Quique
El primer domingo de octubre en Alfarra hacía veinticuatro grados y un sol de esos que engañan.
La parra ya medio pelada y la mesa puesta fuera igualmente, porque en mi casa se come fuera hasta que se congela el agua de los vasos.
Éramos nueve. Neus y Aleix habían vuelto de Croacia el jueves, mi tía Amparo apareció a la una y media con una fuente de pimientos y sin darme los buenos días, y mi padre encendió la leña de naranjo a las once y cuarto como lleva haciendo cuarenta años.
Yo llegué a las doce. Ayudé a poner la mesa y no me salió la voz para nada más grande que preguntar dónde estaban los vasos buenos.
Había ensayado aquello en la bici. Tres días yendo al Clínico por Blasco Ibáñez, hablando solo con el casco puesto como el que va cantando.
Y el jueves se lo había contado a Berto en el descanso de las cuatro de la mañana, en la sala de al lado del box cuatro, con dos cafés de máquina, y Berto se pasó dos minutos diciendo yo me callo, yo me callo, y luego no se calló y me dijo la única frase útil que me ha dicho en once años.
— Si lo haces para que vuelva, no lo hagas — dijo Berto —. Porque no va a volver, y entonces te vas a cabrear con él por no volver, y encima vas a tener razón tú. Menudo marrón.
Lo que no le conté a Berto, porque a Berto se le cuentan las cosas a medias desde hace once años y no voy a cambiar eso en una semana, es que llevaba tres semanas con una frase metida en la cabeza que me soltó Marc en agosto, en la Malvarrosa, con el agua por las rodillas y sin ninguna intención de hacerme daño.
Por eso no te sientas en tu casa. Ocho palabras dichas mirando el agua, como quien apunta un dato clínico y pasa al siguiente.
Dos meses después seguía sin poder quitármela.
Eso no se cuenta en un descanso de las cuatro de la mañana.
Comimos a las tres menos cuarto. Arroz. Ensalada.
Los pimientos de mi tía. El pan que compra Ximo que nadie ha entendido nunca de dónde lo saca.
Neus contó lo de las medusas. Aleix sacó el móvil para enseñar el mapa de las medusas y su mujer le dijo que si sacaba una hoja de cálculo se volvía a Croacia sola.
Y yo esperé al café, que es cuando la gente se recuesta. Dejé la cuchara. Y me quedé quieto. Cuando yo me quedo quieto es que algo va muy mal.
— Tengo que contaros una cosa y la voy a contar fatal — dije —. Empiezo por lo más tonto para coger carrerilla. El perro no existe.
Ocho caras se levantaron del plato a la vez.
— ¿Qué perro? — dijo Ximo.
— Trufa — dije —. El podenco. No existe. No ha existido nunca. Lo dije en una cena y luego ya no supe cómo quitarlo.
Mi madre se llevó la mano a la boca.
— ¿Trufa no existe?
— No, mamá.
— Pero si yo he preguntado por ese perro cien veces.
— Ciento veinte — dije —. Las llevaba contadas.
Se hizo un silencio de dos segundos y luego mi hermana soltó una carcajada por la nariz, de esas que duelen, y en cuanto se rio Neus se rio Aleix, y con eso pude seguir, y con eso llegué al resto.
Lo conté entero y por orden, que es como no lo había contado nunca.
La Nochebuena de hace dos años, con Ximo preguntándome si seguía sin sentar la cabeza y mi madre poniendo la cara esa suya de por favor que alguien me dé una alegría.
Me inventé un hombre entero entre el langostino y el turrón y no me costó ningún trabajo, y eso es lo que más miedo me da de mí.
Y conté lo que vino después, porque una mentira de Nochebuena la dice cualquiera y a la semana siguiente se deshace.
Lo mío duró dos años. Dos años contestando preguntas concretas con respuestas concretas, y cada vez que contestaba estaba comprando un mes más de que nadie me preguntara nada de lo otro, y lo otro era por qué desde que volví de Alfarra a los veintiocho no había traído a nadie a esa mesa ni una sola vez.
Conté lo del balcón y lo de la foto, y que doce personas le pusieron el corazón a un desconocido de espaldas.
— Yo esa foto la tengo de fondo de pantalla — dijo mi madre, en voz muy pequeña.
— Ya lo sé, mamá.
Conté lo de julio, lo del trato, los dos mil cuatrocientos euros de la papelería y la fecha.
Conté que en una libreta ponía que era alérgico al marisco y que no lo es, y Aleix, que llevaba un rato sin respirar, dijo hostia, el salmorejo, y se le quedó una cara de haber perdido dos horas de su vida que casi me da más pena que todo lo demás.
Conté que se llama Marc Adell. Que la papelería de la boda la firmó con su nombre, en la esquina de abajo a la derecha, en las ciento veinte minutas, y que nadie se dio cuenta porque estábamos todos llamándole Rafa.
Y conté lo del domingo catorce. Eso lo conté sin adornarlo, porque adornarlo habría sido hacerlo otra vez.
— Tía me dio pie y yo tenía la frase preparada — dije —. Y dije que lo habíamos dejado. Con él sentado al lado. Y encima dije Rafa.
Nadie habló durante un rato que se me hizo eterno y que a lo mejor fueron cinco segundos.
