¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

C onstance y Lilia esperaban a su sobrino de un momento a otro, imaginaban que habría recibido la nota y se preguntaban qué lo retenía.

—No se ha tomado en serio el ultimátum que le escribiste —decía Lilia sirviéndose otra taza de té, estaba sentada en un sillón muy femenino, junto a una mesita de finas patas a juego con los muebles que adornaban el saloncito.

Ese era el lugar donde se pasaban más horas al día, era una estancia luminosa donde podían leer y hacer labores; a las dos les gustaba bordar y recibir a las señoras del pueblo. Cuando había algún chismorreo, se organizaban reuniones donde se ponía orden en el mundo que las rodeaba.

—Pues si no viene seremos nosotras las que vayamos a Londres; al fin y al cabo, es lo que le vamos a anunciar. —Constance abrió la ventana, el sol estaba muy alto en el cielo, y el calor la agobiaba.

—Creo que nos podríamos haber ahorrado escribirle esa misiva. Nos presentamos en la ciudad y ya está. Tenemos tanto derecho a estar allí como las niñas y él. —Para las tías, Diana y Aileen, las hermanas gemelas idénticas de Arthur, siempre serían las niñas, podía decirse que habían sido sus madres.

Constance, que era más espabilada que su hermana, ya había pensado en ello, y recordó que en esos momentos el tutor de las muchachas era Arthur, y no quería que él ejerciera ese papel, era capaz de casarlas con algún indeseable. Ellas sabrían elegir mejor a sus maridos.

—Hermana, ten en cuenta que debemos escoger bien a los posibles pretendientes: jóvenes, guapos, reputación intachable, con la economía saneada y con título.

—Y que estén enamorados, ¿no? —Lilia era muy romántica, siempre veía todo de color de rosa.

—Por supuesto. Además, no queremos que se casen con ningún impresentable que las corteje por su dote, que no bese el suelo que pisan.

Lilia frunció el ceño, pensativa; al fin dijo:

—¿Cómo sabremos si las aman o están con ellas por interés?

—Ay, hermana, qué ingenua eres, pues igual que aquí, el vecindario de Londres ya nos conoce de las temporadas que hemos pasado allí, preguntaremos a las damas, claro está.

—¿Y si no lo saben o el caballero en cuestión es un misterio?; recuerda lo que le pasó a aquella muchacha... —Lilia chasqueaba los dedos, no se acordaba del nombre de la joven.

—¿A Eleanor? —Ante el asentimiento de su hermana, contestó—: A esa chica la enredaron sus propios parientes, no fue culpa suya, ese tipo que se casó con ella estaba más pelado que una rata, y ellos pensaban que nadaba en la abundancia.

Por eso, la dejaron sola con él para que fuera descubierta por una de las madres casamenteras de aquella fiesta, eso significó que se casara con él, y entonces se descubrió que no tenía ni un chelín.

Lilia no se podía creer que aquel escándalo hubiese estado tramado por sus padres; sin embargo, los platos rotos los pagó la muchacha. A ellas no les ocurriría algo así.

—Si es preciso podemos contratar a un detective privado —afirmó no queriendo dejar nada al azar.

—Sí, desde luego, no pienso dejar que ningún bribón se aproveche de las niñas.

Constance se sentó frente a su hermana, iba a servirse un té, pero la tetera estaba fría. Se levantó y, al abrir la puerta para pedir otra, se dio de bruces contra el pecho de su sobrino Arthur.

Él frunció el ceño, la mujer se había asustado y soltado un grito.

—Tía, ¿a qué viene que te asustes cuando me estabas esperando? —dijo el muchacho levantando una ceja sardónica.

—No te he escuchado llegar, y no suelo chocarme contra nadie en casa, lo normal es que el señor Harrison anuncie a las visitas.

El vizconde entrecerró los ojos.

—¿Es que se me considera un extraño en esta casa?

—De ninguna manera, estás en tu hogar. —Se escuchó a Lilia desde dentro antes de que su hermana la liara y le dijera alguna impertinencia—. Entra, hijo, entra.

Aquel grito de la dama había llamado la atención del servicio; y la señora Alger, el ama de llaves, bajaba las escaleras apresurada.

—Traiga un servicio de té —le ordenó Constance, luego miró al interior del saloncito y preguntó—: ¿Te apetece un refrigerio?

—Me vendrá bien un brandy.

—Es muy pronto para empezar a beber, ¿no crees?

—Ya no soy un niño para que me digas lo que tengo que hacer —replicó Arthur.

Ella lo miró con mala cara, se volvió hacia la señora Alger, y esta asintió silenciosa a la orden.

—Hacía tiempo que no venías por aquí —anunció Lilia con una sonrisa tímida—. Anda, ven a darle un beso a tu tía.

No había nada que Arthur odiara más que las muestras de cariño de su besucona tía, que aún lo trataba como a un niño.

—¿Qué es eso tan urgente por lo que debía venir?

—¿Te parece poco para interesarte por tus hermanas y por tus tías? —La voz de Constance mostraba que no estaba muy contenta con él.

—Tía, sabes muy bien que cuando me necesitáis estoy aquí. Que ahora mismo estemos hablando lo demuestra. —Arthur parecía retarla a que lo negara. Si uno era terco, el otro lo era más.

—Bien, pues te informo que estamos todas perfectamente.

Él soltó un bufido.

—Me doy cuenta, estás en plena forma para echarme a los perros, pero te advierto que no me voy a dejar ningunear.

Lilia miraba a uno y otro, se mordía el interior de la mejilla para no echarse a reír; Constance era terrible, le gustaba mucho mandar, y su sobrino no estaba dispuesto a que lo tratara como a un crío de teta.

—Eso ya lo veremos —rumió la mujer.

Una de las criadas entró en el saloncito con una bandeja muy cargada; aparte del servicio de té, llevaba una botella de brandy con una copa y una bandeja de canapés para acompañar la bebida, además de unas galletitas.

—Gracias, Mary. —Lilia le hizo un gesto con la cabeza, asintiendo, estaba segura de que el ama de llaves había sido quien le dijera a la cocinera que les preparara algo consistente, y ella era de las que creían que una panza satisfecha era menos propensa a las discusiones.

—Sentémonos —terció Constance, al ver que su hermana servía una copa para Arthur. Este se acomodó en un sillón tan delicado que temió caer de culo al suelo. Tomó la bebida de manos de Lilia y dio un sorbo.

—Come, hijo. —Lo invitó ella.

Él cogió uno y le dio un mordisco, sabía que su tía no pararía hasta que se hubiese zampado al menos dos. Al masticar miraba a Constance, sus ojos mostraban chulería, como si ya conociera de qué le querían hablar, era un experto en fingir que sabía mucho más de lo que los demás creían.

El silencio los envolvió durante un momento. Los ojos grises de la tía Constance, tan similares a los suyos, parecían desafiarlo. Al fin, esta terminó de masticar una de las galletitas, se pasó una servilleta por los labios y soltó:

—Te hemos hecho venir para decirte que vamos a ir a Londres, debemos casar a las niñas antes de que las tachen de solteronas.

Arthur, que era de reacciones rápidas, contestó:

—Ya tengo los preparativos hechos, la casa de la ciudad ya está lista para recibirlas, pensaba anunciárselo un día de estos —mintió, no iba a dejar que su tía lo tachara de descuidado con sus hermanas.

El rostro de Constance mostraba sorpresa, eso no se lo esperaba.