¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 7
18%

Capítulo 7

E l sábado a media tarde, el carruaje del vizconde Bellesmoke llegaba a la casa de Piccadilly en Londres.

La señora Pembroke, el ama de llaves, daba órdenes a Jacobson, el lacayo, para que junto al cochero descargara los baúles del carruaje, y a Sarah, la joven sirvienta, para que ayudara a Jane, la doncella de las muchachas, a deshacer el equipaje.

La doncella de las tías del señor, Ada, se negó a que nadie la ayudara, ella sola se bastaba para su trabajo.

—Niñas, nos irá bien tomarnos un té después de este largo viaje —dijo Lilia, entrando en el salón de la casa, que nada tenía que ver con el acogedor que tenían en Arundel.

Este era grande, con los muebles robustos, no como los finos y femeninos que tenían en su casa, pero no los cambiaban porque en el momento que su sobrino encontrara esposa, debería ser ella la que se ocupara de hacer de aquella mansión un hogar para la familia.

Las niñas, al casarse, se irían a las residencias de sus esposos.

—¡Qué sillones más incómodos! —se quejó Aileen, a nadie le extrañó, estaba enfadada desde el día que Arthur las visitó en la casa de sus tías, y solo su hermana Diana sabía el motivo de su agravio—. Tengo frío.

Constance y Lilia la miraron extrañadas, estaban en pleno verano, ¿qué decía su sobrina?

Lilia se le acercó y le puso una mano en la frente, no fuera a tener fiebre, y la halló fresca.

—En cuanto traigan el té te sentirás mejor. —Su tía supo que aquellas palabras fueron fruto de ese enojo que no sabía a qué se debía.

Aileen cruzó los brazos sobre su pecho con los labios apretados, parecía una niña con una rabieta, y esa era la realidad.

Estaba indignada porque sus tías le hubiesen ocultado la verdadera razón de aquel viaje, después de lo que había escuchado tampoco les dijeron el motivo, se sentía como si fuera una mercancía a la que pretendían vender.

No entendía por qué su hermana Diana se mostraba tan tranquila sabiendo lo mismo que ella; conociéndola como lo hacía, sabía que cuando se le calentara la sangre iba a arder Troya.

Diana tenía más paciencia, pero cuando se terminaba, el mundo temblaba.

La joven recordaba muy bien lo que le había dicho cuando Arthur se había marchado de Arundel, lo que le confirmaba lo que le comunicó Aileen.

No obstante, esperaba que sus tías tuvieran la cortesía de anunciarles lo que se proponían; mientras no lo hicieran, ellas se comportarían como en otras ocasiones que habían estado en Londres: irían a pasarlo bien, a acudir a la modista, a ir de compras y divertirse en las veladas que las invitaran.

—Tengo intención de bailar con todos los viejos de Londres. Ignoraré a los caballeros jóvenes hasta que nuestras conspiradoras tías o Arthur reconozcan lo que están planeando. —Aileen estaba decidida a desbaratar las decisiones que se tomaban a sus espaldas.

—Si no nos dicen a lo que vamos, haremos como que no lo sabemos, ya veremos lo que pasa cuando se dignen anunciarnos que es momento de casarnos. —En sus ojos tan iguales a los suyos, Diana pudo ver que iba a liarse de mala manera—. No pienso casarme si no es por amor.

La seriedad de su hermana al decir aquello alivió a Aileen, y añadió:

—Y yo no lo pienso hacer si me tengo que alejar de ti. Ni que venga el capitán Wentworth en persona.

Ante aquellas palabras habían reído las dos, ya que ese hombre no existía, era un personaje de ficción de la novelista Jane Austen.

Habían pasado el resto de los días planeando la manera de truncar las intenciones de su hermano y sus tías. Iban a ponerlo en práctica en cuanto ellos intentaran empujarlas a los brazos de cualquier caballero.

—Salgamos a pasear por el jardín —animó Diana a Aileen después de tomar una taza de té—. Te irá bien para recuperarte del largo viaje.

