Quique
El viernes doce salí del turno de tarde a las diez y cinco.
Me duché en el hospital, cargué el coche y me subí a Alfarra con dos cajas de copas, cuatro manteles, el traje colgado en la percha de detrás y una bolsa con ciento veinte bolsitas de almendras que mi madre lleva cosiendo a mano desde julio.
La pista de Ademuz de noche es otra carretera.
No hay bicis. No hay camiones. Y a partir del desvío no hay nadie, solo naranjos a los dos lados y esa oscuridad de secano que te hace bajar la música sin darte cuenta.
Yo llevaba trece días con la conversación del porche de mi tía metida en el pecho como un cuerpo extraño, ocho días con un cógelo, es un pastón, que se me repetía como se repite el ajo, y siete noches durmiendo solo en un piso que llevaba un mes sin estar solo.
Marc se había bajado al bajo el viernes anterior a por unos papeles. A por unos papeles.
Todavía no había vuelto a subir a dormir. Ninguno de los dos lo había dicho en voz alta. Que es como se hacen estas cosas entre adultos educados: no se rompe nada, se deja de rellenar.
En l'Alqueria del Sequer, a las once menos veinte de la noche, había una sola luz encendida y ciento veinte sillas plegadas en columnas de diez en el patio de grava, y mi hermana estaba sentada en el escalón del porche.
Camiseta vieja de una carrera popular de hace ocho años, el pelo recogido con un boli y una caja de doscientos alfileres entre las piernas.
— Llegas tarde — dijo, sin levantar la vista.
— Vengo del turno.
— Ya lo sé de dónde vienes. Llegas tarde igual.
— ¿Y Aleix?
— Lo he mandado a su casa a las nueve porque estaba midiendo el pasillo. — Metió un alfiler en una cinta —. Con un metro, Quique. A las nueve de la noche. Midiendo por dónde voy a entrar yo mañana.
— Es que va a haber cero por ciento de improvisación en esa entrada.
— Le quiero mucho.
— Ya lo sé.
— Pero a las nueve de la noche estaba midiendo un pasillo.
Descargué las cajas. Colgué el traje en la viga del porche y me senté en el escalón, a su lado, con la espalda contra la columna. Y ahí, con el patio a oscuras y las sillas plegadas y mi hermana metiendo alfileres en una cinta que no sé para qué era, empecé a hablar sin saber cómo iba a acabar.
— Neus.
— Dime.
— Rafa no existe.
Siguió metiendo alfileres exactamente cuatro segundos más. Luego paró.
— ¿Cómo que no existe?
— Que no existe. Que nunca ha existido. Que me lo inventé en la Nochebuena de hace dos años porque la tía Amparo me preguntó por quinta vez si salía con alguien y le dije que sí para acabar, y le puse nombre, y a partir de ahí ya no supe cómo pararlo.
— Quique.
— La foto la hice en junio desde mi balcón. El del andamio era un tío del bajo que no había visto en mi vida.
— Quique.
— Y el dos de julio la tía Amparo le paró en la plaza y le preguntó por el traje de la boda y el tío subió a mi casa a preguntarme quién coño era yo.
Mi hermana dejó la caja de alfileres en el suelo.
Muy despacio, como se deja una cosa que se puede derramar, y se giró en el escalón hasta ponerse de frente, y detrás de ella, en el patio, las ciento veinte sillas seguían plegadas en columnas de diez, esperando a que mañana a las siete de la tarde se sentara en ellas todo el mundo que nos quiere.
— ¿Y el que ha estado en mi casa? — dijo —. ¿El que le hizo el sofrito a mamá? ¿El que ha hecho mis invitaciones?
— Se llama Marc Adell. Es ilustrador. Le pago dos mil cuatrocientos euros y le puse la condición de que hiciera de novio hasta mañana.
Y entonces Neus Sanchis, una mujer de treinta años que se casa dentro de dieciocho horas, se puso de pie en el escalón del porche y me llamó cuatro cosas en un volumen que en aquel campo se debió de oír hasta el pueblo.
Yo esperé. Cuando se le acabaron se pasó las manos por la cara.
Se quedó mirando las ciento veinte sillas plegadas. Y se empezó a reír.
