Que parezca de verdad Marc
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Marc

El lunes a las ocho y cuarenta de la mañana, mientras me lavaba los dientes en un baño de metro y medio por dos donde el espejo se empaña con solo pensar en el agua caliente, el móvil hizo el ruido que hacen los grupos nuevos y en la pantalla apareció una paella.

Els Sanchis. Doce participantes, que en ese momento pasaron a ser trece, con una foto de perfil sacada en una comida de hace seis años y encuadrada de tal manera que la mitad de la paella se sale por la derecha.

Amparo Poveda te ha añadido.

Durante los cuarenta segundos siguientes no pasó absolutamente nada, y eso fue lo más raro de todo, porque doce personas acababan de ver aparecer en su grupo familiar el número de teléfono de un hombre al que habían estado llamando de otra manera durante dos años y las doce se quedaron mirando la pantalla sin escribir.

Luego escribió Amparo, dos palabras: Ya está aquí.

Y después vinieron cuatro minutos enteros de silencio, y en un grupo de trece miembros a las nueve menos veinte de la mañana cuatro minutos de silencio son una obra de ingeniería civil.

Y entonces entró un audio de siete minutos y cuarenta y un segundos.

Nene, ¿estás? Bueno, tú no eres nene, tú eres el otro, perdona.

Marc. Marc, hijo. Que te llamo Marc, ¿eh?

, que ya me lo han dicho y yo lo he entendido perfectamente.

Yo lo que quería decirte es que la minuta la tengo guardada en el álbum de la boda, en la primera página, antes que la foto de los novios, que eso a mi hija no se lo digas.

Y que la parra esa la has clavado, hijo, porque yo esa parra la conozco desde que era una cría, que ahí me llevaba mi madre a coger limones...

Escuché los siete minutos y cuarenta y un segundos de pie en el baño, con el cepillo parado y la boca llena de pasta de dientes, apoyado en el lavabo, y en el minuto cinco Pepa Poveda dejó de hablar de la parra y se puso a contarme lo que se le había pasado por la cabeza en el patio de su casa el domingo catorce de septiembre, entre el postre y el café, cuando su hijo dijo una frase de seis palabras y ella dejó el tenedor en el borde del plato.

A las nueve y cuarto la cosa se había desmadrado del todo.

Ximo mandó un gif de un hombre aplaudiendo.

Aleix escribió que si me venía bien me pasaba una hoja con los datos actualizados; luego escribió que era broma; luego, a los tres minutos, escribió que en realidad no era del todo broma porque tenía que corregir la pestaña de las intolerancias y le daba mucha rabia dejarla mal.

Alguien mandó una foto de la boda en la que salgo bailando con Amparo, con media cara cortada y el pelo levantado por detrás, y en dos minutos tenía nueve corazones.

Neus escribió: Bienvenido. Y a los diez segundos, en un mensaje aparte: Esto no significa que él me caiga bien ahora mismo.

Y a las nueve y media empezaron a llegarme los reenvíos privados de Amparo, uno detrás de otro, sin una sola palabra suya en medio, cuarenta y tantos mensajes sacados a mano de dos años de conversación por una mujer de cincuenta y ocho años que tuvo que ir subiendo el dedo por una pantalla durante Dios sabe cuánto rato para encontrarlos.

Su hermana preguntando si Rafa venía a comer el domingo.

Neus mandando la lista de mesas con un asterisco al lado de mi nombre falso.

Ximo preguntando si Rafa juega a la pelota.

Pepa, en enero del año pasado, a las once y media de la noche, escribiendo que se había acordado de comprar vino de ese que le gusta a Rafa por si venía en Fallas.

Y luego la primera foto, la del veintidós de junio a las once y cuarto, que Quique me enseñó en julio en su cocina y que aquella mañana miré con calma por primera vez.

No se le ve la cara. No se le ve nada de la cara, ni el perfil, ni una oreja.

Y once corazones debajo, puestos por once personas que llevaban veinte minutos preguntando por él.

El siguiente reenvío de la tía de Quique, que no es mi tía y a la que llevaba dos meses llamando tía, no venía del grupo. Era del día anterior, domingo, a las cinco y doce de la tarde: una foto y una línea de texto.

En la foto estoy de frente. Es la misma que la otra, hecha desde el mismo balcón y a la misma distancia, y es exactamente la contraria, porque en esta se me ve todo: la pared, la mancha de tinta, la cara y el gesto de un tío al que acaban de silbarle desde arriba un lunes de agosto a las nueve de la mañana.

Debajo: Se llama Marc Adell. Lo demás lo he hecho todo mal yo.

Me senté en el borde de la cama con el móvil cogido con las dos manos, como se sostiene un vaso lleno hasta arriba, y estuve así un rato que no sabría medir y que se acabó porque me empezó a doler la espalda.

En nueve años nadie había escrito mi nombre delante de doce personas.

Lo han escrito en facturas, en presupuestos y en el buzón.

Delante de doce personas y sin que hiciera falta, nadie.

A las diez y veinte salí al rellano y subí.

Subí los tres pisos de dos en dos, con el móvil en la mano y con la camiseta de dormir, sin pensarlo y sin llevar preparada ni media frase, porque en ese momento me parecía que lo único que había que hacer en el mundo era llamar a esa puerta.

Llegué al segundo. Y en el segundo estaba Chelo, con la regadera de plástico verde, mojando el potus que tiene colgado del pasamanos y que se ha comido media escalera.

— Que no está — dijo Chelo, sin levantar la vista de la maceta —. Salió a las siete y diez con la bici. Hoy le toca de mañana. Sube a las tres y pico.

— Ya. Gracias, Chelo.