Aileen supo que su gemela tramaba alguna travesura y la siguió. Cuando estuvo segura de que nadie podía escucharla, Diana habló:

—Estás fingiendo, ¿verdad?

—Claro que sí, ya sabes que soy fuerte como un roble, sana como una manzana. —Se rio de su propio verso.

—Perfecto, pues hoy nos retiraremos a nuestros aposentos antes de que se sirva la cena, yo lo haré con la excusa de que no te sientes bien y que te voy a cuidar.

Evitaremos ver a Arthur, a él nos va a ser más difícil engañarlo, es más perspicaz.

Luego bajaremos por la escalera de atrás y escucharemos los planes que tienen preparados para los próximos días, entonces podremos idear nuestros siguientes movimientos.

—Diana estaba conspiradora. Así como Aileen era la atrevida físicamente, su hermana pensaba antes de actuar, y no tenía filtros a la hora de decir lo que pensaba.

***

Arthur llegó a la casa familiar poco antes de la cena; su valet, Percy, había llegado una hora antes con la ropa del vizconde, que pasaría allí una temporada, mientras sus hermanas estuvieran en Londres.

Este no le encontraba sentido en que se trasladara, podía seguir en su residencia de soltero y acompañar a su familia; sin embargo... ¿quién entendía a esos lores?

—¿Dónde están mis hermanas? —preguntó acercándose a sus tías, que estaban tomándose un jerez antes de que se sirviera la cena.

Lilia le sirvió una copita, mientras le decía:

—Estaban agotadas del viaje y se han retirado pronto.

Ambas se habían extrañado cuando las escucharon, las chiquillas estaban llenas de energía en Arundel, no paraban nunca, y fue llegar a Londres y Aileen se indispuso, era raro raro.

—Mejor así, quería advertiros que vayáis con mucho cuidado con los hombres que les presentéis o los que pretendan cortejarlas, hay mucho aprovechado suelto, demasiados en busca de una buena dote. —Arthur se expresaba con una seriedad que no era normal en él.

Constance pensó que aquel ultimátum que le había dado lo hizo reaccionar.

—Hijo, me alegro de que al fin te ocupes de tus deberes para con tus hermanas.

Detrás de la puerta que unía el comedor con el salón estaban Diana y Aileen, apenas respiraban para no perderse ningún detalle de lo que comentaban su hermano y sus tías; antes de que llegara Arthur, la habían abierto con mucho cuidado para no alertarlas de que querían escuchar lo que allí se dijera.

Ambas se mantenían mirándose con las orejas pegadas al resquicio que había abierto.

Fruncieron el ceño al oír que era él quien se empeñaba en...

—Recordar que amenazasteis con ocuparos vosotras, yo solo quiero que no las casen con algún aprovechado.

—¿Es que nos tomas por tontas? —Se oyó la voz de Lilia.

—No creas que somos estúpidas. —Constance no toleraba que nadie la tratara con superioridad.

—Nadie ha dicho que seáis tontas ni estúpidas.

Yo solo quiero asegurarme de que mis hermanas no se topen con algún sinvergüenza que pretenda aprovecharse de ellas.

Diana y Aileen son muy inocentes, y los que van detrás de una buena dote, muy listos; les harán creer que los tienen a sus pies, que besan el suelo que ellas pisan hasta que hayan pasado por el altar, luego se gastarán el beneficio del matrimonio y son muy capaces de hacerlas pasar penurias.

No pienso mantener a ningún golfo manirroto.

Diana empezaba a enfadarse, se daba cuenta de que su propia familia pretendía elegir por ella, que bajo su mirada las estaban tratando de idiotas, de no saber escoger a un buen hombre.

¡¡¡Pretendían elegir al que fuera su esposo!

!! No iba a tolerarlo. Resopló, puso la mano en el picaporte para entrar y cantarles las cuarenta, nunca se había sentido tan poco valorada por su propia familia.

