Capítulo 4
C uando Aileen pudo levantarse de aquel húmedo suelo y salir corriendo antes de que la vieran, notaba los zapatos embarrados; las manos, también, y le pesaba el vestido por la parte de atrás.
Dio la vuelta a la casa y entró por la puerta trasera, se cruzó con la señora Alger, el ama de llaves, que se la quedó mirando al verla tan desarreglada; sin embargo, no era la primera ni la segunda vez que la muchacha llegaba hecha unos zorros, no sabía cómo se lo hacía para no comportarse como la señorita que era.
La vio subir las escaleras y correr hacia su dormitorio, pensó que querría arreglarse para saludar a su hermano.
Aileen no entró en su dormitorio, lo hizo en el de Diana, y esta, que estaba leyendo en su sillón favorito al lado de la ventana, levantó la mirada para descubrir quién la interrumpía.
No le extrañó ver a su hermana hecha un desastre, era algo normal en ella, imaginó que se habría subido a un árbol y se habría caído.
—¿Te has hecho daño, Aileen?
Esta llegaba con el aliento entrecortado, se miró ante la expresión de su hermana.
—Vaya por Dios, no sabía que luciera tan mal. —Intentó quitarse unas hojas que se le habían quedado pegadas a la tela del vestido, y lo que consiguió fue dejar una mancha mayor.
—Mejor será que vayas a tu dormitorio, le diré a Jane que te suba agua para un baño, ¡qué desastre! —Diana, que era más tranquila, no podía evitar que una sonrisa le tirara de los labios.
—¿Quieres escucharme? Por Dios, olvídate de mi aspecto.
—A ver, ¿qué quieres? —preguntó con paciencia.
—Arthur está abajo. —El rostro de Diana se iluminó, que su hermano estuviera allí era inaudito, siempre estaba muy ocupado. Iba a dirigirse a la puerta cuando Aileen la detuvo con sus palabras—. Las tías y él están planeando casarnos.
Al escucharla, Diana se giró y se miró en aquellos ojos idénticos a los suyos.
—¡¿Qué dices?! —exclamó. La relación con sus tías siempre fue muy sincera, y le extrañaba que no les hubiesen dicho nada.
—Los he estado espiando y eso es lo que he escuchado: están haciendo planes para que nos vayamos a Londres.
—Habrás escuchado mal.
—Que no, que tengo el oído muy fino. Arthur les ha preguntado cuánto tiempo necesitamos para prepararnos, y tía Constance le ha respondido que una semana.
Diana se la quedó mirando; si eso era cierto, que no dudaba de su hermana, muy pronto se encontrarían de fiesta en fiesta, conociendo a hombres y mujeres que las juzgarían por cada movimiento que hicieran.
Sabía de la hipocresía que había en Londres, y mucho más si lo que pretendían era casarlas.
Por otro lado, ¿por qué no se lo habían dicho a ellas?
¿A qué venía tanto secreto? ¿Es que las estorbaban?
—Voy a bajar a saludar a Arthur, espero que me den una razón para no habernos dicho nada. —Aquel detalle le hacía pensar que eran como unas muñecas de las que pretendían deshacerse. No le gustaba sentirse como una mercancía que se quisiera vender.
—Si tú vas, yo también.
Diana miró el aspecto de Aileen.
—Si te ven así, te van a echar la bronca, parece que te hayas revolcado por el barro. Mejor bajo mientras tú te arreglas un poco.
Aileen asintió, no podía presentarse así ante su hermano, el vizconde, y pretender que la escuchara.
Lo que le rondaba por la cabeza, que no la dejaba en paz, era que si se casaban, la separarían de Diana, no concebía la vida sin su gemela.
Aunque supuso que debía empezar a pensar que eso ocurriría tarde o temprano, sintió como si una losa le apretara el pecho, le faltaba el aliento.
Fue a su dormitorio en cuanto Diana salió de aquella habitación, estaba toda decorada con tonos amarillos, el papel de la pared era pálido con pajarillos de colores aquí y allá, el sillón donde su hermana solía leer estaba tapizado de un tono más subido, la colcha estaba bordada del mismo tono; y las cortinas del dosel, de uno más pálido.
El tocador, la cama y sus respectivas mesillas eran blancas, y las superficies estaban llenas de frasquitos de perfume, cepillos para su cabellera y miniaturas de madera bellamente talladas.
