Quique
Mi padre hizo paella. Eso lo primero, porque cuando lo cuente dentro de veinte años, si es que soy capaz de contarlo, va a hacer falta que se entienda que aquello era un domingo normal: mi padre a las once de la mañana con el saco de leña de naranjo, la paella del quince encima del trípode, doce personas con resaca en el patio de la calle de la Iglesia y mi hermana casada desde hacía diecisiete horas, sentada en una silla de plástico con las gafas de sol puestas y un vestido que no era el de ayer, comiéndose una magdalena a mordisquitos como una superviviente.
Yo había dormido dos horas y media y no me encontraba mal. Esa es la parte que todavía me da rabia. Me encontraba bien.
Marc estaba a mi lado desde las doce, con la camisa del día anterior porque no había traído otra, ayudando a mi madre a sacar sillas y sin que nadie le dijera dónde iban las sillas.
Le había salido solo. En algún momento del verano se le había quedado en la cabeza el plano de la casa de mis padres, dónde están los vasos, cuál es el cajón que hay que levantar para que abra, y verlo levantar el cajón con la cadera me hizo una cosa en el pecho que no supe gestionar y que resolví ofreciéndome a bajar hielo.
En el coche, subiendo, le había dicho a Neus por el manos libres que hoy lo contaba. Se lo dije yo. Nadie me lo sacó.
— Hoy lo cuento — dije, y lo dije con esas tres palabras exactas, con Marc durmiendo en el asiento del copiloto y la boca abierta, y mi hermana al otro lado del teléfono con una voz de recién casada que era medio ronquido.
— Ni se te ocurra estropearme la comida.
— Que lo cuento, Neus.
— Cuéntalo después del arroz, que papá se ofende.
La mañana fue la mejor mañana de mi vida y me gustaría poder decirlo de otra manera, pero es que lo fue.
Llegamos a Alfarra a las once y media, aparcamos donde siempre y nos encontramos la calle de la Iglesia llena de sillas de la boda que alguien había devuelto de madrugada y que nadie sabía dónde meter.
Mi tía llevaba desde las diez colocando táperes en la nevera con un sistema que solo entiende ella.
Aleix, con una gorra puesta y unas ojeras de dos dedos, iba con el móvil apuntando cuántas botellas habían sobrado, porque un hombre que ha hecho una hoja de cálculo con ciento veinte pestañas no se recupera en una noche.
Y Marc se puso a ayudar sin que nadie le dijera nada, que es lo que hace ese hombre en todas partes: aparece, mira dos segundos, decide dónde falta un par de manos y se pone.
Comimos a las tres. Mi padre repartió con la paleta y sin hablar, que es su idioma.
Mi tía Amparo se sentó justo enfrente de mí, cosa que no hace nunca porque siempre se pone en la punta para levantarse a por cosas, y en cuanto se sentó ahí ya no hacía falta que nadie me avisara de nada, y en vez de adelantarme me serví vino, que a las tres de la tarde y con dos horas de sueño es una decisión de las que se cobran solas.
La comida fue bien. Fue muy bien, joder.
Ximo contó por cuarta vez lo del primo que se durmió en el autobús de vuelta.
Aleix intentó enseñarle a mi madre una hoja del Excel donde había apuntado cuántas botellas sobraron y mi madre le dijo que se fuera a dormir.
Alguien sacó las minutas de la boda, las de Marc, y estuvieron pasándoselas por la mesa mirando el dibujito de la parra y diciendo qué bonito, qué bonito, y mi madre dijo que ella se había guardado dos.
Y Marc, a mi lado, con la mano izquierda debajo de la mesa apoyada en mi rodilla, sin apretar, sin nada, apoyada y ya.
Fue en el café. Amparo dejó la cucharilla en el plato con más ruido del necesario, se echó hacia atrás en la silla y dijo, mirándome a mí y con toda la mesa oyéndola:
— Bueno, Quique. ¿No tenías tú que contarnos una cosa?
Se giraron doce caras. La de mi madre con la sonrisa ya puesta, porque mi madre cuando alguien dice que va a contar algo pone la sonrisa antes de saber qué es, por si acaso es bueno.
La de mi padre, que estaba mirando la paella vacía.
La de Neus, que se quitó las gafas de sol.
