Marc
A las cinco y media de la tarde el coche de Quique olía a lo que huele siempre, a plástico caliente y a algo dulce que no he conseguido identificar en dos meses y medio, y el mural del photocall iba tumbado en el asiento de atrás, tres metros de bastidor sujetos con dos gomas, asomando entre los reposacabezas como un invitado más.
Quique conducía con las dos manos en el volante.
No lo había hecho ni una sola vez en ninguno de los viajes anteriores por la pista de Ademuz, y en ese coche da tiempo de sobra a fijarse en esas cosas.
— Si esto sale mal, la culpa es del Excel — dijo Quique.
— Si esto sale mal, la culpa es tuya — le dije, y bajé el parasol para comprobar si el cuello de la camisa había sobrevivido al viaje.
— Ya. Pero el Excel queda por escrito y yo no.
L'Alqueria del Sequer era una casa blanca de dos alturas con un patio empedrado y una parra que llevaba ochenta años haciendo su trabajo.
Detrás, un campo de naranjos que llegaba hasta donde se acababa la vista, con esa geometría de plantación que de lejos parece hecha con regla y de cerca es un desastre de ramas.
Descargamos el mural entre los dos, lo colgamos de dos escarpias que alguien había puesto torcidas y lo enderecé con una cuña de cartón mientras Quique lo sujetaba por arriba y me decía que estaba recto cuando no lo estaba.
— Está recto.
— Está tres dedos caído a la izquierda.
— Marc, hay ciento veinte personas viniendo y ninguna trae un nivel.
— Viene tu cuñado.
Quique se quedó callado un segundo y luego subió las manos tres dedos, y desde ahí estuvimos otros diez minutos ajustando una tela de tres metros con dos escarpias torcidas en una pared que llevaba ochenta años sin necesitar que nadie colgara nada de ella.
El mural del photocall es lo último que hice y lo que menos me gusta de todo el encargo, porque un photocall es un cartel con pretensiones: la parra a línea, dos limoneros y una tipografía que estuve dos noches ajustando y que a las once de la noche no iba a mirar nadie, porque a esa hora la gente se pone delante de estas cosas a hacer el tonto y ya está.
Durante toda la boda se pusieron delante ciento y pico personas.
Ninguna miró la pared. Y eso, que suena a queja, resultó ser lo mejor que me pasó en cuatro años: la gente no mira los sitios donde se lo pasa bien, se lo pasa bien dentro de ellos, y hacer sitios donde la gente no mira es un oficio bastante decente.
Aleix apareció a las siete menos cuarto con el traje ya puesto y el móvil en la mano, y me enseñó la pantalla antes de saludarme.
Tenía abierto el archivo. BODA_v14_DEFINITIVO_final, una pestaña por invitado, ciento veinte pestañas de colores diminutos en la parte de abajo, y el dedo le fue directo a una que ponía Rafa.
— Mira, que te lo quería enseñar antes de que empiece el follón — dijo Aleix —. Lo del marisco lo tengo controlado. Hablé con la del catering el martes y te sacan un entrante distinto a ti solo, que es un salmorejo con jamón, y no lo pongas cara de asco que lo he probado yo.
En la celda de al lado, en letra de siete puntos, ponía: alérgico al marisco. Debajo: le gusta dibujar. Debajo: no bebe mucho. Debajo: tímido pero majo.
Yo no soy alérgico a nada. Me he comido gambas en sitios donde no habría que comerse ni el pan.
Pero hace dos años Quique dijo por decir algo, en una cena, que a su novio inventado le sentaba mal el marisco, y alguien lo apuntó.
Alguien abrió una hoja de cálculo, buscó la fila correspondiente y escribió, con cuidado de no equivocarse, lo que le pasaba a un hombre que no existía.
Y luego llamó a un catering. Y luego se acordó de decírmelo antes de que empezara el follón, para que no me preocupara.
— Gracias — le dije, y no me salió más.
— Nada, hombre. Eso está en la B, la de intolerancias. Tengo cuatro celíacos y una que no come cerdo, así que tú eres de los fáciles.
La ceremonia fue a las siete en el patio, con las sillas en filas y el sol dándole a la parra por el lado bueno.
