Capítulo 3
A ileen estaba dando un paseo por los alrededores y vio el carruaje de la familia que pasaba por el camino, ¡qué raro!
Sus tías no habían dicho nada de que Arthur fuera a ir allí.
Lo llamó, pero él no la escuchó; entonces apresuró el paso, y cuando llegó a casa le faltaba el aliento.
Pasó por debajo de la ventana del saloncito rosa y oyó el tono enojado de su tía Constance, ¿qué estaría ocurriendo?
No era la primera vez que a escondidas escuchaba una conversación; sin embargo, siempre se trataba de chismes de personas de Arundel, entre sus tías y sus amigas, no como en ese momento que oyó:
—Hay que buscar un esposo para las niñas, antes de que las malas lenguas empiecen a chismorrear de que no hay ningún hombre que las quiera.
—La voz de su tía Constance parecía enojada—.
A eso se puede sumar que piensen que no tienen dote o que tienen algún problema de salud.
Ya sabemos que las víboras de Londres destripan a cualquiera con tal de casar a sus inaguantables y consentidas hijas.
Arthur frunció el ceño.
—¿Acaso ya hay rumores corriendo por ahí? ¿Ya han llegado hasta aquí? —Se había levantado de un salto, y sus labios finos desaparecieron al apretarlos con enfado.
—No, no. —Lilia alargó la mano como si pretendiera calmarlo—. De momento no, pero no podemos esperar a que empiecen a circular. Están en edad casadera.
—Y como tú estás muy ocupado con tus asuntos... —Constance le estaba echando en cara que no se preocupara por eso—. Hemos pensado que teníamos que encargarnos nosotras.
¿Es que su tía le estaba diciendo que él no era capaz de ocuparse de sus hermanas? Se la quedó mirando con desafío, sospechaba que habrían echado el ojo a algún hijo de sus amigas y deseaban emparentar con ellas.
—¿Estoy equivocado si creo que ya han pensado en los futuros maridos de Diana y Aileen?
—¡Qué disparates dices! —exclamó Constance—. Las niñas podrán escoger a sus esposos, eso no quiere decir que no las vayamos a aconsejar.
Ese comentario hizo que él pensara que no iba desencaminado al imaginar que las iban a empujar a los brazos de alguien al que conocieran.
Repasó mentalmente a los hombres con los que se relacionaba, a los que coincidían con él en el club, a los más notables, a los que tenían títulos; sabía que había algunos que buscaban esposa para sanear sus finanzas, y se propuso apartarlos de ellas.
Tampoco dejaría que los galantes de sus amigos —el duque Ravenstone, Nick; o Fred, el conde Wrigh— pusieran sus ojos sobre ellas, eran muy bonitas.
Sabía muy bien que no tenían intenciones de casarse, entonces lo mejor sería que se mantuvieran alejados.
A pesar de ser tan bribón como ellos, no deseaba que sus hermanas se encapricharan y que luego sufrieran un desengaño con ellos.
Lo que haría sería advertirles, los apreciaba como si fueran hermanos, y no quería que su amistad se viera resentida por los jueguecitos de sus amigos.
Esos pensamientos le pasaban por la cabeza mientras miraba por la ventana hacia el jardín de la casa de sus tías.
Aileen, que vio su sombra que se acercaba a la cristalera, se había pegado a la pared para que no la viera y terminó con el culo en la tierra donde había plantados varios rosales, allí encogida se le estaba humedeciendo el trasero.
«El jardinero podría haberse olvidado de regar esta parte», pensó notando que las faldas se mojaban.
Lo que quería era ir corriendo arriba, al dormitorio de Diana, y explicarle lo que se estaba planeando en el saloncito rosa.
¿Es que ellas no tenían nada que decir? Se sentía como una rata acorralada que, cuando era encontrada, se barría y se sacaba de la casa.
¿Acaso molestaban y pretendían deshacerse de ellas?
Sin darse cuenta, el nerviosismo le hizo clavar los dedos en la tierra húmeda, las ganas de gritar eran muy grandes; con mucho tiento, giró la cabeza y vio que Arthur se daba la vuelta, era su momento de salir de allí zumbando. No obstante, lo que escuchó la retuvo.