En cambio, en la suya predominaban los tonos azul celeste y los rosas apagados, ambas tenían los mismos gustos y les agradaban los colores pastel, no les importaba descansar en la misma cama, cuando se juntaban antes de dormir y se contaban sus cosas, sus ilusiones, sus sueños, sus planes de futuro; en más de una ocasión las abrazó Morfeo, estando susurrándose sus anhelos.
Aileen se fue a su dormitorio, donde la esperaba Jane, la doncella de las gemelas, a la que Diana había avisado para que subieran un baño y ayudara a su hermana.
En el piso inferior, unos suaves golpes en la puerta del saloncito rosa acallaron las voces de los que estaban dentro.
—Adelante. —Constance dio paso al que estuviera llamando.
Diana entró y sonrió a sus tías y a su hermano.
—Qué placer verte aquí, debes pasarlo muy bien en Londres que te has olvidado de nosotras. —Trató de bromear, porque notaba que había mucha tensión entre Arthur y sus tías.
—Jamás podría descuidaros, aquí me tenéis. —Él se le acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Ya sabes que siempre eres bienvenido, ¿te vas a quedar? —Diana quería que alguno de los presentes dijera algo que afirmara lo que le había anunciado Aileen.
—No, ya me iba, tengo asuntos que me reclaman en Londres. —Se justificó Arthur.
—¿Has hecho un viaje tan largo para no quedarte ni a comer? ¿Qué ocurre? —Diana se estaba preguntando a qué venían aquellas prisas para casarlas, aquel mutismo sobre el asunto la convencía de que Aileen había escuchado bien. ¿Qué estaría pasando?
Los incisivos ojos grises de Diana lo miraban con una ceja alzada, él sabía que sus hermanas no eran tontas, que encontrarían raro que después de varias horas de viaje se fuera tan pronto, pero no se sentía compasivo con sus tías por haberlo puesto en aquella encrucijada, si se marchaba serían ellas las que tendrían que dar explicaciones.
—No pasa nada, solo tenía un asunto que comentar con nuestras tías, ya está todo aclarado y ahora tengo que volver. ¿Dónde está Aileen? No me perdonará si me marcho sin decirle nada.
—Está bañándose, mejor que comas con nosotras y te marches luego, así podrás saludarla.
—Imposible, no puedo. —Arthur, por el rabillo del ojo, vio en los ojos de su tía Constance una satisfacción que no le gustó, supo que en cuanto se marchara era muy capaz de decir a sus hermanas que la idea de casarlas había salido de él, no iba a consentirlo—.
Pero no te angusties, el sábado volveremos a vernos, mandaré el carruaje a buscaros y pasaréis una temporada en Londres.
—Eso es maravilloso. —Se obligó a decir Diana, mostrando una alegría que no acababa de sentir.
—Desde luego, iremos a todas las fiestas que organicen en la ciudad, vais a deslumbrar a todo el mundo. Nos lo pasaremos muy bien.
¿Por qué su hermano no hablaba de bodas?, se preguntaba ella.
—¿Nos vas a acompañar?
—Desde luego, para eso soy el cabeza de familia.
—Tías, ¿a que será fantástico? —Al girarse hacia ellas, pudo ver que la tía Constance sonreía forzadamente.
—Será fascinante —asintió Lilia, esta lucía una sonrisa genuina—. Vais a deslumbrar. —Esta no tenía ningún problema en decirles a las chiquillas a lo que iban, encontraba estúpido ocultárselo, no eran ningunas tontuelas para no darse cuenta de lo que pretendían.
—No es esa mi intención, no quiero dejar ciego a nadie. —Diana rio aquella ocurrencia suya.
Arthur se daba cuenta de que su hermana se había percatado del motivo de aquel viaje, cuando se hacía la tonta era para que nadie tratara de ocultarle nada, no toleraba que trataran de enredarla. Cuando sus ojos se cruzaron con los de ella, le lanzó un guiño, lo que la hizo sonreír.
El vizconde besó las mejillas de sus tías con frialdad, Diana lo acompañó hasta el carruaje cogida de su brazo.
—No dejes que ningún hombre vea lo lista que eres, lo espantarás —dijo mirándola con cariño.
—No me casaré con ninguno que piense que soy idiota.
Ese comentario sacó una carcajada de Arthur, pobre del hombre que terminara casado con cualquiera de ellas, lo harían andar en círculos desde el primer momento.