después de la cena presumiré de los jardines, llevaremos a estas preciosas señoritas a dar un paseo. —Aprovechó Fred la oportunidad que, sin proponérselo, le había brindado su madre. Era mentira y no estaba planeado; sin embargo, ellas no lo contradijeron.

Aileen y Diana se quedaron un momento sin reaccionar, luego cruzaron una rápida mirada y se preguntaron qué tendrían que decir sus tías; no escucharon ningún comentario y asintieron a los propósitos de los hombres.