—¿Cuántos días tardarán en preparar sus baúles?
Constance lo miraba pensativa.
—Para pasar una temporada en Londres, necesitaremos como mínimo una semana, ten en cuenta que debemos llevarnos las mejores galas, no queremos parecer unas campesinas.
—Hasta es posible que aprovechemos para hacernos algunos vestidos, debemos impresionar como acompañantes de las niñas.
—¿Tienes intención de volver a encontrar esposo, Lilia? —preguntó su hermana con voz de reproche, no le gustaba soltar libras en fruslerías.
Constance vestía de gris y negro, mientras que Lilia era muy amante de los colores, de las pinzas y abalorios para el cabello, tenía una gran colección de sombreros, tocados, horquillas y pasadores.
En su juventud su pelo era rubio, con el pasar de los años le habían salido canas, pero las llevaba bien, con su moño bajo y sus pinzas elegantes.
—No había pensado en eso, es que ya sabes que debemos tener muy buena apariencia si queremos casar bien a las niñas.
—Lilia nunca sería como su hermana, que aún guardaba luto por su difunto esposo que, aparte de no darle buena vida, murió en la cama de su amante cuando los pilló el esposo de esta, hecho que se ocultó para no caer en desgracia ante sus allegados, familia y amigos.
No entendía que Constance hubiese hecho del negro y el gris sus únicos colores.
Si eso le hubiese pasado a ella, no habría ido ni al funeral, que dejaran el cuerpo en medio del bosque para que se alimentaran los lobos, los buitres y los carroñeros.
—Vaya estupidez —murmuró Arthur—. ¿Qué tiene que ver lo elegantes que vayáis?
—¿No sabes que los hombres que buscan esposa se fijan en sus mamás? Así ven con lo que se encontrarán pasados los años. —Defendió su postura Lilia.
—Eso no es cierto, hermana. Ya sabes que cuando la novedad pasa, la mayoría se buscan una amante. —Constance nunca había superado aquello que le había pasado a ella.
Lilia iba a replicar; sin embargo, se mordió la lengua, la historia de su hermana no la sabía su sobrino, y debía seguir siendo así.
—Ya tendré yo una charla con las niñas, les enseñaré lo que tienen que hacer para que eso no les ocurra, para tener embobados a sus esposos y que no tengan ojos nada más que para ellas.
A Constance el rostro se le puso de un color carmesí.
—¿Quieres decir que si los tienen ocupados en la cama...
? —No acabó de decir lo que pensaba. ¿Acaso su hermana le estaba diciendo que si su esposo se buscó una amante fue porque ella no supo complacerlo?
Era evidente que sí, sus ojos lanzaron rayos a Lilia, cogió la taza con la que se había tomado el té y se puso una medida del brandy que llevaron para su sobrino; o se tranquilizaba o le soltaría cualquier barbaridad, y no era conveniente hacerlo delante de Arthur.
Esperaría a estar a solas y le pediría explicaciones a su hermana.
Él miraba a su tía Lilia, nunca habría pensado que fuese una mujer con conocimientos sexuales para aleccionar a las gemelas; sin embargo, le daba pavor que los posibles esposos se tomaran a mal que ellas estuvieran bien instruidas en el arte de complacerlos en la cama.
—Tía, te pediría que esa charla la tengas con ellas después de haber pasado por el altar, hay mucho gazmoño por ahí, y no quisiera que creyeran que mis hermanas son unas frescas.
—Tienes razón, como siempre. —Lilia asintió; no obstante, no pensaba esperar, quería que sus sobrinas no se asustaran en su noche de bodas ni en las posteriores.
Ni que se quedaran como una estatua de mármol cuando un pretendiente intentara besarlas; si el tipo en cuestión era de su agrado, tenían tanto derecho como ellos a disfrutar del momento.
—Bien pues, el sábado os mandaré el carruaje para que os traslade a la casa de Londres. ¿Os parece bien?
—Desde luego —habló Constance, pero ambas asintieron con la cabeza.