Capítulo 5
L a noche siguiente, Arthur se encontró con sus amigos Nick y Fred en el White’s, ambos estaban en un salón tomándose unas copas de un excelente whisky.
—Debe ser una mujer de bandera cuando te ha tenido ocupado tres noches con sus respectivos días —lo provocó Fred, que le gustaba bromear sobre todo y con todos. Había hombres a los que no les agradaba su sentido del humor, y con esos era con los que más se metía.
A Nick y a él les extrañó que en esas noches no lo vieran por el club, no eran jugadores empedernidos, de vez en cuando lo hacían; sin embargo, el White’s era su lugar de encuentro, se tomaban una copa y luego se iban a alguna velada.
—He estado ocupado, recibí una carta de mis tías y acudí a Arundel.
—¿Algún problema? —Nick frunció el ceño al escucharlo.
Arthur soltó un bufido.
—Se han propuesto casar a mis hermanas.
Los amigos, que habían temido que hubiera sucedido algo grave, intercambiaron una mirada socarrona.
—A las mujeres les gusta hacer de casamenteras —afirmó Fred con una sonrisa—. Preguntadle a mi madre, está como loca por buscarme una dama en condiciones.
—A lo que me arrastran a mí.
Nick soltó una carcajada, le dio unos golpecitos en el hombro, y dijo:
—No te preocupes, amigo, nosotros te acompañaremos a las soirées que tengas que asistir.
—Desde luego. —Estuvo de acuerdo Fred con una mirada divertida de sus ojos negros.
Arthur había estado esos días sin ir a su encuentro porque se temía esa reacción, sus hermanas eran muy bonitas, y era posible que si las rondaban, ahuyentaran a los posibles candidatos a esposos.
Se había devanado los sesos en cómo decirles que se mantuvieran alejados de ellas, y no encontró una forma sutil, lo tenía que soltar a las bravas.
—Os estaré muy agradecido de que no os acerquéis a ellas.
Las miradas que intercambiaron Nick y Fred eran de sorpresa total, luego clavaron los ojos en él.
—¿Por qué? —preguntó Nick con una ceja alzada.
Arthur cogió aire con fuerza.
—Porque si los pretendientes ven que un duque y un conde las están rondando no darán el paso de cortejarlas —dijo con diplomacia.
Nick dio un sorbo de su copa con sus iris azules clavados en Arthur.
—Amigo, eso no es así. Todo el mundo sabe que no estoy buscando esposa, quizá si ven que mariposeo a su alrededor les entre más interés en cortejarlas.
El vizconde dudaba de que fuera así, nadie vería bien que los tuvieran cerca.
Incluso podían pensar que estaban haciendo un paripé, que se divertirían aquella temporada, y después sus hermanas volverían al campo, donde podrían disfrutar de la compañía de sus amigos con la discreción que les daba vivir allí.
Ese acercamiento las podía perjudicar a ambas.
—O que piensen que pueden cortejarlas sin ningún compromiso, que vayan a pasarlo bien sin intenciones de dar el paso adelante definitivo —Fred expresó sus pensamientos en voz alta.
—¡Vaya por Dios! —exclamó Nick extrañado de lo que decía Arthur, tenía una mala opinión de él. Entonces cayó en la cuenta de que los tres estaban cortados por el mismo patrón, y le entraron ganas de reír.
—Nadie va a divertirse con tus hermanas si puedo evitarlo.
—La voz de Fred sonó irritada—. Si cazo a alguno que no tenga buenas intenciones recibirá una buena zurra.
—Ante aquellas palabras, Nick y Arthur se quedaron mirando a su amigo, extrañados, cualquiera que lo escuchara pensaría que eran sus hermanas.
Arthur movió la cabeza de un lado a otro, aquellos comentarios le recordaban a sus tías. Mejor que se mantuvieran al margen o darían mucho de qué hablar si se comportaban como las madres casamenteras. Mejor que dejaran el tema, se estaban disparatando.
—Vamos a jugar unas partidas a los naipes. —Los tentó.
