Que parezca de verdad Marc
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Marc

La despedida de soltero de Aleix Ferrandis empezó con un documento compartido.

Nos llegó el jueves a las nueve y media de la noche, a los cinco que íbamos, con tres pestañas: horarios, coches y una que ponía gastos, entre paréntesis, se cuadra el domingo.

A las nueve treinta y cinco, uno del grupo, un tal Òscar, escribió en el chat que aquella era la despedida de Aleix.

Y Aleix contestó que por eso la organizaba él, que nos conocía.

El sábado veintitrés salimos a las diez por la pista de Ademuz en dos coches, hasta un polígono del kilómetro veintitantos donde, entre una nave de puertas metálicas y otra de recambios agrícolas, hay un circuito de karts con la pista pintada de verde.

A las once hacía treinta y seis grados y estábamos los cinco metidos en unos monos de tela azul que habían llevado dentro a cuatrocientas personas antes que a nosotros.

— Esto es un delito — dijo Quique, con el casco puesto y la visera subida.

— Esto está en la pestaña de horarios — dijo Aleix.

— Aleix, que te vas a casar con mi hermana. Piensa en eso y luego mírame a la cara y dime que esto es una despedida.

— Es que yo no quería una despedida.

— Ya lo sabemos todos.

Los amigos de Aleix eran dos y en veinte minutos ya me sabía a los dos.

Òscar, el de la clavícula, que se la rompió el año pasado en un descenso de barrancos y que lo cuenta con la satisfacción de un veterano de guerra.

Y Tere, compañera de Aleix en la ingeniería, con una gorra y un cronómetro de verdad, de los de muñeca.

Y a mí me llamaron Rafa cuatro personas durante nueve horas seguidas.

Yo no había subido a un kart en mi vida.

No tengo coche ni carné. Me metieron en el veintitrés porque era el que quedaba libre, me explicaron dónde estaba el acelerador en once segundos y me soltaron a la pista detrás de cuatro personas que llevan desde los veinte años haciendo esto en cada cumpleaños.

Y gané.

Gané las dos mangas. No por rápido: gané porque hice cuarenta y dos vueltas iguales, la misma línea y el mismo punto de frenada, encima de mi propio dibujo, como llevo haciendo desde los seis años con todo lo que hago. Los demás iban a por el récord de la vuelta y se salían en la cuatro.

Tere me enseñó el cronómetro al bajarme, con la gorra del revés y la cara de quien acaba de encontrar un dato interesante donde no esperaba encontrar ninguno.

— Tienes cuarenta y dos vueltas con nueve décimas de diferencia entre la mejor y la peor.

— ¿Eso es bueno?

— Eso es un robot.

— Es que dibuja — dijo Quique, quitándose el casco —. Este tío pinta una línea de ocho metros a mano alzada y no le tiembla.

Lo dijo así, delante de tres desconocidos, sin pensarlo, y con esa cosa en la voz. Yo me puse a desabrocharme el mono como si aquello llevara cuarenta hebillas.

Entre la primera manga y la segunda nos sentamos en un banco de obra a la sombra de la nave, hombro con hombro, mientras Òscar y Tere discutían a seis metros sobre si el veintitrés tenía el motor mejor.

Quique tenía una marca roja de la correa del casco cruzándole la mandíbula y hablaba mirando al frente y sin mover casi la boca, que es como hablamos nosotros dos desde el veinte de julio cuando hay gente delante.

— Me has ganado por dieciocho segundos.

— Diecinueve — dije, igual de bajo.

— Diecinueve. Qué necesidad.

— Es que tú te sales en la cuatro.

— Yo no me salgo, yo ataco la cuatro.

— Te sales.

— Ataco. — Se pasó la mano por la nuca —. Estás insoportable desde el viernes.

— Yo estoy exactamente igual.

— No estás igual. — Bebió del botellín, todavía sin mirarme —. Estás contento. Es rarísimo. Se te nota en la nuca.

— Cállate.

— Se te nota en la nuca, Marc.

Y ese fue el único momento del día entero en el que alguien me llamó por mi nombre, y lo dijo mirando a una valla, con tres personas a seis metros, en voz de no oírse.

Aleix ya estaba con el móvil, metiendo los tiempos con los dos pulgares.

— Os mando la clasificación esta noche. Con la media y la desviación.

— Aleix, ¿tú te oyes? — dijo Òscar.

— Es que si no lo apunto, dentro de dos años cada uno cuenta lo que quiere — dijo, y en eso, si soy sincero, tenía toda la razón del mundo.

Comimos al lado del circuito, en una venta de carretera con manteles de papel, ventiladores de techo que sí tenían las cuatro palas y una parra en la entrada.

Arroz al horno y un vino tinto muy frío que no debería estar frío y que a esa temperatura era lo único bebible del planeta.

Entramos a las dos y salimos a las siete y cuarto.

Cinco horas y cuarto en una mesa. Nunca en mi vida había estado cinco horas en una mesa.

En El Corralet comemos cada uno en su hora, mirando la pantalla.

En casa de mis padres, cuando voy, se come en cuarenta minutos y se recoge en diez.

Aquello era otra cosa: gente que se cuenta las mismas historias por décima vez y que se ríe igual, y que se pelea a gritos por si aquella nochevieja fue hace seis años o hace siete, y que cuando alguien se levanta a por hielo alguien le dice que traiga hielo para todos.

Òscar me contó lo de la clavícula dos veces.

Tere me preguntó qué hacía y le dije que ilustraba, y me preguntó qué había hecho, y por primera vez desde hace nueve años no dije cosas para estudios.

