Quique
El domingo siguiente subí a Alfarra porque llevaba desde el lunes recibiendo audios de mi madre que empezaban todos igual, nene, ¿estás?
, y que luego duraban entre cuatro y nueve minutos y no preguntaban nada.
Hablaba de la vecina. Del médico. De que el año pasado por estas fechas ya había refrescado.
Nueve minutos de una señora de sesenta y un años contándole a su hijo el tiempo que hace.
Esa semana había hecho tres turnos de tarde y dos de noche.
Y no había bajado al bajo izquierda ni una sola vez.
Pasaba por delante cuatro veces al día, ocho si contamos la bici, y todas las veces hacía lo mismo: aflojaba el paso en el último escalón, miraba la puerta durante el tiempo que se tarda en decidir algo y seguía subiendo.
El sábado nos cruzamos en el portal, él saliendo con dos bolsas y yo entrando con la bici al hombro, y en el metro y medio que hay entre los buzones y el primer escalón me dio tiempo a decirle buenas.
Buenas. Lo mismo que le digo a Chelo. El martes hubo luz por debajo hasta las tres de la mañana.
Lo sé porque bajé a mirar. Un hombre de treinta y cuatro años con plaza fija y once años de profesión bajando tres pisos descalzo a las tres de la mañana para comprobar si a un vecino le queda la luz encendida y volviendo a subirlos sin llamar.
Neus y Aleix estaban en Croacia. Eso me salvaba una conversación y me quitaba a la única persona capaz de decirme lo que había hecho con las palabras justas.
Mi tía Amparo no vino a comer. Primera vez en cuatro años, contando desde que se quedó sola. Mi madre dijo que le dolía la rodilla y que se lo había cogido con papel de plata para llevárselo por la tarde. Y nadie en aquella mesa se molestó en fingir que aquello se lo creía alguien.
Comimos cinco: mi madre, mi padre, yo, Ximo y la mujer de Ximo, que se llama Merche y que habla lo justo, cosa que aquel domingo agradecí como un regalo de cumpleaños.
Mi padre hizo el arroz igual que siempre.
Ximo preguntó una sola vez, con una delicadeza de trilero, que si al final qué había pasado con el chico, y su mujer le dio en el pie por debajo de la mesa con tanta puntería que Ximo dijo ay y ya no preguntó más.
Y yo estuve gracioso. Eso es lo peor de mí.
Estuve gracioso toda la comida, conté lo del hombre que llegó a Urgencias el jueves con un cepillo de dientes eléctrico donde no debe ir un cepillo de dientes eléctrico, hice reír a mi madre dos veces, recogí la mesa, fregué.
Once años de Urgencias te enseñan que la persona que tiene peor pinta en la sala es la que menos ruido hace, y aun así hay que ver la cara del otro para acordarse de que eso también vale para uno.
Mi madre me sirvió dos veces sin preguntarme.
Y me dijo tres veces que estaba delgado.
Que es su forma de tocarte cuando no se atreve a tocarte.
En la sobremesa sacó el móvil y me estuvo enseñando fotos de la boda durante veinte minutos, doscientas y pico, una por una, con el dedo yendo despacio, y en todas las que había gente bailando había un tío alto y flaco en la esquina del encuadre, medio cortado, con una camisa blanca y el pelo levantado por detrás.
Ella no dijo nada. Yo tampoco. Las fuimos pasando los dos con una educación que no habíamos tenido nunca en esa casa, y en un momento dado ella se saltó tres seguidas de golpe y siguió como si nada.
Aquello lo estaba haciendo por mí. Y le estaba costando la vida.
A las cinco mi madre me mandó al garaje a por la caja de la boda.
El garaje de mis padres es un bajo de la calle de atrás.
Puerta metálica que hay que levantar con las dos manos y que suena a lo que suena.
Dentro no hay ningún coche desde hace seis años.
Hay un congelador arcón desenchufado que nadie tira, cuatro cajas de la mudanza de mi abuela, una escalera de aluminio, mi bici del instituto con las ruedas planas, botes de pintura de un color que ya no se fabrica y el banco de trabajo de mi padre, que es una puerta vieja encima de dos caballetes.
