Marc
El lunes me levanté a las siete menos cuarto sin tener ningún motivo, y lo primero que hice fue lo de siempre: abrir la ventana del patio de luces a ver si entraba algo de aire.
No entraba. Nunca entra. A mediados de septiembre eso significa veintinueve grados a las siete de la mañana y ese olor a friegasuelos de todo el mundo mezclado.
Puse café. Recogí la mesa de caballetes, que llevaba tres semanas con los restos de la papelería encima. Lo tiré todo menos dos minutas que salieron mal. Esas las metí en una carpeta que se llama pruebas, donde meto las cosas que no sé dónde meter.
La tía de Quique me había acompañado el domingo a la parada sin decir palabra hasta el final, y en el último momento me agarró del brazo igual que me lo agarró en julio en la plaza de Benimaclet, el mismo brazo y la misma fuerza, y me dijo que no me fuera muy lejos.
Le contesté que vivo en un bajo con el aire roto y que no tengo dónde ir.
A Amparo le pareció gracioso, y a mí también, un rato.
A las nueve y cuarto de la mañana del lunes me entró una transferencia.
Dos mil cuatrocientos euros. Concepto: PAPELERIA BODA NEUS+ALEIX RAFA.
En mayúsculas, sin tildes, porque el campo del concepto no admite tildes y Aleix Ferrandis es un hombre que no deja un campo a medias.
Se había levantado un domingo con resaca, después de que su cuñado anunciara delante de doce personas que se había quedado sin novio, y lo primero que había hecho el lunes por la mañana era pagar la factura. En plazo. Sin que se lo pidiera nadie.
Me quedé mirando la pantalla un rato largo, sentado en el borde de la cama con el café enfriándose en la mesilla, haciendo la cuenta que hago siempre y que esta vez salía bien.
Nueve años facturando y era la primera vez que un cliente me pagaba antes de que yo tuviera que escribir uno de esos correos que empiezan con perdona que insista.
Era el cobro más limpio que he tenido en nueve años y llevaba escrito el nombre de otro.
Fui a El Corralet a las diez. La silla de Yaiza estaba vacía y el flexo apagado: llevaba desde primera hora en la cola de urbanismo, con la carpeta de gomas y un número de papel. Me mandó a las once y veinte una foto del número, el ciento cuarenta y dos, y nada más.
En El Corralet lo que se paga de verdad no es la mesa: es no estar solo desde las diez hasta las siete.
Aquel lunes había cuatro personas trabajando, ninguna era ella, y yo dibujé un manillar durante seis horas.
Un manillar. Lo hice cuarenta veces y ninguna me valió, y a las siete guardé el archivo con el nombre CARTEL_BICIS_v9 y me fui andando a casa por Emilio Baró, mirando escaparates de sitios en los que no he entrado nunca.
En el treinta y uno hay una mercería cerrada, con el rótulo viejo todavía puesto y una persiana verde. Me paré delante.
Nunca me había parado delante.
El martes no fui a El Corralet. Me quedé en el bajo con el ventilador de Quique enchufado y lo estuve mirando girar cuarenta minutos como si fuera a arreglarse solo. En algún momento me levanté a apagarlo y no lo apagué.
A las diez y diez de la noche del martes oí la puerta del portal.
Y luego los escalones. Terrazo, sin ascensor, cuatro alturas: en ese edificio se oye todo, y yo llevo dos años sabiendo quién sube por la manera de pisar. Chelo arrastra un poco. Quique sube de dos en dos y llega arriba sin resuello porque va al hospital en bici desde hace once años.
Esa noche subió de uno en uno.
Y en el rellano del bajo se paró. Se paró el tiempo que se tarda en respirar dos veces, con la puerta de mi casa a metro y medio y la luz de la escalera dándole en los zapatos, porque la sombra se le veía por debajo de la puerta, y yo estaba de pie en mitad del salón con un vaso en la mano y no me moví ni un centímetro.
Ninguno de los dos hizo nada. Luego siguió subiendo, tres pisos, y arriba se oyó la cerradura.
Yo me quedé con el vaso. Y en algún sitio de mi cabeza, en el sitio donde uno guarda las cosas que no piensa decir nunca, apareció un cálculo bastante triste: si Quique llega a llamar a esa puerta, yo la abro. Sin preguntar nada y sin hacerme de rogar. No estoy orgulloso de eso.
El miércoles firmé.
Fui al Estudi Rovira, en el Cabanyal, a las once de la mañana.
Dídac me recibió con los dos brazos abiertos en mitad del estudio y delante de los cuatro que estaban trabajando, y dijo que hoy era un día grande.
Me enseñó el contrato impreso, dos copias, con una pinza de colores en cada sitio donde había que firmar, porque su gestora le prepara las cosas así.
— Y ojo, que aquí nadie te va a decir lo que tienes que dibujar — dijo Dídac, apoyado en el respaldo de mi silla —. Tú eres el que dibuja. Yo lo que hago es traerte la pared.
Me presentó a los cuatro del estudio uno por uno, aunque a tres de ellos los conozco desde hace cuatro años.
Dijo mi nombre las cuatro veces. Marc, este es Pau; Pau, Marc, que se viene con nosotros.
Dídac Rovira dice mi nombre dentro del estudio con muchísimo cariño y no lo dice fuera ni una sola vez, y ahí no hay maldad ninguna: hay la manera en que funcionan las cosas desde hace cien años, y cuatro años míos sonriendo mientras funcionan.
La cláusula siete estaba en la página cuatro. Trece líneas redactadas por una gestora del Cabanyal que cobra ochenta euros por hacer un contrato y que no le puso ninguna mala intención, porque en esas trece líneas no hay ninguna mala intención: hay un modelo de negocio.
