Capítulo 9
A la mañana siguiente, Lilia y Constance tenían dolor de cabeza y se mantuvieron en sus estancias. Ada, su doncella, que había presenciado su estado la noche anterior, les preparó unas infusiones y dejó que durmieran lo que quisieran.
Arthur salió temprano y se fue a cabalgar al Hyde Park, donde se encontró con sus amigos Nick y Fred. Este ya le había contado al duque lo que le dijo su madre, y los dos estaban ansiosos por conocer a semejantes bellezas.
Disimulando que estaban enterados de la llegada de las jóvenes y sus tías, Nick preguntó:
—¿Cuándo llegan tus hermanas? Imagino que tendrás que dedicarte a ellas y te perdemos de vista por un tiempo. —Lo dijo con guasa, como si se alegrara de no encontrárselo durante una temporada.
Arthur hizo una mueca con la boca, estaba enfadado por cómo habían llevado el asunto sus tías y por la reacción de Diana de la noche anterior.
—Si es eso lo que quieres no sé si podré complacerte.
—¡¿Qué dices?! ¿Acaso no vienen a Londres? —Se interesó Fred, que sabía de las intenciones de su madre de invitar a sus amigas y las sobrinas de estas a cenar aquella misma noche.
—Sí, llegaron ayer; sin embargo, cuando se enteraron del motivo del viaje se pusieron hechas unas fieras...
Bueno, no, Diana se enfureció, Aileen no dijo nada, pero la secundó.
—Fred y Nick se miraron con extrañeza, a sus cabezas acudieron las imágenes de unas arpías muy bonitas—.
Amenazó con irse a Gretna Green con cualquiera si intentábamos casarla con alguien que no fuera de su agrado.
—¡Vaya por Dios! —exclamó Fred, mordiéndose el interior de la mejilla para no soltar una carcajada.
Para amedrentar a Arthur había que tener redaños, y su hermana pequeña lo consiguió a las pocas horas de llegar a la ciudad.
La intriga y curiosidad por conocer a semejante mujer le hacía sentir que se le calentaba la sangre.
Esa misma noche conocería a la muchacha, esperaba que no mordiera, podía ser divertido domar a esa fierecilla.
Nick no pudo contener una carcajada que le subía del pecho, se rio tan fuerte que muchos hombres se giraron para ver quién era, y a él le divirtieron las caras que ponían algunos lores estirados con rostros agrios.
—Lo siento, amigo, pero es que me parece insólito, es como si no quisieran casarse. No he conocido a ninguna mujer que prefiera la soltería, todas desean un apellido, o más bien un título, aunque después de haber dado un heredero al esposo se busquen un amante, al igual que hacen muchos hombres.
—Mis hermanas no harían eso. —Arthur parecía ofendido al pensar en esa posibilidad.
—No estoy diciendo que fueran a hacerlo, todos sabemos que cuando cumplen algunos años más de los que ellas tienen se las tacha de solteronas, y los hombres miran hacia otro lado, no las tienen en cuenta. —Fred no entendía y movía la cabeza de un lado a otro.
Los tres reflexionaban sobre lo dicho mientras sus caballos iban al paso por el paseo del parque.
A Arthur no le hizo gracia lo que le vino a la cabeza, ellas eran felices en Arundel, nunca se quejaron de vivir allí ¿tendrían a algún hombre que las cortejara y él no se habría enterado?
¿Sabrían sus tías si eso era posible? ¿Sería el motivo por el que las llevaron a Londres para casarlas?
Se le ocurrió que era una posibilidad que tendría que tener en cuenta.
De repente le entraron prisas por regresar a la casa familiar y preguntarles a sus tías qué sabían de eso.
***
Diana y Aileen desayunaron solas en el pequeño comedor que utilizaban cada mañana cuando estaban en aquella casa. Ese día se habían levantado con ánimo para enfrentarse al mundo, si entre ellos se ponían Arthur o sus tías no habría ningún problema.
Al terminar sin que nadie más hiciera acto de presencia, Diana llamó a su doncella, Jane, y luego le dijo a su hermana:
—Me apetece salir a comprarme algún sombrero, incluso podemos ir a la modista a que nos haga algún vestido con el cual deslumbrar a la población masculina de Londres.