La de Aleix, que cerró el móvil. Y la de Marc, que no cambió, porque Marc no cambia de cara nunca, pero que giró la cabeza hacia mí y esperó.
Tenía la frase preparada. La llevaba en la boca desde el jueves. Era: se llama Marc, no se llama Rafa, y os he estado mintiendo dos años, y lo siento, y lo demás no es mentira.
Dije otra cosa. Más corta.
Porque en el segundo y medio que hay entre una pregunta y una respuesta se me metió otra cosa por debajo, y la otra cosa no era la vergüenza de haber mentido.
Ojalá. La vergüenza la habría aguantado.
Lo que se me metió por debajo fue mi madre con la cabeza girada hacia mí y la sonrisa ya puesta, y detrás de mi madre una casa en la calle de la Iglesia, y detrás de la casa cuatro años de los veinticuatro a los veintiocho en los que también se me pusieron caras alrededor esperando que dijera que sí, y nadie me lo pidió nunca en voz alta porque no hizo falta, porque yo lo dije antes.
Si decía la verdad, mañana Marc bajaba a su bajo y yo subía al tercero y todo seguía igual, salvo que ya no habría fecha.
Ya no habría contrato. Ya no habría un catorce de septiembre.
Habría un martes, y otro martes, y un domingo, y alguien apoyándome la mano en la rodilla en la mesa de mis padres durante los próximos cuarenta años, y una factura al final, siempre hay una factura al final, y me la pasarían cuando ya no pudiera pagarla.
Yo he trabajado once años en un servicio de Urgencias y sé perfectamente lo que es una decisión de cuatro segundos.
Las tomo con las manos dentro de una persona y las tomo bien.
Por eso no me sirve de excusa. En un box me pongo los guantes sin decidir ponérmelos, y en el patio de la casa de mis padres, un domingo de septiembre, con doce personas esperando y con Marc sentado a mi lado, hice lo que llevo haciendo desde los veinticuatro años.
Y lo hice sabiendo lo que hacía, que es la única parte de todo esto que no voy a poder devolverle a nadie.
Cuatro segundos. Eso duró.
— Nada — dije —. Que Rafa y yo lo hemos dejado. Ya no estamos juntos. Y ya está.
Rafa.
Lo tenía sentado a mi lado, con la mano en mi rodilla, y para romper con él delante de toda mi familia le llamé por el nombre del que no existe.
Y ya está.
Con las tres palabras con las que cierro el turno, y las conversaciones con mi jefa, y los mensajes que no quiero contestar.
Las mismas tres. Las gasté ahí, en el patio de mi casa, para tirar por la ventana lo mejor que me ha pasado en la vida, y las dije con la misma voz de siempre, esa voz mía tan simpática y tan cómoda que sirve para todo.
Se hizo un silencio de esos que tienen textura.
Mi madre dejó el tenedor. No lo soltó: lo dejó, despacio, en el borde del plato, como se deja algo que se ha roto y todavía no sabes por dónde.
Ximo dijo hostia. Aleix dijo pero si ayer.
Neus me miró con una cara que no le había visto nunca, ni a los quince cuando le rompí la bici, ni a los veinticuatro cuando le dije que se quedara estudiando fuera, que ya me quedaba yo.
Y Marc, a mi lado, quitó la mano de mi rodilla. Con cuidado. Sin arrastrarla.
Se levantó. Cogió su vaso y dijo, a nadie:
— Voy a por agua.
Y se metió en la casa por la puerta de la cocina, con el vaso en la mano, andando normal, con la espalda recta, sin correr ni tropezar ni volcar una silla ni ninguna de las cosas que habrían hecho que aquello fuera una escena y no lo que fue.
Diez pasos. Los conté todos. Ese hombre lleva treinta y un años entrenándose para salir de las habitaciones sin molestar.
No volvió.
Yo me quedé sentado. Eso es lo que hice.
Me quedé sentado en una silla de plástico, con doce personas mirándome y el café enfriándose, y en algún punto de los siguientes dos minutos alcancé la panera y le pasé el pan a Ximo, que no me lo había pedido, y Ximo lo cogió porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.
Le pasé el pan.
