Capítulo 1
A rthur James Bellesmoke estaba en el estudio de su residencia de soltero de Londres con la misiva de sus tías entre los dedos, preguntándose qué querrían ahora las viejas urracas.
¿A qué se referirían cuando decían que habían descuidado un tema?
Sostenía la carta en la mano derecha al mismo tiempo que con ella se golpeteaba los dedos de la izquierda, tratando de adivinar a lo que estarían aludiendo.
Con una mueca en los labios se levantó de la mesa de caoba donde se ocupaba de todos los negocios del vizcondado que había heredado de su padre cuando este falleció en la India, siendo él un niño.
Su madre había corrido la misma suerte, y él y sus hermanas, que eran gemelas idénticas, habían terminado en Arundel, bajo la tutoría de sus tías, las hermanas mayores de su padre: Constance y Lilia.
Ambas se habían tragado la pena de la pérdida para que los pequeños crecieran en un entorno agradable, para darles una buena vida.
Y la verdad era que lo consiguieron, él y las niñas habían tenido una infancia de lo más placentera, las travesuras estaban a la orden del día, y las hacían enloquecer.
Sin embargo, siempre se mostraron amorosas con ellos, y cuando él tuvo la edad suficiente, se encargaron de mandarlo a Eton, para que lo instruyeran, y allí fue donde conoció a sus dos mejores amigos: al duque Ravenstone, Nicholas Ormond Ayrton, al que nombraban «Nick», y al conde Wrigh, Frederick James Bannister, al que llamaban «Fred».
Cuando se juntaban se los conocía como el «trío calavera», eran terribles.
¿Qué mosca les habría picado a sus tías para mandarle aquel mensaje que parecía de suma urgencia? Nada de importancia, seguro, esas mujeres se ahogaban con un vaso de agua.
No obstante, el mensaje era claro, cristalino, si él no acudía ellas tomarían alguna decisión que estaba convencido de que no le gustaría, no le quedaba otro remedio que ir a Arundel, soltó un resoplido y, poniéndose la nota en el bolsillo, salió del estudio.
—Robinson, dile a Carter que prepare el carruaje, voy a Arundel.
—Enseguida, milord.
Durante el viaje de unas seis horas hasta la ciudad, se estuvo preguntando qué habría sucedido; llegó a la casa de sus tías y bajó de un salto.
La casa donde residían ellas y sus hermanas era una edificación solariega, estaba cerca del río Arun, que atravesaba la zona este de la ciudad además de sus tierras, y cada vez que iba recordaba las travesuras que había hecho de pequeño en aquel entorno boscoso, desde subirse a los árboles hasta colgar objetos de las ramas que hacían ruido cuando soplaba la brisa y asustaba a sus hermanas, allí habían terminado hasta las muñecas, y ellas armaban sus buenos jaleos al darse cuenta de que no llegaban a cogerlas.
Se había arrepentido mil veces de haberlo hecho, así fue como su hermana Aileen se empeñó en encaramarse a un tronco para recuperar su juguete, y luego ya no hubo quien la detuviera.
Sabía que a su edad aún se subía por todas partes, no se molestaba en poner la escalera para bajar un libro de las estanterías más altas, trepaba a las baldas y lo bajaba, lo que no debería hacer una señorita como ella.
La puerta principal se abrió y asomó el señor Harrison, el mayordomo, quien lo saludó con una inclinación de cabeza que le hizo temer que algún día se rompería al hacerlo, porque el hombre alto y delgado se movía como si se hubiese tragado un palo, su pelo blanco no había forma de dominarlo y siempre lo llevaba alborotado, como si fuese un plumero con el que se terminara de sacar el polvo.
Y además, el hombre tenía una nariz aguileña que siempre señalaba al techo.
—¿Dónde están mis tías? —preguntó entrando en el vestíbulo con los suelos blanco y negro abrillantados, como si fuera un tablero de ajedrez.
Miró alrededor y no había cambiado nada, sus tías no se desprendían de ningún mueble, y tenían la casa llena de aparadores y mesas con adornos antiguos.
También les agradaban los espejos con molduras doradas, que adornaban las paredes.
Los cuadros con los rostros de sus antepasados estaban en la galería de la residencia de Londres, ellas siempre decían que solo servían para recordarles que los estaban esperando en el más allá.
Ante él, la escalera que conducía a los pisos superiores, con aquella alfombra verde esmeralda que siempre la adornó, invitaba a subir al que había sido su dormitorio hasta que se fue a Eton; a ver si también la conservaban tal como la dejó.
—Lo están esperando en el saloncito rosa.