Después habló todo el mundo a la vez, y durante dos minutos aquello fue un servicio de Urgencias un sábado por la noche: Ximo preguntando si entonces el chico de la boda quién era, Merche explicándole a Ximo lo que acababa de oír con una paciencia de santa, Aleix diciendo en voz baja que él tenía dudas desde lo del vino porque un sumiller no pide una copa de la casa, y mi madre por encima de todos preguntando si Marc había pagado él algo de la boda, porque a mi madre lo primero que se le ocurrió fue si aquel chico habría puesto dinero.
Mi padre se levantó, cogió tres platos y se metió en la cocina. Y desde dentro dijo bueno, para nadie, y abrió el grifo.
Mi hermana me miraba con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Le tocaba a ella. Me iba a caer lo que me tenía que caer. Y me lo iba a soltar en catorce palabras, porque mi hermana nunca ha gastado quince. Y lo que dijo fue:
— Ni se te ocurra ir esta tarde a llamar a su puerta con esa cara de perro apaleado. Eso lo harías por ti.
— Ya lo sé.
— No lo sabes, pero te lo he dicho, así que ya lo sabes.
Neus lleva desde los diez años diciéndome cosas que tardo dos meses en entender.
Aquella la entendí en el sitio. Habría llamado a la puerta con la cara de perro apaleado, ese hombre me habría abierto porque abre siempre, y me habría dicho que no pasaba nada.
Me lo habría dicho. Y yo me habría ido a dormir tan tranquilo y él se habría quedado abajo con lo suyo, igual que en septiembre.
Mi tía Amparo no dijo te lo dije, y tenía todo el derecho del mundo: llevaba desde el treinta de agosto sabiéndolo y yo me había saltado entero el plazo que me dio en un porche.
Lo que hizo fue empujarme la fuente de los pimientos, que ya estaba vacía, y decir:
— A mí que no me cuenten. Yo lo que te digo es por qué le llamé por su nombre en la boda.
— Tía...
— Porque llevaba dos meses llamando Rafa a un chico que me estaba enseñando a dibujar una casa en una servilleta — dijo —. Y llegó un momento en que me daba vergüenza a mí. Y no se lo expliqué a nadie porque no había nada que explicar. Se llama Marc y yo tengo cincuenta y ocho años y sé decir Marc.
Mi madre no había dicho nada desde lo del perro, y en esa mesa el silencio de mi madre pesa más que la bronca de cualquiera, porque es una mujer que lleva sesenta y un años llenando las habitaciones con la voz y cuando se calla se nota como cuando se va la luz.
Estaba con las dos manos encima del mantel, la izquierda encima de la derecha, que es como las pone cuando no quiere que se le vea la que le quedó tocada, y cuando por fin habló no me riñó, y yo llevaba desde el jueves preparándome para que me riñera, y no estaba preparado para lo otro.
— Yo no te he pedido nunca que me devolvieras nada, hijo — dijo —. Pero tampoco te dije nunca que no hacía falta, y eso sí que es mío.
Y se quedó callada el rato que tarda una mujer de sesenta y un años en decidir si dice la segunda frase, que era la que llevaba diez años sin decir y que probablemente había ensayado en esa misma silla más veces que yo la mía en la bici.
La dijo mirando el mantel, sin levantar la voz, con el tono de dar una instrucción muy sencilla.
— Deja de pagarme. Que ya está pagado.
Me tuve que levantar. Me fui hasta el limonero del fondo del patio con la excusa de coger un limón que nadie había pedido y estuve allí un minuto de espaldas, con un limón en la mano, treinta y cuatro años, mientras ocho personas fingían con muchísima educación que estaban hablando de las medusas de Croacia.
Cuando volví me senté. Dejé el limón en el centro de la mesa, donde estuvo el resto de la tarde sin que nadie lo tocara ni preguntara qué hacía allí, y saqué el móvil.
Tenía la foto desde el once de agosto. Aquella mañana Marc había bajado al solar a retocar la manga de la señora de la regadera, y yo salí al balcón con el café, al mismo sitio exacto desde donde había hecho la otra, y le silbé.
Y se giró. Y me miró con la mano haciendo visera y una cara de qué quieres ahora, con ocho metros de pared detrás y el pelo hecho un desastre, y yo apreté sin pensar.
Está de frente. Se le ve la cara entera. Se le ve incluso la mancha de tinta que tenía siempre en el dorso de la mano derecha.
Abrí el grupo. Doce miembros, foto de perfil una paella de hace seis años. Adjunté la foto, y por debajo escribí, y no lo escribí para que volviera nadie, porque a esas alturas ya me habían dejado claro dos personas distintas que eso no se hace y porque además no iba a servir de nada.
Lo escribí porque llevaba dos años debiéndolo.
Se llama Marc Adell. Lo demás lo he hecho todo mal yo.
Le di a enviar. Y dejé el móvil boca arriba encima del mantel, entre las migas y el limón que nadie quería.
Entregado a las cinco y doce. Leído a las cinco y doce, porque estaban todos sentados a mi alrededor con el teléfono en el bolsillo del pantalón o encima del mantel, y a los doce les vibró a la vez, y aquello sonó en un patio en silencio como si a alguien se le hubiera caído al suelo una caja de abejorros.
Mi padre estaba dentro fregando y hasta a mi padre le vibró en la cocina.
Y entonces, debajo del mensaje, empezaron los tres puntitos.
Uno. Dos. Cinco. Doce personas escribiendo a la vez, con el móvil en la mano y a metro y medio unas de otras, alrededor de una mesa donde nadie decía absolutamente nada.