Quique
Salimos de Benimaclet a las nueve y media de la mañana del sábado y cogimos la pista de Ademuz con el sol de cara y con el aire del coche echando ese olor a plástico viejo que ya forma parte del coche como forma parte el volante.
A mí ya no me molesta. A Marc le molesta muchísimo, aunque no lo dice: baja la ventanilla dos dedos y pone cara de estar respirando por la nuca.
La misma pista que llevo haciendo desde los veinticuatro años, con el mismo cartel de una gasolinera que cerró hace quince años y que nadie ha quitado.
— ¿Y esto para qué es exactamente? — dijo Marc, con la libreta encima de las rodillas.
— Tienes que medir la pared del photocall y Aleix quiere que veas dónde va la barra.
— Aleix quiere que vea dónde va la barra porque le apetece enseñarme dónde va la barra.
— Correcto. Y luego comemos en casa de mis padres y a las siete nos vamos.
— ¿Quién hay?
— Mis padres, mi tía, y Ximo, que es mi primo, que hace preguntas.
— ¿Qué clase de preguntas?
— Preguntas.
En l'Alqueria del Sequer, la pared del photocall era la de la izquierda: encalada, con una parra a media altura y una mancha de humedad que Marc estuvo mirando cuatro minutos largos.
— Aquí no aguanta el papel — dijo.
— Aleix ha dicho que se pega y ya está.
— Aleix no sabe lo que es una humedad de septiembre. Lo monto en bastidor y lo apoyo.
— Eso cuesta más.
— Eso lo pago yo — dijo, y se puso a medir con el metro y a apuntar números en la libreta, y no hubo manera de sacarle del tema.
A las dos estábamos en casa de mis padres, en la calle de la Iglesia, con las persianas de cañizo bajadas y el ventilador de techo del comedor dando vueltas a la velocidad uno. Que es la única velocidad que mi padre considera decente.
Mi padre cocina los domingos. Los sábados no, pero aquel sábado había hecho arroz al horno porque Marc le había dicho el veinte de julio, delante de todo el mundo, que el suyo era el mejor que había comido en su vida.
No lo comenta y no lo explica, y cuando alguien se lo agradece dice bueno y se va a por el pan. Ese es mi padre entero.
Mi madre le abrazó en la puerta dos segundos más de lo normal.
— ¡Rafa! Estás más delgado.
— Estamos a treinta y ocho, Pepa.
— El calor no adelgaza, hijo, el calor hincha. — Le tiró de la manga hacia dentro —. ¿Y Trufa?
— Bien.
— ¿Del ojo?
— Perfecto — dijo Marc, sin pestañear, y a mí se me escapó una tos.
Ximo llegó a las dos y cuarto con una sandía.
Se sentó. Se sirvió. Y a los once minutos ya había preguntado cuánto se gana ilustrando, si eso da para vivir, si nos íbamos a ir a vivir juntos y por qué no habíamos ido a la comunión de su hija en mayo, todo del tirón y sin levantar la vista del plato.
Marc contestó a las seis preguntas con veintidós palabras.
Y Ximo se quedó absolutamente satisfecho.
Y luego pasó lo de siempre, lo que me tenía desde julio con un nudo permanente en algún sitio del pecho: que aquello funcionaba demasiado bien.
Mi madre le enseñó a Marc a hacer el sofrito con la mano mala, y eso no se lo enseña a nadie porque no le gusta que le miren la mano izquierda.
Mi padre le sacó una silla. Ximo le pidió el teléfono.
Y mientras yo servía el agua se me pasó por la cabeza, muy rápido y muy claro, que en aquella casa aquel hombre encajaba mejor que yo.
Y mi tía Amparo, que es la que habla, no habló. Ni una palabra.
Amparo Poveda calla como calla un semáforo en ámbar. A los postres, cuando mi madre se puso a enseñarle a Marc las fotos del bautizo de Neus, mi tía se levantó, cogió su vaso y dijo, sin mirar a nadie en particular:
— Quique, sal un momento al porche, que hay una cosa de la de las flores.
— ¿Qué de las flores?
— La de las flores.
En el porche había dos sillas de anea, una mesita de mármol y una parra que da uva que no se come nadie. Se sentó. Sacó el móvil, se puso las gafas y me lo dejó en la mesita con la pantalla hacia arriba.
Era la foto. La del solar. Un tío de espaldas en un andamio, la camiseta oscura de sudor, un brazo levantado, y ocho metros de pared a medio pintar detrás.