— No. No, no, no. — Se sentó otra vez —. No me puedo reír. Me estoy riendo. No me puedo reír, esto es horrible.
— Es bastante horrible.
— ¡Dos años! ¡Dos años preguntándote por un tío que no existe! — Se le escapó otra vez —. ¡Mamá le compró un jersey en enero!
— Lo sé.
— ¡Un jersey de lana! ¡De su talla! ¿Qué talla le dijiste?
— La mediana.
— ¡Le dijiste la mediana!
— Neus, es que si le digo la grande me pregunta si va al gimnasio.
Estuvimos así un rato, ella riéndose con la cara entre las manos y yo riéndome de verla reírse, hasta que se le fue apagando, que es como se apagan estas risas: de golpe y por la mitad. Se quedó mirando el patio.
— ¿Y Trufa? — dijo.
— Trufa tampoco.
— Ay, hostia. Pobre Trufa.
— Trufa está muy bien. Trufa está en Xàtiva.
Se quedó callada un minuto entero, con los codos en las rodillas y los ojos en un punto del suelo de grava donde no había absolutamente nada, y desde el camino subía el ruido de los grillos y el de un motor lejano que no llegó nunca.
— ¿Por qué no me lo dijiste? — dijo, y ya no había ni un gramo de risa —. A mí. En dos años.
— Porque tú te ibas a enfadar.
— Me estoy enfadando ahora.
— Ya, pero ahora ya está hecho.
— Eso no es una razón, Quique, eso es una excusa con la ropa de una razón.
— Se giró hacia mí en el escalón —. Yo llevo dos años tranquila por ti.
¿Tú sabes lo que es eso? Yo estaba en Barcelona cuando lo de mamá y tú te viniste aquí y estuviste cuatro años, y yo desde entonces tengo una cosa dentro que no se me quita ni con terapia ni con nada, y lo único que me la calmaba un poco era pensar: bueno, mi hermano está bien, mi hermano tiene a alguien.
— Le salió la voz rara y no la arregló —.
Y ahora me dices que no. Que llevas dos años solo y encima haciendo el paripé para que no te preguntemos.
— Neus.
— Que me has dejado tranquila con una mentira.
— Es que tú tenías que estar tranquila.
— ¡Yo no tenía que estar nada!
Y ahí se acabó lo de hablar bajito. Nos gritamos un rato, como nos gritamos siempre, con el patio vacío por testigo y sin decir ni una sola cosa que no nos hubiéramos dicho ya de otra manera, hasta que ella acabó tirando un alfiler a la grava y yo acabé pasándome las manos por el pelo, y luego se hizo ese silencio de después que en los hermanos no es incómodo, es descanso.
— ¿Y ahora estáis juntos? — dijo.
— No lo sé.
— ¿Cómo que no lo sabes?
— Que no lo sé, Neus. Que dormía en mi casa, que se ha bajado la semana pasada al bajo, que mañana está en la mesa tres y que el domingo se acaba el trato porque lo pusimos por escrito en una libreta.
— Sois idiotas.
— Es posible.
— No, no es posible. Es un hecho contrastado. — Cogió la caja de alfileres otra vez y no metió ninguno —. ¿Y él qué quiere?
— Le han ofrecido un contrato de dos años en el estudio ese del Cabanyal. Treinta y cuatro mil.
— Bien por él.
— Con una cláusula que dice que no puede firmar nada con su nombre en dos años.
Neus levantó la cabeza tan despacio que le vi el trayecto entero, y en ese trayecto le cambió la cara de hermana cabreada a otra cosa mucho peor, que es la cara que pone cuando entiende una cosa antes que tú.
— ¿Y tú qué le has dicho?
— Que lo coja. Que es un pastón.
— ¿Y ya está?
— Y ya está.
Mi hermana no contestó. Cogió un alfiler, lo metió en la cinta, lo sacó y lo volvió a meter dos centímetros más allá, y en aquel patio no se oía nada más que eso.
Yo me sé esa cara desde el instituto. Es la de estar a punto de decir una cosa que no me va a gustar y estar decidiendo si le compensa gastarla hoy.
No la gastó.
