Que parezca de verdad Marc
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Marc

El viernes por la mañana Yaiza me esperaba en la puerta de El Corralet con los brazos cruzados, cosa rara, porque Yaiza llega siempre veinte minutos tarde y entra hablando.

Venía de registrar los planos, con el sello de entrada todavía asomando por la carpeta, y no lo mencionó.

Estaba sentada en el escalón con el café ya frío al lado y no se levantó cuando llegué.

Me esperó a que sacara las llaves, abriera, encendiera las luces del bajo y me sentara, y entonces entró detrás de mí, se puso enfrente y me plantó el móvil delante de la cara.

En la pantalla estaba la cuenta del Estudi Rovira.

Publicación de esa misma mañana: una foto de nuestra mesa, la reunión del miércoles, mi mano en la esquina del encuadre con el rotulador, y debajo un texto que decía que el estudio ampliaba equipo y que arrancaba una etapa nueva.

Doscientos y pico me gustas. Cuarenta comentarios de enhorabuena.

— Sales tú — dijo Yaiza —. Media mano.

— Es un buen encuadre.

— Marc.

— Es que lo es. La luz de esa mesa es horrorosa y ha sabido esquivarla.

Yaiza dejó el móvil boca abajo encima de mi mesa, se sentó en la silla de al lado y se quedó callada. Ella no es de las que llenan los silencios. Los deja crecer hasta que te obligan a hablar tú. Es una técnica que aprendió tatuando a gente que se pone a contarte su vida a la tercera hora.

— Firmé el miércoles pasado — le dije —. Dos años. Treinta y cuatro mil.

— Ya lo sé.

— ¿Cómo lo sabes?

— Porque llevas dos días entrando aquí como si te hubieras muerto y te hubieras dejado el cuerpo puesto — dijo Yaiza —.

Y porque el jueves te oí decirle a tu casero por teléfono que no pasaba nada, que ochenta y un días tampoco es tanto.

Ochenta y un días, Marc. En julio. En un bajo que da a un patio de luces.

Me mordí el carrillo por dentro y busqué algo que hacer con las manos, y lo que encontré fue enderezar una pila de papel que ya estaba derecha.

— Es un contrato bueno.

— Es un contrato buenísimo — dijo ella —.

Para él. Tú vas a estar dos años haciendo lo mejor que se haga en esta ciudad y va a salir todo con el nombre de un tío que a las ocho de la tarde se va a su casa a ver la tele.

Y a los dos años te lo renueva y tú dices que sí, porque ya tendrás treinta y tres, y a los treinta y tres se dice que sí a todo.

— Necesito pagar noviembre.

— Ya. Y en noviembre necesitarás pagar diciembre. Eso no se acaba nunca, cariño. Eso no te sirve de motivo. Eso es un calendario.

Ahí sí que no tuve nada que enderezar.

Yaiza se levantó, cogió su café frío, se lo bebió de un trago con una mueca y se fue a su parte del local a montar el tubo. Desde allí, sin mirarme, y con esa manera suya de decir las cosas peores cuando ya está de espaldas, soltó lo último.

— Yo no te estoy hablando del enfermero.

El enfermero es otra conversación y ya la tendrás tú con él o no la tendrás.

Yo te estoy hablando de que llevas nueve años poniéndole el nombre de otro a lo que hacen tus manos, y que te has apalabrado dos más, y que a mí me da una pena que no te la puedes ni imaginar.

Estuve una hora delante del cartel de las bicicletas sin tocar el ratón, mirando el manillar de la versión nueve y acordándome de una cosa que no me había vuelto a la cabeza en años: que a los veintitrés, un año después de salir el álbum, una señora me paró en la Feria del Libro con un ejemplar en la mano y me preguntó si era yo el del libro.

Y yo le dije que sí. Sí, soy yo. Tenía veintitrés años y decir eso me costaba lo mismo que decir la hora, y el día en que dejó de costarme lo mismo no lo tengo apuntado en ningún sitio, porque esas cosas no pasan un martes: pasan a lo largo de tres o cuatro años y cuando te quieres dar cuenta ya has cambiado el sí, soy yo por un me alegro de que le guste.

