Que parezca de verdad Quique
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Quique

La libreta llevaba cuatro días encima de mi encimera. Y yo llevaba cuatro días comiendo de pie a su lado, que es lo mío, mirándola como se mira una radiografía que ya sabes lo que pone.

La encontré el martes a las diez y veinte de la noche, al llegar del turno de tarde.

Metida de canto en el buzón y con las tapas dobladas de haberla forzado por la ranura.

Subí los tres pisos con ella en la mano sin abrirla, y luego me senté en el suelo del pasillo, con la puerta todavía abierta y la bici apoyada en la pared, y me la leí entera dos veces, y la segunda vez me la leí despacio.

Las seis primeras páginas eran las mentiras, todas tachadas con una raya roja recta, sin rabia, como se corrige una prueba. Lo del marisco tachado con dos.

De la siete a la once no había ni una raya. Ni una.

Ahí ponía que no duermo, que como de pie y que nunca me siento en mi propio salón, y al lado, entre paréntesis, que no hay que preguntar por qué. Ese hombre me tenía apuntado en una libreta de tres euros con más puntería que once años de historia clínica.

Y al final, con la letra grande, cuatro frases y un nombre. El mío no.

Lo de la libreta tiene una cosa que no supe explicarle a Berto y que sigo sin saber explicar.

Aquel hombre podía haber escrito cuatro frases en un papel suelto.

O mandarme un mensaje. O subir tres pisos como subió en julio.

Lo que hizo fue coger el documento donde estaban por escrito todas las mentiras que le habíamos contado a mi familia, tacharlas una por una con una raya recta, dejar intacto lo que era verdad y devolvérmelo entero, con la parte fea incluida.

Eso no tiene nada de romántico: es lo que hace un hombre que se ha pasado la vida corrigiendo pruebas de imprenta y que sabe que una prueba corregida se entrega con las correcciones a la vista.

Lo que hice el miércoles fue no hacer nada.

Turno de mañana, siete horas, box cuatro.

Una señora de ochenta y dos con una fractura de cadera a la que le estuve contando lo del podenco que no existe hasta que se rio y le pudimos poner la vía, y a la salida, en vez de bajar al bajo, me fui a correr al cauce, del puente de Aragón a las Torres de Serranos y vuelta, dos veces, que no me lo pedía nadie, para no llamar a esa puerta con la respiración así.

Porque yo sé lo que iba a decirle si bajaba el miércoles. Le iba a decir que lo sentía mucho. Con mucho sentimiento. Muy bien dicho. Y con eso me habría quedado tan a gusto y él se habría quedado en el mismo sitio. Berto lo dijo con otras palabras en el descanso de las cuatro de la mañana.

— Tú no le debes una disculpa. Tú le debes una lista de la compra.

Yo he pedido cosas toda mi vida, ojo: pido cama en planta a las cuatro de la mañana, pido una analítica urgente, pido silencio en un pasillo lleno, pido a la de admisiones que me haga un favor y le pido a mi vecina que me suba el paquete.

Lo que no he pedido nunca es una cosa para mí que no se pueda justificar delante de un tercero, porque todo lo que he pedido en treinta y cuatro años lo he pedido porque le hacía falta a otro, y cuando el jueves me senté a escribir tres frases que empezaban las tres por quiero, se me quedó la mano parada encima del papel como si me hubieran pedido que escribiera en otro idioma.

El jueves y el viernes hice la lista.

La escribí por detrás de una minuta de la boda de mi hermana, la que llevaba doblada en el bolsillo de atrás desde el domingo del garaje, porque no tenía otro papel a mano y porque me pareció que ya que la había robado le podía dar un uso.

Eran tres cosas. Las escribí. Las taché.

Las volví a escribir en otro orden. Y el viernes por la noche me las aprendí de memoria como se aprende uno un protocolo.

El sábado once de octubre por la mañana hacía diecinueve grados en Benimaclet y caía esa lluvia tonta de octubre que no moja pero fastidia, la que hace que en la plaza se llene todo de gente con la capucha puesta y el móvil en la mano diciendo que ya escampa, y yo llevaba libre desde el viernes a las diez de la noche y había dormido siete horas seguidas, cosa que no me pasaba desde julio.