Aileen se percató de la furia que envolvía a su hermana, le cogió la mano que había adelantado y la retuvo, hizo un gesto de negación con la cabeza y se puso un dedo sobre los labios, una clara señal de que quería seguir escuchando.

Un movimiento por el rabillo del ojo casi le hizo soltar un grito; por suerte, se dio cuenta de que era el mayordomo, el señor Carpenter, lo miró con el ceño fruncido y él le hizo una señal para que siguieran con lo suyo, desapareciendo del salón.

Ella esperó a oír que iba a alertar a sus tías, pero eso no ocurrió, ¿podrían confiar en ese hombre?

—Nosotras tampoco toleraremos eso. Tenemos buenas amistades en Londres, las que nos informarán de todos los caballeros que pretendan cortejar a las niñas.

Ya habíamos pensado en la posibilidad de esos indeseables.

—Constance podía ser una mujer de campo, pero estaba muy advertida de lo que ocurría entre los lores arruinados y las herederas casaderas.

—Nos carteamos con las damas mejor enteradas de la ciudad. ¿Quieres que te diga quién tiene la economía de capa caída? —añadió Lilia.

Arthur se daba cuenta de que esas mujeres serían muy exigentes a la hora de dejar que cortejaran a sus hermanas. Se alegró de no tener que estar pendiente de ellas cuando las invitaran a algún baile, le quitaban un peso de encima.

—Me quedo más tranquilo al ver que lo tenéis todo tan bien planeado —asintió él—. De todas maneras, espero que me aviséis cuando haya alguno que pretenda a una de ellas con insistencia.

Aileen ya no trató de detener a su gemela, más bien la siguió, abriendo la puerta detrás de la cual estaban escondidas; se quedaron plantadas una al lado de la otra con los brazos cruzados bajo el pecho y con unas miradas que podían chamuscar al más pintado.

Las dos daban golpecitos con el zapato en el suelo, lo que hizo que los tres que estaban en el comedor se giraran y las vieran con cara de estar muy enfadadas.

Arthur arrugó el ceño.

—¿No me habéis dicho que Aileen estaba enferma? —preguntó mirando a sus tías.

Constance y Lilia, al ver los ojos grises de las muchachas, que lanzaban rayos, supieron que habían estado escuchando y lo habían oído todo. Aun así, quisieron desviar la atención, darle la vuelta a lo que estaba ocurriendo.

—¿No sabéis que es de mala educación escuchar a hurtadillas?

—Constance se irguió todo lo que pudo para reñirlas, pero ni así pudo intimidarlas, las chicas eran más altas que las tías, y tenían razón de estar molestas—.

Recuerdo muy bien habéroslo enseñado. —Su tono de voz, que pretendía acobardarlas, lo que consiguió fue enfurecerlas más.

—Por lo que he oído, vosotras lo hacéis, o vuestras amigas, para saber cómo está de saneada la economía de la gente.

Si eso no es lo mismo, que venga Dios y lo vea.

—Diana no retenía lo que le venía a la boca—.

Me ha parecido que nos habéis traído aquí para casarnos, ¿me equivoco?

—Miró a sus tías y a su hermano—. Pues dejadme deciros que si lo que queréis es venderme como si fuera un florero, os lo saquéis de la cabeza.

No lo intentéis o me desposaré con el primer limpiabotas que me tope por la...

Aileen, a su lado, afirmaba con la cabeza, apoyando lo que decía Diana.

—¡Me niego! —exclamó Arthur interrumpiéndola—. Nadie se casará contigo sin mi consentimiento.

—¿Me crees incapaz de fugarme a Gretna Green?

Lilia lanzó una exclamación ahogada, al tiempo que Constance y Arthur maldecían por lo bajo.

—No serás capaz. —Su hermano no podía asimilar que esta hermana fuera tan díscola.

—Ponme a prueba. —Lo desafió, y acto seguido caminó hacia la puerta del comedor y la abrió, haciendo que chocara contra la pared. Aileen la siguió y ambas subieron al dormitorio de Diana, que estaba junto al de su hermana.