A las diez y media cogí el tranvía y me planté en el Cabanyal.

Dídac estaba en la puerta del estudio fumando, y en cuanto me vio me abrió los brazos otra vez, porque Dídac Rovira abre los brazos igual que otra gente dice hola.

— Hombre, el fichaje.

Se lo dije en la puerta, sin entrar, porque si entraba me iba a ofrecer un café y con un café delante no habría podido.

Le dije que había estado dándole vueltas, que lo había mirado con calma y que ejercía el desistimiento.

Que eran nueve días de los quince. Que se lo mandaba por escrito esa misma tarde para que su gestora lo tuviera en el sitio donde tienen que estar las cosas.

Dídac tardó en cambiar la cara. Lo hizo por partes, primero la boca y después las cejas, y lo peor de todo fue que no se enfadó. Se apoyó en la pared y se le quedó una cara de niño al que le explican algo que no cuadra.

— Pero si te he dado el mejor contrato que he hecho en catorce años.

— Ya lo sé.

— Marc, que aquí nadie te ha tratado mal.

— No. Nadie me ha tratado mal.

— ¿Es por la cláusula esa? Porque yo eso lo hablo con ella y a lo mejor lo suavizamos, no sé, ponemos una coletilla de que en redes se te cita, o algo. Es que el nombre, chaval. El nombre es una tontería. Lo del equipo es lo bonito.

Y ahí estaba el problema, y me llevó cuatro años entenderlo. Que lo decía en serio. Que para él el equipo tiene un nombre y el nombre está en el rótulo de la puerta.

— Es que a lo mejor a mí lo bonito es otra cosa — le dije.

Dídac tiró el cigarro y lo pisó, y me dio la mano, y me dijo que la puerta la tenía abierta y que le llamara para lo que fuera. Lo decía en serio también. Ese hombre lo dice todo en serio, y por eso funciona.

Volví a Benimaclet en el tranvía, veinte minutos, haciendo la cuenta con el móvil apagado encima de la rodilla.

Dos mil cuatrocientos de la boda. Cuatrocientos ochenta que Dídac me sigue debiendo de junio y que ahora me pagará cuando pueda, o sea en febrero.

Alquiler quinientos cincuenta, mesa noventa, autónomos.

Con lo de la boda llegaba a enero apretando. Enero.

Y ni una sola vez, en esos veinte minutos, se me pasó por la cabeza que aquello sirviera para nada más.

Eso quiero dejarlo claro, aunque no se lo esté contando a nadie. No rompí el contrato para que Quique bajara tres pisos.

Nos habíamos cruzado el sábado anterior en el portal, él entrando con la bici al hombro y yo saliendo con dos bolsas, y en el metro y medio que hay entre los buzones y el primer escalón nos dijimos buenas y no nos dijimos nada más.

Él subió. Yo salí a la calle. Desde ese sábado, seis días oyéndole subir de uno en uno a las diez y diez.

Con seis días yo ya me he hecho a la idea.

Es una cosa que sé hacer desde los veinticuatro años y que se me da francamente bien.

Llegué a casa a las doce. Y en vez de sentarme a trabajar, me arrodillé al lado de la cama y saqué la caja.

Es una caja de cartón de las de la mudanza, con una esquina reventada y un rótulo que pone LIbrOS escrito por mi madre. Lleva debajo de esa cama seis años.

Cogí uno de los siete ejemplares de Casi todo el mundo.

En la portada, debajo del niño que dibuja a los vecinos, en letra de doce puntos, pone Marc Adell.

Tenía veintidós años y no me pareció nada del otro mundo verlo ahí.

Eso es lo que más me cuesta explicar de todo esto.

Que a los veintidós me pareció lo normal.

Abrí también la carpeta azul, que no la abría desde la mudanza.