— El domingo yo estoy en un avión — dijo —. Y aquí se queda un chico que ha hecho mis invitaciones.
— El domingo se acaba el trato. Lo pusimos por escrito.
— Dile que se quede.
— No puedo.
— ¿Por qué?
— Porque le sale caro.
Neus se me quedó mirando con esa cara de la que salen las bofetadas verbales.
Y no salió ninguna. Se acercó, me pasó el brazo por detrás del cuello y me dio con la frente en la sien, que es como nos abrazamos nosotros dos desde que ella tenía siete años y yo once y no sabíamos hacerlo de otra manera.
— Eres tonto — dijo, con la boca pegada a mi oreja.
— Sí.
— Eres muy tonto.
— Sí.
Se separó. Se limpió la cara con el dorso de la mano y volvió a la caja de alfileres como si allí no hubiera pasado nada, porque las Poveda arreglan la voz y las Sanchis arreglan la cara.
— Bueno. A lo mío, que yo mañana me caso y llevo de pie desde las siete. — Metió un alfiler —. A mamá la llevas tú a la peluquería a las nueve, que si la lleva papá se pelean por el sitio de aparcar.
— Hecho.
— Los anillos no se los das a Aleix hasta que estemos delante del alcalde. Te lo digo en serio, Quique, que ese hombre los mete en una bolsa con etiqueta.
— Hecho.
— Y de Ximo te encargas tú a partir del segundo plato.
— Hecho.
— Para. — Se giró en el escalón con la cinta en las rodillas —.
Llevo cinco minutos pidiéndote cosas y me has dicho que sí a las tres antes de que yo acabara la frase.
Y así a mí no me sirve, porque luego no sé si te viene bien o me estás haciendo un favor de los que no se cobran nunca. Y yo mañana quiero estar tranquila.
— Es que me viene bien.
— Ya. Eso también lo dices igual.
Estuvo un rato dándole vueltas a un alfiler entre dos dedos, sin meterlo en ningún sitio.
— Y mañana sois lo que seáis. Mañana yo me caso, tú eres el padrino, él está en la mesa tres y se llama Rafa, y como se te ocurra montar un drama en mi boda te juro que te entierro debajo del photocall. Ni se te ocurra.
— Hecho.
— Y el lunes te mato.
— Hecho.
Y nada, salí de Alfarra a la una y veinte de la madrugada.
Con las manos oliendo a cartón y con la sensación rarísima de llevar el pecho tres kilos más ligero y la cabeza mucho peor.
La vuelta la hice con la ventanilla bajada del todo, porque en la CV-35, de noche y en septiembre, ya no huele a asfalto caliente: huele a tierra mojada, porque en Alfarra riegan de madrugada.
Aparqué. Subí los tres pisos. Abrí.
Y en el salón, en el sofá gris de tres plazas, con la lámpara de la mesa encendida y el brazo colgando por fuera, estaba Marc dormido con la ropa puesta.
Encima de la mesa de la cocina, en cinco montones perfectos, estaba la boda entera. Ciento veinte minutas. El seating. Las tarjetas de mesa. Y apoyado contra la pared, montado en bastidor, el mural del photocall de tres metros, terminado.
Me quedé de pie delante de aquella mesa con las llaves todavía en la mano.
Este hombre llevaba una semana durmiendo abajo, en un bajo a treinta y tantos grados con el aire roto y con un contrato de dos años encima del pecho, y había subido tres pisos sin ascensor a las tantas para dejarle terminada la boda a una gente que le llama por otro nombre, y luego se había quedado dormido esperando, con la ropa puesta y la lámpara encendida, que es la manera que tiene la gente educada de decir que no quería irse.
Cogí una minuta de las de arriba.
Abajo a la derecha, tan pequeña que había que acercar el papel a la lámpara, había una eme.
Cogí otra. La misma eme. Cogí una del montón de en medio, y otra del final, y las de las mesas, y la de la mesa tres, que ponía Rafa con esa ese caída suya.
Ciento veinte veces. En todas.
Y debajo de la eme, en un cuerpo de letra que a esa hora yo ya no era capaz de leer sin acercarme la lámpara a la cara, ponía Adell.