Marc
El ventilador se quedó toda la noche en el rellano, de pie, con la peana torcida y el cable enrollado en el cuello, porque a ninguno de los dos se nos ocurrió meterlo dentro. El domingo por la mañana seguía allí. Chelo lo había regado.
No sé si fue queriendo. Con Chelo nunca se sabe.
Quique llamó a su madre a las diez, desde mi cocina, en calzoncillos, y entre otras cuarenta cosas le pidió que le dijera a su padre que hiciera el arroz un poco menos seco, que eso también se puede pedir.
En el bajo estábamos a veintidós grados, porque el aparato que el casero arregló funciona tan bien que ahora tengo frío en octubre.
Después del café arranqué de la libreta la última hoja, la de las cuatro frases y las rayas rojas, y la clavé con dos chinchetas en el corcho que tengo encima de la mesa, entre una carta de colores y un boceto del cartel de las bicicletas. Quique la miró un rato con las manos en la taza.
— ¿Eso se queda ahí?
— Se queda ahí.
— Marc, que ahí pone que soy alérgico al marisco.
— Pone que lo eras. Está tachado.
Se levantó, cogió un rotulador del tarro sin pedir permiso y escribió debajo, en el margen que quedaba libre, con esa letra suya que se lee mal a propósito:
Ficha nueva. Datos reales. 1. Nos conocimos el 2 de julio. Subió tres pisos sin ascensor a decirme que llevaba dos años saliendo conmigo. Yo estaba en calzoncillos.
— Eso no es un dato — le dije —. Eso son cuatro datos y una confesión.
— Es lo que hay. Ponlo tú mejor.
Cogí el rotulador y escribí el dos debajo, con la letra pequeña de las notas al pie:
2. Subí tres pisos a decirle a un desconocido que dejara de usar mi cara. Bajé habiendo dicho que sí a todo. Eso también es un dato.
Quique leyó aquello dos veces, con el pulgar en el borde del papel, y luego dijo que necesitaba una ducha con una voz que no era la de necesitar una ducha.
Al final la ducha no hizo falta.
Empezó en la puerta del baño, que es un sitio incomodísimo, con el marco clavándoseme en la espalda y el rotulador todavía en la mano.
Se lo quité yo mismo y lo tiré, y aterrizó dentro del vaso de los cepillos de dientes, cosa que descubrimos veinte minutos después.
En agosto, cada vez que nos tocábamos, había una fecha dentro de la habitación.
Aquel domingo no había ninguna, y lo primero que hace un hombre al que le quitan la fecha de encima es ir despacio.
Fuimos despacio. Tanto que a mitad Quique se levantó, cruzó el bajo desnudo hasta la ventana y bajó la persiana dos palmos, porque a esa hora el sol de octubre da justo en la cama.
Y volvió. En agosto no se habría levantado nadie a bajar ninguna persiana.
En agosto, además, yo iba a ciegas: en octubre ya me sabía de memoria dónde estaba todo, y nadie te cuenta que eso es lo bueno, que un cuerpo deje de ser un hallazgo y se convierta en un oficio.
Le puse dos dedos en el cuello, debajo de la mandíbula, en el sitio exacto en el que él me los puso a mí en agosto, y me quedé muy serio contando contra el segundero del reloj de la cocina, que en este bajo se oye desde la cama porque aquí dentro no hay puertas.
— ¿Qué haces? — dijo Quique.
— Ochenta y dos.
— Eso no es mío.
— ¿Cómo que no?
— Que estás contando el tuyo. — Me cogió la muñeca sin abrir los ojos, me movió los dedos dos centímetros a la derecha y me los dejó ahí, apretando lo justo —. Ahí. Ahora.
Conté otra vez.
— Ciento diez.
— Pues sigue haciendo lo que estabas haciendo.
Y ese es el hombre que en julio no pedía ni un vaso de agua en su propia casa.
Quique tiene unas manos de trabajar con las manos, anchas y con las uñas cortísimas, y en agosto las usaba deprisa.
Aquella mañana me quitó la camiseta como quien tiene el día entero por delante, se paró a mitad para decirme una tontería sobre el lunar que tengo debajo de la clavícula, se rio de su propia tontería y volvió a lo que estaba.
Ese hombre es incapaz de estar callado más de cuarenta segundos ni siquiera ahí, y llevo desde julio descubriendo que eso, que debería sacarme de quicio, es lo que más me gusta de él.
Nos reímos dos veces en el peor momento.
La primera por el codo, culpa mía y de una mesilla que está a la altura que no es.
La segunda porque el split empezó a hacer un ruido nuevo y Quique se incorporó de golpe a mirarlo, apoyado en un brazo, desnudo, con toda la cara de enfermero de Urgencias evaluando una constante.
Le pregunté si prefería que llamáramos al casero.
Me tapó la boca con la mano y me dijo dónde me podía meter yo al casero, y a partir de ahí no nos reímos más en un buen rato.
Ese hombre, cuando deja de hablar, es otra persona.
Se le pone una cosa muy seria y muy despacio en la cara, y mira, mira todo el rato, mira como si estuviera comprobando algo.
En agosto eso me daba una vergüenza espantosa y me pasaba media escena buscando dónde poner los ojos.