Los otros asintieron, y fueron a la otra sala.
***
A la mañana siguiente, Nick y Fred se encontraron en Hyde Park, ambos trotaban con sus hermosos sementales.
Tormenta, el del duque; y Monty, del conde, resoplaban, sus jinetes eran muy competitivos y solían hacer carreras con apuestas en la pista del parque.
El primero corría como el viento, para quien lo miraba solo veía una mancha negra que parecía volar.
El del conde, un esbelto marrón brillante, también era un purasangre con quien solo competía el de su amigo; con los demás conocidos cabalgaba por placer, sin dinero de por medio.
Después de dar varias vueltas al circuito y ver que este se llenaba de los que dejaban sus camas más tarde que ellos, bajaron de sus monturas y caminaron por la avenida que llevaba hacia las calles de Londres.
—¿No te pareció raro que Arthur nos hiciera prometer que no nos acercaríamos a sus hermanas? —preguntó Fred.
—Insólito. Cualquiera diría que no se fía de nosotros. Lo perdono porque sé que no es así. —Nick hablaba con el ceño fruncido—. Me he pasado buena parte de la noche pensando en ello.
—Hemos tenido el mismo problema —afirmó el conde—. Al fin he llegado a la conclusión de que las chicas tienen algún problema.
—¿A qué te refieres? ¿Qué quieres decir?
—Debemos tener en cuenta que han crecido en el campo con unas tías, quizá son dos florecillas tontitas, retraídas, antisociables.
Aquella definición hizo pensar al duque. Entrecerró los ojos, y al fin negó con la cabeza.
—No lo creo, si fuese así, no las traería a Londres para buscarles esposo.
Encontraría a alguno allí donde viven, y nadie se enteraría.
¿Te imaginas cómo van a cotorrear las damas si las hermanas de un vizconde son cortitas de entendederas?
Serán el hazmerreír de la temporada. Arthur no hará eso, no lo consentirá.
Caminaban uno al lado del otro, con la cabeza bullendo de ideas por el motivo que tuvo su amigo para decirles aquello.
—Tienes razón, no es tan tonto como para exponerse a hacer el ridículo de esta manera. —Fred estaba convencido de lo que decía, Arthur no era ningún idiota, quería a sus hermanas y no las pondría en la tesitura que se les podría presentar en los salones de la ciudad si no estaban preparadas.
A Nick, un pensamiento le vino a la cabeza como si le hubiesen dado un mazazo.
—¿Has pensado que es muy posible que nos estemos poniendo en lo peor y sea todo lo contrario?
—Le hablaba a su amigo con los ojos entrecerrados, imaginando que lo habían entendido todo al revés—.
Si las trae a Londres es porque son unas bellezas, si nos ha prohibido que nos acerquemos a ellas es por ese motivo, porque sabe que no buscamos esposa, y no quiere que les estropeemos sus planes de casarlas con lo mejorcito de la sociedad.
Fred lo miró con los ojos muy abiertos, eso tenía sentido. Una lenta sonrisa se fue dibujando en su rostro.
—¿No te apetece conocer a esas señoritas? —Quiso saber con un brillo satisfecho en sus ojos negros.
—Desde luego. —Al duque le intrigaba la postura de Arthur, a la vez que se proponía llevarle la contraria si las damitas valían la pena, como se estaba imaginando—.
Me temo que el vizconde quiere protegerlas, no lo encuentro mal, si tuviera hermanas seguro que yo haría lo mismo.
No obstante, si las chicas son tan bellas como para querer mantenernos alejados...
—Haremos lo contrario —lo interrumpió Fred con una sonrisa brillante.
—Tú lo has dicho —asintió Nick, luego levantó el índice y señaló a su compañero—. Lo que hemos de tener muy en cuenta es no hablar de ellas en presencia de Arthur, sea para bien o para mal. Por mucho que nos interesen, lo mantendremos entre nosotros.
—Me parece genial, así lo haremos.
Ambos estaban deseosos de que pasaran esos días para conocer a las muchachas, a ver si habían juzgado bien la postura de su amigo.