—Me encanta la idea. —A Aileen se le escapaba una sonrisa—. ¿Acaso quieres impresionar a algún caballero? —dijo con guasa.
—Al que ellos menos aprueben.
Ambas rieron, fueron a ponerse sus tocados para salir a la calle, cogieron sus sombrillas y, acompañadas de Jane, partieron después de advertir a la señora Pembroke, el ama de llaves:
—Si nuestras tías preguntan por nosotras, dígales que hemos ido de compras y a la modista, nos vamos a hacer algunos vestidos para lucir bien ante los lores del reino.
Aileen sonrió ante las palabras de su hermana, se había puesto puñetera, se notaba que no iba a tolerar que las trataran como a mariposas sin alas.
Las calles de Londres estaban a rebosar de señoras paseando, ese día corría una suave y agradable brisa que invitaba a salir.
Jane, su doncella, caminaba detrás de ellas. Ambas eran conscientes de las miradas que las seguían, la mayoría de ellas masculinas, las femeninas mostraban envidia, a lo que ellas no le hacían ningún caso.
Estuvieron en la modista, una mujer francesa que había llegado a Londres no hacía mucho desde París y que había puesto su negocio en una céntrica calle de la ciudad; si no se quedaron en la que ya conocían de la última vez que fueron a la ciudad fue porque les había hecho unos modelos que consideraron pasados de moda.
Las había vestido como si fueran mucho más jóvenes, tenían que admitir que lo hizo bajo la exigencia de sus tías, reconocían que siempre serían sus niñas; sin embargo, ya no se sentían como tales.
Habían crecido y con aquellos vestidos lo único que conseguirían sería que se burlaran de ellas.
Aileen escogió una tela verde mar, muy ligera y que la favorecía mucho. El vestido sería una creación con la falda muy amplia y el cuerpo ajustado a sus curvas, con mangas de farolillo y un escote discreto.
—Hay que dejar que quien mire se imagine lo que cubre la tela, si se enseña demasiado se pierde la magia —les dijo la modista con aquel acento tan marcado del país vecino.
Diana eligió un satén amarillo con bordados plateados que hacían juego con sus ojos, se dejó aconsejar por lo que la modista le enseñó de su libro de diseños.
—¡Es muy bonito! —exclamó al mirar aquel dibujo, se le vería menos piel que a su hermana, pero eso le daba más elegancia. No fue consciente de que acentuaba su sensualidad natural.
—Van a encontrar esposo antes de lo que esperan. —La francesa no supo que se ponía en terreno resbaladizo.
—No estoy buscando a ningún hombre.
—Tan joven y está usted casada. —La confusión se palpaba en la mirada de aquella mujer.
Diana le sonrió.
—¿Por qué se empeña todo el mundo en que debemos casarnos?
—Siento haberla ofendido. —A la francesa se la veía apurada.
—No lo ha hecho, es solo que no tengo ninguna prisa en pasar por el altar.
—Me sorprende, las jovencitas están ansiosas para cazar a un buen partido.
Por lo que he escuchado, algunas ponen a los hombres en compromisos para que se vean obligados a desposarlas —la mujer negaba con la cabeza—, lo que al fin las debe llevar a un matrimonio sin amor, en el que los dos son infieles.
—Sabias palabras —afirmó Diana. A pesar de haber decidido casarlas sin contar con su opinión, sus tías les habían hablado de parejas que no se tenían ningún respeto. Que cada uno hacía su vida por diferentes lados.
Se despidieron de la mujer y volvieron a casa. Al abrirles la puerta, el mayordomo se aguantó una sonrisa, solo fue una leve mueca de sus labios.
—Señoritas, el señor las está esperando en el estudio, y sus tías están en el salón, también han preguntado por ustedes.
—Caramba, todo el mundo quiere vernos —habló Aileen.
—Pues vamos a ver qué desean o qué han planeado a nuestras espaldas. —Diana lo dijo a propósito al ver las puertas del salón abiertas. Que su hermano no les hubiese dicho nada era normal, apenas lo veían; que no lo hicieran sus tías con las que vivían, eso las tenía molestas.
Primero se dirigieron al estudio, donde se hallaba un Arthur de pie ante la ventana, que miraba al infinito con el ceño fruncido.
