Capítulo 8
E n el comedor podría haberse oído el vuelo de una mosca, los tres que quedaron allí estaban muy sorprendidos del genio que había sacado Diana, de su amenaza; además sabían que hablaba por las dos. Que si se lo proponían no se iría una sola, desaparecerían juntas.
—Te advertí que debíamos decírselo. —Era cierto que Lilia le había insistido a Constance que informaran a las muchachas de a qué iban a Londres.
Que tenían que animarlas a desear buscar esposo, siempre les habían inculcado que no mintieran, y en ese caso ellas fueron quienes rompieron sus propias enseñanzas.
—Las niñas no son tontas, ya se debían imaginar que ha llegado la hora de que se casen y formen su propia familia.
—Constance estaba ojiplática por el sermón que les soltó Diana, la contestona siempre había sido Aileen, era más atrevida y no se callaba una.
En ese momento se dio cuenta de que Diana podía ser mucho peor.
Arthur miraba a sus tías como si las acusara de haber criado a sus hermanas con demasiada libertad.
¿Es que no se daban cuenta de lo que les esperaba en la vida?
Era evidente que no. Se le había pasado el hambre; además, si seguía en casa diría cualquier cosa que ofendería a las damas.
Se dio la vuelta y, antes de llegar a la puerta del comedor, habló:
—Más os vale arreglar este desaguisado. Si vamos a algún baile no quiero que seamos el hazmerreír de Londres, lo que ocurrirá si ellas se lo proponen. —El señor Carpenter, en el vestíbulo, le dio su bastón y su sombrero de copa antes de abrirle la puerta de la casa.
Lilia sirvió unas copas de oporto y le dio una a su hermana, se sentó en una de las sillas que rodeaban la larga mesa y se la tomó a sorbos.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Constance se acomodó frente a ella.
—Estamos entre la espada y la pared. Diana ha sido muy clara, si las empujamos a los brazos de algún hombre son capaces de marcharse hacia Escocia.
—Lo único que espero que toleren es asistir a veladas y reuniones, solo nos queda rezar para que encuentren a algún caballero que las corteje y las enamore.
—¡Tú siempre tan romántica! —le reprochó Constance.
—Pues tú dirás lo que debemos hacer.
La hermana mayor clavó los ojos en la otra.
—¿No te das cuenta de que después de esto harán lo que les venga en gana? Nos hemos equivocado en consentirlas.
—Yo creo que donde hemos fallado es en ocultarles nuestras intenciones, ya te lo he dicho antes. Las niñas no son tontas, estoy segura de que no quieren que se las tache de solteronas, que desean tener su familia, un hombre que las ame, hijos... —Lilia estaba muy convencida de lo que decía.
Constance nunca admitiría que su hermana había tenido razón, que insistió en ser sinceras con las chiquillas, y la mujer se puso terca, diciéndole que ellas harían lo que les mandaran. ¡Qué equivocada había estado!
Cuando el ama de llaves fue a preguntarles si servía la cena, le dijeron que no tenían hambre, y se volvieron a llenar las copas de oporto. Esa noche subieron a sus dormitorios medio mareadas por abusar de aquella bebida.
***
Diana y Aileen estaban en la habitación de la primera, ambas sentadas en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas estiradas frente a ellas.
No decían nada, pero estaban cogidas de la mano.
Aquello quería decir que se apoyaban, que lo que hiciera una la acompañaría la otra, se demostraban que no estaban solas; sin cruzar una palabra, se entendían en silencio.
—¿Qué piensas que van a hacer ahora? —Rompió su mutismo Aileen.
—No lo sé. —Diana se hacía la misma pregunta, sabía que los dejó perplejos con lo que les dijo, ¿habrían creído que estaba dispuesta a fugarse para casarse con quien quisiera?
Tenía clarísimo, cristalino, que solo se uniría a un hombre por amor, y si se oponían, o se quedaba soltera o...
La idea de recorrer el país y casarse en Gretna Green le parecía emocionante, casi que deseó que se pusieran tercos con la decisión que tomara si encontraba a un hombre de su agrado que le robara el corazón.
—Hermana, parece que te vaya a salir humo de las orejas de un momento a otro. —Aileen la miraba con curiosidad—. ¿Qué estás tramando?
—Estoy pensando que sería una gran aventura fugarnos a Escocia y volver casadas. —Lo dijo en plural porque no concebía la vida sin su hermana, cuando se casaran, si lo hacían, debían estar cerca la una de la otra, se necesitaban como el aire que respiraban.
A Aileen le brillaron los ojos.
—Creía que la alocada era yo, veo que te has contagiado. —Una gran sonrisa coronó sus labios.
—No se trata de eso, lo que quiero que entiendan es que no dejaré que me impongan a ningún hombre.
—Y yo tampoco, solo me casaré con el capitán Wentworth —habló tan seria que ambas estallaron en carcajadas.
Aquellas risas aligeraron el sombrío humor de las muchachas y su ánimo cambió. Se habían soltado las manos y Diana se frotó la tripa.
—¿Sabes una cosa? Tengo hambre.
—La señora Everly debe estar descansando, ¿vamos a ver si encontramos galletas o algo que echarnos a la boca? —Aileen sabía que la cocinera siempre dejaba preparadas algunas viandas para el día siguiente, no era la primera vez que hacía visitas a la cocina a medianoche.
Las dos bajaron y en la alacena encontraron lo que debería haber sido la cena de aquella noche, lo pusieron en la mesa donde comía la servidumbre y se sirvieron ellas mismas.