Aquella mañana se lo sostuve: es lo más difícil que he hecho en mi vida adulta, duró tres segundos y luego dejó de ser difícil.
Y lo que vino detrás no se parecía a agosto en nada.
Más peso. Menos ruido. Las dos manos de Quique por debajo de mis omóplatos y ninguna prisa por llegar a ningún sitio.
Después, con las piernas hechas un desastre y los dos mirando el techo, el aire a veintidós grados me dio frío en un hombro. Quique alargó el brazo, cogió la sábana del suelo y me tapó ese hombro y solo ese hombro, sin decir nada y sin mirarme, y volvió a dejar la mano donde la tenía.
Hay cosas que se te caen encima con veinte años de retraso.
A las cuatro subimos al tercero a por el cajón. Bueno, a por el contenido: el cajón se lo iba a poner yo, que tengo una cómoda con dos vacíos desde que me mudé.
El piso de Quique sigue pareciendo el de alguien que llegó anteayer aunque lleve siete años: un cuadro apoyado en el suelo que nunca colgó y cuatro cajas de la mudanza sin abrir.
Llenamos una caja de fruta y tardamos media hora en decidir seis cosas, porque un hombre que lleva siete años viviendo como si estuviera de paso no tiene ni idea de qué es lo suyo.
Cogía algo, lo miraba, lo dejaba. Al final le dije que metiera lo que le diera la gana, y me miró como si le hubieran dado permiso para algo, y metió un libro de crucigramas empezado por la mitad y una crema de manos de las de trabajar con guantes ocho horas.
Cuando acabamos, Quique se quedó de pie en mitad del salón con la caja de fruta apoyada en la cadera, mirando el sofá, y se le fue quedando la cara de alguien que ha entrado en una habitación a por algo y ya no se acuerda de qué.
Es un sofá gris de tres plazas donde yo dormí una sola noche, la primera de julio, y donde él no se ha sentado nunca, ni para ponerse los zapatos. Come de pie apoyado en la encimera. Ve el fútbol de pie. Contesta los audios de su madre andando de la ventana a la puerta como un guardia.
Dejó la caja en el suelo. Se giró. Y se sentó, en el medio, con la espalda en el respaldo y todo.
No dijo nada. Puso las manos en las rodillas, como el que espera en una consulta, y se quedó mirando la pared de enfrente con una cara rarísima. Yo me apoyé en el marco de la puerta de la cocina y no abrí la boca.
— Está duro — dijo al final.
— Lleva siete años sin usarse.
— No, si el sofá está bien. Digo que yo estoy duro. — Se movió un poco, como quien prueba un colchón —. Es que me da la sensación de que se me va a olvidar algo.
— ¿Como qué?
— No sé. Algo. Cuando me siento me da la sensación de que estoy dejando de hacer una cosa que había que hacer.
— Lleva sentado cuarenta segundos y no se ha caído la casa.
— Cuarenta y cinco — dijo Quique —. Los estoy contando.
Podía haberle preguntado por qué. Lo apunté en la página ocho el treinta de julio y lo taché al día siguiente. En vez de eso me fui a la cocina, cogí dos vasos de agua y volví, y Quique lleva desde julio traduciendo eso mejor de lo que yo lo escribo.
Me senté a su lado. El sofá hizo un ruido de sofá viejo y la caja de fruta se quedó en el suelo con la crema de manos asomando, y estuvimos ahí un rato sin hacer nada, con la persiana medio bajada y el ruido de la calle subiendo por el balcón desde donde salió una foto que jodió y arregló dos vidas.
A los diez minutos Quique cerró los ojos. A los catorce se le fue la cabeza a un lado.
Se durmió sentado en su propio salón, en su propio sofá, con los pies en el suelo y las manos todavía en las rodillas, y estuvo así cuarenta minutos, y en cuarenta minutos no se cayó ninguna casa.
Cuando se despertó ya era casi de noche y le había quedado una marca del cojín en la mejilla. Se incorporó de golpe, con esa cara de guardia que le sale al despertar en sitios donde no toca, y luego se acordó de dónde estaba.
— Me he dormido.
— Cuarenta minutos.
— Xe. Sentado.
— Es lo que hace la gente. Sentarse. Hay tratados.
— Cállate, Rafa.
Y ahí se le cayó la palabra al suelo y se nos quedó mirando a los dos.
Lo dijo por costumbre, como se dice un nombre que uno ha usado ciento veinte veces en dos años, y se le puso una cara de horror que no le he visto ni en un turno de sábado. Empezó a disculparse. Le puse la mano en la boca.
— Marc — dije.
— Ya lo sé, hostia, si es que...
— No, calla. Que lo estoy diciendo yo. Marc.
Y lo dije otra vez, en voz alta, en el salón de un tercero, tonteando, como se prueba una palabra en un idioma que estás aprendiendo.
Marc. Marc Adell. Como lo firmo, como está escrito en una portada de hace nueve años en una caja debajo de mi cama y como está desde hace dos semanas en ocho metros de medianera.
Se me hacía raro en la boca, como se le hace raro el nombre a la gente cuando se lo repite muchas veces seguidas y se le queda en un ruido.
Solo que a mí no me hacía falta repetirlo mucho. Con una vez ya me sonaba a estreno.