Y mientras tanto, dentro de la casa, se oía el grifo de la cocina abierto y se oía cerrarse, y luego nada, y luego la puerta de la calle, esa que hay que levantar un poco por el pomo porque roza en el suelo desde el año de la reforma.
La levantó. Ese hombre, con lo que le acababa de caer encima, tuvo la delicadeza de levantar la puerta para no arrastrarla.
Neus me estaba mirando y yo no le devolví la mirada, porque en el momento en que se la devolviera aquello iba a existir de verdad, y mientras nadie me mirase a los ojos yo todavía podía sostener que aquello era una frase que se me había escapado y que en un rato la arreglaba.
Mi tía se levantó. No dijo ni una palabra, ni te lo dije, ni ya me lo veía venir, ni ninguna de las cosas que tiene derecho a decir una mujer que lleva desde agosto sabiéndolo todo.
Cogió el bolso del respaldo, se metió en la casa detrás de Marc y salió con él por la puerta de delante, y desde donde yo estaba sentado, a través del pasillo, los vi cruzar la calle de la Iglesia hacia la plaza.
Mi tía Amparo, cincuenta y ocho años, andando al lado de un tío al que le sacaba dos palmos de dignidad, acompañándolo a la parada del autobús de línea que sale a las cinco y cuarto y tarda una hora y diez porque va parando en todos los pueblos.
Ella lo llevó a la parada. Yo tenía el coche en la puerta.
Mi madre me dijo, en voz muy baja y sin mirarme:
— Nene.
Nada más. Nene. Con la mano izquierda debajo de la mesa, la que le quedó tocada.
Mi padre se levantó, cogió el trípode, la paella y las cañas quemadas y se fue al garaje sin abrir la boca, y estuvo allí hasta que me marché.
Me quedé hasta las seis por el peor motivo del mundo: por no ser el que se va.
Recogí la mesa. Fregué. Saqué la basura.
Le puse a mi madre la pastilla de las cinco en el platito de siempre y le pregunté si le dolía la mano, y ella me dijo que no con la cabeza y no me miró, y ese fue el único castigo que me pusieron en toda la tarde y bastó de sobra.
Ximo se fue con su mujer a las cinco y media diciendo eso que dice la gente cuando quiere irse de un sitio, que se hace tarde, a las cinco y media de un domingo de septiembre.
Neus se metió en su cuarto de soltera a hacer la maleta de Croacia y no salió a despedirme. Se lo tengo ganado.
Salí de Alfarra a las seis y diez, con el aire del coche echando ese olor raro que Marc lleva desde julio diciéndome que es un filtro y que se cambia por doce euros.
La ventanilla del copiloto estaba bajada dos dedos porque él la bajaba siempre dos dedos, decía que si no le daba dolor de cabeza.
La dejé así. Veintiocho kilómetros con el asiento vacío y la ventanilla bajada dos dedos para nadie.
En un momento dado adelanté a un autobús de línea.
Blanco y verde, medio vacío, con las cortinillas echadas por el lado del sol.
Por la hora no podía ser el suyo, que había salido cincuenta y cinco minutos antes y a esas alturas estaría entrando ya en Valencia.
Eso me lo dije con una precisión de manual, con las dos manos en el volante, mientras lo adelantaba por la izquierda.
No miré. Collons, no miré.
Estuve toda la pista construyendo la versión buena.
La versión buena decía que el trato se acababa el catorce, que estamos a catorce, que él lo sabía igual que yo, que en el fondo le he hecho un favor porque así no tiene que decirlo él, que ese hombre lleva toda la vida sin pedir nada y que si de verdad hubiera querido otra cosa la habría dicho en algún momento de diez semanas.
La versión buena aguantó hasta el kilómetro veintidós.
En el kilómetro veintidós me acordé de que a las cuatro menos cuarto de la madrugada, detrás de una alquería y sin nadie delante, ese hombre me había puesto la mano en la cara, y de que yo le había dicho vecino y no había sido capaz de acabar la frase, y de que si alguien tenía que decir algo en diez semanas era yo.
Y ahí ya no fui capaz de decirme nada hasta que aparqué en Benimaclet, tres calles más allá, porque en la nuestra nunca hay sitio. Apagué el motor. Me quedé con las manos en el volante, en la postura de conducir, en un coche parado.
Dos horas y media antes ese hombre tenía la mano en mi rodilla.