En el banco, ordenadas, hay ochenta gomas elásticas amarillas de Correos en un bote de cristal.
Se jubiló hace nueve años. Todavía le duran.
Mi padre estaba allí, de espaldas, limpiando la paella del quince con estropajo de aluminio y agua fría. Que es como se limpia y como no se limpia según a quién le preguntes.
— Vengo a por la caja — le dije.
— Bueno.
La caja estaba encima del arcón. Dentro había un ramo seco, el programa de la ceremonia, dos botellas sin abrir y un taco de minutas sobrantes sujetas con una goma amarilla de las suyas.
Las saqué sin querer sacarlas. Papel grueso.
El dibujo de la parra del patio hecho a dos tintas.
Y abajo a la derecha, pequeñito, casi sin querer, M. Adell.
Mi padre no dejó de fregar. Estuvo un rato dándole al estropajo.
Luego cerró el grifo y se quedó ahí, con las manos mojadas y sin buscar dónde secárselas, mirando la pared del fondo del garaje.
Sesenta y cinco años. Cuarenta y uno repartiendo cartas por tres pueblos y treinta callado en su casa.
Yo, con la caja en las manos, dando por hecho que aquello se acababa ahí, como se acaba todo con mi padre, con un bueno y con cada uno a su sitio.
— Siéntate — dijo.
Me senté en el arcón, que está frío hasta en septiembre aunque lleve seis años desenchufado, y me quedé con las minutas en una mano y la goma amarilla en la otra, dándole vueltas al dedo como cuando tenía doce años y venía aquí a que me dejara clavar cosas.
En este garaje aprendí a hinchar una rueda, a lijar y a callarme.
Mi padre me enseñó las tres cosas de la misma manera.
Que consiste en hacerlas él delante de ti hasta que te aburres y las haces tú.
Él no se sentó. Se apoyó en el banco de trabajo, cruzó los brazos y le costó arrancar lo suyo, y no lo digo como una manera de hablar: le vi el esfuerzo físico, la mandíbula, el tragar antes de empezar, como el que va a levantar algo que pesa más de lo que puede.
— Cuando a tu madre le dio aquello, yo no serví — dijo —. Eso ya lo sabes tú. Estuve tres semanas yendo al hospital y volviendo, y me sentaba en la cocina y no hacía nada. No podía. No es que no quisiera. No podía.
— Papá.
— Espera, que si me paras se me va.
Se quedó mirando el bote de las gomas.
— Te llamé un jueves. Estabas en Valencia, recién entrado en el hospital.
Yo te llamé y te dije que si podías venirte una temporada, y tú dijiste que sí antes de que yo acabara la frase.
Antes de acabarla, Quique. Y yo colgué el teléfono y me sentí mejor, y esa es la parte que llevo diez años sin contarle a nadie. Que colgué y me sentí mejor.
— Es que era mi madre.
— Y era mi mujer — dijo —. Y era mi casa, y era mi trabajo el que estaba pagado, y el que se fue a la mierda cuatro años no fui yo. Fuiste tú. De los veinticuatro a los veintiocho.
Fuera pasó una moto y se oyó a alguien llamando a un perro en la calle de atrás, y entre las dos cosas cabe todo lo que no nos hemos dicho ese hombre y yo en treinta y cuatro años, que es bastante. Mi padre descruzó los brazos y volvió a cruzarlos, que en él es un discurso entero.
— Te pedí cuatro años. Nunca te los devolví. Y luego te acostumbraste a que nadie te devolviera nada, y eso ya fue culpa mía también.
Yo tenía las minutas en la mano. Las de un tío que se pasó tres semanas cortando papel a treinta y cuatro grados para una boda a la que iba de mentira.
Mi padre no dijo nada más durante un rato larguísimo.
Se puso a ordenar tornillos en una caja de plástico con separadores, que es lo que hace ese hombre cuando ya ha hablado y no sabe cómo se sale de una conversación, y a mí me llegaba el ruido de los tornillos cayendo en su compartimento como si alguien estuviera contando el tiempo en voz alta.
Cuarenta y un años repartiendo cartas por tres pueblos.
Un hombre que se ha pasado la vida entregando en mano lo que otros escriben y que a los sesenta y cinco años había conseguido, por fin, entregar una cosa suya.