—Aquí estamos, hermano, supongo que no hemos hecho nada malo; como tenemos que lucir bien, hemos ido a la costurera. Nos va a confeccionar unos vestidos que dejarán a los caballeros con la boca abierta. —Aileen mostraba una ancha sonrisa que lo hizo desconfiar.
—Miedo me dais —murmuró Arthur por lo bajo—. Espero que no os dediquéis a provocar habladurías con vuestros atuendos.
—Debería darte vergüenza, ¿nos crees capaces de hacerlo?
—replicó Diana con las cejas levantadas—.
Dejé muy claro que no pensamos tolerar que nos vendáis al mejor postor, por muy grande que sea su título.
Nos respetamos a nosotras mismas para no ponernos en ridículo.
No sé si vamos a encontrar al hombre perfecto; sin embargo, mantendremos a los que nos disgusten lo más lejos posible.
Arthur las escuchaba preguntándose si eso era bueno o le estaban tomando el pelo, con ellas nunca lo sabía.
—Yo solo pienso casarme con el capitán Wentworth —añadió Aileen.
—Vaya, ¿quién es? ¿Ya te lo han presentado?
Las dos hermanas se miraron con los ojos chispeantes.
—Claro que me lo han presentado —dijo aguantándose las ganas de reír.
—Ya sabes que no está bien visto que persigas a un hombre, o que le des a entender que te gustaría que te hiciera más caso. —Trató de aleccionarla Arthur.
—No te preocupes, no hará nada hasta que se lo presenten como corresponde. —Diana se aguantaba una risa al hablar, el susodicho capitán traería cola—. Ahora, si nos disculpas, vamos a ver qué desean las tías, se han interesado por nosotras.
Diana tenía que salir del estudio antes de que se le escapara una carcajada, cogió a su hermana del brazo y la arrastró fuera de allí.
En cuanto cerraron la puerta, ambas sonrieron divertidas; tomarle el pelo a Arthur les resultaba de lo más divertido.
Al entrar en el salón, Aileen cerró la puerta, no sabía el humor que tendrían sus tías, y consideraba que ya habían dado demasiado espectáculo a los sirvientes. Era consciente de que cotilleaban y no deseaba que los aristócratas hablaran de ellas antes de conocerlas.
Constance y Lilia estaban sentadas en una mesa al lado de la ventana, por donde entraba un tímido sol cuando las nubes características de Londres lo permitían.
—Hola, tías, ¿deseabais vernos? —saludó Diana, y vio que fruncían el ceño.
—No hace falta que hables tan alto, no somos sordas —se quejó Constance, que lucía unas ojeras oscuras, clara señal de que no había pasado buena noche, o...
—Acercaos, sentaros con nosotras. —A Lilia tampoco se la veía con el ánimo y la energía de siempre.
Al hacerlo, vieron que estaban comiendo unas tostadas con mantequilla y mermelada casera que hacía Everly, la cocinera. Se miraron la una a la otra, extrañadas, sus tías nunca comían tanto a esas horas.
—¿Os encontráis bien? ¿Queréis que llamemos al doctor? —se ofreció Diana.
—No, si estamos como dos espantapájaros es por...
—Calló Constance, no reconocería nunca ante sus sobrinas que habían empinado el codo—.
Es porque apenas hemos dormido después de lo de anoche.
—Casi no había terminado de hablar cuando en su rostro se dibujó una mueca de dolor y lanzó una mirada incendiaria a su hermana Lilia—. ¡Aug! —exclamó.
Las chicas supieron al momento lo que había pasado: su tía Lilia le había pegado una patada por debajo de la mesa, había quedado escondida por el largo mantel que llegaba hasta el suelo.
¡Si las miradas matasen, irían de funeral muy pronto!
Ambas apretaron los labios para no reírse, aunque se preguntaban a qué había venido aquello.
—Esta noche iremos a cenar a casa de nuestra amiga Rebecca —anunció Lilia—. Es una mujer muy agradable, ¿os parece bien acompañarnos? Ya la conocéis de otras veces que hemos venido a la ciudad.
Que les preguntaran las dejó ojipláticas, las dos pensaron que los fuegos artificiales de la noche anterior, que Diana sacara el genio, habían servido para algo, y pensaron que si las trataban así de consideradas, ellas debían responder igual.
—Por supuesto, nos gustará volver a ver a esa dama.