Setenta y una páginas, con los bocetos a lápiz y las tres cartas grapadas al final, dos amabilísimas y una de tres líneas.

Me quedé un rato mirando la página doce, donde el chaval espera de pie en un portal a que se apague la luz para no tener que despedirse de nadie.

Fui al Fumeral y le pedí a Salva la escalera de aluminio con la que cambian la bombilla del toldo, y Salva me dijo que sí sin preguntar para qué, porque en este barrio la gente presta escaleras y luego se entera.

Pasé por la ferretería de Emilio Baró y compré un rotulador industrial de punta gruesa, tinta blanca, de los de marcar cajas en un almacén. Tres euros veinte.

El solar está vallado con chapa, pero la chapa de la esquina lleva desde el invierno sujeta con una brida, y por ahí entran los gatos, los chavales de dieciséis y un ilustrador de treinta y uno con una escalera.

Tardé un cuarto de hora en meterla. Eran las cinco y media y no había nadie, porque en septiembre a esa hora todavía pega el sol en esa medianera y en esa medianera no se para nadie.

Ocho metros de pared, con la ropa de este barrio y las bolsas de este barrio, y en el tercer cuerpo una señora a la que no le pedí permiso y que todavía no sabe que está ahí.

Abajo a la derecha, en letras de veinte centímetros, pintado con pincel por mí mismo un viernes de julio: Estudi Rovira.

Apoyé la escalera a la derecha de la fila de gente, donde no hay más que fondo, y la moví dos veces hasta que las gomas de las patas dejaron de bailar sobre los cascotes.

Subí cuatro peldaños. Destapé el rotulador, y el olor a disolvente me llegó como me llega siempre, a clase de plástica y a los catorce años, y me temblaba la mano izquierda, no la derecha, cosa que no me esperaba.

La derecha la tengo entrenada desde los seis años para no temblar.

La izquierda no ha hecho nunca nada más que sujetar el papel.

Estuve dos o tres minutos ahí subido con el rotulador en la mano y sin escribir.

En un solar vacío un viernes a las cinco y media, dos o tres minutos son un rato larguísimo.

No estaba dudando de si hacerlo. Estaba buscando el tamaño.

Una firma demasiado grande en una medianera de ocho metros es un tío pidiendo perdón por existir a gritos, y una firma demasiado pequeña es lo que llevaba yo haciendo nueve años, y al final la puse a veinte centímetros, que es la altura de la del estudio, ni un dedo más.

No taché nada. Lo de abajo lo dejé donde estaba, porque es verdad que ellos trajeron la pared.

Escribí encima, cruzándolo, con la misma letra con la que firmo las facturas que nadie me paga a tiempo, dos palabras y un punto.

M. Adell.

Bajé la escalera, la dejé en el suelo y me aparté doce o trece pasos, hasta la valla, para verlo con perspectiva. Y esta vez fue distinto.

No se lo conté a nadie. Ni a Yaiza, que se lo merecía, ni a Quique, que llevaba desde el sábado sin dirigirme la palabra y que vive en un tercero desde el que se ve perfectamente esa medianera. Cuando se enteró, meses después, fue por una foto que puso otro en internet.

Blanco sobre gris. Torcido hacia arriba en la ele final, porque a cuatro peldaños de altura y con el brazo estirado no hay quien haga una línea recta, y con un rotulador de tres euros veinte tampoco hay quien haga un trazo limpio: la eme tenía una gota colgando del segundo pie que se secó a medio camino y ahí se quedó, y desde la valla parecía un acento puesto donde no va.

Mi apellido en una pared. El primero desde los veintidós años.

Estuve así hasta que se fue el sol de la medianera y la pared se quedó de ese gris de última hora que le sienta bien a todo, y en todo ese rato pasaron dos chavales con una pelota, una mujer con la compra y un señor con un perro, y no se paró ni una sola persona a mirar.

Luego saqué la escalera por el hueco de la chapa, la devolví al Fumeral y Salva me preguntó si había cambiado la bombilla.