Yo estaba en la cuarta fila y desde ahí lo único que se veía de Quique era la espalda, que es una espalda que ocupa, y las orejas, que se le pusieron rojas en el minuto dos y siguieron rojas hasta el final.
Llevaba los anillos en el bolsillo del pantalón porque no se fiaba de la chaqueta.
Cada vez que Neus decía algo, Quique se tocaba el bolsillo.
Diecisiete veces conté, y luego dejé de contar porque Neus dijo que sí y el patio entero se puso de pie.
Las minutas estaban en cada plato cuando entramos a cenar. Las había impreso el jueves en un sitio de la avenida de Valladolid y las había contado tres veces en el suelo del bajo, a treinta y cuatro grados, con el ventilador de Quique girando al lado sin dar nada de aire.
Pepa cogió la suya, la miró a contraluz y se la guardó en el bolso.
— Esta me la llevo para el álbum — dijo, y le dio dos golpecitos al bolso, por si el bolso no se había enterado.
En la mesa tres me tocó entre Ximo, que me preguntó tres veces cuánto se cobra por un dibujo, y una prima de Aleix que se llamaba Rosa y que me contó la reforma de su cocina desde la demolición.
Me trajeron el salmorejo. Me lo comí entero.
Quique pasó por detrás de mi silla cuatro o cinco veces a lo largo de la cena, siempre con algo en las manos, siempre para otro, y en una de esas me puso dos dedos en el hombro sin mirarme y siguió andando.
Entre el segundo plato y el postre le tocó hablar al padrino, y ahí sí que se me cerró el estómago, porque un padrino con micrófono es un hombre al que le han dado permiso para decir cualquier cosa delante de ciento veinte personas.
Quique salió al centro del patio con un papel doblado que no llegó a desdoblar, se lo metió en el bolsillo a los diez segundos y contó cuatro cosas de su hermana: la bici que le rompió a los quince, el año que Neus se fue a estudiar fuera, la primera vez que trajo a Aleix a comer a Alfarra y su padre le puso el arroz sin decir nada y eso, en la casa de los Sanchis, es una carta de bienvenida sellada.
Lo hizo bien. Lo hizo muy bien, con dos chistes en el sitio y el silencio en el sitio, y cuando llegó al final y le tembló un poco lo arregló con una broma sobre el Excel, y ciento veinte personas se rieron y levantaron la copa y nadie salvo yo se quedó pensando en que aquel hombre había hablado durante cuatro minutos de la gente que quiere sin decir una sola frase que empezara por yo.
A los postres salí a la parte de fuera a respirar, porque dentro había ciento veinte personas y un micrófono, y me apoyé en el muro bajo que separa el patio del primer bancal de naranjos.
Vicent salió detrás de mí con dos cervezas.
Me dio una. No dijo nada, y yo tampoco, porque llevaba dos meses y medio aprendiendo que con Vicent el silencio no es un problema que haya que resolver.
Desde ahí se veía a Quique dentro, moviéndose entre las mesas, con la chaqueta ya colgada de alguna silla que no era la suya.
Llevaba desde las cinco y media sin sentarse.
Le había visto servir vino, buscar una manta para una señora mayor, sacar a bailar a la abuela de Aleix, quitarle una copa a un chaval que ya no la necesitaba y arreglar el micrófono cuando pitó. No le había visto comer.
— Lleva toda la noche de pie — le dije a Vicent.
Vicent tardó en contestar lo que tardó en beber.
— No sabe pedir.
Nada más. Dejó la botella vacía encima del muro, me dio un golpecito en la espalda con el dorso de la mano y se metió dentro. Aquello fue todo lo que me dijo Vicent Sanchis en toda la boda, y me duró más que los discursos.
La barra abrió a la una. A esa hora ya se había roto la formación: las chaquetas por las sillas, los zapatos de las mujeres debajo de las mesas, Aleix explicándole a alguien la pestaña de los autobuses de vuelta.
Pusieron una de esas canciones que en este país se sabe todo el mundo sin haberla aprendido nunca y el patio se llenó de golpe.
Amparo llegó desde el otro lado del corro, con el móvil en vertical grabando a media altura y la cara de quien no ha bailado en cuatro años y va a bailar hoy. Se paró delante de mí. Bajó el móvil. Y dijo, con toda la voz que tiene:
— Marc. Ven, que esta me la sé.