— Esta la mandaste tú al grupo el veintidós de junio a las once y cuarto de la mañana — dijo —. Un domingo.
— Tía.
— Espera. Que llevo dos meses con esto y lo quiero decir seguido, que si me cortas me lío.
Se quitó las gafas. Las dejó al lado del móvil.
— El dos de julio yo estaba en la plaza de Benimaclet esperando a la del podólogo, y pasó ese chico por delante.
Le reconocí por la espalda, fíjate, porque llevaba la misma camiseta.
Le agarré del brazo y le dije lo del traje de la boda.
Y ese chico, Quique, no puso cara de vergüenza.
Ni de risa. Puso cara de no saber de qué le estaba hablando yo.
Y esa cara la he visto muchas veces, porque la pongo yo cuando me hablan de fútbol.
— Tía Amparo...
— Espera, que voy. — Levantó la mano —. Yo me fui a casa y me dije: Amparo, tú estás mayor y te has equivocado de chico.
Y me lo creí tres semanas. Luego vino la comida del veinte de julio y ese chico se portó como un señor y me quedé más tranquila todavía.
Y hace quince días volví a lo del podólogo, y me paré delante de esa pared, y abajo a la derecha pone Estudi Rovira. Y yo tengo internet.
— Ya lo sé que tienes internet.
— Pues eso. — Volvió a coger el móvil, deslizó dos veces con un dedo y me enseñó otra pantalla —. El mural del solar. Con las fotos del andamio y todo. Empezado en mayo y terminado hace nada. Ese chico se pasó la primavera entera subido a ese andamio, Quique.
Yo miraba la mesita de mármol, que tiene una esquina desportillada desde que yo tenía nueve años y le di con una bici, y de la que mi tía cargó la culpa delante de mi padre diciendo que había sido ella con la fregona.
Lleva media vida tapándome cosas. Esta vez había venido con la fecha, la hora y una captura de pantalla. Con captura.
— Tú llevas dos años diciendo que conociste a Rafa en un concierto — dijo —. Y la única foto que hay de Rafa en el mundo es de un chico que en junio no sabía ni cómo te llamabas. Yo seré cotilla. De cotilla a tonta hay un trecho.
— Tía.
— ¿Cómo se llama?
— Marc.
— Marc. — Lo repitió una vez, despacio, como quien apunta algo —. ¿Y el chico está en esto de buena fe?
— El chico está en esto porque le pago dos mil cuatrocientos euros por la papelería de la boda y le puse esa condición.
Mi tía Amparo se quedó un rato con la boca cerrada, que en ella es como en otra gente un grito. Y por primera vez en toda la conversación se le movió algo en la cara.
— Ay, Quique.
— Ya.
— Ay, Quique, hijo.
— Ya lo sé, tía.
Se quedó otra vez con la boca cerrada, y esta vez le vi hacer con los labios eso que hace antes de soltar algo que ha ensayado en su cocina. Y luego no soltó lo que había ensayado.
— El trece de septiembre yo voy a estar en la mesa cuatro — dijo —.
Con tu madre al lado. A la derecha, que la izquierda se la ha quedado la Puri, que oye por ese oído.
Y tu madre va a llevar los pendientes de la abuela y en algún momento de la noche le va a decir a alguien de fuera que ese chico de la mesa tres es el novio de su hijo.
Y va a decir el nombre. Y el nombre va a estar mal.
— Tía...
— Espera, que esto lo he pensado mucho y lo digo fatal si me cortas.
— Se puso las gafas, se las volvió a quitar y las dejó en el mármol —.
A mí lo que me tiene despierta no es que te lo hayas inventado.
Tú te has inventado cosas desde los seis años.
Le dijiste a la maestra que teníamos un barco.
Es ese minuto. Tu madre diciendo un nombre que no es, delante de gente de fuera, y yo enfrente con la cara puesta.
Yo esa cara no la sé poner, Quique. He tenido cincuenta y ocho años para aprender y no me ha salido nunca.
Y ahí me tuve que agarrar a la silla, porque de todas las maneras que se me habían ocurrido en dos meses de que aquello pudiera saltar, ninguna era esta.
Yo esperaba el escándalo. Esperaba a mi tía levantándose y diciéndolo en el comedor delante del arroz.
Esperaba, sinceramente, poder enfadarme con alguien.
— Nadie se va a enterar — dije.
— Yo me enteré en una plaza esperando al podólogo.
