Marc
Dídac me llamó el miércoles a la una, como llama siempre, pero aquel miércoles no dijo vente al estudio: dijo que me invitaba a comer y me citó a las dos y media en un sitio del Cabanyal con manteles de tela. En cuatro años no me había invitado nunca.
Pedí lo mismo que él para no tener que pensar.
Estuvimos cuarenta minutos hablando de una identidad corporativa para una bodega de Requena, de la humedad de septiembre y de un perro que se ha comprado, y en el postre sacó una carpeta de cartón roja y la puso encima de la mesa con las dos manos, como se ponen las cosas que uno ha ensayado poner.
— ¿Contrato de qué?
— De trabajo. Tuyo. — Se echó hacia atrás en la silla, radiante —.
Dos años. Treinta y cuatro mil brutos al año, catorce pagas.
Seguro médico privado, que sé que a ti eso te da igual pero a tu madre no.
Veintitrés días de vacaciones y los puentes cerrados.
Mesa fija en el estudio, con ventana, la de la izquierda.
Y dirección de arte de los murales, que eso lo llevas tú de hecho desde hace dos años pero ahora lo pone en un papel.
Yo tenía el tenedor del postre en la mano y no lo solté.
Treinta y cuatro mil euros. El año pasado facturé dieciséis mil ochocientos y cobré casi todo entre noviembre y marzo, porque en este oficio te pagan cuando les viene bien.
Este año iba peor. Todavía me deben cuatrocientos ochenta de junio.
Con treinta y cuatro mil euros yo no me compro un coche ni me voy a ningún sitio: con treinta y cuatro mil euros yo dejo de mirar el número de la cuenta antes de comprar los pinceles.
— Léetelo — dijo —. Léetelo entero y sin prisa, que yo no soy de los que meten prisa.
Y mira, además, para que estés tranquilo: firmes cuando firmes, tienes quince días naturales para desistir.
Lo he puesto yo. Si a los quince días no te ves, te levantas, me lo dices a la cara y aquí no ha pasado nada y seguimos igual que ahora.
— Eso no lo hace nadie.
— Es que yo no soy nadie, yo soy tu amigo — dijo, y se comió una cucharada de flan, y lo peor de todo es que se lo cree.
Y aquí es donde a mí me gustaría poder contar que Dídac Rovira es un canalla. Sería mucho más cómodo. A un canalla le dices que no, te vas dando un portazo y te quedas tan tranquilo.
La cláusula siete la leí esa noche, sentado en el suelo del salón del tercero, con la espalda contra el sofá y el flexo de la mesa girado hacia abajo, mientras Quique hacía el turno de tarde en el Clínico.
Cláusula séptima. Cesión en exclusiva a la empresa de todos los derechos de explotación de las obras realizadas durante la vigencia del contrato, en cualquier soporte y por el máximo plazo legal.
Y un párrafo más abajo: la difusión pública de dichas obras se realizará bajo la identidad corporativa del estudio, absteniéndose el autor de firmarlas, atribuírselas o difundirlas a título personal.
Lo leí seis veces. Luego cerré la carpeta y la dejé encima de la mesa de la cocina, debajo del bote de los rotuladores, para no verla.
El jueves se la enseñé a Yaiza en El Corralet, sin avisarla, plantándole la carpeta roja encima de la carpa que llevaba tres semanas negociando a la baja.
Se puso las gafas de leer que dice que no necesita y leyó las once páginas de arriba abajo sin abrir la boca, cosa que a ella le cuesta un esfuerzo físico. Cuando llegó a la siete se quedó parada. Volvió atrás. La leyó otra vez.
— Abstenerse de firmarlas — leyó en voz alta —. Abstenerse de atribuírselas.
— Es lo normal en un estudio.
— Ya.
Cerró la carpeta, la empujó por la mesa hasta devolvérmela y se quedó un rato con los dedos encima de las tapas. Yo esperé la frase. Yaiza tiene una frase para todo y casi siempre le cabe en seis palabras.
— Me han devuelto los planos otra vez — dijo —. Los del local. Que el alzado del rótulo hay que presentarlo a escala. A escala, Marc. Yo dibujo peces en la gente.
— ¿Y cuándo se te acaba el plazo?
— El treinta. — Se levantó a por el rollo de papel de calco —. Y no me cambies de tema, que la de la carpeta roja eres tú.
— Me lo has cambiado tú.
— Ya lo sé — dijo, de espaldas.
Aquella semana Quique estaba raro.
No raro de mal humor: raro de estar en otro sitio.
El lunes se dejó el móvil en la nevera. El martes le llamó su hermana y salió al rellano a hablar, cosa que no hace nunca porque este hombre habla a gritos delante de quien sea.
El miércoles se levantó a las cuatro de la mañana y estuvo veinte minutos de pie en la cocina, a oscuras, sin encender la luz, y yo le oí desde la cama y no dije nada.
Y el jueves apareció en El Corralet a las cinco de la tarde con dos bocadillos y una sandía cortada en un táper, dijo que pasaba por allí —El Corralet no está de paso a ningún sitio— y se sentó en la mesa de al lado a comerse el suyo mientras yo terminaba las minutas.
Estuvo hora y media sin decir nada, dando conversación a Yaiza sobre tatuajes que no piensa hacerse.
Cuando se fue, Yaiza esperó a que la puerta del bajo terminara de cerrarse del todo, dejó el rotulador y se giró en la silla con las dos manos en los reposabrazos.