No lo dijo con intención. No lo dijo mirando a nadie más.
No hubo pausa, ni ceja levantada, ni un solo gesto que le indicara al resto de la familia que acababa de pasar algo.
Neus siguió bailando. Pepa siguió con las palmas.
Ximo se comió otra tostada. En un patio con ciento veinte personas nadie oyó nada, porque a nadie le hacía falta oírlo, y yo me quedé tres segundos con la mano de Amparo agarrándome la muñeca y una cosa moviéndoseme por dentro que no sabía cómo se llamaba porque hacía nueve años que no la usaba.
Alguien había dicho mi nombre en voz alta delante de la gente.
Bailé con Amparo lo que duró la canción, que fue mucho, y luego lo que duró la siguiente, que fue peor.
Me pisó dos veces. Me contó que a su marido no había manera de sacarlo a la pista y que se murió sin bailar, así, exactamente con esas palabras, y luego se rio de sí misma y me dijo que a mí que no me cuenten, que ella lo que quiere es que le pongan música.
Cuando la solté, me miró un segundo más de la cuenta.
— Tú a mí no me des las gracias — dijo Amparo —. Que yo no he hecho nada.
Y se fue a grabar a su hermana.
Durante las tres horas siguientes no fingí.
Esa es la parte que no sé explicar bien.
Bailé con la prima Rosa, discutí de fútbol sin tener ni idea, saqué el rotulador del bolsillo de atrás y le dibujé a la sobrina de Aleix un perro en el brazo, un podenco, porque me lo pidió un podenco y a estas alturas de mi vida sé dibujar un podenco de memoria.
Le puse Trufa. La cría se puso a llorar de la emoción y su madre me hizo una foto y me dijo que era un cielo, y yo no estaba trabajando, ni estaba cumpliendo un contrato de dos mil cuatrocientos euros, ni estaba sosteniendo la coartada de nadie. Estaba en una boda. Como todos.
A las cuatro menos cuarto se me acercó Quique por detrás, con la camisa por fuera y el pelo de haber estado bajo un ventilador industrial, y me habló al oído para no levantar la voz.
— ¿Te vienes a ver una cosa?
— ¿Qué cosa?
— Una cosa que no tiene interés ninguno.
Me llevó por el lateral de la alquería, entre la pared y el depósito del agua, hasta donde se acababa el empedrado y empezaba la tierra.
Los naranjos empiezan ahí mismo. Detrás de la casa la música se oía como se oye la música desde fuera de una casa, deformada y bonita, y ya no había luz salvo la que se escapaba de una ventana del piso de arriba.
Olía a azahar fuera de temporada, que no puede ser, pero olía.
Quique se paró. Se metió las manos en los bolsillos y las sacó otra vez, cosa que hace cuando no sabe dónde ponerlas.
— Aquí no hay nadie — dijo.
— Ya lo veo.
— Lo digo por si te habías traído la sonrisa esa de las fotos.
— Es la única que tengo.
— Es horrorosa.
Le puse la mano en la mandíbula, en esa parte donde la barba de tres días raspa siempre igual, y lo besé.
Y lo besó él a mí, que es distinto y se nota.
En Alfarra, delante de dieciséis personas y una paella, en julio, nos habíamos besado para que se callara su tía.
Después habíamos hecho muchas cosas en un piso a oscuras con un aire acondicionado que funcionaba, y todas ellas se podían explicar de alguna manera: el calor, el verano, la convivencia, el trato.
Aquello no. Allí, entre los naranjos, a las cuatro menos cuarto de la mañana del catorce de septiembre, no había ni una sola persona a la que convencer de nada.
Ni tía, ni Excel, ni familia asomada. Ni siquiera había una versión razonable de lo que estábamos haciendo, porque el trato se acababa esa misma noche y los dos lo sabíamos y ninguno de los dos dijo la palabra mañana.
Fue el primero que nos salió gratis.
Cuando nos separamos, Quique tenía la frente apoyada en la mía y respiraba como si hubiera subido los tres pisos corriendo.
— Vecino — dijo.
— Dime.
Y no dijo nada más. Y yo, como el idiota que soy, me quedé esperando la frase entera hasta que dentro cambiaron la canción.