— ¿Le digo algo?

— No hace falta.

Bajé los tres pisos despacio, entré en mi casa, cerré la puerta y me apoyé en ella, y hasta ese momento no calculé la suerte que acababa de tener.

Porque si Quique llega a estar en casa yo llamo a esa puerta y le digo cualquier cosa.

Le digo que lo he visto. Le digo gracias.

Le digo, con mi mejor voz, que no pasa nada.

Nueve años de entrenamiento no se te caen del cuerpo en tres semanas por muy bonita que sea una foto.

Y no le habría pedido nada. Ni una sola cosa.

Estuve el lunes entero con el cartel de la tienda de bicicletas y saqué la versión diez, la primera que valía algo, y no volví a mirar el móvil hasta la noche.

El martes hice lo mismo hasta las cinco de la tarde: mandé el cartel, facturé, contesté dos correos y hasta llamé a la gestoría.

A las cinco y diez dejé el rotulador en el bote, fui al cajón de la mesa de caballetes y saqué la libreta negra, que llevaba diecinueve días ahí dentro boca abajo encima de la carpeta de las facturas.

Once páginas escritas. Es una libreta de bolsillo de tres euros, con las tapas blandas y la esquina de abajo doblada de llevarla en el pantalón, y la primera página empieza con una lista numerada que hice el domingo seis de julio sentado en un sofá gris que no era mío, con un hombre comiendo de pie enfrente y explicándome lo que había estado diciendo su boca durante dos años sin consultarlo con su cabeza.

Cogí el rotulador rojo del cero cinco y empecé a tachar, una raya recta por línea, sin ensañarme, como se corrige una prueba de imprenta cuando no le tienes manía a nadie.

El concierto del Jardín del Turia, con la camisa que yo tuve que describir en agosto delante de su madre.

Tachado. La horchatería: él horchata, yo fartons, y una discusión sobre los fartons que llegamos a ensayar dos veces porque nos pareció que daba verosimilitud.

Tachado. El sumiller, la distribuidora y un jefe que se llama Ferran y que no existe tampoco.

Tachado. Xàtiva entera, con un hermano al que nunca le pusimos nombre porque no hizo falta.

Tachado. Un podenco pequeño que se llama Trufa, que era de mi hermana y que vive conmigo desde hace cuatro años.

Tachado, y ahí me quedé un segundo largo, porque a Trufa le tengo cariño.

Alérgico al marisco. Tachado con dos rayas, esa, porque esa se la debía a un hombre que se levantó un martes a hablar con una del catering.

Y así hasta la página seis, doce líneas, dos meses y medio de una vida entera que no ha existido nunca y que doce personas se saben de memoria.

En la página siete se acababan las mentiras y empezaba lo otro, y de eso me acordaba perfectamente porque lo escribí yo, y aun así verlo de golpe fue como abrir un cajón en el que no te esperabas nada.

No duerme. Se levanta a las cuatro de la mañana y anda por el pasillo descalzo, y a la vuelta se para en la puerta del salón a comprobar que sigo dormido antes de meterse en la cama.

Come de pie apoyado en la encimera y no se sienta nunca en su propio salón, ni siquiera para ponerse los zapatos. Preguntar por qué. Y debajo, en otra tinta y de otro día: no preguntar.

Se sabe el nombre del panadero, el del de la ferretería y el de una señora que va a su misma hora al mercado, y no se sabe el de la vecina del segundo, que es la que le riega las plantas desde hace siete años.

Cuando algo le importa hace una broma tres segundos antes. Cuenta las cosas empezando por el final. Se le escapa el valenciano cuando se pone nervioso y nunca cuando está tranquilo.

Tiene el ala de la golondrina torcida desde los veintiún años y no se la deja arreglar, y cuando Yaiza se ofrece dice que no con la mano antes de que ella acabe la frase.

No pide nada. Nunca. A nadie.

Cinco páginas de eso, con la letra cada vez más pequeña, que es lo que hace mi letra cuando escribo cosas que no pienso enseñarle a nadie.

No taché ni una sola línea de la siete a la once.

Cerré el rotulador rojo, lo dejé en la mesa, saqué el negro y ahí me quedé parado un rato largo, porque escribir lo que iba a escribir era pedir, y yo en nueve años había firmado con mi nombre dos cosas: un contrato que servía justamente para no volver a firmar nada, y un apellido en una pared que no le he enseñado a nadie y que no se lo pedía a nadie.

Esta era la tercera. Y era la única de las tres en la que había alguien al otro lado.

Escribí cuatro frases en la última página, debajo de todas las rayas rojas, con la letra grande que uso para los rótulos. Y firmé con las cuatro letras del nombre, sin el apellido detrás, y me salió temblona la ce.

Bajé al portal a las seis menos veinte. Los buzones son de metal, de los antiguos, con la ranura estrecha y la pintura marrón saltada por los bordes, y en el del tercero hay una pegatina que pone SANCHIS con la ese medio despegada desde antes de que yo viviera aquí.

La libreta no cabía. Tuve que doblarle las tapas hacia atrás y meterla de canto, forzándola, y aquello hizo un ruido de chapa que se oyó en todo el portal y que en este edificio quiere decir que se oyó en las cuatro alturas.

Entró. Se quedó dentro. Volví a mi casa, me puse a trabajar, y a partir de ese momento aquello era de Quique y ya no era mío.

Lo que había escrito, debajo de todas las rayas rojas y encima de mi nombre, con la letra grande de los rótulos y sin tachar ni corregir ni una palabra, era esto:

Lo demás era mentira. Yo no. Si te apetece, empezamos la ficha otra vez, pero con datos reales. Marc.