Dije el mural del solar de Benimaclet. Ella lo conocía.

Había pasado por delante en junio. Me dijo que la señora de la regadera le había parecido lo mejor.

Yo entonces le podía haber dicho que era mío. Estaba a dos palabras.

Dije que sí, que era muy bueno.

A las seis y media, con Tere en la otra punta de la mesa y con Quique en la barra peleándose con Òscar por pagar algo que Aleix ya había pagado por adelantado en la pestaña de gastos, Aleix se sentó a mi lado con un vaso de tubo en la mano.

Llevaba dos copas, y Aleix Ferrandis con dos copas es otro hombre, porque este bebe agua con gas por gusto.

— Rafa.

— Dime.

— Te voy a decir una cosa y no se la digas a Neus, que se pone.

— No se lo digo.

— Yo a Quique lo conozco desde hace once años.

— Puso el vaso en la mesa, encima del mantel de papel, e hizo con él tres círculos húmedos sin darse cuenta —.

Le conocí en la comunión de una prima de Neus, que estaba yo allí sin conocer a nadie, y se me acercó él y me estuvo hablando cuarenta minutos y al final de los cuarenta minutos yo sabía cómo se llamaba el panadero de su calle y él no me había contado ni una sola cosa suya. Ni una. Cuarenta minutos.

— Eso lo sigue haciendo.

— Ya. Pero mira. — Levantó un dedo —. Aquel día me dijo una frase.

Estábamos en el aperitivo y le pregunté si vivía en Valencia y me dijo que de momento estaba de paso.

Y yo, mira, un tío joven, ya se irá colocando.

Once años, Rafa. Once años diciendo lo de que está de paso.

En la boda de mi hermano lo dijo. Cuando le dieron la plaza lo dijo. Ha comprado un sofá y lo dijo.

Tere se rio desde la otra punta de la mesa sin haber oído nada, solo porque había visto reírse a Aleix, y esa manera de reírse la tiene la gente que lleva once años junta y a mí me pareció aquella tarde el mayor lujo que se puede tener.

— Y desde julio no lo ha dicho ni una vez — dijo Aleix —. Y yo no sé qué has hecho tú, ni me importa, pero eso es lo que hay.

No me salió nada. Cogí un palillo y me puse a doblarlo por la mitad sin llegar a partirlo, tres veces seguidas. Es lo que hago con las manos cuando alguien me pone delante una cosa que no puedo coger.

— Se ríe distinto — añadió Aleix —. Antes se reía el primero. Ahora se espera a ver si te ríes tú.

— Es que se ha hecho mayor.

— Es que se ha quedado quieto en un sitio. — Se bebió lo que le quedaba —. Que es lo mismo, pero mejor.

Salí a fumar. Yo no fumo. Es una frase que sirve para salir de los sitios y no la había usado nunca hasta ese día.

En el aparcamiento, a las siete menos cuarto de un veintitrés de agosto, hacía treinta y ocho grados y el asfalto olía a gasoil.

Me quedé de pie junto a la valla, mirando la CV-35 y los coches que subían hacia el interior con las bicis en el techo.

Y me dolió. Físicamente, quiero decir. En un punto concreto, debajo del esternón, como cuando cargas mal un bote de pintura de veinte kilos y notas que algo se ha estirado más de la cuenta.

Lo peor de que a uno le duela una cosa así es que no se puede enseñar.

Si te rompes la clavícula bajando un barranco tienes una radiografía, un cabestrillo y una historia que contar veinte veces en una sobremesa.

Esto otro no tiene sitio: sales al aparcamiento, te apoyas en una valla caliente, respiras cuatro veces y vuelves a entrar sonriendo.

Faltaban veintiún días.

Dentro de aquella venta había tres personas que me conocían desde hacía nueve horas y que hablaban de mí en futuro.

Tere ya había dicho que en octubre iban a hacer una escapada a la Vall d'Albaida y que nos apuntáramos.

Òscar quería que le hiciera un dibujo para tapar una cicatriz.

Aleix me acababa de contar una cosa que no le había contado a su novia.

Y el catorce de septiembre, a la hora de comer, todo eso se iba a apagar como se apaga un fluorescente: sin ruido, sin escena, y de un momento a otro.

Volví a entrar y me senté. Aleix tenía el portátil abierto entre los platos, porque por supuesto se había traído el portátil a su propia despedida de soltero.

— Mira, mira, ya está la clasificación.

— ¿Ya?

— La he metido en la boda, que así lo tengo todo junto.

Y giró la pantalla, y ahí estaba otra vez la fila de pestañas de colores. Aleix arrastró la barra para llegar a la del final, la nueva, la de los karts, y por el camino pasó la mía.

Puse el dedo en la pantalla, encima. Sin abrirla.

— Oye, Aleix. ¿Y esto qué pasa con esto cuando se acabe la boda?

— ¿Cómo que qué pasa?

— El archivo. Después del trece.

— Nada. Lo guardo. — Se encogió de hombros y cogió una aceituna —. En la carpeta de la boda, con los presupuestos. Yo lo guardo todo. Dentro de veinte años lo abro y me sale la mesa tres.

— Ya.

Ciento veinte pestañas de gente que va a existir dentro de veinte años cuando alguien abra un archivo por curiosidad, con sus alergias, su transporte y si repiten postre.

Y en el sitio donde tenía que estar yo, entre Puri y Ramón, una pestaña amarilla rellenada con muchísimo cariño por gente que no sabe cómo me llamo.

— ¿Te la abro? — dijo Aleix.

— Otro día.

— Es que tiene la desviación típica y todo.