Saqué el ventilador del trastero.

Se lo bajé a Marc el veintidós de julio jurándole que funcionaba, y lo tuvo tres semanas enchufado en su bajo a treinta y seis grados y una vez me dijo que lo dejaba puesto por compañía.

Lo bajé los tres pisos con las dos manos, como se baja un mueble, dando golpes con la peana en el pasamanos en cada rellano. En cada rellano.

En el segundo estaba Chelo. Por supuesto que estaba Chelo. Chelo tiene setenta y un años y una regadera de plástico verde y a las once y cuarto de la mañana de un sábado está donde tiene que estar, que es en el rellano del segundo con el potus.

— ¿Y eso? — dijo Chelo.

— Un ventilador.

— En octubre.

— Es que es un ventilador de invierno.

Chelo no se rio. Chelo movió la regadera dos centímetros a la izquierda y siguió mojando lo que ya estaba mojado.

Que es su manera de decir que se queda. Esa mujer lleva cuarenta años en el segundo y ha visto salir de este portal a dos maridos, tres divorcios y un piso entero de estudiantes en septiembre, y tiene un sistema de riego que se ajusta con una precisión asombrosa a lo interesante que sea lo que está pasando en la escalera.

Llamé al bajo izquierda con el nudillo. Dos veces. El timbre de Marc lleva sin funcionar desde antes de que nos conociéramos.

Abrió con la camiseta de tirantes decolorada y el rotulador en el bolsillo de atrás. Miró la cara. Luego miró el ventilador. Luego volvió a la cara.

— Está roto — dijo Marc.

— Sí.

— Y ya no hace calor.

— Tampoco.

— Entonces qué haces.

— Llevo cuatro días buscando una excusa para bajar y esta es la única que tenía en casa.

— Cuatro días.

— Cuatro.

— La libreta la eché el martes a las seis menos veinte. Hizo un ruido horroroso.

— No lo oí — le dije —. Estaba de turno de tarde. Me la encontré al llegar, metida de canto y con las tapas dobladas.

Y ahí, por si quedaba alguna duda de cómo se me da esto, me quedé callado mirando un ventilador. Un ventilador roto.

Marc se apoyó en el marco de la puerta y se cruzó de brazos. No me hizo pasar. Y estuvo bien que no me hiciera pasar, porque lo que había que decir había que decirlo de pie y con la escalera oyendo.

— El domingo catorce — dije —. No voy a contarte por qué lo dije, porque ya me lo he contado a mí mismo mil veces esta semana y es una explicación bastante buena y no me sirve de nada. Lo dije. Con la mano que tú tenías en mi rodilla todavía caliente. Y encima dije el otro nombre.

— Ya.

— Y me quedé sentado. Eso es lo que no me quito. Tú te fuiste andando por el pasillo de mi casa y yo me quedé sentado, y a la parada te llevó mi tía de cincuenta y ocho años y yo tenía el coche en la puerta.

Marc no dijo nada. Se le movió algo en la mandíbula y siguió sin decir nada. Y ese hombre puede estar callado más tiempo del que yo puedo respirar.

— Y lo del catorce no es lo peor — dije —.

Lo peor es que llevo dos meses viéndote hacer cosas y apuntándolas por dentro como un imbécil, y ni una sola vez te dije en voz alta que las estabas haciendo.

Te bajaste a mi casa en julio y me dejaste que te llamara coartada.

Te pasaste tres semanas cortando papel a treinta y cuatro grados.

Le enseñaste a dibujar a mi tía en una servilleta y a partir de ese día mi tía tiene una cosa que hacer los martes por la tarde.

Y yo me pasé el verano diciéndome que aquello era un trato porque un trato tiene fecha y todo lo que tiene fecha se puede soltar sin que te pase nada.

— Ya.

— Es que no sé decirlo mejor, Marc.

— Lo estás diciendo bastante bien — dijo Marc, y no descruzó los brazos.

Saqué la minuta del bolsillo de atrás. Papel de trescientos gramos. La parra a dos tintas. Y por detrás mi letra de enfermero, que se lee mal a propósito desde hace once años.