— ¿Y a este qué le pasa?
— Faltan nueve días para la boda.
— No es eso.
— Es eso.
El viernes se lo conté.
Habíamos cenado en el balcón, con el toldo echado, y por primera vez en dos meses corría algo de aire de verdad, ese aire de los primeros días de septiembre que huele a que se ha acabado una cosa.
Yo llevaba desde el miércoles ensayándolo, y lo tenía preparado de tres maneras distintas, y al final lo dije de la cuarta.
— Dídac me ha ofrecido un contrato.
Quique dejó el plato en la barandilla y se giró entero hacia mí, y le cambió la cara de una manera que en aquel momento no supe leer y que he estado leyendo desde entonces cada vez que me acuerdo de aquella noche, que es bastante a menudo.
— ¿Cómo de bueno?
— Dos años. Treinta y cuatro mil.
— ¿Al año?
— Al año.
— Hostia, Marc. — Y se rio, con esa risa suya abierta, y me cogió del hombro y me lo sacudió —. ¡Hostia! ¡Eso es un pastón!
— Ya.
— ¿Y desde cuándo?
— Me lo dan a firmar el miércoles diecisiete.
— Tío, que eso es un sueldo de verdad. Con eso tú te olvidas de perseguir facturas. Eso es no despertarte a las cinco de la mañana pensando en el uno de noviembre.
Y aquí es donde yo tenía que haber dicho una frase de siete palabras.
La tenía. La tenía entera, montada, con el orden correcto, desde el miércoles a las tres y veinte de la tarde en un restaurante del Cabanyal con manteles de tela.
Dime que no lo coja. Y llevo desde los veintidós años sin pedirle nada a nadie, y en nueve años lo único que he aprendido de verdad es a poner la frase en la boca del otro y esperar.
— Hay una cláusula — dije.
— ¿Mala?
— No puedo firmar nada. Ni murales, ni carteles, ni nada. Todo va a nombre del estudio durante dos años.
Quique se quedó quieto. Miró hacia la izquierda, hacia el solar, aunque a esa hora ya no se veía nada porque a las diez de la noche esa pared es una mancha gris.
— Ya. — Cogió el plato otra vez —. Bueno. Es que eso es así en todos los sitios, ¿no?
— Es así en muchos sitios.
— Y tú llevas cuatro años así.
— Llevo nueve.
— Pues eso. — Se metió un trozo de pan en la boca y masticó —. Es que son treinta y cuatro mil euros, Marc. Yo no puedo decirte otra cosa. Cógelo. Es un pastón.
Y ahí estaba.
Le miré la nuca, porque se había girado otra vez hacia la calle, y le miré los hombros, que ocupan la barandilla entera. Se lo estaba poniendo delante en una bandeja y no lo cogía.
Porque él tampoco lo iba a decir. Quique tampoco iba a decir no lo cojas. Quique tampoco iba a decir quédate. Y ocho días antes de la boda, con el catorce de septiembre pintado en la nevera, era imposible que le dijera a un hombre que rechazara treinta y cuatro mil euros por él.
Los dos teníamos razón. Los dos estábamos siendo razonables. Y era exactamente eso lo que estaba saliendo mal.
— Es un pastón, sí — dije.
— ¿Lo vas a coger?
— Supongo.
— Pues bien, ¿no? — Se giró y sonrió, y la sonrisa le llegó tarde medio segundo, y yo le he dibujado esa cara doce veces en dos meses y sé exactamente cuánto tarda —. Pues bien.
— Pues bien.
Lo peor de las conversaciones que salen mal no es lo que se dice.
Es la media hora de después, cuando los dos hacéis con muchísimo cuidado todas las cosas de siempre para demostraros que no ha pasado nada, y las hacéis un poco más despacio y un poco más amables de lo normal, y esa amabilidad de más es exactamente la medida del destrozo.
Recogimos los platos. Fregó él, sequé yo.
Puso la tele y no la vio. A las once y cuarto me levanté y dije que me bajaba a por unos papeles.
Cogí la carpeta roja, cogí la mochila y, ya en la puerta, sin mirar atrás, descolgué del rincón el ventilador blanco de tres palas y me lo puse debajo del brazo, que a estas alturas era la manera que teníamos los dos de decirnos las cosas.
A las once y veinte, en el bajo, con las llaves todavía puestas por dentro, me senté en el sofá y ya no volví a subir.
Veintisiete días llevaba durmiendo arriba.
El bajo olía a cerrado, a pintura y a ese olor a moneda que tiene el agua estancada del cubo. El split del salón hacía su ruido de siempre, que es un chasquido y luego nada. Levanté el mando, le di al botón y esperé los quince segundos que hay que esperar por si acaso.
Nada. Ni frío ni ruido ni una gota. Sigue roto desde el veintinueve de junio.
Encima de la mesa de caballetes seguía el mural del photocall, tres metros enrollados en su tubo, con las medidas de la pared de la alquería apuntadas en un pósit pegado en el borde.
Ocho días. La papelería estaba al noventa por ciento, las minutas impresas, el seating montado y ciento veinte cartulinas de nueve por cinco esperando en una caja a que las pusiera alguien en una mesa.
Me tumbé en el sofá vestido, con la carpeta roja encima del pecho, y estuve mirando el techo del bajo un rato largo. A la una de la mañana empezaron los pasos de arriba, de la ventana a la puerta y de la puerta a la ventana, y ahí seguían cuando me quedé traspuesto.