Nunca lo había pensado por ahí. Llevaba diez años contándomelo de otra manera, y mi manera era muy cómoda, mi manera era que yo soy un tío majo al que le tocó, y que ya está, y que ahora vivo solo en un tercero sin ascensor y no le debo nada a nadie y nadie me debe nada a mí, y eso lo llamaba yo libertad y lo decía en los bares con una birra en la mano y quedaba fenomenal.
Y no era eso. Era que a los veinticuatro años alguien me pidió cuatro años de mi vida y yo dije que sí antes de que acabaran la frase, y salió a devolver cero, y desde entonces cada vez que una persona se me acerca demasiado hago la cuenta.
La hago sin darme cuenta, como quien mira la hora.
Cuánto me va a costar esto. Cuánto tiempo. Y cuando la cuenta sale alta, cierro.
Y ya está.
No me da miedo quedarme con nadie. Me da miedo que quedarme sea otra vez una factura que llega ocho años tarde y a mi nombre.
— El chico ese — dijo mi padre.
— Se llama Marc.
Ya está, lo dije. En un garaje, a un hombre que fregaba una paella, siete días después de no haberlo dicho delante de doce personas cuando había que decirlo.
— Ya lo sé — dijo mi padre —. Lo pone en el papel.
Y señaló las minutas con la barbilla.
Me eché a reír. Y la risa me salió mal, me salió por otro sitio, y ahí fue donde se me rompió la cara.
A los treinta y cuatro años, sentado en un congelador desenchufado, con un taco de minutas de la boda de mi hermana sujetas con una goma amarilla de Correos.
No lloraba desde el segundo verano de Alfarra.
Y aquella vez fue en el baño con el grifo abierto y no cuenta.
Mi padre no me abrazó. Mi padre no ha abrazado a nadie desde la primera comunión de Neus.
Lo que hizo fue ir hasta la puerta metálica y bajarla hasta abajo, con las dos manos, despacio para que no diera el golpe, y dejar el garaje a oscuras menos por la bombilla, para que no me viera nadie desde la calle, y luego volvió al banco, cogió el estropajo y se puso a fregar otra vez la paella, que ya estaba limpia, dándome la espalda y haciendo ruido con el agua para taparme.
Estuvimos así ocho o diez minutos. Él fregando una paella limpia. Yo llorando encima de un arcón.
Y no lloraba por Marc, o no solo, y esa es la parte que me costó entender esa tarde y que ya no se me ha ido, porque lloraba por un chaval de veinticuatro años que colgó un teléfono en un piso compartido de Valencia, hizo una bolsa esa misma noche y se subió al coche de un amigo sin pensarlo, convencidísimo de que aquello era lo que hace la gente decente.
Lo era. Sigo pensando que lo era. Lo que nadie me contó es que después de eso hay que volver, y que volver no es coger otra vez el coche en dirección contraria: es aprender a que te pidan cosas y decir que sí sin llevar la cuenta, y eso yo no lo aprendí, y a los treinta y cuatro años seguía llevando una contabilidad que no me había abierto nadie.
Cuando paré, cerró el grifo. Secó las manos en el trapo de siempre y puso la paella boca abajo en su sitio de la pared.
Se estiró la camisa. Fue hasta la puerta y la levantó otra vez con las dos manos, y entró la luz de las siete de la tarde de un domingo de septiembre en un pueblo de cuatro mil habitantes.
— Bueno — dijo.
Y se fue a casa.
Yo me quedé un rato más, con la caja en las rodillas y la respiración de después, esa que va a saltos y que en Urgencias te enseñan a reconocer en los demás y a no reconocerte a ti, y cuarenta minutos antes había estado contando lo del cepillo de dientes eléctrico y haciendo reír a mi madre.
Saqué una minuta del taco, una sola, la doblé en cuatro con la esquina de la firma hacia dentro y me la guardé en el bolsillo de atrás del pantalón, que es donde lleva él la libreta y donde no he llevado yo nada en mi vida porque en el bolsillo de atrás no se puede llevar nada si te pasas ocho horas de pie yendo de un box a otro.
Se me iba a quedar el papel hecho un asco. Me la guardé igual.
Luego apagué la bombilla y bajé la puerta.