— Te voy a pedir tres cosas — dije —. Las llevo escritas porque llevo treinta y cuatro años sin pedir nada y no me fío de mi boca.

— Quique...

— Déjame, xe, que si me paras se me va. Es de familia.

Levanté el papel. Y lo leí, porque me temblaba lo justo para no poder hacerlo de memoria.

— Una. Quiero un cajón. Aquí, en tu casa. Uno. No el armario, no la mitad del baño: un cajón, para dejar cosas mías y que estén ahí cuando yo no esté.

Marc bajó los brazos.

— Dos. Quiero las llaves. No para entrar cuando no estés. Para no tener que llamar.

— Tres. Quiero los domingos. Todos. Los de Alfarra con mi padre y su arroz y mi tía grabando en vertical, y los que no vayamos a Alfarra también, aquí, con el aire a veintidós y sin hacer absolutamente nada. Los domingos son míos y te los estoy pidiendo a ti.

Marc bajó la vista al papel que yo tenía en la mano, que era una minuta de la boda de mi hermana con la parra dibujada a dos tintas y su apellido en la esquina, y ahí fue cuando se le empezó a torcer la cara.

No dijo nada de la minuta, y no preguntó de dónde la había sacado ni por qué llevaba veinte días doblada en el bolsillo de un pantalón que va y viene al Clínico en bici.

Doblé el papel. Me lo guardé. Y dije lo único que no llevaba escrito, porque eso lo llevaba puesto desde el garaje de mi padre.

— No te estoy pidiendo que te quedes. Te estoy pidiendo quedarme yo.

En este barrio, un sábado a las once y veinte de la mañana, se oye la tele del primero y una moto en Emilio Baró y la regadera de Chelo mojando un potus en el segundo.

Marc tenía la mano en el marco de la puerta y la fue bajando hasta el picaporte, y lo agarró, y ahí se le quedó, y cuando habló la voz le hizo eso que le hace, que se le corta por la mitad de la frase y luego vuelve.

— Yo llevo toda la vida diciendo que no hace falta — dijo Marc.

— Ya lo sé. Lo tengo apuntado.

— Se lo digo a Yaiza. Se lo digo a mi casero. Se lo dije a tu vecina el lunes cuando me preguntó si te decía algo.

— Ya me lo contó Chelo. El lunes por la tarde.

— Sí hace falta.

Lo dijo así, sin adornarlo, con la mano en el picaporte y sin soltarlo.

— Sí hace falta — repitió —. Trae el cajón.

— ¿Los domingos también?

— Los domingos también. Pero el arroz de tu padre está seco.

— Eso díselo tú, que a mí me mata.

Solté el ventilador en el suelo del rellano y a la peana le costó decidirse, porque ese cacharro es de los noventa y no se sostiene solo en un terrazo de los sesenta, y estuvo dos segundos largos escorándose hacia la izquierda antes de encontrar el sitio, que es más o menos lo que llevábamos haciendo los dos desde julio.

Lo besé en la puerta de su casa, en un rellano de metro y medio por dos que huele a friegasuelos de cuatro vecinos distintos, con la luz de la escalera apagándose a la mitad porque el temporizador de este edificio da cuarenta segundos y ni uno más, con las dos manos en la cara y sin ninguna prisa.

En julio nos besamos delante de dieciséis personas y una paella para que se callara mi tía.

En septiembre, detrás de una alquería, sin nadie mirando.

Esta vez había una señora de setenta y un años dos pisos más arriba con la regadera parada en el aire, y eso, en Benimaclet, es el equivalente notarial de una escritura pública.

Cuando nos separamos, Marc respiraba raro y tenía los ojos rojos y me miraba desde muy cerca. Muy cerca.

— Vecino — dijo.

— Ya no soy tu vecino. Me mudo abajo.

— ¿Cómo que te mudas abajo?

— Empiezo por el cajón. Pero te lo digo ahora para que conste, que luego dices que no aviso.

Y desde el segundo piso, por el hueco de la escalera, sin asomar la cabeza y sin dejar de regar, llegó la voz de Chelo, que lleva cuarenta años en este edificio y no se ha perdido una.

— ¡Que ya era hora!