— Esto es lo estándar — dijo Dídac —. Y bueno, tienes quince días para arrepentirte, que eso me lo hace poner ella. Lo del nombre es una tontería de egos y a mí eso me da mucha pereza.
Firmé abajo a la derecha, en las dos copias, en el sitio donde estaban las pinzas de colores. Marc Adell, con la firma entera, con la e y la doble ele que hago siempre igual desde el instituto.
Fue la única cosa que iba a firmar con mi nombre en los próximos dos años, y la firmé para no volver a firmar.
Dídac me abrazó, me dijo que se lo contara a mi novio y que nos íbamos a tomar algo los cuatro un día, y yo le dije que sí, que un día.
Mi novio se llama Quique Sanchis, vive tres pisos por encima de mí y llevaba cuatro días sin dirigirme la palabra, y ninguna de esas tres cosas se la conté a Dídac Rovira en la puerta de su estudio.
Volví a Benimaclet y me pasé por el solar a mirar el mural.
Abajo a la derecha, en letra bien hecha: Estudi Rovira.
Chelo, que no sabe que está en esa pared, pasó por detrás de mí con la regadera de plástico verde camino de la fuente de la plaza, se paró a mi lado, miró la pared con los ojos entornados como si la viera por primera vez, y me dijo que me veía flaco.
Luego dijo que la señora esa del centro tenía cara de mala leche.
Luego dijo que ella el gris no lo entiende, y que su hermana pintó un recibidor de gris y no hay quien entre.
Y luego se acordó de a qué venía y me preguntó si al del tercero le pasaba algo, que llevaba tres días bajando la basura a deshora.
— No lo sé, Chelo.
— Pues eso digo yo — dijo, y se fue a la fuente.
Esa misma tarde le escribí a Yaiza y le pregunté a qué hora quedábamos en el local.
Nos vimos a las ocho en el treinta y uno de Emilio Baró. Ella traía la llave y yo el metro de cinco metros, la escuadra, dos lápices y un rollo de papel milimetrado. Dentro olía a cerrado y a botones, y quedaban dos vitrinas de madera contra la pared y una bombilla colgando de un cable.
— ¿Tú sabes hacer esto?
— Yo mido paredes desde los diecinueve años.
— Ya, pero un plano de los del ayuntamiento.
— Un plano de los del ayuntamiento es una pared con números encima.
Estuvimos dos horas y media. Yo sujetaba el metro, ella leía en voz alta y yo pasaba los números al milimetrado, y en algún momento se sentó en el suelo con la espalda contra una vitrina y me contó por qué quería ese sitio y no otro, y era una razón mala y muy suya: porque la mercería fue de una señora que le vendía hilo a su abuela.
La puerta medía ochenta y cinco. Faltaban cinco centímetros.
— Cinco — dijo Yaiza —. Cinco centímetros.
— Se pican las jambas y se ganan cinco.
— ¿Eso se puede?
— Eso lo hace un albañil en una mañana.
Se quedó mirando el marco un rato largo.
— Es que llevaba desde mayo dando por hecho que era que no.
El alzado del rótulo lo hice en mi casa esa noche, a escala, con sus letras, que ella dibuja a mano y no sabe pasar a línea. Se lo mandé a las dos. Me contestó a las dos y cuatro con un audio de nueve segundos en el que no decía ninguna palabra.
El jueves por la mañana, a las nueve, vino el casero. Con un técnico y todo. Ochenta y un días después de la primera llamada, once mensajes míos, dos de ellos con foto de la fecha en el móvil para que constara. El técnico tardó cuarenta minutos: era la placa y una recarga de gas.
— Es que en verano no hay quien pille a nadie — dijo el casero, desde la puerta, sin entrar del todo.
— Ya.
— Ahora ya lo tienes para el año que viene.
Cuando se fueron, cerré la puerta, bajé la persiana del patio, cogí el mando y puse veintidós grados. El aparato hizo un ruido que no le había oído nunca, un ruido de máquina que funciona, y a los ocho minutos el bajo entero estaba a veintidós grados por primera vez desde que firmé el alquiler.
Me senté en el sofá. En medio, no en el borde. Con las manos en las rodillas.
Tenía dos mil cuatrocientos euros en la cuenta, un contrato de dos años con seguro y vacaciones, cuarenta y cinco metros cuadrados a veintidós grados y toda la tarde libre.
Cualquiera de esas cuatro cosas, en junio, me habría parecido una noticia.
Las cuatro juntas y a la vez tenían que ser, por fuerza, la mejor semana de mi vida adulta.
Estuve así hasta las cuatro y media, oyendo el aire acondicionado, que hace un clic cada tres minutos cuando el compresor entra, y en cuarenta y cinco metros cuadrados con las persianas bajadas ese clic es lo único que pasa.
A las tres y veinte se oyeron pasos bajando desde arriba y me incorporé como un perro.
Eran los del primero. A las cuatro y media me levanté porque llevaba dos horas sentado en el medio de un sofá calculando de quién eran unos pasos, en una casa a veintidós grados, con dos mil cuatrocientos euros en la cuenta y un contrato de dos años firmado esa misma mañana.
Luego abrí el cajón de la mesa de caballetes y saqué la libreta negra del bolsillo de atrás del pantalón, que llevaba desde el domingo ahí, dándome en el hueso al sentarme.
Once páginas escritas a mano en dos meses y medio, con la letra apretada que uso para las notas, y las últimas cinco con cosas que no eran de la ficha y que apunté igual porque no sabía dónde apuntarlas.
No la abrí. La dejé en el cajón boca abajo, encima de la carpeta de las facturas de este año, y empujé el cajón con la cadera hasta que hizo el ruido de estar cerrado del todo. Luego tiré del tirador para comprobar que estaba cerrado. Estaba. Lo volví a empujar.