— Se echó hacia atrás en la silla de anea —.
Y hay otra cosa, y esta es mía. Al chico lo paré yo.
Le agarré del brazo yo y le hablé del traje yo.
Si esto sale por algún sitio, sale por ahí: porque una señora se puso a hablarle a un desconocido en una plaza.
Llevo haciendo eso desde los veinte años y no me había arrepentido nunca hasta el dos de julio.
Me levanté. Anduve hasta el arco del porche y me quedé mirando el corral, y por dentro del comedor se oía a mi madre contándole a Marc quién era cada uno en la foto del bautizo de mi hermana.
— ¿Quieres que se lo diga yo? — dijo mi tía a mi espalda.
— No.
— ¿Quieres que esté yo delante cuando lo digas tú?
— Qué va.
— ¿Quieres que me lleve antes a tu madre a la cocina y le vaya poniendo el terreno? Eso lo hago yo con los ojos cerrados.
— Xe, tía, déjalo. Ya me apaño.
Amparo cogió su vaso, lo miró, no bebió y lo volvió a dejar en el mármol.
— Llevo un cuarto de hora ofreciéndote cosas.
— Ya.
— No te estoy riñendo. — Se estiró la falda por encima de las rodillas —.
Digo que me has dicho que no a todas antes de que yo terminara la frase.
Y ahora tú te quedas con el marrón entero y yo me quedo aquí sentada con las manos así.
En esta familia todo el mundo se cree que yo estoy metida en todo, y en lo tuyo no me has dejado meterme nunca.
— ¿Y ahora qué? — dije.
— Ahora, esto. — Amparo se puso las gafas otra vez, con calma, como se pone uno el abrigo cuando ya ha decidido irse —.
Tú a mí no me has contado casi nada y yo no digo nada.
Ni a tu madre, ni a tu hermana, ni al pesado de Ximo.
Pero se lo cuentas tú antes de la boda de tu hermana o se lo cuento yo.
— No.
— Quique.
— Tía, faltan catorce días. Neus lleva un año con esto. Si yo entro en esa casa el jueves y suelto esto, mi madre no duerme, mi hermana se casa llorando y la boda se convierte en lo mío. — Me giré —. Y llevo toda la vida convirtiendo las cosas en lo mío sin querer. Esta no.
Mi tía me miró un buen rato. En esa mirada le cabe un pueblo entero.
— El domingo — dijo.
— ¿Qué domingo?
— El de después. El catorce. Aquí, en la comida, con todos sentados. — Cogió su vaso y se levantó —. Yo te doy pie a los postres y lo cuentas tú. Y si a los postres no lo has contado, lo cuento yo, y lo voy a contar peor que tú, porque yo no te voy a defender delante de tu madre.
— Tía. Gracias — dije, y me salió sin querer, que es la única manera en la que me salen a mí esas cosas.
— Anda, calla. — Ya en la puerta se paró —.
Y una cosa del traje, que se me olvidaba.
Yo le dije oscuro, pero en ese patio a las siete todavía pega el sol de plano, así que dile que la chaqueta al respaldo en cuanto se siente, que el año pasado el marido de mi prima acabó con una cara de pollo hervido que...
— Tía.
— Ya, ya. Que me lío. — Se quedó con la mano en el marco de la puerta del comedor, mirando hacia dentro —. Y dile su nombre en voz alta de vez en cuando, hombre. Que lleva dos meses contestando al de otro.
Volví al comedor y estuve hora y media haciendo lo que mejor sé hacer, que es estar simpático mientras por dentro se me cae el techo, un truco que aprendí en un pasillo de Urgencias y que no falla nunca.
Le puse café a Ximo. Me reí de una cosa de mi padre que no tenía ninguna gracia.
Y cada vez que mi madre decía Rafa —y lo dijo nueve veces, las conté— yo miraba el mantel y me imaginaba a esa misma mujer, en esa misma mesa, dentro de quince días, oyéndome decir la verdad entera con la boca llena de arroz.
A las siete y cuarto nos montamos en el coche. Marc traía la libreta con las medidas de la pared y un táper con arroz que mi padre le había puesto sin decir nada, y se abrochó el cinturón y bajó la ventanilla dos dedos, como siempre.
— ¿Qué tal? — dijo.
— Bien.
Metí primera y salí de la calle de la Iglesia con las dos manos en el volante, y la pista por delante, y catorce días.
— Y ya está — dije.